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Atravesando
el umbral
Prólogo
¿Por qué hablar de la muerte
cuesta tanto? ¿Por qué causa malestar, dolor, rechazo? ¿De
dónde nos viene ese temor atávico, casi insuperable que nos sobrecoge
cuando pensamos en morir? ¿Por qué está tan extendida la
idea de que después no hay nada, muy a pesar de las religiones mayoritarias,
defensoras de lo contrario? ¿Por qué ese divorcio entre el ser
humano y la muerte?
Tal vez sea que la miramos como a la gran
destructora, como se mira a una apisonadora capaz de aplastarlo todo. Quizá ocurra
que dentro de nosotros sintamos a la muerte como un final, definitivo, tajante,
inexorable. Luego están las teorías, cielos e infiernos a la carta,
según quien los ofrezca. Confusión generalizada que genera indiferencia
generalizada. Vivimos como si la muerte no tuviera que ver con nosotros. Vivimos
sin plantearnos que un día desconocido, nos iremos. Vivimos pagando impuestos
para saciar apetencias y preferimos dejar la muerte en el territorio del misterio,
en el anaquel de los casos sin resolver, en el cajón del olvido, porque
es mejor olvidarla que tenerla en cuenta.
Sin embargo, la muerte existe, la vemos en los
telediarios, en los periódicos, en las carreteras, en los hospitales,
en nuestro barrio; hasta se atreve a visitar nuestra familia, para imponer su
ingrata presencia. Lloramos, decimos adiós, y dejamos que gane el misterio,
mientras conjuramos al tiempo y al olvido para superar la pérdida. Porque
en lo más profundo de nuestro corazón sentimos que hemos perdido
para siempre a alguien, al que nunca volveremos a ver y de quien ya nunca sabremos
nada. Ha muerto. Es mejor olvidarlo, como a la dama de calígine esencia
que nos arrebató al ser querido.
Pero mostrar indiferencia ante la muerte
u olvidar que existe, es vivir de espaldas a la vida, que no acaba en el fallecimiento,
pues, más que fin, la muerte es tránsito. Se Es más allá,
y no sólo se Es. Uno se lleva todo lo que era y todo lo que hizo. Nada
acaba, ni se extingue ni se marchita.
En este libro se habla de tal realidad con
la calma que genera la experiencia. La sabiduría no es el fruto de un
esfuerzo intelectual o científico, sólo es el fruto de la experiencia.
Hay vida después de la muerte, y decirlo no es locura, exaltación
o fanatismo religioso; decirlo, es una necesidad humana, porque tal realidad
es la nuestra. O dicho de otro modo, estamos tocados por la eternidad, pues era
cierto lo de que, a imagen y semejanza, fuimos creados. Y por más que
muchos, en su humildad o empeñados en sus convicciones, no quieran otorgarse
semejante importancia, así es, así fue, y seguirá siendo.
La vida no acaba con la muerte. Ni siquiera
acaba cuando cansados de ella o agobiados por las circunstancias que fueren,
decidimos quitárnosla. Ni siquiera entonces acabamos con la vida. El verdadero
problema no es la muerte, es más bien, que no llegamos a conocerla, si
por ella entendemos un final definitivo. No lo avalamos con libros sagrados ni
tesis religiosas de ningún tipo, para defender lo dicho, nos servirá la
historia y el testimonio de una mujer que lleva años atendiendo a los
que se van y tienen problemas en el tránsito. Una mujer que ve a los difuntos,
habla con ellos y, en ocasiones, transmite sus mensajes a los desconsolados familiares.
Curiosamente, muchos fallecidos tardaron en elevarse y en abandonar este plano
a causa de los desconsolados familiares. A veces, los que más nos quieren,
son los que más trabas nos ponen para asumir la ida, la marcha, el devenir
de la evolución.
Si los difuntos pueden comunicarse con una
mujer, que a su vez entrega los mensajes recibidos a la familia de los fallecidos,
es que nada se acaba tras la muerte. Como veremos en la segunda parte de este
libro, no sólo seguimos viviendo, nos siguen importando las personas y
los proyectos que dejamos al marcharnos. Nos siguen afectando los esquemas, los
miedos, y los apegos que adquirimos en esta vida.
Este libro no pretende demostrar que hay
vida después de la muerte, eso, para nosotros, es tan obvio, que no merece
discusión. Lo que pretende es mostrar algunos aspectos y dificultades
que pueden encontrarse en el tránsito, durante el cambio de plano. Dificultades
que pueden sobrevenir a causa de las actitudes del fallecido, o a causa de la
actitud de la familia. Problemas que en algunos casos podrían eliminarse
con sólo abrir los ojos y enfrentar con valentía una realidad cotidiana
que nos aterroriza. El miedo nunca fue buen compañero de viaje, y si hablamos
de algo cuando nos referimos a la muerte, es de realizar un viaje, de seguir
transitando por la eternidad, a la que tenemos derecho.
Primera parte: De niña a maestra
1.- Desviando la mirada
Matilde Bazalo García nació el
seis de enero de 1963 en la ciudad de Málaga. Con el nacimiento los veteranos
padres sumaron nueve hijos culminando la numerosa familia. La más pequeña
de casa, pronto dio señales de poseer un peculiar don que la hacía
diferente al resto de los suyos. Ella estaba capacitada para ver lo que la mayoría
de la gente no logra.
Cuando sólo tenía cinco años,
sin saber qué ocurría exactamente, vio por vez primera a un difunto.
Sucedió que una tía muy querida agonizaba en la casa familiar.
Sucedió que los adultos trataron de alejarla del lecho de muerte, pero
la niña se las arregló para llegar hasta la puerta y observar lo
que ocurría en el interior de la habitación. Junto a la tía,
que padecía los estragos del cáncer, estaban los padres, algunos
hermanos, y otro señor, que ella nunca había visto antes, pero
que ya no logró olvidar jamás, por más que la bruma de la
infancia y el tiempo se empeñasen en usurpar aquel extraño recuerdo
de la memoria.
Años después, lo contó a
su madre. Le habló del señor que estuvo junto a la tía moribunda.
La madre de Mati, sorprendida, reconoció en la descripción, al
cuñado. Pero el marido de su hermana había muerto hacia tiempo,
Mati no podía recordarlo. Sin embargo, aseguraba haberle visto. Algo desconcertante
y sorprendente.
¿Quién no ha oído contar
que algunas personas poco antes de morir aseguran haber visto a familiares difuntos?
Hay quien ve a sus padres, o a sus cónyuges, o a hermanos que se marcharon
años atrás al otro lado. Siempre se ha dicho que vienen para hacer
más llevadero el tránsito con su experimentada compañía.
Pero hablar de la muerte incomoda. Mati no deseaba ser especial, ni distinta,
ni que se le mirase como si lo que contaba fuese el disparate más increíble
que pudiera inventarse. De algún modo, sabía que tenía algo
dentro que no albergaban el común de los humanos, pero otro algo interior
también rechazaba el desarrollo de la extraña percepción
que conseguía confundirla cuando compartía lo acaecido.
Sin embargo, y a pesar de su rechazo, lo
que le hacía especial siguió creciendo. También visitaba
el astral, involuntariamente, sin saber qué hacía ni cómo
lo hacía ni dónde llegaba. En las salidas visitaba lugares distintos,
desconocidos, para encontrar personas extrañas. Eran escenas que en nada
le resultaban familiares, como si estuviese en otro mundo, en otro tiempo y época.
Inexperta, sin guía, como el niño que comienza a dar sus primeros
pasos, trastabillaba, y en sus regresos, sufría mareos.
Un día le sucedió en casa de
una amiga. De repente, sin ni siquiera estar dormida, se encontró en otra
realidad. La amiga se alarmó. Pensó que Mati se había desmayado,
pues quedó como desvanecida. Cuando ésta regresó en sí,
se encontró mareada, incómoda, asustada. Llamaron a sus padres,
y la llevaron al médico. Se le diagnosticó epilepsia y se le prescribió el
pertinente tratamiento. No había tenido convulsiones, pero igualmente
tuvo que tomar algunas píldoras durante un tiempo. Desde luego, la inútil
medicación, no logró evitar que las salidas se repitieran.
Salidas, el recuerdo del señor junto
a la cama de su tía, y un vaticinio inquietante. Por aquella época,
la madre de una amiga le echó las cartas. Le dijo que debía evitar
los cementerios, pues ella atraía a los difuntos. Tal aseveración
la intranquilizó, pero no quiso darle mayor importancia. Prefería
seguir eludiendo tales episodios y previsiones.
Luego conoció a Ernesto. Ya era una
joven de casi quince años. Andando el tiempo, se casarían y tendrían
dos hijos. Con él fue más fácil alcanzar la normalidad.
Eludir lo inexplicable, los momentos en los que la realidad se transmutaba y
enseñaba otras que sus semejantes no percibían. Con Ernesto fue
más fácil porque dejó de mirarse a sí misma para
aprender al joven del que se enamoró.
Durante un tiempo las salidas remiten, se
hacen infrecuentes hasta desaparecer por completo. Durante un tiempo, Mati se
olvida de otras realidades, se aleja de lo que no sea el mundo tal cual lo aprecian
la mayoría de las personas. Pero, aunque se empeña en desviar la
mirada, sigue albergando lo que más tarde se manifestará con fuerza.
2.- Un horizonte más ancho
La muerte de su padre, cuando Mati
ya ha cumplido los diecinueve años, trae una serie de fenómenos
difíciles de conceptuar. La misma noche que se le comunica el fallecimiento,
sueña con agua turbia, sucia. Agua que se derrama. En cualquier libro
que trate de interpretar los sueños con solvencia, veremos que es un presagio
que anuncia dificultades, problemas y hasta desgracias venideras.
El onírico vaticinio no tardó en
cumplirse. Ernesto la despertó para contarle lo que le acababan de decir
por teléfono. El padre de Mati había muerto, tenía cincuenta
y nueve años. Padecía asma, era un fumador empedernido. Nunca dejó el
tabaco, tras ser ingresado en el hospital, cuando todo indicaba que se recuperaría,
sufrió un severo ataque, y falleció.
Nada pasó en el entierro, ni antes
en el hospital, donde fue reuniéndose la familia. Pero el padre, de algún
modo, parecía querer recordar a la hija el potencial que su naturaleza
disponía. Pocos días después, en casa, mientras Ernesto
ve un partido de fútbol, con unos amigos, ella, que se encontraba planchando,
se estremece oyendo con absoluta nitidez unos estertores. Alguien respira con
dificultad y parece ir apagándose incapaz de ventilar y encontrar el aire
necesario. No ve a nadie, pero siente, sabe, que lo que ha oído es la
agonía de su padre. Entiende que éste quiere hacerle notar algo
que, una vez más, sigue sin entender. Pero se pone en guardia, sufre,
se inquieta comprendiendo que la extraña manifestación tiene relación
con otros sucesos del pasado, igualmente inexplicables.
Las semanas pasaron, la vida en su empuje,
convoca el olvido de los episodios que nos sobrepasan, y el matrimonio, ilusionado
con el proyecto de formar una familia, decide comprar una casa más grande
que les permita criar hijos. Venden la antigua casa. Mientras le entregan la
nueva, pasan una temporada en la vivienda de un familiar. Sin embargo, no son
los lugares los que atraen lo inexplicable, son las personas. Mati tenía
que aprenderlo. Debía hacerlo por más que se negase a ello o se
empeñase en desviar la mirada.
Su padre le reserva otra sorpresa. Una noche,
despierta, la llaman. Es una voz distorsionada, llega envuelta en el aroma indefinible
del misterio. La voz conoce su nombre. Lo repite. Está en su interior,
pero parece provenir de fuera. Mati se levanta de la cama. Camina por la casa,
algo le dice que debe asomarse al balcón. Es noche cerrada, hace frío.
Pero sale al exterior, y abajo, en la calle, ve a su difunto padre. Viste un
traje que reconoce. Lo ve tal y como él era. Él la mira. Pero no
le dice nada, ni le dedica sonrisa, mueca o gesto de ningún tipo. Sólo
está allí, abajo, en la calle. Él puede verla. Él
la ha llamado. Ella puede oírlo, verlo igualmente. Siente aquella zozobra,
como cuando vio al marido de su difunta tía; igual que cuando salía
fuera de su cuerpo, o le dijeron que para ella sería mejor no visitar
los cementerios. Es aquella sensación conocida que no desea aceptar, a
la que se cierra de manera rotunda.
También cerró el balcón,
regresó a la cama. Buscó lógicos, razonables argumentos
para explicarse lo que no podía. Mejor no darle más vueltas, convocar
una vez más el olvido, esquivar las realidades que sólo se atrevía
a compartir con su marido, dando gracias de que mostrase paciencia y mimo al
oírla.
Al fin les entregaron la nueva casa. Al fin
podían embarcarse en la grata meta de tener hijos. Mati pone en ello toda
su ilusión. Con veinte años llega el primer vástago, un
varón; con veintitrés, su hija. Ya tienen la pareja, el sueño
realizado de tantos matrimonios jóvenes. Mati siente que ahora podrá eludir
los extravagantes e inquietantes fenómenos que no han dejado de producirse
desde que era niña. Sus hijos la necesitan, y ella los necesita, para
sentirse mujer, madre. Piensa que es una bendición tenerlos en casa, cuidarlos,
verles crecer. Le invade la certeza de que con ellos se librará de la
niebla incierta de los sucesos para los que no encuentra explicación alguna.
Bien por su convencimiento, o por la atención
e ilusión que dedica y le reportan sus hijos, los fenómenos dejan
de producirse. Hay una tregua, un prolongado descanso, lo paranormal desaparece
de su vida. Curiosamente, según pasan los años y van creciendo
sus hijos, lejos de sentirse aliviada, va cayendo en una tristeza que se va haciendo
más tupida con el tiempo. No hay motivos para tal languidez, al menos
motivos aparentes. Tiene dos hijos magníficos. Un marido que la quiere
y se esfuerza en hacerla feliz. Salud y juventud para disfrutarlos, e ingresos
suficientes que les permiten estar desahogados. Pero, a pesar de ello, la tristeza,
la apatía, una desgana difícil de comprender, se va apoderando
de lo más neto de su persona.
Mati lucha para encontrar motivaciones, trata
de sobreponerse a la oscuridad interior que la inunda. Se rebela contra el malestar
creciente. Empeñada en esa intransferible batalla, va pasando la década,
cumple veintinueve años. Corre el año 1992. Pronto no podrá desviar
la mirada. Lo paranormal no la ha abandonado. Ella se ha rebelado contra tales
manifestaciones, no quiso prestarles atención, prefería no concederles
importancia.
Pero había llegado la hora y no podrá zafarse
de lo que no entiende. 1992, ese año inolvidable en España, por
ser el de la exposición universal en Sevilla, cuando se celebran los juegos
olímpicos en Barcelona, y Madrid durante meses se convierte en la capital
cultural de Europa, será igualmente decisivo en su vida. Es el año
de su despertar. Aunque antes, tiene que tocar fondo en su desazón. La
batalla interior que sostiene desde hace años, finalmente se proyecta
en su entorno inmediato. La relación con Ernesto se deteriora. El fantasma
de la separación ronda en un hogar que a Mati ya no le motiva. Las tareas
como ama de casa le fatigan, agobian y oprimen especialmente. Si años
antes sus hijos le llenaron la vida, ahora siente que falta algo perentorio.
En el último trimestre del año ni siquiera las cosas quieren permanecer
en su lugar. A veces, sin que nadie toque el interruptor, se encienden y apagan
las luces de casa. En ocasiones, cuando va a utilizar el cenicero, el cristal
se mueve caprichosamente, eludiendo la ceniza que no acaba donde debiera. Siente
que algo va a ocurrir.
Pero todavía no quiere tirar la toalla,
ni prestar atención a semejantes fenómenos. Aunque, finalmente,
tendrá que rendirse, claudicar, entender que ella, por más que
lo deseó durante su niñez y juventud, no era una persona como las
demás. Había algo dentro de sí que la hacía distinta.
Un día de septiembre de 1992, peinándose,
frente al espejo, ve a una mujer. Se gira asombrada y asustada, pero detrás
no hay nadie. Cuando mira de nuevo al espejo, la ve. Sigue allí. Es una
mujer, viste como lo hacen las religiosas en los conventos. Detrás de
ella no hay nadie, pero en el espejo, ve a una monja que la mira con ojos bondadosos
y comprensivos, como si no quisiera inquietarla, como si su presencia allí fuese
lo más natural del mundo. Mati no oye nada, sólo ve a la mujer,
está en el espejo, mirándola sin mostrar el menor atisbo de impaciencia.
Durante minutos puede seguir viéndola. Después desaparece.
Esta vez, entiende que ha sido más
intenso, más fuerte, más señal. A los cinco años
vio a un tío difunto que no conoció. Había viajado saliendo
de su cuerpo de manera desordenada, inconsciente; había visto a su padre
después de que éste muriera. Pero, esto nuevo, la perturbaba sobremanera, ¿quién
era aquella mujer que parecía una religiosa? ¿Qué relación
tenía con su vida? ¿Por qué tenía que verla en el
espejo del baño cuando se peinaba? ¿Qué sucedía?
Pero no quería darle vueltas, se empeñaba
en alejarse de episodios que parecen distorsionar la realidad o tensarla hasta
lo imposible. Quizá fue que murió su tía. Ella era una niña,
pero la quería mucho. En su interior había un recuerdo de agudo
dolor por la pérdida. Quizá se trataba de que su padre siempre
fue un buen hombre, pero también murió. Nadie pudo evitar que se
marchara. Mati, como tantas personas, tenía motivos para estar enojada
con la muerte. Temor y enojo que le hacían rebelarse contra cualquier
realidad paranormal que le recordarse al final. Y la mujer que vio en el espejo,
no presentaba el aspecto común de los vivos. Se niega a pensar. Quiere
que el devenir de la existencia traiga más cosas, que el recuerdo juegue
a dirimir lo sucedido en la niebla del tiempo.
Sin embargo, a veces buscamos, y otras nos
encuentran. Un buen día, visita a su hermana Dolores, viven muy cerca,
con ella se encuentra una vecina, ésta mujer domina la quiromancia. Dolores
invita a su hermana, la mujer podría leerle las líneas de las manos.
Mati es reacia. No le apetece oír vaticinios. Aunque también entiende
que seria una descortesía no prestarse. Dolores y la mujer son amigas.
Ella sólo tiene una hermana, son muchos hijos, pero sólo dos chicas.
No desea que Dolores quede mal con la invitada. Finalmente, accede.
Entonces oye sobre asuntos, preocupaciones
y batallas que estaban en su interior, algunas de las cosas que la mujer le dice
ni siquiera las había compartido con nadie. Escucha que no debe inquietarse,
no está loca, ni desequilibrada, ni perderá la razón. Escucha
que ha nacido con un don especial. La mujer asegura que Mati es médium
y vidente en potencia, es decir, lo será en plenitud si recorre un camino.
Esta vez decide atender, han sucedido demasiadas
cosas, se da cuenta de que resultaría estúpido rechazar lo que
está en su interior. La amiga de Dolores le recomienda la lectura de tres
libros, Mati no es lectora asidua, le produce pereza sólo pensar que pasará horas
con la nariz pegada a la letra impresa. Ajena al mundo en el que ha de iniciarse,
piensa que si desarrolla y refina aquel don natural, podrá ganar dinero.
Antes de comenzar la lectura, bromea con su marido, le dice que amasarán
una pequeña fortuna. Quedaba mucho por descubrir.
3.- Alma gemela
Leyendo Vivir en la Luz, de
Shakti Gawain, se da de bruces con la evidencia de que no es lo material lo que
ha de desvelarnos ni motivar nuestros mayores esfuerzos. Se trataba de buscar
el guía
interior. Se trataba de enfrentarse a la íntima conciencia personal. Al
Yo intransferible que cada ser humano alberga. El YO SOY, en concluyentes decretos
y afirmaciones, lo encuentra en El libro de oro, de Sant Germain. Cada ser humano
es un Poder, principio gobernante de su vida y mundo. Pero hay que tener claro
dos cosas, la herencia divina, y la absoluta libertad de elección. El
tercer libro que le recomendaron leer, Vida después de la vida, de Raymond
A. Moody, recopilaba datos sobre un alto número de personas que habían
sufrido la muerte clínica. El autor, doctor en medicina, se había
ocupado de lo que no le interesa a la medicina. Había llegado más
allá. Entrevistó a personas que conocieron la muerte, cuyos cuerpos
dejaron de presentar constantes vitales. Entrevistó a los que habían
visitado el vestíbulo del otro lado. Llamaba la atención las constantes
que en los distintos relatos podían encontrarse. A saber, la sensación
de transitar por un túnel. Una gran luz. Una gran paz. El encuentro con
un ser de luz, que invita a la revisión de los hechos acaecidos en la
vida, pero sin actitud de enjuiciamiento, sólo de amor y comprensión.
Una percepción de conciencia y sentimiento del Ser, mayor a la meramente
física, y, una imposibilidad para encontrar el término adecuado,
el lenguaje propicio capaz de describir la experiencia. Los que estuvieron clínicamente
muertos, en algunos casos durante largos minutos, y regresaron a la vida, mostraban
dificultad para contar lo que vivieron y sintieron durante el tiempo que abandonaron
el cuerpo. Las palabras no alcanzaban a expresar tal experiencia.
La lectura recomendada va reportando seguridad.
Era posible que ella hubiese visto a personas difuntas, porque existía
un más allá, lo que leía mostraba una dimensión al
margen de la meramente física. Sencillamente, había vida después
de la vida que disfrutamos, no se acababa con la muerte. Era simplemente eso,
y nada más y nada menos que eso. Pero sabía que debía asimilarlo
lo antes posible. Cuando ves a una mujer con aspecto de monja en tu espejo mientras
te peinas, y alguien con visión, asegura dispones de dones que una vez
educados te convertirán en médium y vidente, terminas por tomártelo
en serio, prestas atención a la voz interior que antes te negabas a oír.
Mati comprende que años atrás
le faltó el ánimo porque, de algún modo, se las había
arreglado para distraerse de sí misma. Comprende que no podrá desviar
la mirada nunca más, y que está entrando en un mundo amplio, ancho,
a todo punto ilimitado. Reflexionar es detenernos, aquietarnos, mirar dentro.
Es buscar la guía, el sagrado barrunto que late en nuestro interior. Reflexionar,
también es sacar conclusiones. Estuvo mal años atrás, porque
se aferró a los esquemas, que en el fondo no le satisfacían, sabía
que había mucho más después de los esquemas, pero hasta
entonces no tuvo ni la fe ni el valor ni la motivación suficientes para
oponerse a ellos.
Gawain, esa magnífica autora, le confirmaba
lo que en su interior siempre había sentido. Aferrarse a las normas, era
olvidarse de una misma, por eso estuvo mal, porque se había negado a contemplar
la grandeza que le pertenecía, la capacidad de percepción implícita
en su naturaleza. Mati entendió que debía mantener una actitud
abierta; entendió que en su intuición, había un tesoro llamado
verdad. Lo que el sagrado barrunto le decía llegaba en clave de ayuda
a los demás.
El libro de oro tenía muchos decretos, deslumbrantes
su mayoría. Leerlo requiere una mínima madurez, y otro poco de
compromiso con la búsqueda del Ser, de otro modo se caerá de las
manos, o nunca llegará a las manos que lo dejarían caer. Sin embargo,
y por más espectaculares que fueran algunos de los decretos que invitaban
a la opulencia, a la belleza o a la juventud, a ella, le llamaban otros. Se detenía
en los que enseñaban a sanar, se fijaba en los que hablaban de salud para
sí y los demás. Esos le interesaban de manera particular. Su voz
interior se lo decía, y ahora estaba dispuesta a oírla. Estaba
dispuesta a buscar.
Reflexionar genera coraje, las cosas se muestran
más claras; y también genera ansias de conocimiento, porque asaltan
las preguntas, el afán de saber y entender más. Existe una vida
después de la vida que disfrutamos. Mati lo sabía, pues había
visto. Estaba segura de que las últimas dudas caerían pronto. Lo
sentía, la certeza estaba dentro, ahora la dejaba crecer alimentándola.
Pero reflexionar sin experiencia genera la inevitable especulación y su
amiga la consiguiente duda. ¿Quién era la mujer que vio en el espejo? ¿Por
qué tuvo que verla?
Mati ha hablado del asunto con Ernesto, lo ha compartido
con su hermana Dolores. Ésta, con su marido, Jesús. Los cuatro
deciden dar un paso más. Entienden que Mati tiene derecho a encontrar
algunas respuestas. Intuyen que alguien quiere ofrecerlas. Nunca han hecho nada
parecido. Pero han leído, hablado, Dolores conoce personas, como su amiga
quiromántica, que no desaprobarían algo parecido. El ser humano
tiene derecho a conocer. Se reúnen en casa de Mati y Ernesto. Los niños
de ambos matrimonios están ausentes. Encienden unas velas blancas. No
pronuncian oración concreta, ni realizan rito específico. Pero
los cuatro quedan en silencio y se concentran pensando en la mujer que Mati había
visto en el espejo.
Están en el salón. Hay silencio,
fluctúan las luminarias. Ninguno imaginó que sucedería.
Por suerte son cuatro. El sobresalto es colosal. Al menos se tienen los unos
a las otras. Frente a ellos, pueden ver una silueta, translúcida, carente
de color, como en blanco y negro, pero la silueta queda envuelta por una tenue
y extraña luz, un leve resplandor que no se extingue. Ahora no hay duda,
es religiosa, viste hábitos, un hábito largo y oscuro. Es una mujer
baja. Pero sobran centímetros para conseguir la completa atención
y la mayor incertidumbre de los cuatro. Está frente a ellos. Ahora no
sólo Mati la ha visto en el espejo. Esta vez se ha manifestado a cuatro
personas. Esa mujer los mira desde sus ojos sin color, y esta viva, no es algo
que imaginan. Al moverse parece que cojea de una pierna, si no fuese por lo vahído
y vaporoso de la figura, por los pequeños destellos que titilan rodeando
su silueta, todos dirían que ven a una monja, aunque todos saben, sin
que nadie tenga que explicarlo, que la religiosa no pertenece al mundo de la
carne y la sangre; sin embargo, la están viendo.
Cuatro personas han sido testigos del prodigio,
de lo insólito y difícil de explicar. Pero sólo la han visto,
no hubo comunicación. Están seguros de que la religiosa se manifestó hasta
dejarse ver con claridad, por y para algo. Pero no han oído nada, no han
recibido ningún mensaje. Es difícil encajar lo que resulta poco
razonable y menos entendible. El conocimiento, en ocasiones, irrumpe con duras
pruebas, y el miedo, al que tenemos derecho, irrumpe igualmente.
Al día siguiente, Mati pidió a
Ernesto que, bajo cualquier pretexto que quisiera inventarse, se librase de ir
a trabajar. No quería quedarse sola. No le importaba reconocer el miedo. ¿Qué buscaba
la religiosa? Era incapaz de dejar de preguntárselo, pero hacerlo supone
otros encuentros, profundizar, y eso, obligaba a encajarlo. Ernesto no fue a
trabajar al día siguiente.
A Dolores y a Jesús también
les nace seguir indagando, hay que obtener respuestas. Dolores propone la escritura
automática. Ella se presta como canal. Es la hermana mayor, conoce a personas,
le inquietaron siempre ciertos temas, se siente capaz, y se presta voluntaria.
Mati se siente orgullosa de su hermana. Los hombres quieren seguir adelante.
Reunidos, repiten el llamado. La voluntad
humana, el pensamiento colectivo que emite el reclamo. Ella oye, allá donde
está, percibe. Aparece nuevamente. La religiosa utilizará el cuerpo
de Dolores para ofrecer sus primeros mensajes.
Quien se presta para canalizar mensajes a
través del fenómeno denominado escritura automática, cae
en un trance poco profundo, queda ausente, como dormida sobre una de sus manos
en la mesa, con la otra moverá el lápiz o bolígrafo, escribirá con
letra grande, desproporcionada, difícil de leer.
El primer mensaje que consiguen es, “Antonia
Ruz quiere volver a la tierra”. Ahora tienen un nombre. Un deseo. Ahora
tienen más preguntas. Dolores, al regresar en sí, no siente molestia,
no se queja ni podría decir donde estuvo ni qué paso, es algo como
despertar, como salir de un sueño.
Dedicarán horas de reuniones y largos
ratos a la escritura automática. Antonia Ruz siempre acude cuando la convocan.
Sigue dando información. El segundo mensaje que reciben es, “Soy
tu alma gemela”. El tercero, “Estoy para cuidar a los niños
de esta casa”. Mensajes. Humanas dudas.
Los datos que se necesitan para que las cosas
tengan sentido, para que tiremos del ovillo y podamos desmadejarlo. A trancas
y barrancas, con el lógico esfuerzo que supone la barrera de los planos,
se enteran que Antonia Ruz había muerto en el año 1990 y fue monja
carmelita en un convento de Lérida. Es más que humano comprobar
la información cuando llega de modo tan sutil y extraordinaria. Buscan
el número del convento en la guía de teléfonos. Poco después,
han comprobado lo que sabían. Concuerda la edad, el tiempo que vivió en
el convento, la descripción física de la religiosa, la fecha del
fallecimiento. Ni un solo dato es incorrecto.
Mati aprende que el sagrado barrunto que
crece en su interior, es la verdad. Pero constatar como fidedignos los datos
de la vida de Antonia Ruz, resultó algo baladí comparado al motivo
que le hizo asomarse al espejo irrumpiendo en la vida de Mati. Había llegado
la hora de tomar apuntes. Conocimiento. Esa palabra tan rotunda hace acto de
presencia junto a la religiosa carmelita. Siempre hay que aprender algo.
Antonia Ruz insiste en que es el alma gemela
de Mati. Explica que el átomo se parte en dos, masculino y femenino, para
encarnar. Asegura que es la otra mitad de Mati, la parte femenina, porque aunque
Mati es mujer, posee una energía masculina. Es tiempo de estrujarse las
neuronas. Cuando intentan profundizar en el tema les cuesta. Antonia Ruz es parca
en palabras. Les dice que ella ayuda porque así sucede entre las almas
gemelas, que ambas se asisten en función de la evolución de cada
una. Repite que Mati tendrá que ayudar a lo demás, son alusiones
que parecen toques de atención, sin explicar nunca demasiado.
El despertar. Antonia Ruz estaba allí para
saludar a Mati en su despertar y apoyarla cuando más lo iba a necesitar.
Antonia Ruz sabe que Mati ayudará a sus semejantes. Pero, además,
le anticipa el contacto futuro con Maestros Ascendidos. Antonia Ruz, el alma
gemela de Mati, la parte femenina de la unidad que ambas forman, parece curtida
en los largos silencios y meditaciones de la anterior vida monacal. Siempre es
parca en palabras. Pero le gusta sonreír. Los mira desde su humilde silencio.
En ocasiones, cuando se emociona, ven una brillante lágrima brotarle de
uno de sus ingrávidos ojos. Los momentos que viven con ella serán
inolvidables. Tendrán el sabor de lo incipiente, del comienzo.
Mati caminaba todavía con pasos inseguros
iniciándose en un orbe que traería una y otra sorpresa. El tiempo
se consume en charlas, razonamientos, deducciones. Hermanas y cuñados
sienten la espuela y el aguijón de la inquietud. Quieren saber. Pero los
cuatro entienden que es algo de Mati, pues ella es la señalada. Han visto
a su alma gemela. Menuda maravilla. Ciertamente había que rechazar los
esquemas por lo limitado, la vida mostraba una amplitud hasta entonces insospechada.
Antonia Ruz ha llegado para despertarla. También dijo que cuidaría
de los niños de la casa. En una ocasión Daniel, el hijo mayor,
la ve, en el rellano de las escaleras que conducen a los dormitorios. Daniel
bajó las escaleras más rápido que nunca, y sofocado, se
quejó a su madre: “A tu gente, le dices, que a mí me dejen
tranquilo”. El chico tenía diez años.
Pero Antonia Ruz sonríe bondadosa,
e insiste. Su alma gemela ayudará a personas. Ella se marchará pronto,
para dejar paso a otros que podrán guiarla. No precisa más.
4.- Primer Maestro Ascendido
Antonia Ruz consigue despertar el afán de conocer
en Mati, que siente como si hubiese abierto una ventana, pero las brumas le impidieran
ver el espléndido paisaje. La aparición de su alma gemela le ha
regalado una fuerza antes inexistente. Desea seguir adelante, conocer. Mati intuye
que las respuestas están en el pasado, en vidas anteriores, en el archivo
de su alma. Por ello, decide intentar una regresión. El éxito que
consiguieron convocando a Antonia Ruz ha generado la suficiente confianza como
para intentarlo.
En esta ocasión, no están ni Dolores ni Jesús.
Mati se ha metido en la bañera, el agua está caliente y la relaja.
Ernesto está cerca. Mati se concentra en lo que desea, quiere recordar
más allá de la niñez, más allá del nacimiento.
A los pocos minutos, siente un fuerte estremecimiento, se asusta, apenas comprende
que, en vez de emprender la regresión, está saliendo de su cuerpo,
en realidad, está siendo llamada, pues le esperan al otro lado. Con todo,
mueve pies y manos alborotando el agua. Escucha la voz de Ernesto pidiéndole
regresar.
Pero ha salido, está al otro lado de la carne, asustadiza,
pretendió un objetivo, ha alcanzado otro; es hora de aprender. Un ser
de luz se le acerca, la silueta expande múltiples rayos de colores, su
forma es la de un cuerpo humano, pero no logra distinguir detalles. Enseguida
siente que la rodea. Aquel ser pareció extender dos tupidas alas para
cubrirla. No son alas, pero Mati siente que está protegida, y que se elevan,
están en movimiento, lo hacen con inusitada suavidad y a la vez con prodigiosa
velocidad. La voz de Ernesto se va alejando.
El ser de luz no sólo la rodea, también le regala
calma, una paz que no conocía. Su presencia es bálsamo y baluarte.
Jamás había sentido tanta seguridad como la que disfrutó en
aquel momento. Envuelta en sosiego se atrevió a preguntar. Lo hizo pensando.
No hay palabras más allá de la carne, la comunicación se
consigue por el pensamiento. Mati quiso saber si aquel ser de luz era el Maestro
Ascendido Sant Germain. Pensó en él. Pero no era él. Sorpresas.
Podría decirse que desde ese momento inolvidable, su vida se convirtió en
una continua sorpresa.
Haciendo lo que a Mati le parece un alto en el camino, encuentran
otros seres de luz, menos brillantes que su guía. Mati los percibe familiares.
Días después, se le dirá que eran entidades conocidas de
vidas anteriores. Pero eso lo sabrá días después. Ahora
su guía le coge la mano, la conduce a una estancia de magnífica
luz dorada, donde no hay paredes pero sí una ventana y una puerta. Allí encuentra
a cuatro entidades. Su guía siempre está a su lado, es la presencia
amiga insuflando la fuerza para continuar indagando. Las entidades le ofrecen
una serie de vaticinios, tal como si dominasen los vericuetos del futuro.
Mati escucha que una cuñada, recientemente embarazada, tendrá una
niña; con los meses, su cuñada dio a luz una niña. Mati
escucha que perderá pronto a uno de sus hermanos; no transcurrió mucho
tiempo, antes que el anuncio hallara cabal cumplimiento. Mati escucha las dificultades
futuras que tendrá uno de sus sobrinos, las que le conducirían
a un final anticipado; poco después, también perdió a un
sobrino con veinticuatro años.
Pero con los vaticinios que aún no son realidad, que lo
serán en el futuro, no terminan las sorpresas. Todavía tiene que
ver a su padre, que aparece en un momento determinado, que llega donde antes
no estaba. Dijimos al principio que los padres de Mati tuvieron nueve hijos,
lo que no se dijo es que una de las hijas, Rafaela, murió siendo niña,
antes incluso que Mati naciera. Ahora, con el padre, también aparece Rafaela,
su hermana que nunca conoció. Otra enorme sorpresa. Otro enorme regalo.
Rafaela, con su padre. Le hace saber que lo echa mucho de menos, y le pide que
ayude desde donde está a sus hijos. Pero el padre le responderá que
no son sus hijos, que sólo fueron almas que estuvieron bajo su tutela.
Mati le pregunta dolida, si ya no los quiere, y él padre le hace notar,
que los quiere más que antes. Mati disfruta en el lugar, mirando a la
hermana que no conoció en compañía del padre.
Pero Mati no dirige la salida. Hay que regresar. Su guía
se encarga. Ha visto suficiente, ya no cabe la duda. La vida existe tras la vida.
Quien la conduce arropándola de regreso ni siquiera le ha desvelado su
nombre. Tampoco lo hará antes de devolverla a su cuerpo. Mati siente pena.
Le hubiese gustado prolongar más tiempo la experiencia.
Aturdida, abrió los ojos. Estuvo fuera algo más de
quince minutos. Ernesto respiró tranquilo. Entonces, llegó la eclosión,
la entrega, la certeza del camino. Lecturas, charlas, sesiones de escritura automática,
mensajes. Saistin. Era el nombre de su guía, de su Maestro Ascendido.
El pensamiento. Cuando Mati abandonó su cuerpo y vivió aquella
lúcida experiencia se habían comunicado con el pensamiento. Las
palabras no son siempre necesarias para que exista una comunicación fluida.
Saistin no será el único Maestro que conocerá,
pero sí se convertiría en el más entrañable. Fue
el primero y, al contrario que su alma gemela Antonia Ruz, ni es parco en palabras
ni las guarda para sí. Conocimiento. Otra vez esa palabra grande que hace
coger papel y lápiz, que detiene el mundo obligándonos a reflexionar.
Saistin. Descarnada lo vio diferente. Cuando lo percibe ve una
especie de nube luminosa, sin forma determinada, como un vapor compacto que desprende
luz. Los mensajes y enseñanzas ahora son un fluir. Saistin confirma lo
que le dijera Antonia Ruz. Mati sanará a muchos, tendrá que prepararse.
Saistin le dice que es cierto que Antonia Ruz es su alma gemela. Al fin, se le
explica más sobre el misterioso asunto. Saistin comienza por donde lo
hiciera Antonia Ruz, pero llega más lejos.
Le dice que el alma podría compararse a un átomo
de carga neutra, sin movimiento; le dice que cuando el alma quiere encarnar y
experimentar en la materia, para lograrlo necesita el movimiento, y para ello
separarse en dos, en una parte positiva, y en otra negativa, siendo de este modo
atraída por la materia. Saistin desvela que el alma, una vez separada
en dos, creará dos partes totalmente distintas, de tal manera que, lo
que tiene la una no lo tiene la otra. Así, si una parte tiene la energía
masculina, la otra la tendrá femenina. Cada una deberá desarrollar
la energía contraria en sí. Desarrollar las cualidades que nuestra
otra mitad tiene, hasta llegar a estar completos, sería, pues, la finalidad
que perseguimos al encarnarnos aquí en la Tierra.
Saistin le dirá que, precisamente por lo anterior,
si las almas gemelas coinciden en una misma vida y tiempo, es muy posible que
la relación entre ellas sea turbulenta y difícil, pues la diferencia
de elevación espiritual entre ambas, generará desacuerdos y rivalidades.
Su querido Maestro Ascendido, le dice que sólo cuando las almas gemelas
están a la misma altura evolutiva, la relación entre ambas será constructiva
ayudándose mutuamente, pues al atesorar ambas un nivel similar de sabiduría
y experiencia, las diferencias entre las dos son menores y más fáciles
de sobrellevar. Es muy frecuente que, mientras una de las partes está encarnada
y experimentando en el plano de la materia, la otra no lo esté, y que ésta,
desde, un plano más elevado de existencia, ayude empujando a la otra,
como ocurrió en el caso de Mati con Antonia Ruz.
Saistin le dice que una vez que las almas gemelas concluyen
su evolución, y cada una ha desarrollado la parte de la otra en sí,
ambas se vuelven a unir, convirtiéndose nuevamente en una unidad. Pero
Saistin también le aclarará que no hablamos de lo mismo, cuando
nos referimos a parejas de almas que a almas gemelas. La diferencia se encuentra
en que, mientras las almas gemelas, tienen características diferentes,
siendo como son dos mitades opuestas, en las parejas de almas, sucede todo lo
contrario. Es decir, son entidades con energías similares, lo cual hace
que se sientan atraídas y se complementen bien, debido a la similitud
de preferencias, gustos, deseos y formas de pensar. Otra diferencia importante
la encontramos en el hecho de que alma gemela sólo hay una. Mientras que
pueden tenerse varias parejas de alma. Por todo lo dicho, y aunque pudiera parecer
extraño, si buscamos a alguien para compartir nuestra vida, siempre será más
conveniente hacerlo con una pareja de alma que con un alma gemela, dado que con ésta última
tendríamos choques continuos y frecuentes desavenencias.
Los mensajes y enseñanzas ahora son un fluir. Saistin
anuncia que vendrán otros Maestros, especialistas. Él estará siempre,
pero la profundidad en las distintas disciplinas, las dejará en manos
de otros. Aun así no se irá de su lado. Es su Maestro. Significa
que son amigos, pues el alumno elige al Maestro, y éste al alumno, las
más de las veces, porque se han conocido en una vida anterior. Mati sonríe
cuando piensa que intentó realizar una regresión. Su intuición
no había fallado. Las respuestas estaban atrás, al otro lado, más
allá del nacimiento.
Ni se acababa con la muerte ni el nacimiento era un comienzo.
Existe la reencarnación, porque existe el refinamiento y la evolución,
pero no existe ningún karma que no sea el que nosotros creamos con nuestra
voluntad soberana. Existe la Vida. Mati comprendió que el hombre y la
mujer estaban invitados a la eternidad. Terminar entendiendo que se es eterno,
es algo grandioso. Cuando sucede, en la existencia de cualquier persona, hay
que hablar de un antes y un después. Mati crece. Se ha convertido en la
alumna de una entidad evolucionada, que se muestra divertido, capaz, incansable,
siempre presente, y se empeña en abrirle el corazón.
El amor es la llave. El amor es constante compañero
de viaje. Saistin trabajó con el orgullo de la alumna. Tenía que
debilitarlo hasta doblegarlo. Ella estaba llamada a sanar, para hacerlo necesitaba
una actitud bondadosa, vocacional. Un día, Saistin, le dijo: “Tu
humildad, es mi orgullo”. A Mati, en ocasiones, le asaltaban dudas porque
regresaban a su mente los viejos esquemas, el bien y el mal. Entonces oía: “Luz
y tinieblas es una sola cosa, si miras lo que quieres ver, lo verás, si
buscas sin fe, no hallarás”.
El Maestro Ascendido. Lo veía al levantarse, lo encontraba
en sus dudas, en las alegrías. Lo hallaba en el mayor equilibrio, en la
seguridad que crecía, en la valentía con la que se enfrentaba ahora
a pensamientos ilimitados. Conocimiento. Esa palabra grande. Tenía que
preparase para recibirlo, y tenía que disponer su alma para sanar a otros.
Sus manos lo harían, su visión lo lograría, con la dirección
y ayuda necesaria, así sucedería.
Cuando Mati habla de sus Maestros, Saistin, siempre acapara
la mejor de sus sonrisas. Le gusta el modo como enseña. Saistin, afirma: “La
luz aparta la oscuridad, el amor aleja el odio, la fe oscurece el miedo”.
Saistin pertenece al sexto plano o nivel de conciencia. Hay siete. Saistin, la
lleva al sexto nivel de conciencia donde gusta ejercer su magisterio. Allí las
experiencias son más plenas, más satisfactorias, mayor el entendimiento.
Llamar a las salidas, viajes astrales, es un modo limitado
de valorarlo. Cuando se abandona el cuerpo, lo nuclear de nuestro Ser, lo que
nos hace divinos e inmortales, transita por las distintas dimensiones o niveles
de conciencia, esos planos, no son lo que nos empeñamos en llamar el astral,
cada uno de ellos, alberga realidades dispares, y son más de uno. Quizá sea
más acertado llamar a las salidas, viajes interdimensionales, pues cuando
se viaja con la esencia sutil que Somos, se transita por realidades distintas
de entendimiento.
Saistin la lleva al sexto plano, donde Dios es percibido, sentido
en toda la vida. Donde cualquier cosa que uno conozca como realidad, siempre
llegará a serlo, completamente. Mati tiene que aprenderlo, aún
no lo sabe. Saistin, en ese elevado nivel de conciencia, le hace situarse en
la orilla de un río. Él está en la otra orilla. Le dice
que vaya a su lado, le dice que cruce. Pero Mati contesta que no hay barca ni
nada que se le parezca para cruzarlo. Luego, regresa a su cuerpo.
Cuando vuelven a hablar, Saistin se divierte diciéndole
que podría haber creado una barca lo mismo que podría haber andado
sobre las aguas. La enseñanza era aprender a viajar entre las dimensiones
o planos de conciencia donde no encontraría las limitaciones materiales.
Fuera, más allá de la carne y la sangre, lo que nos empuja, nos
dirige, nos comunica, nos hace tomar conciencia de lo que nos rodea, es nuestro
pensamiento. Un pensamiento a todo punto creador. Si Mati hubiese pensando en
la barca que debía estar en vez de la que no estaba, la barca habría
surgido, su pensamiento creador la hubiese logrado.
Descarnarse, desvestirse de la carne, requiere, como tantas
otras cosas, conocimiento, y proyecto. Es decir, saber cómo podemos desenvolvernos,
qué podemos encontrar, y tener claro qué buscamos. Saistin aconsejaba: “El
camino hay que andarlo sin correr. Las caídas nos pueden hacer desistir”.
Son numerosos los viajes interdimensionales que Mati ha
realizado a lo largo de los años en compañía de Saistin
atesorando experiencias. Uno de esos viajes fue particularmente bello. Mati sale
y alcanza el sexto plano donde encuentra a su Maestro. Saistin le enseña
un libro. Le dice que debe abrirlo. Ella lo hace y lee muchos nombres escritos.
Hay uno que resplandece con una intensa luz blanca. Cuando Mati pregunta qué significa
el libro, se le revela que allí están escritos los nombres de todas
las personas a las que ayudará. Días después, la dueña
del nombre que resplandecía con intensa luz blanca, vino a pedirle ayuda.
Saistin, asegura: “La mayor virtud es la caridad. Si
la sazonas, con humildad y bondad, sale algo exquisito”. Saistin. Su Maestro,
pero también su mejor amigo. Tan peculiar. Le encantaba bromear, disfrutar
con su labor. En ocasiones se definía como la pimienta, y decía
de otros Maestros compañeros, que eran el azúcar o la mantequilla,
por lo dulce y blando. Un día, una amiga necesitada de ayuda, acudió a
Mati y se desahogó. Lloro tanto que Saistin, al llegar, comentó: “He
tenido que coger una barca para venir”. Otro día, una señora
que había oído de las ayudas tan peculiares que recibía
Mati, acudió para pedir consejo, quejosa de la actitud y el comportamiento
de la hija, Saistin, le ofreció el siguiente mensaje: “Señora,
su hija, no es su esclava”.
Saistin podía ser profundo, diplomático, tajante,
también enojoso como la pimienta. En otra ocasión, Mati ayudó al
hermano fallecido de la esposa de un médico. El médico, interesado
por lo que contaba su mujer, quiso conocer a Mati. Pero apenas se vieron, Saistin
dio un mensaje para él que Mati transmitió: “Lo primero que
te digo, es que tus pacientes no son números, son personas”. Saistin,
y su forma directa de proceder.
Con el tiempo, se convirtió en la prolongación
de su sombra. Siempre estaba. Contaba con él desde que abría los
ojos y, en ocasiones, también contaba con él después de
cerrarlos. Saistin. Mati ya no alcanza a imaginar lo que sería la vida
sin tenerle rondando a cualquier hora del día o de la noche.
5.- La alumna
Antonia Ruz lo anunció.
Luego llegó Saistin, abrió la puerta para que se revelaran evolucionadas
entidades. Mati debe aprender. Se le dijo que llegarían especialistas.
También que sanaría a muchos. Por todo, llegó Nem, el Maestro
Ascendido, que debía mostrarle los entresijos de la energía, cómo
canalizarla y utilizarla. Pero, para ello, para lograrlo y entenderlo, necesitaba
el apoyo de la metafísica. También llegó Alder, encargado
de formarla en metafísica. La energía.
Había que entender que estamos hechos
de energía y sostenidos por ella, que no acabamos donde acaba nuestra
piel, que nuestro cuerpo es un sistema de energía en cambio continuo.
Había que entender conceptos que nunca explicaron en la escuela ni en
las universidades, porque la humanidad, como colectividad, daba de lado, al conocimiento
del Yo. Importaba más conocer los nuevos fichajes, que animarán
la nueva liga de fútbol, que el estudio de los siete centros magnéticos
vitales que posee el cuerpo humano y que se asemejan a ruedas girando. Se prestaba
más atención a los escándalos financieros, políticos
o sentimentales de las revistas del corazón, que al estudio del mal llamado
hermetismo. Se dan nombres inaccesibles a lo que deseamos sea inaccesible.
Pero la metafísica enseña
que hay respuestas, certeza, un conocimiento para soportar el esfuerzo de la
búsqueda más allá de dudas y especulaciones. La alumna se
va convirtiendo en maestra. Ahora sabe que no es lo de un cielo y un infierno.
Ahora sabe que el más allá, donde incluye el más acá,
son siete niveles de conciencia. En cuanto al infierno, sencillamente nunca existió.
En ocasiones, desea comprender rápido, se esfuerza memorizando lo revelado.
Entonces, Saistin le dice: “Paso a paso, poco a poco”. Si se impacientaba
más de lo debido, se ocupaba Paz. Era la Maestra que impartía la
grata asignatura de la serenidad. Llegaba en cuanto brotaba la ansiedad. Si hay
tensiones, si asoman los problemas, es momento de Paz. Ella trae su nombre, lo
ofrece, sus mensajes siempre van dirigido a este fin. Paz, suave, dulce, paciente.
Cuando recibe de los Maestros, la sensación es de calma y alegría,
con Paz esa sensación, si cabe, es mayor.
Paso a paso, poco a poco. Siete centros magnéticos
vitales en nuestro cuerpo. Siete principios universales. Siete planos o niveles
de conciencia. Siete colores evolutivos. Somos eternos, herederos de lo más
grande, pero tenemos que ser conscientes, creerlo, aceptarlo. El drama del ser
humano es el descrédito que se dispensa a sí mismo. La tragedia
y desdicha de la raza reside en el desconocimiento de la mayoría.
El primer plano era el mundo de la sangre
y la carne. El llamado de la supervivencia y la procreación. Para desenvolvernos
aquí nos vendrá bien un mínimo grado de maestría.
No en balde, llegamos por el canal del nacimiento, sin memoria de lo que somos.
En el siguiente plano, se encuentra el dolor
y el miedo. En ese nivel de conciencia, experimentan dolor, remordimiento y culpabilidad,
los que necesitan entender que existen realidades más plenas que disfrutar.
En el tercer nivel de entendimiento, hallamos
el poder. Por paranoico que pudiera parecer, en este nivel de conciencia, las
entidades buscan controlar y esclavizar a los demás a través del
pensamiento, siempre tratando de imponer su criterio.
En el cuarto plano encontraremos a los que
aman profundamente, pero no alcanzan a expresar la profundidad de su amor. Se
le llama el nivel de Amor sentido.
El siguiente, es el del Amor expresado.
En él encontramos el éxtasis de la luz dorada. No existe la noche,
sólo hay luz. Se respira sonido y música. En el quinto plano tienes
el poder de expresar y manifestar tu amor, y cualquier cosa que desees se realizará de
inmediato.
Al sexto se le denominaba Dios visto en todas
las cosas. Mati lo conocía. Era el lugar de habitación de Saistin,
con él había viajado allí para aprender y disfrutar de la
maravilla de lo superior. En este nivel sientes, ves en lo que te vas a convertir,
sabes que serás sustancia y base de lo que es.
El séptimo queda fuera de cualquier
descripción. En él eres forma única, siempre continua, pábulo
y extensión de toda conciencia de vida. Es el Yo Soy Dios.
Siete centros magnéticos
vitales en nuestro cuerpo. Siete principios universales. Siete niveles de conciencia.
Siete colores de la evolución. Conocimiento. Lo que somos, más
allá de las ilusiones del ahora, de los juegos de la humanidad, de pasiones
que obedecen a la procreación y la supervivencia. La eternidad se nos
regaló para que la disfrutásemos y todo el tiempo que hiciera falta
para que lo comprendiésemos. El Amor sin límite del Dios Padre/Madre
que sostiene la conciencia y la energía de lo existente.
Mati avanza con los Maestros. Nem, decía: “La única
obligación que tiene el hombre es meditar antes de actuar”. Utilizando
técnicas diversas, siempre bajo la explícita guía y dirección
de Nem, comienza a sanar. Así comienzan a llegar pacientes, personas,
los nombres de aquel libro que le hizo abrir Saistin en el sexto plano. Hombres
y mujeres aquejados por la enfermedad, recuperarán la salud cuando son
atendidos por Mati.
No es doctora ni ha estudiado medicina, pero
ocurre, la gente sana. No es milagro. Es guía superior, conocimiento.
Pero no toda la ayuda que hay que prestar es meramente física. Otras son
mentales. En estos casos acude Jazmine. Es la Maestra Ascendida que enseña
a Mati como ayudar a personas torturadas por traumas, o limitadas por los esquemas.
Con la guía de Jazmine es fácil dar consejos que vindican la sagrada
libertad del individuo, que invitan a disfrutarla. Los esquemas son tóxicos
para el libre albedrío. Pero en ocasiones, por las razones que fueran,
a Mati le cuesta asimilar conceptos, tiene que ejercitar su inteligencia, desarrollar
sus dotes mentales, para hacerlo con éxito dispone de la ayuda de Tairos,
con sus sabios consejos, Mati asimila antes. No hay mejor manera de aprender
que practicando.
Nem le ayuda a sanar. Alder le explica lo
sublime. Paz le entrega las claves de la serenidad. Jazmine trae la libertad
de la elección. Tairos apoya el entendimiento. Maestros Ascendidos. También
llegó Marta. Ha de fortalecerla. Debe enseñarle a enfrentarse a
los trabajos y a la vida. Debe aprender a dirigir, a conducirse de modo ecuánime
con los demás. Marta, dice: “Para enseñar tienes que unir
sus enseñanzas, mis enseñanzas, tus enseñanzas”.
Hay trabajo. La ayuda que ha de dar se
diversifica. No es sólo sanar. También hay que compartir lo que
va llegando. La verdad experimentada no debe guardarse. Hay que compartirla con
aquellos que se acercan sedientos de certezas y respuestas en el camino de la
búsqueda interior.
Alder le decía: “Confía
en el Padre y obtendrás lo que quieras”. Paz, le decía: “Primero
desear paz, luego desear dar paz, después dar paz”. Paz. Ella le
enseñó una oración: “Señor, dame paz, para
que mi paz dé paz al mundo. Señor, dame luz, para que mi luz dé luz
al mundo. Señor, dame amor, para que mi amor dé amor al mundo.
Señor, dame fuerza, para que nunca deje de dar paz, luz y amor al mundo.
Gracias, Señor”. Maestros Ascendidos.
Su vida ha cambiado tanto en los últimos
meses, que en ocasiones no sabe en qué tiempo vive. Se le fue más
de un año estudiando, confinada en casa, recibiendo a los Maestros. Luego
comenzó a sanar. Después se organizaron charlas, cursillos. Se
propiciaba el despertar de algunos. Recorrido. Si miraba atrás, notaba
que había recorrido un buen tramo del sendero, seguramente el más
complejo y difícil, por ser el inicial. Lejanos quedaban los días
en que sufría y desesperaba. Ahora estaba asesorada, acompañada,
ahora sentía su vida llena de sentido
6.- Los colores de la evolución
La vidente, sostiene la ayuda que presta
en diferentes pilares. El más importante, es la indicación directa
de los Maestros. Además, al escudriñar el aura de las personas,
que es la energía vital que las rodea, logra recopilar información
sobre la salud, el estado de ánimo y otras inquietudes que afectan al
individuo. Pero también el color evolutivo de cada entidad, le ofrece
una valiosa información.
¿Qué es el color evolutivo?
Antes de explicarlo, puntualizar, que no hay orden, no hay un primer color, un
segundo color, y así hasta siete. No se prefija un itinerario por los
mismos. La meta es llegar al último, el blanco. Antes, hay que aprobar
en seis anteriores. El color evolutivo desvela el empeño existencial de
la persona. Cada tono, implica un esfuerzo concreto, un específico camino
por recorrer. Mati está capacitada para ver la íntima pigmentación.
Así dispone de un dato perentorio para aconsejar, cuando la ayuda va más
allá de lo físico.
Algunos visten el color rosa. Estas personas
han aceptado venir a esta experiencia de vida a sabiendas que han de crecer en
lo que al amor se refiere. Deberán evolucionar desde el amor carnal al
otro más ancho del amor universal. Tendrán que conseguirlo en cada
una de las facetas de la vida, con los padres, con los amigos, luego con los
hijos, con los más cercanos, con el semejante.
En otras personas Mati veía el color
naranja. La abundancia. Quienes muestran el color naranja, tendrán que
aprender a elevarse desde la opulencia material a la espiritual. El camino de
este color exigía llenarse de virtudes, mantenerlas, y regalarlas luego
a los demás.
El amarillo es el color de la sabiduría.
Las personas que lucen este tono han emprendido una nueva aventura con la intención
de desarrollar su inteligencia. En una primera fase ese desarrollo será mental,
en una fase posterior será espiritual, adquiriendo la entidad sabiduría
en lo concerniente a su Yo eterno y divino.
El verde es el color de la sanación.
Los individuos que aceptaron esta pigmentación, deberán sanar desde
lo físico a lo mental, pasando por lo emocional y llegando a la salud
espiritual del Ser.
El azul es el color y camino de la voluntad.
Quien lo ostente, realizará el trabajo de superar la indecisión
hasta alcanzar la acción, de transformar la tozudez en fructífera
voluntad interior, de convertir la guerra en paz.
El color violeta es el del cambio. Los
tocados por él serán personas llamadas a la transmutación.
Pero siempre, con el objetivo de transformar lo negativo en positivo, tanto en
lo material como en lo espiritual.
Después está el blanco.
No hay orden en los anteriores, pero el blanco es el último de los colores.
Quien lo viste ha adquirido la suma de experiencias y características
del resto de tonalidades.
El color de Mati es el blanco. Ella no lo
adquirió en esta vida, lo traía ganado cuando nació. De
ahí su opción asumida de ayudar a tantas personas, inscritas en
aquel libro que Saistin le enseñara en el sexto plano. Mati camina por
el sendero de la maestría. En vidas anteriores había aprovechado
experiencias para adquirir la virtud que domina cada color evolutivo. Desde antes
de nacer, ya ostentaba el color blanco, el resumen de todos. Ahora debía
dedicar su actual vida en ayudar. Su ayuda, resultaba un toque de atención
para los pacientes, como un timbre que invitase al despertar de cada uno de ellos.
La elección es propia. Pero cuando Mati aparecía para ayudar, el
timbre se oía, el estremecimiento acaecía, lo superior y elevado
rozaba la esfera de la carne y la sangre. En realidad, con su actual proceder
en esta experiencia, Mati superaba o superaría alguna de las pruebas que
esperaban.
Para cambiar de un color a otro siempre
hay que superar dos pruebas postreras. Una del color que abandonaremos, y otra
del color que se inicia. Por ejemplo, si alguien va a terminar el color azul
y empezar en el color rosa, tendrá que superar una prueba de voluntad
unida a otra de amor. Cuando se disfruta el color blanco, también hay
pruebas. Debidamente superadas, la entidad pasará de la evolución
humana a la evolución celeste. Ya no tendrá que regresar a este
plano utilizando el canal del nacimiento. Habrá alcanzado la maestría.
Gozará de la plenitud de lo superior. Dentro de la evolución celeste
se sigue creciendo. Arriba, como abajo, hay siete colores. La entidad que supera
la esfera de lo humano para acceder a la esfera de lo celestial, podrá elegir
entre las siete hermandades de los siete colores para trabajar como Maestro por
la evolución humana. Cada hermandad, dependiendo del color, trabajará un
tipo determinado de experiencias profundizando en ellas.
Pero el Maestro que abrace el color blanco,
trabajará todos los temas sin profundizar en ninguno en concreto. Para
Mati no resultaba complicado comprenderlo, ella conocía a Maestros Ascendidos,
entidades que transitaron por todos los colores, y ahora, desde la evolución
celeste, ayudaban a los que regresaban para experimentar el formato llamado humanidad.
Los colores evolutivos. Era uno de los
conocimientos aprendidos, que más le gustaba oír a la gente. Cuando
a cualquier persona le desvelaba el color que lucía, mostraba sorpresa,
luego permanecía en silencio unos instantes, atando cabos, como si relacionase
las mil cosas que acudían a su pensamiento.
Dios no es perfecto, no necesita serlo, si lo
fuera resultaría limitado y alentaría el erróneo ideal de
que existe lo imperfecto. Existe la experiencia que genera conocimiento, el refinamiento
del mismo. Dios Es, en su continuidad sostiene lo creado y nos deja Ser, a su
imagen y semejanza. Entender nuestra divinidad, inmortalidad y eternidad, abrazando
la piedra angular del Amor, con la que tendremos que sostener todo el edificio
del Yo Soy Dios, conducía de la evolución humana a la evolución
celeste. Allí seguiremos aprendiendo, la eternidad no tiene principio
ni fin. Tal vez fueran las dos únicas cosas que no se encuentren en lo
eterno.
Algo a tener en cuenta cuando se habla de
los colores evolutivos, es el hecho de que, aunque se trabaja un color principal
durante la vida, no se deja de adquirir conocimiento del resto de tonalidades.
Sucede porque las situaciones nunca son absolutas.
Los colores evolutivos enseñan
que es necesario hablar del amor con mayúsculas; que se necesita atesorar
abundantes virtudes para ofrecerlas; que es sabio aceptar nuestra naturaleza;
que el poder de la salud se halla en nuestro interior; que la voluntad es creadora
de la realidad; que es necesario renunciar a esquemas, porque la continuidad
implícita en la existencia, exige cambios, transmutaciones; finalmente,
enseñan que la evolución nos eleva a planos o niveles superiores
de entendimiento.
Los colores evolutivos enseñan que
regresamos a este primer plano de la reproducción y la supervivencia,
porque empleamos vida tras vida tras vida en satisfacer las exigencias de cada
color. El número de oportunidades que disfrutemos, dependerá de
cada uno. Se respeta el ritmo personal, pues existe el libre albedrío,
el tiempo de comprensión, depende de la entidad y los procesos de pensamientos
que active en función del aprendizaje que obtenga de sus experiencias.
Continuidad, inefable milagro sostenido,
eso es Dios, la vida, eso es cada uno de nosotros. Eternidad, nuestro único
y verdadero hogar.
7.- Iluminando dolores y miedos
La ayuda es integral. Mati trabaja
sanando, aconsejando, organizando encuentros, reuniones, charlas, propiciando
el despertar personal. Pero también tiene trabajo ayudando a fallecidos,
a personas que siguen viviendo más allá de la muerte y necesitan
orientación. El trato continuo con Maestros, la familiaridad con la energía,
y el convencimiento de sus facultades, habían terminado de desarrollar
su congénita visión, por eso, en cuanto se sentaba en un sillón
o se tendía en la cama, apenas lograba deshacerse de las entidades que
demandaban ayuda.
Al principio fue agobiante. Le tocaban
en el hombro, en la rodilla. Le pedían atención. Saistin se encargó de
asistirla. Le enseñó que debía encender velas blancas, orar
por ellos, hacerles entender, hablarles para que comprendieran que no encontrarían
el camino hasta que se desprendieran de lo que les atormentaba.
La ayuda es integral. En ocasiones, agotadora.
Con los que no son de sangre y carne, debe organizarse, aprender a decir ahora
no, a dedicar un tiempo concreto para ellos. Pero los ve. Están, saben
que Mati puede ayudarles. Finalmente, al acabar el día, cuando no puede
interrumpirla el teléfono, los hijos, las demandas de lo cotidiano, les
dedica un tiempo.
Al principio encendía velas, la ayuda
era personalizada. Más tarde, siempre con la dirección de Saistin,
aprendió a regalar su ayuda a grupos enteros, para ello sólo debía
descarnarse, entonces actuaba con el pensamiento.
Comenzó a ayudar a personas fallecidas
en 1993. Nunca ha dejado de hacerlo. La ayuda a los que se marchan desalentados
y necesitan aliento y guía es una constante en la vida de Mati, en su
experiencia elegida. El número de entidades que ha ayudado, desde entonces,
supera varios cientos. Pero nunca estuvo sola. Desde el principio, Saistin, regaló claves,
oraciones, directrices y apoyo presencial. Cuando avanzó y estuvo capacitada
para atender a grupos, Marta, una Maestra especializada en elevaciones, se encargó de
profundizar con ella en esa experiencia de ayuda. Con el tiempo, aparecieron
personas que apoyaron el empeño, se escriben reflexiones, según
los casos y bloqueos. Personas que ni siquiera se conocen, oran a distintas horas
del día, y a kilómetros de distancia, por las mismas entidades,
coordinadas por Mati, a su vez, dirigida por la Maestra Ascendida Marta.
Ayuda integral en todos los frentes
posibles. En la exquisita conquista del Amor, se comprende que las almas más
nobles y sabias son las que han vivido todos los papeles posibles. Una vez fueron
el verdugo, otras el ajusticiado; unas veces fueron el capitán, otras
el soldado; unas veces fueron la concubina, otras la mujer casta. Las almas más
nobles y sabias se han forjado en el yunque de la experiencia. El amor reconoce
la divinidad en las entidades, reconoce lo eterno en todos ellos sin importarle
el grado de evolución de cada uno, y presta su ayuda, a discreción,
en cuantos frentes sea necesario.
No todos los que mueren necesitan
ayuda ni padecen. Lo harán los que al marcharse estén sumidos en
la culpabilidad, en la amargura, torturados por los juicios de sí mismo
y de los demás. Los que se marchen con odio o resentimiento hacia ellos
o sus semejantes, dejarán este plano, para continuar alimentando las anteriores
actitudes hasta que aprendan de ellas. Estas entidades poblarán el segundo
plano o nivel de conciencia, el del miedo y dolor. Debemos entender que, cada
pensamiento contemplado y aceptado como entendimiento, tiene una frecuencia vibratoria,
lo que se experimenta y expresa en un sentimiento. Así, si te domina el
dolor, contemplas los pensamientos más limitados, asociados al dolor,
los que producen las frecuencias vibratorias más bajas que emocionalmente
se experimenta en el dolor. En cuanto al miedo, es sencillamente devastador,
bajo su influjo, nada puede expresar la vida.
Las entidades que pueblan el segundo
plano sufren porque han de elevar su espíritu. Han de entender que hay
otras formas más plenas de ser, y otros planos más satisfactorios.
Necesitarán contemplar el entendimiento del amor, así experimentarán
la inefable alegría, de las frecuencias vibratorias más elevadas
por los pensamientos de amor compartido y expresado. Cuando lo hagan se elevarán
a otra realidad o nivel de conciencia, acorde con el sentimiento que les domina.
Siempre, en todo momento, libertad
y entendimiento nos acompañan. O sea, a estas entidades nadie les mandó al
segundo plano castigadas o similar. Sucedió que, tras la vida carnal y
posterior fallecimiento, hallaron la sublime realidad, de su Yo inmortal. Todas
fueron al quinto plano o nivel de conciencia, dijimos que se llama del Amor expresado,
también conocido como el paraíso. Es allí donde tiene lugar
la revisión de la luz. Pero allí no permanecieron. Para hacerlo
necesitaban otras vibraciones más elevadas, las de unos sentimientos que
no poseían; fueron éstos, sus sentimientos, expresando una frecuencia
vibratoria baja, por pensamientos aceptados y contemplados, los que les enviaron
al segundo plano, al nivel de conciencia de miedo y dolor.
Siempre, en todo momento, libertad
y entendimiento nos acompañan. Seguramente, nada nos ilustrará mejor,
que conocer el padecimiento sufrido por algunas entidades durante algún
tiempo. Son experiencias más habituales y numerosas de lo deseado.
Segunda parte: Del bloqueo al entendimiento
1.- El segundo plano
Para situarnos, anotemos la
secuencia. Por las causas que fueren, se acaba la vida, se produce el fallecimiento. ¿Recuerdan
uno de los libros mencionados, aquel en el que su autor se había tomado
la molestia de entrevistar a personas que conocieron la muerte clínica,
en algunos casos durante minutos? En todos los relatos, los que vivieron tal
experiencia y regresaron para contarlo, hablaban de la sensación de pasar
por un túnel, por una especie de oquedad donde al final se ve una gran
luz hacia la que vamos. La luz que nos llama, no es otra cosa que nuestro espíritu,
la semejanza e imagen que tenemos del Padre, la esencia que somos y seremos siempre.
En el fallecimiento, el espíritu
llama al alma, para que abandone el cuerpo. El alma es como el libro de nuestra
vida, en ella se registran cada una de nuestras emociones, en imágenes,
es un archivo visual. El postrero viaje que realiza el alma antes de abandonar
el cuerpo, transitando por los centros magnéticos vitales de nuestra anatomía,
genera la sensación de que atravesamos un túnel. Ocurre que el
espíritu reclama la presencia de su archivero, del recopilador de todas
sus emociones, de su memoria como ser divino; la gran luz que vemos al final
del túnel, no se marcha sin las experiencias atesoradas, se lleva al alma
que las guarda.
¿Qué ocurre luego? Ascendemos
al quinto plano, que dijimos era el de Amor expresado. Donde tiene lugar lo que
se denomina la revisión de la luz. Pero allí, sólo permanecen
los que tienen vibraciones acordes con el plano en cuestión. Como dijimos,
si morimos dominados por vibraciones más bajas, dado que contemplamos
pensamientos más limitados como el dolor y el miedo, nos será imposible
permanecer en el quinto plano, y la revisión de la luz nos situará allá donde
nos corresponda en función del sentimiento que nos embarga.
Una vez más insistimos en
que nadie juzga a nadie, que la evolución dependerá de nuestros
procesos de pensamiento y el grado de expresión emocional de cada uno.
O dicho de un modo más simple, los planos superiores, no serán
disfrutados por las entidades que se sienten culpables, se enjuician y enjuician
a los demás, odiando a sus semejantes. Para disfrutar de planos superiores,
estas entidades deben desprenderse antes de las rémoras personales que
los limitan. Deben aceptar que son más grandes que la tristeza que les
embarga y desear conquistar otros planos de conciencia más elevados.
Al hilo de lo que decimos, es oportuno
citar ahora un párrafo de El libro de oro, de Sant Germain. La siguiente
aseveración, lograba el desconcierto de la mayoría: “Muchos
piensan que hay fuerzas en el astral; yo te digo que ninguna fuerza del astral
es jamás buena. Este plano de actividad astral contiene todas las formas
indeseables acumuladas a través de los siglos”.
Maticemos. El texto advierte que
algunos, en sus salidas, pueden visitar únicamente el segundo plano, el
del miedo y dolor. No es que los que allí estén sean indeseables,
es más bien que nadie desea para sí los padecimientos que reinan
en el nivel; tampoco se hallará en tal plano a Maestros. Aprovechamos
para sugerir que las salidas se realicen con proyecto y conocimiento, nunca por
juego o curiosidad, pues podríamos llegar a lugares ingratos para oír
historias que nos entristecerían.
Seamos conscientes de lo básico.
Tras la muerte seguimos existiendo, lo hacemos, hay vida después; asumamos
que, desde la perspectiva de lo eterno, esto de hoy, es un minuto; que nos vendrá estupendamente,
tener una visión más ilimitada sobre el asunto, a fin de evitar
luego estancamientos por una serie de circunstancias, que siempre tendrán
que ver con nosotros y con la gente que amamos y dejamos atrás al marcharnos.
Hablamos del segundo plano, porque
es allí donde están las entidades a las que Mati presta su ayuda.
Es un nivel habitado por la pena y un sin fin de dolores siempre relacionados
con nuestros esquemas, temores y apegos. Las entidades que se encuentran en el
segundo nivel de conciencia, deberán luchar denodadamente contra el miedo
y el dolor que les embarga, deberán fortalecer el espíritu, tratar
de abrazar cuanto antes pensamientos ilimitados, siendo el del amor, el más
apropiado. Ya se dijo que cuando contemplamos dominando el entendimiento del
amor, se experimenta el júbilo de las frecuencias vibratorias más
elevadas de los pensamientos de amor compartido y expresado. La llave que abre
todas las puertas en nuestra evolución es el Amor.
Pero el primer amor y la primera compasión
han de ser por nosotros mismos. Es el paso previo para ser consciente de la belleza
de la vida, y es el paso previo para sentir amor y compasión por los demás.
Los que habiten el segundo plano de conciencia, deberán comprender que
el miedo y el dolor que sufren, acaecen para su entendimiento, para su evolución,
deberán aceptar que hay formas más grandes de ser y mayores realidades
por experimentar. Las entidades que se encuentren en el segundo plano, tendrán
que vestir la esperanza, la fe y el amor, y superar lo antes posible lo que les
impide expresar la vida, porque la vida es y será, y ellos, como todos
nosotros, están invitados a ser testigos de lo eterno.
Entendamos que el tipo de muerte, puede
bloquear, por lo imprevista, brutal o terrible, pero que también hay personas
que encontraron una muerte natural, y sufrieron bloqueos, estancamientos. Entendamos
que somos lo que pensamos, que nuestro pensamiento es el creador de nuestra realidad,
sobre todo de nuestra realidad emocional, y que según los sentimientos
que nos dominen, vibraremos acordes con uno u otro plano existencial.
Los bloqueos más numerosos, como
veremos pronto, son los familiares, vivimos poseyendo a las personas que amamos,
apoyándonos tanto en ellas, que somos incapaces de seguir adelante cuando
nos dejan. Infinidad de personas, tras la muerte, tuvieron problemas para elevarse
debido a los fuertes apegos que mantenían con aquellos que habían
dejado. Pero el apego se da en dos direcciones. A veces es el difunto el que
no se consuela, y a veces son los que quedan, los que no hallan consuelo por
la ida. En los dos casos, el resultado será el mismo, la falta de elevación
de la entidad que cruzó el umbral.
Siempre habrá que insistir
en el daño que causamos a la persona fallecida con nuestra pena mantenida
en el tiempo. Los que se mueren no se irán ni estarán ausentes
si insistimos en convocarlos con una prolongada e inconsolable pena. En este
sentido, mucho habría que cambiar en cuanto al ritual familiar y social
con el que se recibe la muerte en nuestros días, para que la actitud general
de los asistentes en los funerales fuese de apoyo al difunto. Por norma, los
que más nos quieren, son los que más daño nos hacen a la
hora de encarar el tránsito. Una madre no partirá en calma si contempla
a sus hijos desconsolados. Un hijo no partirá en paz si siente que el
dolor de sus padres les impide manifestar la vida.
Pero, a veces, son nuestros esquemas
y creencias los que nos bloquean. No hallamos lo que se preveía, no es
como nos contaron. Quizá ese, sea el problema, siempre nos contaron, dejamos
en manos de otros, en el pensamiento de otros, temas capitales, transcendentes,
y los jefes del rebaño establecieron, nos pintaron el cielo, pero luego
el cielo no era como lo pintaron. Esquemas, no siempre ser devoto practicante
de la religión que toque, ayuda a encontrar el camino. La vida no es una
religión, es una filosofía, es un camino donde se aprende a Ser
por siempre jamás. Pero están los miedos. Las culpas. Otra vez
los esquemas.
Algunos no ven más allá porque
están convencidos de que han de ser castigados, otros porque fueron personas
descreídas, sin fe; aquéllos, porque sienten, que nada especial
hicieron en la vida, y piensan que han de ser sancionados de algún modo.
El drama de la raza es su menosprecio. Empeñarse en pensar que somos una
mota de polvo insignificante perdida en el devenir de las galaxias. El miedo
anonada, aprisiona, oscurece y niega la expresión de la vida. El drama
de la raza también es la conciencia social, que distrae de continuo con
lo exterior sin dejarnos reparar en el rico mundo interior que nos sustenta.
Somos lo que pensamos y llegamos hasta donde alcanzamos a sentir. Pero no debemos
olvidar que todo es continuo, que donde hoy no alcanzamos alcanzaremos mañana.
Sería injusto hacerse una idea
horrísona del segundo plano. Resulta alentador conocer que una vez el
espíritu llama al alma y se atraviesa el umbral, la realidad se convierte
en un remanso de paz y tranquilidad. Cuando salimos de este plano, nos liberamos
de las sensaciones del cuerpo, de sus instintos. O lo que es lo mismo, ya no
experimentas los dolores, el hambre corporal; ni tampoco la ansiedad que produce
el paso del tiempo. En el momento de la muerte, el mundo comienza a iluminarse
y se vuelve brillante. Se abandona la densidad de la materia, se regresa a una
existencia de luz. Donde somos pensamiento y emoción, también tenemos
un cuerpo, pero es de luz cambiando en su forma eléctrica según
nuestros pensamientos que generan unos sentimientos determinados. Dependiendo
de la vibración de nuestro campo magnético, que a su vez dependerá de
los pensamientos que contemplemos y aceptemos, el espíritu de nuestro
ser, buscará la vibración acorde con lo que sintamos. Así,
será nuestra propia energía, la que nos conduzca al plano o nivel
de conciencia en el que encajemos.
Siempre, en todo momento, libertad y entendimiento
nos acompañan, también, en el segundo plano. Cuando entendemos,
descubrimos que los juegos de la humanidad son ilusiones, un sueño mantenido
en lo continuo de su nivel de conciencia. Descubrimos que el mundo real está en
el interior, en el encuentro con la emoción en cada momento sentido. Cuando
dejamos el plano de la materia en el que nos encontramos, nuestro interior goza
de mayor alcance. Es ventajoso y esperanzador saber que entonces podemos sintonizar
con todos los niveles de los que seamos conscientes, puesto que ya no estamos
inmersos en la densidad de la carne, sino fuera de ella. Así que fuera,
más allá del plano de la reproducción y la supervivencia,
tendremos capacidad para percibir otros niveles vibratorios paralelos, que aparecerán
en formas de pensamiento o luz.
2. Miedos y dolor
Quizá, ningún dolor
sea tan acentuado, como el que genera el suicidio. Las personas que tratan de
quitarse la vida, para su decepcionante sorpresa, luego se la encuentran toda,
con cada una de las preocupaciones anteriores, pero, sin la posibilidad de solucionar
lo que molestaba, oprimía y desesperó hasta el punto de buscar
refugio adelantando el final. Tras el destructivo arrebato, te encuentras fuera,
te encuentras que todo continúa. Sientes el dolor que has causado a otros
con tu marcha obligada y precipitada, sientes culpabilidad y vergüenza.
Los suicidas continúan existiendo con su enorme dolor en el segundo plano.
Mati ha ayudado a entidades que se quitaron
la vida. Personas que aún disponiendo de tiempo para experimentar, optaron
por dejar de hacerlo. El dolor es grande cuando tú mismo mutilas la posibilidad
de seguir aprendiendo, y es mayor si has vivido de manera atormentada. Es el
caso de Manolo. Un hombre de raza gitana, que se quitó la vida a los treinta
y cinco años. Su mayor problema fueron las drogas. Comenzó con
el hachís muy joven. Luego tomó pastillas, anfetaminas. Hasta que
recaló en la heroína y allí se ancló quedando engañado.
Pero tuvo etapas en las que renunció a las adicciones. En un periodo de
alejamiento de todo tipo de drogas, se casó, y tuvo un hijo. Se ganaba
la vida trabajando en talleres, no era mecánico, reparaba la chapa de
los vehículos. Casado y con un hijo, vuelve a las drogas, lo que a la
larga, le cuesta su matrimonio. Tampoco mantiene el trabajo de manera estable.
Se da al hurto y tiene problemas frecuentes con la policía. Una nochebuena,
cuando su madre, va a su habitación para decirle que la cena está en
la mesa, se lo encuentra colgado de la lámpara, ha utilizado un gancho
para suicidarse, a los treinta y cinco años, en noche tan señalada.
A Manolo le costó año y medio
elevarse. Es uno de los casos más largos en los que Mati ha trabajado.
Manolo se sentía tremendamente culpable por haber dejado a los suyos abandonados,
por haberle causado tal cantidad de dolor, por no haber puesto remedio a sus
problemas cuando pudo hacerlo. Le entristecía la pena de su madre. La
mujer no quiso consolarse. No quiso aceptarlo. Eso ataba a su hijo al plano de
la supervivencia. Año y medio de oraciones, diálogos, de sembrar
la esperanza, en una entidad atormentada para que al fin, se ilusionase en la
posibilidad de un nuevo intento de vida. Fue lo único que le hizo cambiar
de actitud después de tantos meses. Pensar que podría hacerlo mejor
abrazando una nueva oportunidad, consiguió finalmente elevarlo.
En casos como este, se aprende la paciencia,
tan necesaria, y pilar inevitable del amor. Manolo nació y murió en
Málaga. Jason, que también se suicidó, nació más
lejos, en el sur de América. Era más joven que Manolo, rondaba
los treinta años, también era padre, de un hijo de seis años,
y tenía esposa. Pero la convivencia genera tensiones. La vida puede sumar
muchas si no sabemos eliminarlas. Superado en su amargura, Jason optó por
arrojarse desde una altura. Vivía en Madrid. La viuda se vio obligada
a pedir ayuda. Luego se mudó, pues sentía presente al difunto marido
en la casa que compartieron, lo sentía presente y cercano. Realmente,
Jason no estaba lejos. Su culpabilidad por el dolor que había causado
le impedía la evolución. Su viuda sufría, también
ella se sentía culpable de lo ocurrido. Eso lo hizo más doloroso
para ambos. Paloma, la viuda, tras dejar el asunto en manos de Mati, regresa
a América. Decide que necesita tiempo para reconsiderar lo ocurrido y
empezar de nuevo, quiere hacerlo con los suyos. Mantiene el contacto con Málaga
a través de correo electrónico.
Por fortuna, en esta ocasión, no
había una tormenta larga y sostenida, antes del suicidio, como ocurrió en
el caso anterior. Esta vez, aunque también se ha salido por la puerta
equivocada, no hay tantos padecimientos acumulados. Jason se elevó en
tres meses. Pasada la etapa de tupida tristeza, fue abriéndose a la grandeza
de la vida, con una aptitud generosa hacia él y hacia los demás.
En tres meses, superó las culpas, dolores y penas que lo afligieron, para
salir airoso del plano repleto de pesadumbre en el que se encontraba.
Si doloroso es quitarse la vida, no menos
lo es, que nos asesinen. Pero aún lo será más, cuando la
tragedia alcanza una magnitud intolerable. Es el caso de Alicia. Nació en
Almería. Murió en Zaragoza, a los treinta y cinco años,
a manos de su esposo. Los dos eran militares. El marido la asesinó a ella,
y a una hija del matrimonio, la pequeña Sandra, que sólo tenía
cinco años. Luego, se quitó la vida.
Dolor. Trauma y pesar. Es lo que hallamos
en el segundo plano. En ocasiones, vamos a él, debido al alcance de nuestro
pensamiento, otras nos envían allá las circunstancias brutales
que nos hacen salir de este primer plano de manera violenta. Aparte de la tragedia,
lo que más desconcertó y llenó de tristeza a Alicia, fue
descubrir, que su hija ya no estaba con ella. Lo estuvo un tiempo, pero cada
uno decide y camina, pues el sendero es intransferible. Sandra se marchó a
la revisión de la luz. Lo hizo, aportando el ejemplo, la adecuada dirección,
adelantándose como abanderada. Alicia, conoció a otra mujer asesinada.
Nos ocuparemos de los detalles de su vida y fallecimiento en el próximo
capítulo. Lo más hermoso, es que han decidido elevarse juntas,
tal es la amistad que han construido donde se encuentran. Estos dos casos, se
trabajan en el momento que se escribe nuestro libro. Siguen abiertos. Alicia,
y su amiga Carmen, se encuentran bastante mejor, la primera ha recibido poco
más de un mes de oraciones y atención, Carmen, va camino de los
tres meses. Lo hermoso, es que una de ellas, tendrá que esperar a la otra,
aportándole apoyo, luz, amor y comprensión hasta que consiga elevarse.
Así, ambas, lo han decidido. Elegimos. Somos libres. No estamos solos.
Ni siquiera en los peores momentos. Alicia y Carmen, asesinadas, adquieren conocimiento
día a día, para superar la anterior tragedia e ir a la revisión
de la luz. Ahora juntas, unidas en el dolor de un mismo drama repetido, unidas,
en el afán de una misma y difícil superación.
Si el segundo plano enseña algo con
aplastante contundencia, es que cualquier dolor, puede ser superado. No hay limitación
que no pueda ser transmutada en algo más grande, con horizontes más
anchos. Dolor y miedo, el miedo también resulta un dolor opresivo. Como
experimentó Dolores. Ella nació en Vélez-Málaga,
y murió en Barcelona a la edad de ochenta y un años. Se marchó a
Cataluña después de los peores años de posguerra. Allí se
empleó en una fábrica, y cuando se casó dejó de trabajar
para atender a la familia. Primero a sus dos hijas, y con el tiempo a los nietos
que llegaron. La familia era toda su vida. Fue esposa, madre y abuela generosa
durante muchos años. Era baja, metida en carnes, su pelo andaluz, muy
moreno, y su aspecto alegre. Pero, con la edad, enfermó. Necesitaba diálisis.
Cuidados continuos. Sus dos hijas lo hablan, se sienten desbordadas, deciden
ingresarla en una residencia. Allí estará cuidada. Allí,
miedosa, sintiéndose olvidada, resentida con la vida que tal mal le pagaba
tantos esfuerzos anteriores, Dolores morirá una semana y media después
de su ingreso en la residencia. Tenía ochenta y un años, había
vivido más que los anteriores, no se había quitado la vida, no
padeció, un final violento. Sin embargo, aunque en menor grado, también
se encontraba bloqueada. Sentía el miedo a no ser querida, sentía
el pánico que produce que nos rechacen aquellos que más queremos,
sentía dolor por haber sido ingresada en un lugar ajeno al cuidado de
personas ajenas.
Pero Dolores pronto demostró que
seguía siendo una entidad vital y alegre. Si murió una semana y
pocos días después de su ingreso en la residencia, marchándose
con pena y resentimiento de este plano, sólo necesitó otra semana
y pocos días más para elevarse a la revisión de la luz.
A Dolores se le dijo que todo lo que tenía que hacer era disculpar a sus
hijas, entender que ellas aprendieron conforme actuaron y que no debía
juzgarlas, sólo amarlas. A Dolores se le repitió durante una semana
y media que una madre sabe dar siempre sin esperar nada a cambio. Que el amor
es eso, dar, sin esperar recibir o tomar. En un puñado de días,
Dolores eliminó el resentimiento que mantenía por cómo actuaron
sus hijas, olvidó su dolor, y sintiendo amor, vibrando en él, se
marchó después de entender, que había formas más
grandes de Ser, y experiencias más plenas de las que disfrutar.
El amor y el desamor, nos duelen, nos apegan
a este plano, nos incapacitan para alejarnos de las personas más queridas.
No son pocas las madres a las que Mati ha ayudado a lo largo de estos años.
Hay otro caso que ilustra este tipo de apego. Se trata de Loli, murió a
la edad de setenta y seis años. Nació en Málaga y falleció en
Jaén. Siempre fue ama de casa. Sólo tuvo un hijo. Lo quiso hasta
el punto de distraerse de su propia evolución, lo amo mucho, pero comprendió con
el tiempo, que la suya era una forma limitada de amar. Tras su muerte, sufría
por la actitud de su único hijo. Hacía tiempo que se mantenía
distante. Incluso lo notaba distante ahora, desde el otro lado. Era como si en
los últimos años hubiese vivido sin tener madre. Era como si no
le importase que ella ya no estuviera. Tanta indiferencia la apenaba, le negaba
la luz de planos superiores. Loli es amable, cariñosa. Mati la recuerda
delgada, mediana estatura, aspecto bondadoso. Ella no pidió ayuda. Fue
una sobrina suya la que buscó a Mati. La sobrina quiso mucho a la tía,
tenía la sólida intuición de que, más allá de
la muerte, ahora la necesitaba. Gracias al acertado barrunto, Mati ayudó a
Loli.
La entidad, aunque le cueste, tendrá que
aprender que se camina en soledad, que los vínculos de la carne nunca
atan, que los hijos, los padres, son hermanos, iguales, semejantes que caminan
aprendiendo, a su ritmo y desde su libertad. A veces nos apega el querer casi
enfermizamente a una persona. Otras nos apega, el hecho de sentirnos poco queridos,
olvidados, rechazados. En ambos casos mostramos debilidad, evidenciamos poco
amor a nosotros, un miedo desproporcionado a quedarnos solos, e incomprendidos,
que termina mermándonos y dañándonos. Loli, como los anteriores,
hubo de asimilar la inalterable continuidad. Caminamos, nadie pertenece a nadie,
aprendemos la eternidad, en ella, nadie pierde a nadie, pues seguimos encontrándonos,
antes o después, volveremos a coincidir en el devenir. No hijos, ni padres,
hermanos, de una misma casa, de un mismo hogar, compartiendo una única
y excelsa paternidad. Hermanos.
También hay dolores que llenan de
rencor, motivados por los actos irresponsables de otros, y las nefastas consecuencias
que esos actos tuvieron en nosotros. Es el caso de Antonio. Nació y murió en
Málaga, de sida, a los treinta y cuatro años. Un cuñado
heroinómano le infectó con una jeringuilla compartida. Antonio
era alto, guapo, de pelo crespo, ondulado y moreno. Necesitó cuatro meses
para perdonar al cuñado. Murió lleno de rencor. Responsabilizaba
a otro de su muerte y se negaba a perdonar. Cuatro meses después, entendió que
prolongar semejante actitud y vibración era un error. La vida lo invitaba
a seguir y había que elevarse para ir más allá del dolor.
El dolor tiene muchos, infinitos rostros. El dolor habita en nuestro interior,
en lo nuclear de nuestro ser. Si le dejamos crecer, nos anulará obligándonos
a contemplar pensamientos limitados y oscuros, que exilian la grandeza y la luz
del amor y otros sentimientos más plenos.
La manera de conducirnos en la vida emocionalmente
nos dará una buena pista de cómo nos conduciremos después
de la muerte física. Pensar que el dolor es al hombre lo que el hombre
es al dolor, pensar que es inevitable, es erróneo, como tirar la toalla
antes de enfrentar el combate. Sólo duele lo que supera, golpea o agrede.
El dolor será desterrado, si se adquiere una fortaleza capaz de rechazarlo
desde el conocimiento, con él sabremos equilibrar y atemperar sentimientos,
separando lo relativo de lo perentorio, sin perder de vista el verdadero objetivo,
siempre aprender y crecer. Lo que se aprende en el segundo plano es que se crece,
pues con más o menos facilidad, con más o menos rapidez, habrá que
encajar lo que nos golpea y derriba, para levantarnos de nuevo, dispuestos a
enfrentar la próxima jornada. Hay infinitas jornadas en la eternidad,
nada permanece inmóvil. De tal modo, tampoco los miedos y dolores, sean
los que fueren, quedan exentos de evolución.
3.- Apegos del alma
Los lazos de amor y sangre, en ocasiones,
nos frenan. Creemos que amamos, pero más bien necesitamos. Este bloqueo,
tiene mucho que ver con las madres del mundo. Tanto cuando pierden a hijos de
forma brusca e inesperada, como si son las que mueren, dejando hijos de cualquier
edad, sienten una honda pena que les impide separarse de ellos con naturalidad.
Requerirán de tiempo y agradecerán la ayuda que se les preste para
conseguirlo. Para las madres es más difícil. Pero esta desmesura
de afecto mal dirigido, que impide la evolución y la aceptación
de la grandeza de la vida por parte de algunos, se podría encauzar, corregir,
educar, si la figura de la madre, lo que es en sí la maternidad, se sopesase
con calma, desde una perspectiva más ancha que la otra apremiante, que
nos ofrece este primer plano donde nos encontramos.
Sabemos que todos somos hermanos. Sabemos que,
vida tras vida, hemos venido encarnado nuestro color evolutivo necesitados de
una nueva oportunidad de aprendizaje. Sabemos que muchos se sienten más
cómodos para encarnar eligiendo su propia línea de ADN. Así,
los abuelos serán nietos, los hijos fueron padres y los padres serán
hijos. En realidad, todos hermanos. Es lógico que en el plano de la supervivencia
y la reproducción la figura de madre este sobre valorada. Pero no perdamos
de vista que un padre, una madre, más que serlo, sólo son tutores
de almas. Recuerda, tenemos la misma edad, nadie es más viejo que tú ni
más joven. Todos fuimos creados en el momento sublime que Dios quiso contemplarse
para expandirse, para desplegar la vida por doquier.
Aunque en una primera etapa de la vida,
esté justificado el padecer de las madres por sus hijos, estando indefensos,
en buena medida, hasta que crecen, después, el exceso de apego a los hijos,
el exceso de preocupación por ellos, lo único que creará será una
distorsión interna, proyectaremos al exterior nuestro amor hasta no dejar
nada para nosotros mismos. Y cuando nos falta amor por nosotros mismos, conocemos
el dolor, quien trae al miedo de la mano enseñando la oscuridad. Será un
dolor indebido, pues nuestros hijos, como nosotros, nunca serán abandonados
por el amor de Dios, están en la misma eternidad que todos y en el mismo
rango de dignidad, porque si bien es cierto que hay entidades más evolucionadas
que otras, también lo es, que, en esencia, todas albergan idéntica
divinidad.
Las sufridas madres tendrán que aprender
a sufrir menos. Tanto si se quedan, como si se marchan dejando hijos a un lado
u a otro. Pensar que es imposible que una madre no se desespere tras una desgracia
acaecida a uno de sus hijos, es no pensar con calma. Sobre todo, si valoramos
el daño que en ocasiones, el apego puede generar en los hijos. Veamos
algunos casos concretos y comprenderemos mejor.
Pocos golpes son tan difíciles de
encajar, como los inesperados. En su irrupción, cuando acaecen, nos bloquean
en el impacto. Es lo que sucede cuando hay accidentes mortales. Es el caso de
José María. Nació en Málaga y murió en Murcia.
Tenía sólo veintitrés años. Falleció en un
accidente de carretera. Conducía una motocicleta de gran cilindrada. Trabajaba
en un estudio de arquitectura, con su padre. La madre sufrió tanto que
una amiga le recomendó ver a Mati. José María, además
de joven, era alto, guapo. Era el amor de su madre, y ahora no estaba, de la
noche a la mañana había desaparecido. Es duro hacer comprender
a una madre que su dolor genera dolor en el hijo fallecido, es duro tratar de
hacerla entender cuando todo lo que desea es no entender y seguir herida. Pero
al final, después de muchas lágrimas, la madre entiende que su
hijo está ahí, cerca, y puede sentir toda su angustia, y eso le
estorba, supone una rémora para él, un peso que ha de arrastrar.
Finalmente, la señora entiende que
ayudará más al hijo, con una sonrisa que con una lágrima.
Tiene su proceso, pero a la postre se aprende. La madre de José María
necesitó tres meses para encajarlo. La madre de José María,
conoció a la madre de Alejandro, ambas coincidieron en el tiempo, cuando
acudieron a pedir ayuda a Mati. Alejandro también era joven, tenía
veintiséis años, nació y falleció en Málaga.
Había estudiado terapias alternativas y era propietario de un bar. Muere
a causa de un problema circulatorio. En esta ocasión, por fortuna, se
implican más personas de la familia. Es otro caso claro de que el dolor
de este plano frena y preocupa. Lo es, porque Alejandro, como antes José María,
ya estaba elevado. Pero el desconsuelo de la familia, en especial de su madre,
le afligía. Primero se le ayuda a la madre, incapaz en principio de aceptar
la pérdida del hijo, después el padre de Alejandro quiere entender
lo que está ocurriendo, se le informa. También a una tía
materna. Finalmente, la familia aceptará la pérdida.
A veces sucede, que antes de que los inconsolables
familiares acudan a Mati en busca de consejo y ayuda, los que se marcharon, se
le acercan anticipadamente. Es como si supieran lo que ocurrirá, llegan
adelantándose a sus familiares, tal como si anunciaran la venida de éstos.
Es lo que le ocurrió a Mati con Manuel, otro chico joven fallecido a causa
de un desgraciado accidente, conducía un ciclomotor, tenía veintitrés
años. Nació y falleció en Málaga. Había abandonado
los estudios y no tenía trabajo. Una muerte más, repentina e inesperada,
y el consiguiente golpe. El chico tenía la costumbre de ir siempre con
gafas de sol. Desde el otro lado, se hace notar cubriendo sus ojos como acostumbraba,
de tal porte se manifiesta a Mati. Ella lo verá antes de que la madre
venga a pedirle ayuda y le hable de él.
En ocasiones, los que se marchan, a sabiendas
de lo que harán los que quieren, deseosos de que superen la marcha, evidencian
ansiedad e impaciencia. La madre de Manuel confirmará el aspecto que Mati
le describe, un chico, bien formado, alto, y el detalle de las gafas. Manuel.
Le costaba adaptarse al mundo nuevo que le rodeaba, solía quejarse diciéndole
a Mati que donde estaba no dormía, y eso no le agradaba, aseguraba que
echaba de menos dormir. Entonces, se le hace entender que le embargará una
sensación parecida al cansancio, hasta que se eleve. Porque hasta entonces,
las percepciones del plano físico se mantendrán, como en un reflejo,
como a quien le amputan un brazo o una pierna y siente que la tiene aunque ya
no está.
Conocimiento para quien parte y para quien
se queda. La muerte. Esa realidad de la que nos cuesta tanto hablar, esos padecimientos
que podrían evitarse en todas direcciones, si, sencillamente, nos elevásemos
un poco de la perspectiva de la supervivencia y la reproducción, comprendiendo
que a ello hemos venido. En un mes de ayuda para él y para su madre, Manuel
se marchará a una dimensión más ligera, para no volver a
quejarse de que echa de menos dormir.
Accidentes, tan numerosos, desgraciados,
imprevistos y tremendos cuando llegan. Accidentes que parecen ciclones devastadores
alcanzan a distintas familias cada día, y el doloroso ritual se reitera.
Ocurrió con María. Tenía diecinueve años. Conducía
un ciclomotor. Había nacido en Churriana, murió en la carretera
de Alhaurín de la Torre. En su caso, el apego se produce en doble dirección.
Ella no se conforma con una muerte tan prematura. Tampoco lo hacen sus familiares.
Trabajo, hacer comprender, dar la luz del entendimiento, en una y en otra dirección,
a los que se van, y a los que se quedan. María echaba de menos las salidas
del fin de semana, tenía añoranza de su novio. No resulta fácil
hacer entrar en razón a una entidad tan llena de expectativas en el plano
de la materia. Pero hay un argumento que casi siempre funciona. ¿Qué habrá más
allá? ¿Qué habrá una vez nos elevemos? ¿Qué necesitará seguir
aprendiendo María? La continuidad, el movimiento implícito que
conlleva la vida, que atesora en su perenne inquietud. María se despegó del
plano de la materia cuatro meses después de su muerte. En ese tiempo,
ella y los suyos, tuvieron que pelear contra la pena y los pensamientos limitados
que a todos les procuraban dolor. Lo que más alivia es saber que se continúa
existiendo. Lo que alegra y consuela, es oír que el pesar se ha superado
y se asume la elevación y la indagación continúa que significa
la vida. Para entonces, los familiares han comprendido que el modo de enfrentar
la pérdida, es crucial para conseguir lo anterior.
Accidentes. La carretera. Esa lacra,
esa especie de virus que genera tantas víctimas, en trágico goteo
imparable, arrojando cifras que terminan estremeciéndonos por lo abultadas.
Un accidente de coche, trajo la muerte a Jesús, tenía veintiocho
años. Había nacido en Granada, falleció en Ronda. Trabajaba
en la construcción. Su novia, al poco de la pérdida, pidió ayuda,
como ocurre la mayoría de las veces, alguien le habló de Mati y
a ella acudió. Le dijo que sentía cerca a Jesús, luego entendió,
que era su propia pena lo que ataba a Jesús a su lado. Ana María
y Jesús eran novios desde hacía tres años, abrazaron la
ilusión de vivir juntos un día, pero sin fecha concreta. Él
trabajaba en la construcción, ella en un supermercado, iban ahorrando,
eran jóvenes, había un proyecto de vida en el futuro, eso era suficiente,
no había prisas, ni pausas, hasta que llegó el accidente, y todo
quedó truncado. Ana María necesitó dos meses para encajarlo.
Para despedir a su novio, decirle adiós y aceptar la marcha superando
la pena. Mientras no lo hizo, Jesús no se elevó.
Apegos, el amor en ocasiones no quiere
conformarse, nos llena de un dolor agudo capaz de poseernos y capaz de impedir
el desarrollo de los que nos abandonan. Pepi no murió en ningún
accidente. Siempre tuvo problemas de salud, era una mujer de complexión
débil, delgada. Había nacido en Toledo, murió en Málaga,
a consecuencia de un fallo hepático. Pepi tenía treinta y dos años.
Era una mujer soltera, sin hijos. Tardó cinco meses en elevarse debido
a la pena de su madre. Cinco meses de dolor en ambas direcciones, por una actitud
de rechazo, de impotente rebeldía, ante la realidad del transito. Meses
de dolor para una madre y una hija por la imposibilidad de encajar una realidad
que la madre negaba.
La figura de la madre. Explicarlo,
insistir, sin herir sentimientos. Amar a los hijos es formidable, grandioso,
algo en verdad digno y recomendable. Amarlos hasta el punto de descuidar nuestro
desarrollo, es, sencillamente, un error lamentable. El bloqueo se acentúa,
si es la madre quien se va, y los hijos que deja son pequeños. Es el caso
de Ángeles. Había nacido en Antequera y falleció en Málaga
a los treinta años, enferma de cáncer. Su bloqueo era muy fuerte
pues dejaba a dos hijos, uno de seis, y otro de tres años. Tardaría
todo un largo año en elevarse. Un año en el que desdeñó seguir
avanzando apegada en su dolor al plano que había abandonado, apegada aquí,
a causa de sus hijos, de los que no sabía cómo alejarse.
En ocasiones, los hijos son pequeños,
pero otras, los hijos son personas adultas. Es lo que le ocurrió a María.
Había nacido en Benagalbón y murió en Málaga con
ochenta y dos años. Era viuda, pero también madre de siete hijos,
abuela de quince nietos, y bisabuela de otros cinco biznietos. Pero le preocupaba
el mayor de sus hijos, estaba enfermo. Eso la bloquea, la detiene en el ascenso.
A María se le hace comprender que conforme mejor esté ella, más
podrá asistir a su hijo. Se le hace entender que necesita la revisión
de la luz para así obtener la guía y orientación pertinentes.
Nuestra voluntad es soberana, creadora, nadie nos obliga a nada, algunas entidades,
como veremos en el capítulo correspondiente, sólo se apresuran
en elevarse para regresar a cuidar y a asistir a los que quieren, ejerciendo
de guías. María escucha con atención los consejos que se
le regalan, y en una semana, se eleva, marcha al quinto plano, donde enfrentará la
revisión de la luz y recibirá la ayuda oportuna, en función
de su deseo.
Nos ata el dolor que producimos con
nuestra ida, en los que dejamos atrás, ese dolor nos pesa, nos impide
seguir adelante. Es lo que le ocurrió a Juan. Tenía problemas cardíacos,
a sus sesenta y nueve años, siguiendo el consejo de su hija, se operó.
Pero la operación no sirvió para mejorar su calidad de vida. Juan
empeoró, y murió. Natural de Algarrobo, murió en Vélez.
Era un hombre sencillo, se había dedicado a la agricultura. Mati lo recuerda
calvo, bajo, regordete. La hija, desconsolada, se culpaba de lo ocurrido. Se
le hará entender que el desenlace hubiese sido el mismo, con operación
o sin ella, el corazón de Juan estaba demasiado dañado para aceptar
componendas. Pero costó seis meses. Algunas culpas se enquistan, en algún
lugar recóndito de nuestro interior, y se hacen fuertes, tanto, que luego
nos cuesta un gran esfuerzo desbaratarlas, deshacerlas, superarlas. En cuanto
la hija dejó de pensar que era culpa suya, en cuanto asumió que
su padre hubiese muerto de cualquier modo, Juan se marchó a la revisión
de la luz, ya tranquilo, por la tranquilidad de su hija.
Seguimos existiendo y nos preocupa sobremanera
las preocupaciones que causamos al marcharnos, los dolores que se producen, si
ese dolor es agudo, profundo, inconsolable, seguramente nos atrapará,
tirará de nosotros con fuerza y quedaremos en el plano del miedo y del
dolor. A la espera de que la pena de este primer plano se disipe para continuar
el camino. Si actuamos indebidamente podremos retardar la evolución de
los que se marchan. La pena, la lástima, el desconsuelo, multiplica lo
ingrato, lo tortuoso y opresivo. La pena, en el fondo, no está justificada
de ningún modo, si somos capaces de mirar el devenir de los sucesos bajo
el prisma de lo eterno. Cuando la pena de los que se marchan es honda, desaforada,
cuando su preocupación por los que quedan se muestra excesiva, puede suceder
que se produzcan fenómenos extraños, inexplicables e inquietantes.
Es lo que ocurrió en el caso de Marina.
Nació en Barcelona y murió en Málaga a los setenta y cinco
años. Ama a sus hijas, le preocupaban sus hijas, tenía dos. En
casa de una de ellas, se encienden y apagan las luces sin que nadie manipule
los interruptores, se oyen ruidos sin que nadie los produzca, todos sienten que
están acompañados. A Marina se le hace notar que su actitud daña
más que ayuda, que empeorará las cosas y agudizará su dolor
y el dolor de las hijas. Marina rectificará pronto. En sólo dos
semanas se elevará. Entiende, asume, y abraza pensamientos que le ayudan
a vibrar de forma menos densa, encajando con el plano más alto al que
debe ir para continuar su intransferible e ineludible camino.
Somos tan libres de patalear como de entender,
existen todas las opciones, el infinito nos rodea, y nosotros elegimos, en función
de nuestro nivel de conciencia. El segundo plano esta lleno de madres que no
desean alejarse de sus hijos. Fue el caso de Carmen. Murió en Fuenguirola,
de infarto, a los treinta y siete años. Estaba separada desde hacia tiempo,
tenía dos hijos, de quince y siete años. Su hermana, tras la muerte,
nota la presencia de Carmen, no oye nada, no ve nada, esta vez no hay ruidos
ni se apagarán y encenderán las luces. Pero la hermana nota a Carmen.
Pide ayuda. Mati confirma que Carmen la necesita. A pesar de que Carmen fue durante
su vida en este plano una persona con poco ánimo, que nunca logró mantener
un trabajo demasiado tiempo, y fue tirando de lo que salía acá y
allá, sólo necesitó un mes para elevarse. No es mucho para
una madre que de repente se encuentra en el otro lado sin poder atender a diario
a sus hijos como le gustaría y le nace de lo más hondo de su alma.
Ana también murió de un infarto.
Quien pide ayuda es una sobrina. Ana tenía setenta años cuando
falleció. Su sobrina, Encarna, casi cincuenta. La había cuidado
toda la vida, la echaba en falta. Quien necesitaba la ayuda era Encarna, pero
Ana esperó el tiempo que su sobrina necesitó para aceptarlo, antes
de elevarse, de alejarse de ella. Es un caso de freno, proyectado por el dolor
de una persona que se queda en este plano. ¿Tenemos derecho a tanto? Sin
duda, lo tenemos, dado que sucede y ocurre con más frecuencia de la deseada.
Pero, la pregunta es otra, ¿seremos capaces de insistir en nuestra pena
sin hallar consuelo aún a sabiendas que eso dificulta la marcha y el desarrollo
de la persona fallecida, que nuestra actitud le hace detenerse en su evolución
para contemplar nuestra pesadumbre? ¿Seremos capaces de seguir despidiendo
a la muerte como no debemos, para seguir haciendo daño a los que más
nos quieren y queremos?
Cada uno deberá buscar su respuesta.
La violencia de género, ha generado grandes dolores que quedaron temporalmente
ubicados en el segundo plano de conciencia. Carmen Karem, nació en Bolivia,
en Santa Cruz de la Sierra. Conoció a un español y se vino a España.
Se establecieron en Galicia. Consiguió trabajar y mandar algún
dinero a casa. Tiene dos hijas de corta edad, viven con una abuela en Bolivia.
Su compañero sentimental, la asesinó en una localidad cercana a
Vigo. Carmen Karem sólo tenía veintiséis años. Se
negó a la luz, sumiéndose en la pena y el dolor. Había dos
escollos que superar. Un fuerte rechazo a la sociedad, y el gran apego que la
mantenía unida a sus dos hijas. Carmen Karem había trabajado la
noche, la sociedad, puede llegar a ser despiadada con los sujetos que considera
marginales o al margen de lo políticamente correcto. A Carmen Karem se
le dice que todos tenemos que encarnar cada uno de los papeles para llegar a
entender al semejante, al que nunca hay que juzgar; se le dice que cuando juzgamos
a los demás, lo único que hacemos es evidenciar lo que no toleramos
en nosotros mismos. Se le dice que sus hijas son sus hermanas, que ellas experimentan
ahora en el primer plano, y que de ello debe alegrarse. Carmen Karem, esta chica
boliviana, es la amiga de Alicia, la militar española que fuera asesinada,
junto a su hija, en Zaragoza. Carmen y Alicia decidieron superarlo juntas. Tanto
así, que la mayoría de las personas que, coordinadas por Mati,
levantan sus oraciones día a día para ayudarlas, las atienden a
la dos, juntas. Así, Alicia y Carmen, reciben el mismo conocimiento, comparten
idéntica atención y las plegarias que a ellas se les dirigen. Como
dijimos cuando nos ocupamos de Alicia, estas dos amigas, se encuentran mucho
mejor. Están próximas a elevarse. Repetiremos lo hermoso que resulta
el hecho de que dos mujeres, que tanto han sufrido, todavía, estén
dispuestas a sacrificarse la una por la otra, lo cual habla de la generosidad
de ambas, dado que una, inevitablemente, tendrá que esperar a su amiga
y apoyarla, pues quien de las dos lo superé antes, no se elevará,
esperará a que la otra esté preparada para acompañarla.
Confiemos en que, juntas, no tarden en superarlo. Así sea.
Cuántas palabras, cuánto amor
y cuánta paciencia hay que dedicar a una madre que ha dejado el plano
y se siente apegada a él por la preocupación y el dolor que le
causan sus hijos. Cuántas horas les ha dedicado Mati a las madres. Pero
no todos los apegos son maternales. En ocasiones, son amigos los que acuden demandando
ayuda. Como sucedió en el caso de Santiago. Santiago murió y nació en
Málaga, a la edad de cincuenta y cuatro años, era taxista, separado,
apenas mantenía relación con la familia, falleció a causa
de una infección intestinal. A los pocos días, dos de sus amigos
sienten la presencia de Santiago, sobre todo, uno de ellos, Santiago había
acudido muchas veces a casa de ese amigo, donde solían organizar reuniones.
Tardará tres meses en elevarse. No le duelen hijos, no hay una madre o
una esposa que sufran por él. Se apega a sus amigos, que sienten su presencia.
Santiago necesitará tres meses para cambiar de actitud y seguir el camino.
Ya dijimos que libertad y entendimiento siempre nos acompañan. Decidimos,
en función de nuestro alcance, deseos y sentimientos. Los amigos también
pueden ser un fuerte apego, si así lo establecemos en nuestra conciencia.
Pero los apegos que pueden frenarnos, son
de todo tipo, como botón de muestra, sirva el caso de Luis Manuel. Había
nacido en Córdoba, Argentina, era albañil, murió debido
a un cáncer de pulmón en la localidad malagueña de Fuenguirola,
a los sesenta y dos años. Nunca mencionó a familia, ni persona
alguna que le preocupase. Lo que a él le impedía ascender y elevarse
era su tremenda adicción al tabaco. El tabaco había minado su salud
hasta provocarle un cáncer, y ello le hacía sentir muy culpable,
pero, la culpabilidad, no le impedía desear fumar con ansiedad. Luis Manuel
vagaba por cafeterías y lugares donde la gente fumaba, reconocía,
siempre con culpa y avergonzado, que todavía deseaba fumar, y por eso
iba donde la gente lo hacía, para oler el humo, el humo que ya no podía
saborear porque no tenía boca, ni pulmones; pero deseaba seguir fumando.
Lo que a muchos pudiera parecer insólito, costó seis meses de trabajo
para Mati. Luis Manuel tuvo que entender que su adicción estaba sólo
en su pensamiento, y que ahora, sin cuerpo físico, ni podía ni
necesitaba fumar. Muchas veces se le dijo que una vez se elevase dejaría
de sentir ese deseo que luego traía la culpa y el consiguiente dolor.
Seis meses de charlas, diálogos y consejos. Luis Manuel, finalmente lo
superó.
Apegos, todos los que la carne sepa convocar.
Todos los que logra albergar el plano de la supervivencia y la reproducción.
Para cerrar este apartado dedicado a los apegos del alma, donde las madres son
las protagonistas más numerosas, nos ocuparemos de un caso poco habitual,
pero que nos muestra con claridad hasta donde sobreviven con nosotros nuestras
fijaciones y deseos. Es el caso de Mario Javier. Nació en Granada y murió en
la ciudad a la edad de cuarenta y ocho años. De un infarto cerebral. Estuvo
casado pero se separó. Bebía. Lo cual le acarreó numerosos
problemas y decepciones. Tenía una hermana, Silvia. Después de
ocho años de la muerte de Mario Javier, Silvia, comienza a sentir cerca
al hermano. Se inquieta. Por cómo le sucede, por dónde le sucede.
Silvia es empleada de hogar en algunas casas, unos días a la semana, las
limpia en horas en las que sus propietarios trabajan. En una de esas casas, Silvia
siente a su hermano. Lo siente en un apremio sexual. Es algo extraño,
desconcertante. Cuando decide compartirlo con su pareja y su mejor amiga, contará lo
que no logra entender, pero cuando limpia la casa donde siente a Mario Javier,
se excita sexualmente. No lo entiende, porque luego, cuando llega a casa, no
tiene sexo con su pareja, las desbordantes ganas han pasado. Lo más inquietante
es que cuando le ocurre en la casa, siempre le viene a la mente su hermano, que
hacía ocho años había fallecido. Silvia contará con
muchas lágrimas, que cuando era niña tuvo miedo de su hermano mayor.
La acechaba, la miraba cómo no deben mirar los hermanos. Cuenta que entonces,
antes de dormir, echaba el pestillo de su dormitorio; que ahora tiene miedo,
porque lo que sucede la supera. Llega a Mati. Se acaban las lágrimas y
comienza el trabajo. En menos de tres meses, quien durante ocho años había
permanecido en el plano del dolor y el miedo, comprendió, gracias a la
plegaria, que quedaba mucho por aprender y realidades más gratas por disfrutar.
Mario Javier se elevó. A Silvia se le explicó que lo sintió en
la casa porque en ella había una fuerte energía sexual que su hermano
utilizaba para acercarse. Silvia contó que todos los días, cuando
hacía la cama del dormitorio de matrimonio, retiraba pequeñas botellas
de vino espumoso y unas copas con las que se habían brindado.
4.- Esquemas que frenan
Miedos, dolores, apegos de todo tipo,
pero también esquemas. Somos soberanos para crear proyecciones mentales,
si son fuertes, sólidas, tras la muerte, podemos rechazar la evolución,
situándonos tras el parapeto que hemos creado con nuestras ideas y esquemas.
La verdad es, que pocos hombres y mujeres son conscientes del poder del pensamiento.
En el otro lado, descarnados, el pensamiento alcanza una relevancia mayor. Tendremos
que tener las cosas más o menos claras, para evitar confusiones y estancamientos.
Pero arrojarán más entendimiento casos concretos que cualquier
tipo de explicación.
Juan Ramón murió a los cuarenta
y nueve años. De un cáncer. Su bloqueo consistía en que
era escéptico. También estaba resentido con las mujeres de su familia.
En especial con la madre y la esposa. Vivió en Rincón de la Victoria,
y murió en Málaga. Era padre de dos hijos, Gestor Laboral, y un
hombre coqueto que cubría su calva con un peluquín castaño.
No demanda nada en particular. Pero tras la muerte, se siente perdido. Dolido.
Siente que ha llevado una vida de escasas satisfacciones. Conocimiento. Entregar
la luz a los que insisten en sus esquemas, es hablarles incansablemente hasta
hacerles comprender. Nadie nos castigará por no creer, y nadie nos castigará por
sentirnos resentidos con personas concretas. Pero Juan Ramón se siente
dolido por la vida que ha llevado, no le ha reportado grandes satisfacciones,
más bien al contrario. Otra vez conocimiento. Quien dispensa oraciones
bajo el magisterio y mecenazgo de Maestros Ascendidos, debe contar con argumentos
sólidos, atractivos, concluyentes para los que sufren estancados en su
particular y concreto dolor. Juan Ramón se elevará en dos meses.
Se le convence con la esperanza de que, debido a la dureza de la vida que acababa
de dejar, tal vez la próxima que abrace, será una vida de descanso. Él
deseaba que así fuese, y tras dos meses de indecisión, aceptó elevarse
y la consiguiente revisión de la luz.
¿Qué es una vida de descanso?
Veamos. Aunque nos parezca increíble, nadie puede obligarnos a nada. En
ocasiones, las entidades se encuentran tan bien donde están, una vez superados
anteriores traumas y bloqueos, que no desean regresar para seguir experimentando
en este plano de la materia. Algo que logra motivar a algunos, es el saber a
priori, el tipo de vida que abrazará. Los tipos son tres: Vida de descanso,
se trata de una experiencia vital sin alteraciones ni notables preocupaciones.
Gozaremos de estabilidad en lo familiar y laboral, nuestro trabajo obedecerá a
un empeño sin muchas pretensiones ni grandes responsabilidades. En cuanto
al día a día, a lo cotidiano, nos enfrentaremos a un mínimo
de problemas. También la muerte, será poco traumática. Esta
experiencia de vida se suele conceder después de una dedicada al trabajo.
Vida de trabajo, se trata de una experiencia
vital más intensa. El alma demanda experimentar de manera más fuerte.
Así, vendrán momentos en los que tendremos que afrontar grandes
decisiones, cambios drásticos. En este tipo de experiencia vital, conoceremos
grandes insatisfacciones, pero a la vez llegarán alegrías por los
logros obtenidos siempre que seamos leales y fieles al camino que disponga para
nosotros nuestra alma, necesitada de atesorar intensas emociones y sentimientos.
El modo de la muerte no es previsible.
Vida de disfrute, también suele concederse
después de duras pruebas y trabajos anteriores, aunque sencillamente puede
ocurrir, que nos toque. Cuando se encarna una vida de disfrute, nos convertimos
en la clásica persona a la que todo le sale bien. Nuestras relaciones
serán fáciles, y si, somos sexualmente activos, gozaremos de un
gran número de relaciones. Por norma, las personas que llegan a la vida
marcadas por una existencia de disfrute, agotan pronto su energía vital,
y mueren en accidentes o tras rápidas enfermedades.
Juan Ramón dejó el segundo plano
del dolor y el miedo, anhelando que la próxima fuese para él una
experiencia vital de descanso. Esperanzas y miedos, siempre presentes en lo nuclear
del ser humano. En nuestro interior creamos lo ancho o estrecho que será el
mundo que nos rodea en función de nuestra comprensión. Cuidado
con el miedo, no tiene edad, ni fecha de caducidad, asalta en el camino, prueba
de continuo.
Lo demuestra el caso de Carmelo. Nació en
Madrid y murió en Torremolinos a la edad de cincuenta y tres años,
de cirrosis. Era un hombre espiritual. No tenía familia, vivía
de rentas. Había viajado a la India, buscado respuestas. Pero, al final
de su vida, sintió miedo de que no hubiese nada más, de que todo
se acabase con la muerte. Finalmente, se elevó en una sola semana, pero
fue incapaz de aceptar directamente la revisión de la luz, debido a ese
postrero miedo que le invadió. No podemos bajar la guardia en ningún
momento. La realidad del miedo es nuestro sentimiento. Si sentimos miedo, éste
vendrá y traerá su despótico reino de terror que inundará nuestro
interior de densas emociones y bajas vibraciones.
Un bloqueo frecuente en el capítulo
de los esquemas son las propias culpas. Hemos crecido en un ambiente de retribución.
Si somos cariñosos, recibimos cariño; si estudiamos, sacamos buenas
notas; si trabajamos, tenemos un sueldo; si amamos, nos aman. El Dios que nos
muestra la Biblia obedece al mismo concepto. Malditos los que rechacen y transgredan
la Ley, benditos los que la acepten y cumplan. La llamada historia de salvación,
nos muestra la tortuosa relación que durante siglos el pueblo hebreo mantiene
con su Dios. Una relación que tiene cuatro movimientos concretos. El pueblo
peca, es decir, incumple la Ley o mandatos de Dios, Dios castiga al pueblo, el
pueblo se arrepiente, y Dios perdona. De tal guisa, necesitamos el arrepentimiento
antes de obtener el perdón de Dios. Es ahí donde nos lleva el esquema.
Y la realidad muestra que muchas personas mueren sin haber tenido tiempo de arrepentirse.
No es que necesitasen hacerlo, es que ellos creían que lo necesitaban,
no lo habían hecho, y esperaban el consiguiente castigo.
Es el bloqueo que sufre Miguel Angel. Nace
en Granada, muere en la carretera, un accidente desafortunado, a los cincuenta
y cuatro años. Estaba casado y tenía tres hijos. Fue agente comercial,
lo cual le otorgó gran libertad de movimiento. La utilizó para
correrse sus ratos en los que no faltaron mujeres. Se sentía culpable.
Era un hombre casado, había cometido adulterio, había engañado,
mentido, había muerto sin esperarlo, ni siquiera había tenido tiempo
de arrepentirse. A pesar de todo, Miguel Angel no tardará demasiado en
elevarse, en tres semanas lo conseguirá, tras entender que no existe el
pecado, sólo la responsabilidad de los actos efectuados.
La misma edad que Miguel Ángel,
tenía Juan Francisco. Murió de un ataque cardíaco. Era una
entidad reservada, veremos en el capítulo correspondiente, que no es algo
infrecuente. Nunca dio datos de su vida. Sólo la edad y que fue comercial
en una empresa de maquinaria agrícola. Su obstáculo para alcanzar
la revisión de la luz en el quinto plano, era la culpa que le ocasionaba
el pensar que no había hecho nada importante en su vida. Sentía
que había vivido sin haberlo aprovechado para aprender y mejorar. Lo que
Juan Francisco sentía, de lo que se lamentaba, era de entender que pudo
haber hecho más, y, por comodidad, nunca lo hizo, llegando más
lejos en sus emociones y sabiduría. Pero, precisamente, sentir que no
había aprovechado la vida como debía, le ayudó a elevarse
pronto, lo hizo en una semana. Decidió que era hora de cambiar de actitud,
y tomarse más en serio la aventura del Ser siempre jamás.
Esquemas. Con nuestro pensamiento creamos
una realidad que existe porque la hemos creado nosotros, nos torturamos con ella:
porque no quisimos creer, porque pensamos que luego no habría nada, porque
hicimos lo que conllevaría un seguro castigo, porque nos sentimos vacíos
y nos apena no haber hecho más y habernos esforzado más. Bloqueos
creados con el poder de nuestro pensamiento. Aunque a veces, hacemos nuestro
lo general, hacemos nuestras las asumidas creencias por la mayoría, las
que nos harán sentir desconcertados y perdidos tras la muerte.
Salvador murió con sesenta y seis
años. Era un hombre corpulento, de cuidado bigote y pelo corto, funcionario
del Ministerio de Hacienda hasta su jubilación. Nació y murió en
Málaga, de una crisis cardíaca. Era católico practicante.
Pero tras su muerte sufrió al no encontrar lo que esperaba. Nos dicen
que los muertos resucitarán, que llegará el reino de Dios a la
Tierra, nos dicen que los difuntos descansan. Pero Salvador no lo hacía,
ni entendió que el reino de Dios ya estaba operando en la Tierra desde
hacía mucho, y menos que él, fuera tan divino, como lo era Jesús.
Los planteamientos ortodoxos, dogmáticos, cerrados a cal y canto tras
el escudo de la revelación, desconciertan cuando contemplamos lo que realmente
somos. Nos lo explican mal. Pero quien busque el amor, sabrá perdonar
y apartarse sin hacer ruido contra sus hermanos, que insisten en que Jesús
fue el único Hijo de Dios, y que en él y por él, todos seremos
salvos. Por esa regla, renuncian a ellos mismos, a sí mismos, en favor
de otro, algo a lo que nunca les incitó Jesús, pero algo, a lo
que desde mucho tiempo atrás, invita la iglesia católica, merecedora
en verdad de la más honda compasión. Costó tiempo elevar
a Salvador. Llevaba años en el segundo plano. Un sobrino y una sobrina
le ayudaron con sus oraciones desde este nuestro plano. Consiguió elevarse,
consiguió desprenderse de lo que otros hicieron para él una verdad,
que luego no se correspondía con lo que acontecía, causándole
sufrimientos y desorientación.
Diecinueve años después,
falleció la señora de Salvador, Araceli, con ochenta y cinco años.
Había nacido en Macharaviaya, y murió en Málaga a causa
de un derrame cerebral. Araceli, al igual que sus hijos, no participaron en la
elevación de Salvador. Todos eran católicos practicantes y no aceptaban
nada fuera de la ortodoxia impuesta por la jerarquía eclesiástica.
Araceli, tras su muerte, sufrió el mismo bloqueo que su marido. Se elevó en
tres meses. Tardó menos que su marido, pero, como a él, una creencia
que, en teoría, debía abrirles las puertas del cielo, les había
impedido acceder directamente y con naturalidad a la necesaria revisión
de la luz. Esquemas.
5.- Quisieron ser guías
Son menos frecuentes, los casos en
los que los fallecidos pasan del dolor y la preocupación, a la luz y a
la ocupación, ejerciendo de guías de personas queridas. Sucedió con
Manuel, quien nació en Sevilla y murió en la misma ciudad a los
ochenta y dos años, de forma natural. Su gran preocupación, lo
que le impedía elevarse, era una nieta. María Concepción,
tenía treinta y seis años, la había criado el abuelo. Ella,
a su vez, con el paso de los años, cuidó de él. Los hermanos
de María Concepción, por motivos de trabajo, se fueron marchando
a otra ciudad. Ella se quedó en Sevilla, Manuel ya no estaba, y tenía
problemas de índole familiar. María Concepción, sentía
que le faltaba el consejo de su abuelo, el que disfrutó durante tantos
años. Echaba de menos a la persona con la que vivió desde siempre,
y eso apegaba a Manuel. Como en tantas ocasiones, en la ausencia Manuel sigue
presente. María Concepción pedirá ayuda, guía, no
puede imaginar que es lo que hallará a la postre, en el sentido más
literal. Todo lo que desea Manuel es ayudar a su nieta. En cuanto oye que podrá hacerlo
si así lo demanda, no tarda en elevarse decidido a ello. Su mayor preocupación
es María Concepción y no le importa otra cosa que no sea convertirse
en su guía.
Hay guías familiares y otro tipo
de guías. Ahora, sólo nos referiremos a los primeros. En la última
parte del libro, dedicaremos un espacio a los guías y a los Maestros.
Así que Manuel se elevó,
se revisó en la luz, para ver hasta dónde alcanzó en su
evolución en la experiencia vivida, y ver también lo que quedaba
por hacer. Una vez superado el dolor y revisado, eligió regresar junto
a María Concepción para convertirse en su guía. No nacerá,
no tendrá cuerpo de carne y sangre. Su ayuda no será demasiado
concreta o establecida, rondará siempre el terreno de lo sutil, del barrunto.
El guía familiar nos acompaña de continuo, nos envía ideas
a través de intuiciones, intervendrá en aquello que le permitan
ayudarnos. ¿Quién se lo permite? Nuestro Maestro. Todo el mundo
tiene uno. El guía familiar tratará de evitar o disminuir daños
en accidentes que podamos sufrir o suframos, enviará su energía
positiva cuando estemos bajos, tristes o faltos de ánimos, en conjunto,
cuidará de nosotros todo lo que le permitan hacerlo. Así que María
Concepción, camina en la vida con su guía, quien fue su abuelo,
y no quiso apartarse de su lado después del tránsito de la muerte.
María Concepción no es una excepción. Hay muchas personas
que disponen de este tipo de guías familiares. Oír sus consejos,
recibir la guía que han decidido ofrecernos, dependerá las más
de las veces de lo atentos que sepamos estar a nuestra voz interior, a intuiciones
e ideas que, en ocasiones desechamos, por el simple hecho de sorprendernos cuando
nos llegan, como si de manera inexplicable nos diésemos cuenta de que
tal idea o pensamiento no puede ser nuestro. María Concepción goza
de la guía de su abuelo difunto desde hace años. Así lo
eligió Manuel, pero también la nieta contribuyó a que sucediera,
ninguno quiso resignarse a separarse, ninguno de los dos lo aceptaron.
Algo muy similar le ocurrió a otro
abuelo, también se llama Manuel. Esta vez no sabemos dónde nació.
Murió en Málaga con ochenta y seis años, de cáncer.
Le bloqueaba el hecho de tener que alejarse de sus nietos, en especial de uno
de ellos. También, en esta ocasión, el deseo de guiar a la persona
querida, crecerá convirtiéndose en la primera motivación
para superar el dolor. En tres meses, el abuelo se marchará resuelto a
la revisión de la luz, con el afán de recibir el consejo necesario
para convertirse en guía de uno de sus nietos.
Niños, hombres y mujeres, en un alto
número, caminan por la vida acompañados de sus guías familiares,
algunos tienen otro tipo de guías, y todos tenemos un Maestro al que conocemos
de vidas anteriores, al que elegimos para que nos ayudase en este empeño
existencial en el que ahora nos encontramos.
No estamos solos. Con el debido conocimiento,
es imposible sentirse solo. Pero a veces, la mayoría de nosotros, llegamos
a sentirnos solos, y hasta abandonados, quizá porque en el fondo y en
la forma, somos oradores, no oyentes, es decir, nos desenvolvemos en la vida
con actitud de disponer, exigir y tratar de convencer a los demás de nuestros
criterios. Pocas veces nos detenemos y prestamos atención a lo que nos
dicen los demás. Somos oradores empedernidos, nos apremia el tiempo, la
angustia que su paso genera en nosotros muchas veces nos atropella. Queremos
hacerlo todo con rapidez, decirlo todo con rapidez, finalmente sólo queremos
hablar nosotros, porque sentimos que ya no queda tiempo para que hablen los demás.
Pocos saben oír y escuchar, prestar atención a lo que oyen. Por
eso, porque solemos conducirnos mediante pensamientos desordenados, poco meditados,
y atropellados, la mayoría de las veces, no logramos oír con nitidez,
recibiendo el regalo que procede del consejo de guías en plenitud. Para
disfrutar de sus regalías, consejos, de los sutiles pensamientos y la
energía positiva que nos envían, hay que saber oír, pero,
sobre todo, hay que saber oírnos, hasta entender que dentro de nosotros
vive mucho más que un cuerpo; hasta entender que nuestro cerebro, ese órgano
tan poco aprovechado, que no está ahí para ocupar un espacio, sino
para ser desarrollado, también opera como receptor de ideas, no sólo
las produce, igualmente, las recibe. Para disfrutar de la ayuda de nuestros guías
familiares, tendremos que apaciguar nuestro cuerpo y sentir nuestro espíritu,
entonces, en momentos de dudas, difíciles, cuando surjan los problemas,
pensaremos en ellos, los convocaremos, y ellos hablarán, pero no con palabras.
La palabra sólo es la segunda generación del milagro. Lo primero
fue el pensamiento. Hay que pensar lo que se dice, antes de hablar. Ellos, los
guías familiares, hablarán mediante pensamientos, llegarán
barruntos, ideas, intuiciones. Llegará ánimo, calor, compañía,
sensación de gozo y estima. Ellos, así lo eligieron, y se toman
su labor muy en serio.
El mundo de la materia crea una visión
tiránica. Sólo da por existente aquello que puede ver con los ojos
de la carne. Pero la energía no se percibe con esos ojos, a menos que,
como en el caso de Mati, dispongamos de dones videntes. Sin embargo, aunque la
mayoría no pueda apreciarla, reparar en ella, la energía existe,
como existen los guías familiares, sus consejos y desvelos por aquellos
a los que cuidan de continuo por decisión propia.
Pero, veamos otros casos, botones de muestra,
que nos harán entender lo que resulta más común de lo que
nunca pudimos imaginar. Araceli nació y murió en Málaga,
su cuerpo se apagó mientras dormía, tenía setenta y ocho
años. Era madre de dos hijas. Desde su fallecimiento, una de sus hijas,
adoptó una actitud de aguda pena por la pérdida de la madre. La
hija, incapaz de hallar consuelo, evidenciaba una debilidad interior y una falta
de ayuda que su madre, ahora desde el otro lado, más allá de la
materia, podía percibir con claridad. Araceli, no quiso dilatar su elevación,
apenas supo que podría desde donde estaba, ayudar a su hija. Enfrentó con
rapidez la revisión de la luz marchándose al quinto plano, expresando
su amor, para regresar lo antes posible junto a su hija, como guía.
Cuando dejamos la carne vemos con más
alcance, entendemos, de forma más clara, y los vínculos que existieron,
pueden mantenerse de manera estrecha, si los que se marchan, así lo estiman
oportuno, así lo deciden. A estas alturas, reiterar que la libertad y
nuestro entendimiento nos acompañan en todo momento, insistir en que nadie
nos juzga ni nadie nos obliga a nada, seguramente, resultará innecesario
y hasta enojoso; sin embargo, habrá que hacerlo, en pro del despertar
de algunos, y de mermar en lo posible, los destructivos esquemas asumidos del
contexto social, que tanto daño pueden llegar a causarnos.
La hija de Araceli, ahora, camina con su
guía familiar. Su consuelo estriba en que siente cerca a su madre, sabe
que no la ha perdido, tal vez, en lo más profundo de su alma, entienda
que todavía no está preparada para alejarse de ella. Sea como fuere,
Araceli enfrentó la revisión de la luz, desdeñando el dolor,
para regresar y estar cerca de su hija, ahora es su guía, sigue a su lado,
y, dentro de sus posibilidades, le ayudará de continuó en todo
lo que necesite.
Pero, no sólo sucede cuando los que
se marchan son abuelos, o madres o padres. También sucede cuando los que
se van, son los hijos. Hay un caso que ilustra con fuerza lo que decimos. Es
el de Fernando. Murió con sólo dieciocho meses. De tumor cerebral.
Nació en Málaga y falleció en Madrid, donde sin éxito
se le intervino quirúrgicamente. Su madre tenía entonces veintiocho
años, el padre treinta y uno. La madre quedó destrozada, incapaz
de asimilar la pérdida. El padre, ausente, se encerró en sí mismo,
se aisló, tal como si no creyese lo ocurrido, empeñado en no aceptarlo.
Se ayudará a la madre que es quien lo demanda. Fernando, ante la pena
de los padres, tardará en elevarse todo un año. Finalmente, aceptará la
revisión de la luz, para regresar como guía de su madre. Con una
conciencia más elevada, con un mental más limpio. A la postre,
la madre comprendió que había ganado una especie de ángel
de la guarda, y se consoló en la pérdida. Costó, pero se
consoló. También el marido. Con el tiempo, el joven matrimonio,
volvió a emprender la maravilla de la reproducción, y tuvieron
una hija.
Cuando decimos que Fernando regresó junto
a la madre después de afrontar la inevitable revisión de la luz,
con una conciencia más elevada, nos referimos a que lo hizo disfrutando
de una mayor comprensión de aquello que diferencia el mundo de la materia
y el espíritu. Huelga decir, que las entidades que asumieron regresar
como guías de personas, recibieron, como no puede ser de otra forma, tras
la revisión de la luz, instrucción y consejo, para realizar la
labor elegida.
6.- Libres y discretos
Hemos hablado del segundo plano o
nivel de conciencia. Fijamos la atención en casos donde el miedo y el
dolor crearon bloqueos, nos detuvimos en distintos apegos del alma, y en los
esquemas que pueden frenarnos; hemos visto, cómo algunas entidades, deciden
superar la culpa y enfrentar la revisión de la luz, sólo para regresar
como guías, junto a personas que aman y les preocupan. Pero, esta parte,
quedaría inconclusa, si no mostrásemos con claridad, algo que se
ha repetido aquí y allá. La libertad nos acompaña. Nosotros
elegimos. Elegimos el cuándo nos elevamos, elegimos, incluso, el modo
de pedir ayuda. Elegimos, cada cual interpreta, según su entendimiento.
Decimos, que la libertad nos acompaña, y lo hace, incluso, en el modo
de pedir ayuda.
A Mati, algunas entidades, se les aparecen
sin mostrar su aspecto. Los fallecidos, pueden elegir entre dejarse ver, o mostrar únicamente
su energía. En tal caso, Mati no podrá aportar ningún rasgo
del físico que la entidad disfrutase durante su vida en el primer plano.
Algunos, prefieren obviarlo todo, nombre, edad, causa de la muerte, razones por
las que están sumidos en el dolor y permanecen en el segundo plano; prefieren
no decir nada de ellos mismos, salvo lo esencial y perentorio.
Es el caso de una entidad, al que tendremos
que llamar, desconocido. Lo único que pedía a Mati era que orase
por él, demandaba plegarias para su espíritu. Pero no ofrecía
ninguna información sobre él, nunca dijo porque necesitaba, con
tanto apremio, las oraciones que pedía. En una semana, tal como llegó,
dejó de hacerlo. Se elevó, parecía alguien seguro, conocedor
de sus propias necesidades, no quiso compartir nada de él o ella, y se
marchó a la revisión de la luz después de recibir las plegarias
que tanto le aliviaron.
En este capítulo, nos toparemos
con una realidad inalterable: nosotros elegimos. Como hizo Juan. Tenía
cuarenta años. No compartió la causa ni el modo de su muerte. Aseguraba
no encontrarse mal, pero tampoco deseaba abandonar el mundo que había
conocido, en el que vivió. Nunca explicó si era porque había
gente que le importase, o por alguna otra razón. Lo cierto era que no
deseaba marcharse. Eso manifestó. Una vez más se dan dos constantes:
la de no mostrarse con claridad y la demanda de oración. Juan obtiene
las oraciones que solicita. Las recibe y se eleva, sin más. Es el caso
de elevación más rápido de los cientos en los que ha participado
Mati. Se oró por Juan, se charló con él, y no hizo falta
más. En una sola charla, en una única sesión, Juan se elevó,
saliendo del plano del miedo y del dolor.
Tampoco Loli se mostró. También
ella receló o prefirió no compartir nada que no fuese lo imprescindible.
Dijo llamarse Loli, dijo ser española, y que había muerto a los
treinta y cinco años. Loli demandará oraciones. Es algo que no
debemos olvidar. El mejor modo de ayudar a los que se han ido y se han bloqueado
por las circunstancias que sean, quedando en el segundo plano o nivel de entendimiento,
siempre será orando por ellos, dedicando plegarias por sus almas y espíritus
inmortales. En esas plegarias, los que sufren, dudan, se sienten culpables o
tienen miedo, encontrarán fuerzas para desplegar el pensamiento y enfocarlo
hasta donde tiene lugar la revisión de la luz que necesitan. Hablaremos
de la fuerza de la plegaria en el próximo capítulo. Ahora diremos
que Loli sólo necesitó una semana de oraciones para elevarse.
En todos estos casos, y en otros que veremos,
Mati nunca preguntó más allá, ni apremió de ningún
modo a la entidad. Cuando ayudas a elevar a entidades con bloqueos, aprendes
algo incontestable, ellos deciden, son libres. La oración, la plegaria,
los consejos y la atención, les orientan, pero, como no puede ser de otra
manera, son ellos, los que tomarán la decisión que fuera. La de
seguir en el segundo plano, dando pábulo a miedos y dolores, o la de elevarse,
contemplando el sentimiento del amor que necesitan, para alcanzar el plano del
Amor expresado.
El siguiente caso lo protagoniza José María,
un chico joven, muere con veinticinco años. De un ataque cardíaco.
Nunca fue consciente de haber sufrido problema alguno de corazón. Se bloquea
por el estado de pena en que su muerte sume a la madre, y porque le cuesta comprender
la realidad de la marcha. Hasta que no aceptamos, hasta que no comprendemos,
hasta que no asumimos, sufrimos. Sólo la amplitud de pensamiento, creará manifestando
sentimientos capaces de enfrentar la grandeza de la vida. De José María,
sí disponemos de datos, él no tuvo problemas en presentarse tal
cual era. No muy alto, rubio, de complexión atlética, de hecho,
le gustaba practicar distintos deportes. Había nacido en Villanueva de
la Concepción, murió en Málaga. Trabajaba en un almacén
de un polígono industrial de la ciudad. Su madre era viuda, tenía
dos hermanas y un hermano, todos de menor edad que él, todos estudiaban.
El sueldo que José María ya no ganaba, dejaba mermada la economía
de la familia. Era otra especie de culpa, de dolor, que le seguía apegando.
No comprendía la razón de que le hubiese ocurrido tan joven, cuando
nunca tuvo noticias que padecía del corazón, cuando estaba claro
que su madre y sus hermanos lo necesitaban. José María tardó un
mes en aceptar la nueva situación de su existencia. Tardó un mes
en elevarse entendiendo al fin que cerrarse, negarse a la realidad, no era manera
de enfrentar la grandeza que nos rodea.
Ahora, un caso peculiar. Distinto a
muchos otros. La protagonista, acude a Mati, antes de morir. Está enferma
de cáncer. Busca ayuda. Pero ya no se puede hacer nada. Es demasiado tarde.
Ella lo comprende. Se llama Ana, murió con cuarenta y dos años.
Ni en vida, ni después de morir, dijo mucho más de ella, salvo
que tenía marido, y que trabajaba en una fábrica. Ana se sintió cómoda
con Mati, seguramente porque la había atendido no creándole falsas
esperanzas. Era una mujer discreta, reservada, pero también segura. Se
elevó en una semana en la que recibió plegarias, atención
y el amor que necesitaba para ir a la revisión de la luz.
También tardó una sola
semana en elevarse Félix. Se mostró regordete, casi calvo. Fue
albañil. Se cayó de un andamio. Nunca habló de hijos, de
esposa, de nietos o padres. Sólo dijo que había muerto en Marbella,
no desveló donde había nacido. Su bloqueo consistía en que
pensaba seguía viviendo y que continuaba en el primer plano. No entendía
que fuese de otro modo, porque para él, en su mente, estar muerto, siempre
fue otra cosa bien distinta. Como seguía sintiendo, viviendo, sufriendo,
en su confusión, pensaba que no había fallecido. Aunque no cuesta
demasiado hacerle comprender. Es un bloqueo de situación, no hay dolores,
penas enormes, culpas que afligen, no hay lágrimas de familiares desconsolados.
En el caso de Félix se trataba únicamente de hacerle comprender
que había salido del primer plano, del mundo de la materia, que el universo
y la vida era mucho más que eso, y que le esperaba la revisión
de la luz donde hallaría sentido, comprensión, conocimiento de
su propia evolución y opciones para seguir creciendo en la aventura de
la existencia.
En ocasiones, por las causas que fueran,
la desorientación de los que se marchan puede ser aguda. Como ocurrió en
el caso de Maribel. Estaba perdida, completamente confusa. No desveló su
edad, ni donde había vivido, ni la forma de su muerte, ni siquiera recordaba
nada de ella misma que no fuese el nombre. Durante una semana esta misteriosa
entidad visitará a Mati mostrando únicamente su energía.
Maribel, demanda oraciones, las recibe, se eleva. Nunca dijo nada de ella más
allá de su nombre. Mati preguntó a los Maestros y éstos
le confirmaron que Maribel había enfrentado la revisión de la luz.
Discretos, confundidos y desorientados,
recelosos de compartir; de estas y otras formas se manifiestan, haciendo uso
de su libre albedrío, las entidades que se acercan a Mati, ansiosas de
recibir atención y plegarias.
Sigamos con un caso donde apreciamos
la influencia de los que quedan respecto a los que se van. Vimos anteriormente
cómo la pena de los familiares puede apegar a este plano a los difuntos.
Veamos ahora, la positiva influencia en la dirección opuesta. Es el caso
de Julia. Desconocemos su edad. Nació en Granada, y murió en Madrid,
de cáncer. La hija de Julia acudió a Mati en busca de conocimiento
y fortaleza. Ella se encargó de cuidar a su madre en la última
etapa de la enfermedad. La hija obtuvo conocimiento, se preparó para lo
venidero, fortaleció su espíritu, se le habló de los trabajos
del alma en cada vida, del continuo aprendizaje, de la evolución y la
movilidad de la existencia. Se le ofreció consuelo mediante el entendimiento,
y ella, sin duda, lo entregó con amor a su madre, lo cual le ayudó,
pues al poco de morir, se elevó con facilidad.
Cuando se vence el miedo, cuando se
administran los apegos, una vez se quebrantan los esquemas que se empeñan
en negar la vida y su eternidad, las entidades quedan debidamente dispuestas
para acudir a la revisión de la luz.
Pero, a veces, el apego se crea en
la ayuda, no es frecuente, no debe ocurrir, quien dispensa ayuda no ha de suponer
un freno, pero, como la libertad existe, también puede darse el caso.
Aunque, en esta ocasión, es un freno, como veremos, a la postre muy positivo.
Fue el caso de Agustín. Español, que no habló de las circunstancias
de su muerte, ni desveló nunca su edad, aunque, por su aspecto, podría
tener cuando murió unos cincuenta y cinco años aproximadamente.
Era oriundo de Alhaurín de la Torre, murió en Málaga. Nunca
explicó cómo. Agustín era una entidad sencilla. Había
trabajado en la construcción como albañil. La ayuda que recibe
de Mati supone para él una verdadera revolución interna. Disfruta
conociendo lo que antes ni siquiera imaginó existía. De tal manera,
rechaza la revisión de la luz, la posterga, empeñado en conocer,
disfrutando de ir atesorando mayor conocimiento sobre la vida y su palpitante
eternidad. Durante un largo año, no se elevará, permanecerá junto
a Mati. Agustín crece en conocimiento. Pero eso no le impide hacer algunas
travesuras. Cosas, como tirar un mazo de cartas de una mesa al suelo, o disponer
rotuladores de colores dispersos por las escaleras, uno en cada escalón.
Lindezas parecidas con las que llama la atención. Es lo que traen la confianza
y afinidad que, inevitablemente, con el paso del tiempo, se crea entre la entidad
que recibe la ayuda y la persona que le dispensa la misma. Pero Agustín
aprovechó bien ese año. Comenzó perdido, confuso, y terminó enfrentando
la revisión de la luz, deseando convertirse en guía. Esta vez,
no de una persona querida o un familiar allegado, esta vez un guía de
un grupo de conocimiento. Sintió que lo mucho que había recibido
le obligaba a ayudar a otros. Actualmente, Agustín, ya revisado en la
luz, ha conseguido lo que deseaba. Ayuda como guía a un grupo de conocimiento,
en Murcia.
Casos para todos los gustos, tan particulares
como las entidades que lo protagonizan. El que cierra el capítulo, no
dejará dudas, de, hasta que punto, somos realmente libres, y nadie nos
obliga a nada. Jacinto murió con veinticuatro años, de sobre dosis.
Se inició en la heroína, desde su infancia arrastraba un dolor
que no había podido superar. Su madre lo tuvo siendo ella aún muy
joven. De una u otra manera lo había rechazado. Él así lo
sentía. Su madre nunca lo había querido, Jacinto jamás se
había sentido cuidado, atendido. Con el tiempo tuvo otra hermana, la actitud
de su madre cambió, es decir, atendió a la hermana, pero a él,
lo siguió rechazando. Así había crecido Jacinto. Eso le
había marcado, le había convertido en un joven confuso, débil,
inseguro. Cayó en la implacable dureza de las drogas duras y acabaron
con él cuando todavía quedaba mucho por hacer y superar. Le costó elevarse.
Pero no hablaremos de su elevación. Su caso va más allá.
Ahora no importan los meses que en su día empleó Jacinto para vencer
el trauma de su muerte. Eso ocurrió hace más de dos lustros holgados.
Interesa hablar de su actual estado. Porque cuando superó el bloqueo y
fue a la revisión de la luz, Jacinto supo que lo mejor que podía
hacer era regresar, probar una nueva vida, asumir un nuevo papel en la plataforma
del plano de la reproducción y la supervivencia, en pro de continuar con
su evolución. Lo supo, lo asumió, lo aceptó. Pero, luego,
sintió reparo, vino la duda, el recuerdo. Allá no es como acá.
Sí hay recuerdo de lo que somos y fuimos. El recuerdo. Era inevitable
tener una nueva madre. El nacimiento. La infancia. Su última infancia
no resultó nada agradable. La duda. El reparo. El lugar donde se halla.
Ya no está en el segundo plano. Superó dolores, se revisó en
la luz. Allí sigue, en el quinto nivel de entendimiento. Tiene empeño
y misión que cumplir, pero se demora. Su existencia ahora es placentera,
no tiene ninguna prisa por interpretar el nuevo papel que se le ha asignado.
Esta vez no es un caso de subida, el bloqueo se produce en la bajada. La entidad
tendrá que pelear para enfrentar el camino que le fue trazado buscando
su propia evolución. No es un bloqueo superfluo, pues Jacinto ya está revisado, él,
donde está, está bien. Conoce lo inclemente y duro que puede llegar
a ser nuestro plano, y eso, contribuirá a que se demore, algo que no debe
hacer, pero algo que nadie le impedirá, si la duda o la pereza del bienestar
donde se halla, lo invitan a ello. Jacinto es un caso abierto, no cerrado cuando
se escribe este libro. Se sigue trabajando en él, se suman las semanas
y los meses.
Cada entidad es un mundo y la eternidad
nuestro hogar. Transitamos y es necesario asimilar que nuestra voluntad es soberana.
En este tipo de caso, Mati se ve obligada a cambiar de discurso. Esta vez hay
que convencer a una entidad para que regrese al plano, hay que insistir en la
necesidad de experimentar, en la sabiduría emocional que hacerlo reportará a
nuestro espíritu. Nos movemos en la dilatada y holgada casa del Padre,
transitamos por sus estancias y dimensiones en función de lo que necesitemos
para crecer y comprender. Esta vez, Mati se ve obligada a cambiar de discurso,
pero quizá, y aunque no en la forma, en el fondo, sea el mismo discurso.
Pues todo lo que es, lo que acontece, lo que sucede, se piensa e imagina, transcurre,
dentro de los perímetros del reino de Dios, en el marco de las realidades
regaladas como plataformas para manifestarnos.
7.- El único emoliente
Llegados hasta aquí, a nadie
puede escapársele la siguiente realidad. Si, después de nuestra
vida, nuestras vibraciones nos conducen al segundo plano, al nivel del miedo
y el dolor, sólo y únicamente, podrá ayudarnos a salir de
allí, nuestro entendimiento. Recordemos, somos lo que pensamos, nuestro
alcance, dependerá de nuestra comprensión. Nuestro desarrollo interno,
evolutivo, nuestra capacidad como espíritus y almas inmortales, es lo único
que logrará sacarnos de la postración, eludir los sentimientos
de dolor y miedo que pudieran embargarnos y detenernos. Aunque en realidad, decir
que nos detienen, es hablar indebidamente. Nada está inmóvil. Tampoco
las culpas, los miedos, los dolores. También ellos van evolucionando.
Primero nos llenamos de ellos, nos saciamos de ellos, nos hastiamos de ellos;
luego, la entidad, va comprendiendo que la amargura acaece sólo porque él
la alimenta, entenderá a la postre, que existen mejores maneras, formas
más plenas de disfrutar el siempre jamás.
Todo transita, se mueve, crece, aprende. Así es
en los universos paralelos, de tal modo sucede en las distintas dimensiones,
creadas como plataformas donde se desarrollan los juegos que nos sirven de pedagogía.
A estas alturas, vamos entendiendo, que lo importante es lo interior, y lo exterior,
lo que vemos, lo que nos rodea, es la estética que muestra la plataforma,
es la ilusión del plano de la materia. Pero eso, no es lo esencial. Lo
nuclear, lo perentorio, lo indestructible, está dentro de nosotros. El
exterior obedece a la necesaria ilusión donde nos manifestamos. Pero dentro,
encontramos la verdad que está en nosotros. El encuentro con esa esencia,
llega de manera deslumbradora, tras la salida de este plano. Luego vamos a la
revisión de la luz, para comprobar la realidad de nuestros sentimientos,
en función de ellos, y las vibraciones que los mismos generen en nuestro
nuevo cuerpo, buscaremos la armonía que expresemos en uno u otro plano.
Eludir el segundo nivel es, sencillamente,
evolucionar. En ocasiones, cuesta, porque acabamos allí por la agresión
brutal que sufrimos por otros. Pero incluso cuando nos asesinan, incluso cuando
nos roban con violencia la oportunidad de experimentación que disfrutábamos,
llegamos al perdón, pues es necesario vibrar en el amor para contemplar
el quinto nivel. En realidad, no existe el mal, sólo existen las experiencias.
En ellas nos curtimos. Mientras, vamos interpretando. A veces, encarnamos el
papel de víctima, otras, somos el verdugo; en ocasiones, necesitamos encarnar
al conquistador, y algunas, tenemos que vivir como los conquistados, para aprender
lo que nos falta en nuestra evolución.
Por lo mismo, las entidades que, elevándose,
finalmente se marchan del plano del miedo y del dolor, lo hacen fortalecidas,
comprendiendo que lo que acaeció, sucedió en el empeño pedagógico
de la existencia de otorgar, tras la experiencia, el necesario crecimiento. Aquello
que vemos como malo, y lo otro que percibimos como bueno; todo lo que nos sucede,
llega para nuestro conocimiento, para nuestro entendimiento, para que tomemos
cabal conciencia de lo que hay dentro de nosotros, para que perdamos el miedo,
desterremos el ideal del fracaso y, el otro, no menos traumático, de perdedores.
Nadie fracasa, nadie pierde. Todos aprenden. Los que ganan, los que pierden,
los que tienen éxito y los que, a los ojos el mundo, fracasan. No nos
dejemos engañar por la transitoria apariencia de la materia. Es la ilusión.
Lo que permanece, aquello que resulta del todo indestructible, está en
nuestro interior. Lo que crece, lo que tiene que hacerse sabio, es lo que habita
en nuestro interior.
Pero despertar, inmersos, rodeados por
lo material, a veces se nos antoja tremendamente complicado. Los esquemas, todos
sus horarios y apremios, los valores manidos, manoseados pero mantenidos a ultranza
del mundo de la carne y la sangre, terminan por hacernos perder la perspectiva
de la existencia. En esa pérdida de perspectiva, en ese anonadamiento
del espíritu, conocemos el estancamiento. Es temporal, pero es estancamiento.
No crecemos, y eso, no se contempla en la eternidad creada. De hecho, la ausencia
de crecimiento es una de las principales causas que generan los dolores y miedos
del segundo plano. Siempre se avanza, nada es inmóvil. El dinamismo universal
nos exige un continuo crecimiento.
Bajo la dirección de la Maestra
Ascendida Marta, Mati coordina, como se dijo en su momento, a un grupo de personas
que oran día a día por entidades que sufren bloqueos y temporalmente
habitan el segundo plano. Dijimos que en este capítulo se hablaría
de la plegaria, y este es un gran momento para hacerlo. Las personas que desde
nuestro plano, diariamente, alzan sus oraciones por los que ya no están
entre nosotros y habitan el segundo plano, realizan una preciosa labor, en verdad
valiosa. Lo es si tenemos en cuenta que en el segundo plano no habitan los Maestros.
Ellos están en planos superiores, sus vibraciones no les permiten permanecer
en un nivel de vibración tan densa. Pero los que sufren, mediante el poder
de las oraciones que reciben para su bienestar espiritual desde el primer plano,
sí pueden dirigir su pensamiento creador hasta niveles más altos,
si pueden contemplar la necesidad de la revisión de la luz y la vibración
que necesitan para alcanzarla. O dicho de otro modo, desde aquí, desde
el plano de la materia, y con la fuerza de nuestro pensamiento y la plegaria,
podemos conseguir que los que sufren, eleven su conciencia, y terminen entendiendo
gracias a un cabal conocimiento, que están donde se encuentran por sus
propios pensamientos y los consiguientes sentimientos que éstos generan.
Con la plegaria, con la sencilla pero reconfortante
y siempre poderosa oración, se vivifica el espíritu. El dispensador
de oraciones, la persona que trabaja con una vidente que a su vez es dirigida
por una Maestra Ascendida, regala día a día lo mejor de sí mismo,
para que otros lo contemplen, y el gozo de hacerlo, despierte en ellos deseó de
multiplicarlo en sí mismos. No olvidemos que una vez descarnamos nuestro
alcance y sentimiento es superior. Disponemos de capacidad para percibir otros
niveles vibratorios que existen paralelos. El tiempo no existe tal y como lo
conocemos, tampoco el presente, el pasado y el futuro se nutren de la actual
perspectiva. Desde el otro lado, comprendemos lo que la oración nos da
y el alivio que genera para nuestro espíritu.
Con la plegaria no sirven estadísticas,
en realidad es difícil aplicarlas cuando al sentimiento se refiere. No
podría decirse que se consiguen dos o tres o más elevaciones todos
los meses. Cada caso es un mundo, porque cada entidad lo es. Ellos no perciben
el tiempo como nosotros, y cada uno necesita superar su particular y concreto
bloqueo. La estadística es muy difícil de aplicar cuando hablamos
de elevaciones. Pero, día a día, se envían pensamientos
a entidades que necesitan atención, luz y fortaleza. Entre los que dispensan
oraciones y aquellos que las reciben, se crea, inevitablemente, afinidades, es
decir, los que oran, cuando aprenden a canalizar su energía, también
reciben mensajes en formas de pensamientos, de los que son atendidos. Ni estamos
tan lejos de los que mueren, ni ellos nos sienten tan alejados. Lo que existe
es, fuera de toda duda, ésta, y la especulación, son hijos inevitables
de este plano donde venimos a manifestar con creatividad lo que somos.
Lo importante, en cualquier caso, es entender
que cualquier bloqueo, sea el que sea, puede superarse. Entender también
que nunca estamos solos, que la soledad, es algo inexistente en la eternidad
creada. Entender, finalmente, que somos nosotros mismos, con nuestro pensamiento,
los que creamos las condiciones presentes y futuras de nuestra vida. O dicho
de otro modo. Dios no se ocupa de otra cosa que no sea de darnos la vida y de
que nunca estemos solos, de que siempre existan y se revelen las ayudas que fuesen
precisas para que nos aconsejen en nuestro camino. Pero caminamos nosotros. Elegimos
nosotros. Los responsables somos nosotros. No podemos seguir culpando a Dios
de lo que tenemos o de lo que no tenemos. Dios es inocente de eso. Él
nos dio potencialmente todo lo que necesitamos para, en nuestra elección,
experimentar aquello que deseemos.
Caminamos, elegimos, decidimos, y experimentamos
según nuestras preferencias. En el aprendizaje del Ser siempre jamás,
es así, porque existe la libertad de la entidad. Nadie impone nada, nadie
te obliga a nada, ni nadie ni nada puede hacerte elegir lo que no desees. No
hay pecado, eso es un invento de este plano, inventado por algunos para dominar
a la mayoría. Existe la responsabilidad por los actos cometidos. Existe
la superación y la evolución. Del ideal del pecado debemos desprendernos,
para abrazar el otro incontestable de la libertad regalada. Entendimiento. Conocimiento.
Hay que despertar. Tampoco debemos quejarnos. Hubo épocas más oscuras
para el entendimiento. La nuestra, esta época, mal llamada de la Nueva
Era, que en todo caso tendría que llamarse la Era Eterna, es un tiempo
agradable para intentar la búsqueda del Ser. Al menos, hoy por hoy, en
la mayoría de los países, el individuo goza de una serie de libertades
que no le convertirán en anatema público por el simple hecho de
buscarse a sí mismo. En épocas pasadas y no muy alejadas en el
tiempo, disentir o buscar fuera de cauces oficiales y ortodoxamente establecidos,
suponía una feroz oposición que las más de las veces terminaba
en persecución y ejemplar castigo. El nuestro, es un tiempo propicio para
el crecimiento.
Hubo épocas más oscuras
y difíciles para la búsqueda del Yo. Pero en ninguna, nadie podrá emprender
por nosotros lo que únicamente nosotros tendremos que emprender. Conocer
implica el deseo de conocer, la responsabilidad de hacerlo. Nadie te obligará nunca
a nada, tampoco a que te intereses por lo básico, lo perentorio, lo indestructible;
que te intereses por lo divino de tu naturaleza. Somos libres, también
dioses, a imagen y semejanza fuimos creados, así fue, así es y
así será. Eso es incambiable.
Despertar también significa tomar
conciencia de nuestra naturaleza. Habrá un antes y un después de
nuestro despertar. Cuando lo hagamos, ya nunca seremos lo que fuimos. Vendrá un
aliento inefable, una valentía irreductible, un sentido inalterable, desaparecerán
dudas y desterraremos los miedos. ¿Miedos a qué, a quién?
Somos eternos, se nos ama mucho más de lo que ahora podamos imaginar,
somos seres preciosos y nada de nosotros se perderá nunca. Nadie tiene
que salvarnos de nada. Sólo tenemos que aprobar la gran y única
asignatura que se imparte en la escuela de la vida, aprender a Ser siempre jamás.
Antes o después aprobaremos. Nada podrá nunca
destruirnos. De nada, nunca, tendrá nadie que salvarnos.
Preguntas transcendentales
1.- ¿Qué es Dios?
Cuando se lo pregunto a Mati, responde: “Para
mí Dios no existe y a la vez es lo que es todo. Es todo y es la nada.
Es la máxima expresión del movimiento y de la quietud absoluta.
Es lo que creó el inicio que no puede tener inicio, y será el fin
de aquello que no puede tener fin. ¿Cómo responder con una energía
limitada sobre aquello que no tiene límite? No hay nada que pueda estar
fuera de ese todo”.
Ciertamente, es complicado responder desde
nuestro alcance limitado sobre aquello que no lo es. Pero el intento vale la
pena, pues a poco que nos apliquemos, comprenderemos al menos lo perentorio.
Siendo todo lo que es, Dios se manifiesta a distintos niveles. Es la materia
cuya sustancia constituye todas las cosas. Es tanto el flujo de tiempo entre
las diferentes dimensiones, como la distorsión de tiempo que crea los
universos paralelos. Es el espectro que sostiene el mundo físico, y a
un nivel superior, es el pensamiento que nos mantiene, y permite la eternidad
en el espacio. Dios ha sido es y será, la anhelante totalidad de la vida,
extendiéndose, evolucionando y prolongándose hasta la eternidad.
Así sostuvo lo que fue, permite lo que es, y hace posible lo que vendrá.
Dios es el sublime proceso de pensamiento ilimitado que de manera continua crea
vida. Es la esencia de todo lo que es, para existir siempre, extendiéndose,
creando y cambiando. Dios no es un Ser poderoso que se siente a juzgar la vida.
Dios es la totalidad de la vida. Su continuidad eterna. Pero a Dios siempre han
tratado de robarlo, quisieron esconderlo de los ojos del hombre. Los teólogos
de cualquier religión señalan que la esencia de Dios, su transcendencia
y divinidad, en su sublime naturaleza, es algo que no puede ser comprendido bajo
el prisma de conceptos humanos. Si aceptamos tal pensamiento profusamente divulgado,
no podremos encontrar a Dios, percibirlo. Pensaremos que somos incapaces de hacerlo
y seremos incapaces de hacerlo, pues nuestra voluntad es soberana. Pero Dios
es amor completo y sin enjuiciamientos.
La revelación dada por Maestros
Ascendidos, enseña que al principio, no fue la palabra, sino el Pensamiento.
En lo primigenio existía una Vacuidad, una nada, donde, sin embargo, todo
era posible, en potencia lo era, pues el Espíritu dador de vida habitaba
en el Vacío. En ocasiones, el hombre roza ese Vacío, a veces, cuando
nos paramos y somos capaces de detener la mente, cuando da la impresión
de que el mundo se ha callado a nuestro alrededor, nos recreamos en la nada de
nuestro pensamiento adormecido, contemplamos el Vacío. En esos momentos
fugaces, efímeros, hacemos lo que Dios hace. Porque Dios se contempla
en todo momento así como toda la vida que es sin final. En un momento
del pasado, sin parangón en la eternidad, Dios, para conocerse a sí mismo,
se contempló, lo hizo de forma creativa, palpitante. Así continua
la vida que trae como sostenedoras, a la conciencia y la energía, y a
los siete planos, como plataformas donde desarrollar la existencia en sus pertinentes
dimensiones.
Vivimos, aprendemos, nos manifestamos
en la Conciencia de Reflejo que generó la contemplación, mientras
evolucionamos o involucionamos en función de, si nos acercamos o nos alejamos
al Vacío, a la Fuente. Dios es la fuerza que es todo. Pero no es momento
para la poesía. No diremos ahora que lo encontraremos en el navegar de
las nubes y en el trino de los pájaros. Es momento para el entendimiento.
Si Dios lo es todo, nunca te juzgará, si lo hiciera se juzgaría
a sí mismo. Dios no es bondad o maldad, positivo o negativo. Dios lo es
todo porque ama todo lo que existe, y tolera que todo exista y se manifieste.
Dios tampoco es perfecto. Porque la perfección limita la vida continua,
siempre cambiante, haciendo conocido lo que no se conocía, explorando
en su exuberante inquietud. Dios es la esencia ilimitada y suprema del ser, y
su amor es tan rotundo, tan sin fisuras, que nos deja crear nuestras ilusiones,
los valores de bueno y malo, de positivo y negativo. Su amor es tan inmenso,
que acoge lo que el hombre considera horrible y lo que el hombre considera divino.
Absolutamente nada de lo que hayamos obrado o pensado, por espléndido
o vil que sea, fue visto por Dios como diferente a Ser. Todo se manifestó dentro
de los parámetros de vida que como sostén de su expresión
fueron creados. Dios siempre Es. En su naturaleza no se contempla el error, ni
el fracaso, todo ello son juicios humanos.
El hombre ha creado a un Dios terrible,
que memoriza cada falta y pecado para luego pedir explicaciones con severidad.
Algunas iglesias, como la cristiana católica, tan presente en occidente,
inventan nuevos pecados de continuo atormentando la vida de sus fieles. Pero
eso no es Dios. Dios te ama, hagas lo que hagas, siempre te amará. Cuando
lo comprendas, querrás Ser como Dios Es y nada en ti será reprobable.
Debemos entender que cada cosa que existe simplemente es una parte del Ser que
llamamos Dios Todopoderoso. Y que nuestros juicios, sobre el mundo, nosotros,
la gente y Dios mismo, son ilusiones que hemos creado sobre la plataforma que
nos ofrece este plano de la supervivencia y la reproducción donde nos
encontramos. Dios Es. Será siempre. No enjuicia, sólo sostiene
la vida haciendo posible la evolución. Dios conoce mediante nuestras experiencias,
en ellas se contempla, porque nosotros somos sus Hijos, todos, sin excepción
de razas, apariencias o nacimiento profetizado. Todos, sin discriminaciones teologales
que pretenden ser sagradas e inspiradas. Dios es Ser. Tener miedo a Dios por
algo que hicimos o imaginamos, es una solemne tontería, un pensamiento
limitado que nos empequeñece de manera automática.
2.- ¿Qué soy yo?
Tras inquirir, Mati me dice: “Yo
soy una de sus infinitas expresiones, soy él sin ser Él. Tengo
todas sus cualidades en potencia, pero sin el resto del universo no puedo expresarlo.
No podré expresarlo hasta que no me sienta unida y la fuerza de ese sentimiento
cree la unión con el resto del universo. Soy como la gota de agua del
mar, que en potencia contiene las cualidades del mar, pero no puede utilizar
esas cualidades hasta que no está unida a Él”.
Cada uno de nosotros, es un privilegio.
Pues somos dioses, creados por Dios, somos la primera y única creación
directa de la Fuente de toda la vida. Fuimos creados a imagen y semejanza de
nuestro diseñador. ¿Significa esto acaso que en nuestra mente está la
mente de Dios? Más bien significa, que dentro de cada uno, hay un trozo
del pensamiento divino, y así, cada cual, llegará a ser consciente
de su verdadera naturaleza, de la manera que elija. Lo que define la cualidad
dadora de Dios y el libre albedrío con que fuimos regalados.
Por nosotros y nuestra causa, la vida
muestra una manifestación pródiga de la inteligencia. Aunque estemos
convencidos de lo contrario, somos preciosos, pues hemos contribuido y continuamos
contribuyendo a que se manifieste todo lo que existe. Todos fuimos creados en
el mismo momento, todos fuimos chispas de pensamiento emanando luz y nos prolongamos
en la eternidad, nacimos cuando el Hacedor se contempló para conocerse,
para expandirse, en un acto creador sin precedente. Llevados por nuestro afán
de aventura, por nuestra infinita creatividad, los que fuimos luz sin formas
nos hemos querido trasformar en la materia celular llamada humanidad. Que nadie
se llame al engaño. Nadie está aquí por accidente, ni por
casualidad. Es absolutamente causal, siempre existen motivos, y es por libre
elección. Nadie nos juzga ni nadie nos obliga a nada que no estemos dispuesto
a contemplar. Vinimos aquí porque necesitábamos la experiencia
de ser hombre-Dios y mujer-Dios. Vinimos aquí, porque más allá de
la carne, en un mayor alcance de entendimiento, antes de utilizar el nacimiento
y perder temporalmente la memoria archivada en nuestra alma, llegamos a comprender
que nadie abrazará a Dios en su excelsa y magna totalidad, a menos que
antes haya abrazado la forma humana. Pues el reino de Dios, lo es todo, también
la materia, la forma. Sólo cuando llegamos a nacer, a vivir como humanos,
podremos llegar a expresar lo que Dios es en todas su formas de pensamiento.
Por tanto, formar parte de la humanidad, es una experiencia sagrada puntuable
para la evolución y el engrandecimiento del Ser. Nadie debiera pensar
que ser parte de la humanidad, es un modo menor de vivir la divinidad que Dios
y el hombre Son. Pues en este plano donde te encuentras, eres pensamiento, emoción,
luz, materia y forma. Aunque no lo recuerdes, tu pasado es vasto, enorme, un
rosario de vidas acumuladas; para tu entendimiento, las encontrarás todas,
sumando otra, al fin de la que disfrutas. Todo lo que ahora te rodea fue creado
para conseguir evocar y propiciar la emoción a los participantes de la
aventura. Sólo es realidad la emoción que concluye en sentimiento,
son esas emociones y sentimientos, los que archivará el alma, el resto
es ficticio, sublime pensamiento convertido en materia, que conforma la plataforma
donde puede realizarse el juego.
Tú eres lo que pienses, lo
que aceptes. Tu poderoso y creativo espíritu espera para tomar las riendas
de tu vida, pero sólo lo hará si le invitas a ello. Tenemos que
abrir los ojos, dejar que el tupido velo de la conciencia social resbale rostro
abajo para, libre de brumas, enfrentarnos a la verdad interior. Apasiona el riesgo
que supone esta realidad. Para llegar a la vida que disfrutamos, con el propósito
de conocer a Dios en su totalidad, hemos demostrado valentía, afán
de superación y arrojo. No en balde, existe la posibilidad real y frecuente
de que nuestro Yo inmortal quede desfigurado por la materialidad del plano, hasta
el punto de perder su verdadera identidad, quedando apegado a la supervivencia.
Lo cual, resulta penoso, si no perdemos de vista que somos el siempre jamás.
La razón de la vida, pues lo eterno y continuo, se creo para nuestro disfrute.
3.- ¿Qué es la muerte?
Mati sonríe, luego asevera; “¿Existe?
Para mí no existe la muerte. Es el paso que se da para poder empezar algo
nuevo. Es como un viaje en tren. Bajas en la primera parada, compras algo de
comer, te fumas un cigarro, das un paseo y vuelves a subir al tren. Luego, bajas
en la siguiente parada, tomas un café; en la próxima, compras la
prensa y lees tu periódico. Así parada tras parada, hasta llegar
al final del trayecto, que es el final de tu destino, donde te esperan los tuyos.
Cada parada será una vida. ¿Qué son los tuyos que te esperan
al final del trayecto? Los tuyos son el universo, la energía de donde
vienes y donde irás. “
Aunque ahora tengamos una idea más
clara y precisa de lo que es la muerte, no está de más, redundar
sobre puntos básicos. Hay que entender que la muerte, es únicamente
la del cuerpo, una vez éste se ha deteriorado, llega a su fin, pero no
es el fin de la personalidad-yo. Hay vida después de la vida, y a estas
alturas dedicaremos pocas palabras más en ilustrar una realidad tan cierta.
La muerte es una especie de ilusión, pues lo que fue creado no podrá ser
destruido jamás. Así, los que fallecen, si lo desean, regresarán
pronto a otros cuerpos, a otras vidas, pues la fuerza vital que sostiene la vibración
de todo lo creado, siempre está en movimiento, en continuidad. Cuando
el cuerpo deja de funcionar correctamente y es incapaz de realizar sus funciones
vitales, el espíritu retira la energía de él, y llama al
alma, abandonando el cuerpo definitivamente. Todas las cosas tienen alma. También
los animales tienen espíritus y almas. Llega luego la revisión
de la luz, como sabemos se realiza en el quinto plano, en el del Amor expresado,
también llamado paraíso, el primero donde se disfruta de la luz
dorada. Pero también sabemos, que cuando dejas el cuerpo, tras la revisión
de la luz, o antes de ella, si no la aceptas, vas al plano o nivel vibratorio
que corresponde con la conciencia de tu entendimiento, que corresponde con los
sentimientos que produzcan tus pensamientos aceptados.
Así que seguimos existiendo,
creciendo y disfrutando del milagro de la vida después del fallecimiento.
Precisamente por ello, tendríamos que reflexionar sobre el modo en que
solemos recibir la muerte. Cuando perdemos a alguien querido, raramente estamos
a la altura de las circunstancias, raramente apoyamos con pensamientos ilimitados
al difunto, pues nuestra actitud suele ser lastimera y débil, propia de
los que no saben cómo enfrentarse a la grandeza de lo creado. Mantener
la calma, orar para quien se va contemple la luz y sienta deseo de elevarse,
sería más conveniente que sufrir en demasía por lo que no
entendemos ni, en el fondo, queremos entender.
A veces, nos gusta lo melodramático.
A Jesús de Nazaret nos gusta mantenerlo en la cruz porque parece que nos
regodeásemos con la culpabilidad de aquello que nos dijeron que murió a
causa de nuestros pecados. Cuando se escenifica la pasión de Jesús,
se le da mucha más importancia a la muerte, previa tortura y suplicio,
que al hecho crucial de la resurrección. Jesús no vino a salvarnos.
Vino a darnos un ejemplo a seguir para que nos inundasen pensamientos ilimitados
con sus enseñanzas. Vino a demostrar al descreído pueblo de Israel
que había vida después de la vida. Pero su dimensión de
resucitado, queda en segundo plano, disfrutamos más con los clavos, el
martirio, la sangre y la culpa, nos atrapa el drama ilusorio del plano de la
supervivencia.
Si importante es saber recibir la
muerte de los seres queridos, más lo será, saber morir. Mati dice,
que lo mejor que podemos llevarnos para el tránsito, cuando atravesamos
el umbral, es la saca llena de amor. El amor. El que abre todas las puertas de
la evolución y aquellas de las moradas que esperan, las que no se entregarán
a los que no acepten lo que son, y la belleza de la sublime y magnífica
vida que les rodea. Sentir miedo a la muerte es la expresión de nuestra
incapacidad para enfrentar lo grandioso de la vida. La vida siempre se abre camino,
más allá la hay, será tan plena como logremos aceptar, así de
anchos sean nuestros procesos de pensamientos, así de anchos serán
los cielos que merezcamos. Cuidémonos del miedo, es devastador, impide
manifestar la vida. El miedo y los apegos, los del cuerpo y los del alma, nos
pueden hacer zozobrar momentáneamente en nuestro aprendizaje. Pero, recuerden,
el naufragio nunca será definitivo, se nos regaló la eternidad
y todo el tiempo necesario para comprenderlo. Antes o después, entenderemos,
superaremos miedos y apegos, para abrazar el liberador conocimiento.
4.- ¿De dónde vengo?
Venimos de nuestra última
programación. Hemos nacido tras recibir el consejo y la orientación,
nunca la imposición, de Maestros. No estamos solos. Evocando el capítulo
dedicado a los colores de la evolución, recordarás que cuando se
vestía el blanco y se superaban las pruebas pertinentes, se pasaba de
la evolución humana a la evolución celeste. Los Maestros Ascendidos
de las distintas fraternidades y colores nos asisten; como es arriba, es abajo.
Venimos de sacar conclusiones de
nuestra última experiencia. Hemos venido aquí porque faltaban cosas
por hacer. Pero no tenemos memoria. Parece que se comienza de cero porque se
crece desde la más tierna infancia y se va desarrollando un cerebro que
se estrena en el nacimiento.
Venimos de nuestro momento de evolución.
Vestimos nuestro color evolutivo al nacer, porque antes, hemos aceptado desarrollar
algo concreto que nos faltaba aprender. En la escuela de la existencia, donde
aprendemos a Ser por siempre jamás, tenemos que profundizar en cada sentimiento,
para conocer cada rincón de la totalidad de la vida; y cuando sepamos
de los vericuetos de lo humano, comenzaremos a conocer de superiores y celestiales
realidades.
Venimos de nuestra incapacidad para aceptar
la grandeza que Somos, y hemos buscado una nueva experiencia para realizarnos,
para latir con la vida, nunca inmóvil, siempre en expansión.
Venimos de más allá de la
carne, donde nos aconsejaron asumir la forma humana, para sentir la vida en este
plano y conocer aquello de lo que aún carecemos.
Venimos de nuestro pasado. Por ello, nada
fue nunca tan grande como nuestro presente. Siempre somos un poco más
sabios, inevitablemente vamos atesorando experiencias que nos reportan mayor
sabiduría. Continuidad. Movimiento. Expansión, anhelo e inquietud
por crear y conocer, eso es el universo, la vida y su Dueño.
Venimos de Él y vamos a Él.
Somos sus hijos amados, y se nos regaló la consigna de crear, aceptando
cuantos papeles, estemos dispuestos a interpretar, para incrementar nuestro conocimiento.
Venimos de hacer balance de lo aprendido,
y seguimos aprendiendo la grandeza que nos pertenece por derecho de legado y
conquista.
5.- ¿Adónde voy?
Partimos de la Fuente, y regresamos
a ella, según subimos peldaños en el camino evolutivo. Tras esta
vida que ahora nos ocupa, repasaremos lo aprendido, haremos balance de lo vivido,
y nuestro sentimiento y entendimiento nos situarán en uno de los siete
planos o dimensiones de la realidad. Dijimos que, una vez satisfechos los requerimientos
de los distintos colores evolutivos, vestir el blanco y superar las pruebas pertinentes
de este último color, dejaremos la evolución humana, para pasar
a la evolución celeste. No hay otro camino. Primero aprender como hombres,
repitiendo en tantas ocasiones como necesitemos; más tarde, aprender en
lo superior, disfrutando de realidades celestiales e inefables. Siempre aprendemos,
así que seguiremos en la escuela de la existencia. Nunca se deja de crecer.
La gran asignatura es aprender a Ser por siempre jamás. Caminamos de continuo,
expandiendo, tanto la vida que nos rodea, como la otra que nos pertenece y albergamos
en nuestro interior. Nada es inmóvil ni permanece inmutable. La vibración
universal exige el movimiento, llama a la evolución, sin detenerse nunca
por nada ni por nadie. Pero recuerda, esto es básico. Nada ni nadie, ni
Dios ni sus Maestros Ascendidos, te apremiarán, te juzgarán por
nada de lo que hiciste, ni tampoco te impondrán realidad alguna que no
desees. Recuerda, sólo avanzamos cuando aceptamos las realidades que antes
no supimos encajar. De hecho, cuando alguien asegura que no cree en nada que
no puedan ver sus ojos, que renuncia a todo lo que tenga el menor atisbo de espiritualidad,
se está creando un bloqueo, un escollo interno que, antes o después,
tendrá que superar hasta derrumbarlo. Recuerda, el amor de Dios, nos hace
libres, incluso para renunciar a la Fuente que nos dio la vida, incluso para
pensar que ésta y su Creador son ficciones y el fruto de mentes calenturientas
y exaltadas. Podemos pensar que abandonamos a Dios, pero Él no nos abandonará nunca,
pues está dentro de nosotros. Somos Él, y, sin importar el número
de experiencias que necesitemos para comprenderlo, con el tiempo, cueste lo que
nos cueste, tendremos, finalmente, que aceptar esa realidad. No porque nos obliguen
a ello, simplemente para vivir en armonía con la plenitud de nuestra divina
naturaleza, y para expresarla sin tapujos elevando así nuestras vibraciones,
procesos de pensamientos y sentimientos que éstos produzcan. En realidad,
vamos a casa, sin dejar nunca de estar en ella, pues ya sabemos que cuando vestimos
la forma humana, lo hacemos para entender la totalidad de vida que es Dios. Nunca
dejamos la casa, únicamente transitamos por sus distintas estancias, gozando
del confort o padeciendo las carencias de las mismas, en función del alcance
de nuestro entendimiento. Vamos allá donde nos lleve nuestro sentimiento.
Por ello, nadie, salvo nosotros, será responsable del actual estado evolutivo
en el que nos encontremos. Desde luego, seguimos existiendo, la grata realidad
es que nada se acaba cuando morimos, no existe un final y seguimos transitando
en la eternidad.
Vamos a Él, pues de Él partimos,
y es cierto que podemos distraernos del camino. Pero, con distracciones o sin
ellas, sepamos que todos los caminos conducen al Eterno, pues la culminación
es el regreso en plenitud al Padre. De momento, lo que ha de preocuparnos, es
satisfacer la evolución humana. Pensemos que el alumno de hoy, será el
Maestro de mañana, pues, como el universo manifiesta y enseña,
lo que es arriba, es abajo. Así que, despierta viajero, despereza peregrino.
Espera el tránsito. Más allá se encuentra la cuna, el origen,
el principio, todas las respuestas, y la Fuente.
Mati concluye: “Vienes de la unicidad,
y vas a ella con el bagaje de tu experiencia. Te separas, y te sientes vacía,
pero cuando te llenes de todas las experiencias que adquieres a lo largo de todas
tus existencias, volverás a la unicidad de la que partiste”.
6.- ¿Cuánto tiempo me queda?
El tiempo que nos queda es el que
podamos imaginarnos ahora, y el resto que imaginaremos luego, una vez asumamos
que somos poder impresionante, energía pura y pensamiento sublime. Cuando
entendamos que Somos el Dios identificable, comprenderemos que el tiempo, no
sirve para medir la inmensidad inacabable y continua que nos espera. Lo que hoy
es el tiempo, mañana será más ancho, en un entendimiento
más pleno, se convertirá en lo que no tiene fin, y sin fin, iremos
creciendo hasta aprender el Ser siempre jamás.
La muerte es ilusión, nada puede
destruir la vida que se generó, y esa vida queda garantizada por el amor
del Eterno que todo lo sostiene Siendo, de continuo, sin pausa, explorando lo
que antes no se conocía, desplegando la vida por doquier en los distintos
universos paralelos, en tantas realidades fuesen necesarias para manifestar la
existencia que regala. El tiempo que hoy conocemos, el que rige nuestras vidas,
es algo implícito al plano donde nos encontramos. No hay nada parecido
al tiempo en la eternidad. Pues en ella sólo se es. Así fue, así es,
y así será. No hay fin, esa es la respuesta.
Mati insiste en la idea: “El tiempo
es infinito y tampoco existe, por lo tanto, te puede quedar tanto tiempo de existencia,
como tu alma esté dispuesta a experimentar”.
7.- ¿A qué he venido?
Mati, me dice: “Has venido
para convertirte en la expresión de un todo ilimitado en un espacio limitado,
en un cuerpo limitado y con una mente limitada. No contará la cantidad
de la expresión, sino la calidad de lo que experimentes, pues en la experimentación
estarán la intensidad y la energía. Recuerda, no has venido a ser
Dios, sino hombre, tu destino es ser hombre, no intentes ser Dios, de otro modo, ¿qué sentido
tendría haber encarnado? Tenemos que distinguir entre expresar a Dios,
o ser tan sólo una expresión de Él”.
En nuestro plano de la supervivencia y
la reproducción se alcanza una cumbre, pues pensamiento y materia, se
entrelazan. Forman matrimonio. Por eso es importante aprender aquí haciendo
uso de nuestra inteligencia creativa. De hecho, hemos venido, a manifestar nuestra
inteligencia creativa; pero, sobre todo, a desvelar el misterio mejor guardado
de todos los tiempos, lo que somos, lo que significa esa realidad que llamamos
Yo Soy. Cada uno vendrá a este plano por muchas razones, pero la principal
y perentoria, siempre será la de entender, abrazar y amar tu Yo. Una de
las razones por las que has venido aquí es para que aceptes que dispones
de la ilimitada libertad de enfocar cualquier pensamiento, sentir la emoción
que tal pensamiento te reporte, y convertirlo luego en realidad. Otra razón
es para aprender que puedes cambiar de pensamiento cuando quieras, que eres libre
y dueño absoluto de tu Yo. Venimos aquí para percibir, aún
revestidos de la temporalidad de la materia, la grandeza que albergamos. Si buscamos
y encontramos nuestra esencia, se nos revelará perpetua. En nuestro Yo,
hallaremos al Padre. Quién te avaló en el principio, quién
dispuso las plataformas para que te manifestases en tu creatividad, en quién
te volverás a convertir cuando regreses a casa con la mochila cargada
de sabiduría.
Hemos venido aquí para, como hombres
y mujeres, transcender lo material, para entender otras realidades que por nuestro
temporal revestimiento carnal, no percibiremos de otro modo que no sea con el
pensamiento y la búsqueda del Ser. Hemos venido a este plano para demostrar
y demostrarnos que somos divinos, y por ello regresamos, anhelantes del aprendizaje
emocional que, finalmente, nos conduzca a tal aceptación.
Hemos venido aquí a perder el miedo
a la muerte para no vivir con miedo. Para aprender que sólo tenemos que
Ser como ya Somos, ilimitados, creativos, opcionales e infinitos. Hemos venido
para aceptarlo, aún revestidos de carne, aún rodeados del condicionante
social que golpea implacable recordándonos realidades que sólo
lo son a medias, pues no llegan a la grandeza de la otra realidad superior del
Yo.
Hemos venido a comprender, que amarnos
y permitirnos nuestra propia virtud en la vida, es ser como Dios es. No estamos
en lugar equivocado ni en ninguno que no eligiésemos. Estamos donde deseábamos
estar, toca no distraerse con el indiscutible poder de la materia, para concentrarnos
en las profundidades del Yo, el mayor misterio de todos los tiempos. Hemos venido
a descifrarlo, ¿te atreverás ahora, o esperarás mejor ocasión
en otra vida, en otro tiempo, en otra realidad?
Apéndices
1.- Soledad y muerte
Al margen de las anteriores preguntas,
hay otras cuestiones que a todos nos interesan cuando valoramos la muerte, el
momento de la marcha. ¿Estamos solos cuando morimos? Muchas personas
temen la soledad durante su vida en este plano, y les aterra pensar que después,
tras la ida, quepa la posibilidad de estar solos, aislados. Lo primero que debemos
decir es que, si nuestro mental es poderoso, podrá crear su propio mundo
fuera del plano físico, no en vano dijimos que nuestra voluntad es soberana,
como lo es nuestro pensamiento. No en vano, dijimos, que al otro lado, nuestro
alcance es mayor. Tanto así, que, con un mental poderoso influenciado
por traumáticos acontecimientos, grandes culpas o miedos agudos, la entidad
creará un mundo con el pensamiento, según su voluntad. Creará espacios,
lugares, incluso situaciones. Puede ocurrir que la entidad no acepte su muerte,
sabe que ha sucedido, pero se niega al hecho. Construirá el escenario
necesario para su negación. Su pensamiento le permitirá hacerlo
si cuenta con una férrea voluntad. ¿Crea un infierno, crea un paraíso?
Más bien, un lugar donde esconderse, una especie de refugio donde huye
de lo acaecido.
Hay que repetir que nadie nos obliga nunca
a nada, esto ha de hacernos responsables. Hay que entender que tarde o temprano
la entidad saldrá de su estancamiento. Nada permanece quieto para siempre.
Es el tercer principio universal, el de la vibración. “Nada está inmóvil;
todo se mueve, todo vibra”. Si la parte espiritual de la persona que fallece,
es más fuerte y pesa más que la parte mental. Entonces, la entidad,
dejará esta vida para enfrentar el estudio de la misma, para valorar lo
que hizo en ella. No lo hará solo. Le asistirán. De tal modo, si
nuestro espíritu está debidamente fortalecido, saldremos de este
plano, para elevarnos, llegaremos a la revisión de la luz, y allí,
repasaremos lo que fue nuestra vida, y comenzaremos a preparar la siguiente,
en función de lo que haya quedado por sentir, hacer, aprender y entender.
Pero si nuestro mental es poderoso, si
nuestros apegos, miedos o culpas vencen nuestra parte espiritual, quedaremos
indecisos, dudaremos, nos embargará una sensación de seguir en
el plano que hemos abandonado. Sentiremos que echamos en falta lo que ya no podemos
disfrutar debido a nuestra nueva naturaleza corporal. Quedaremos apegados, impedidos
para elevarnos. Lo penoso es que, si no nos elevamos, nuestros Maestros se retiran,
se alejan hasta que estemos dispuestos a contemplar pensamientos ilimitados,
hasta que manifestemos nuestra espiritualidad, y desdeñemos lo que sea
que nos aflige y estanca.
Sin embargo, no estamos solos. Nunca lo
estamos. Tampoco cuando morimos. De hecho, a veces, horas o minutos antes del óbito,
los que fallecen hablan de haber recibido la visita de personas que murieron
meses o años atrás. Los moribundos no desvarían. Lo que
afirman, es cierto. Lo normal, es que veamos a nuestros familiares fallecidos
cuando morimos. Pero, en ocasiones, sucede antes de cruzar el umbral, en la antesala
del tránsito. ¿Vemos a todos nuestros familiares fallecidos?
No a todos, pero sí a los más queridos, y eso incluye, en algunos
casos, también a las mascotas. Vemos a esos animales que se fueron tiempo
atrás, cuando salimos de este plano, porque ellos, nos esperan, al igual
que aquellos que quisimos y nos quieren. Ya dijimos que también los animales
tienen alma. Si acuden las mascotas que recibieron nuestro cariño, con
más razón, también podrán acudir amigos o amigas.
Pero serán aquellos que fueron realmente afines, grandes amigos, a los
que desnudamos nuestro corazón y sentimientos. No veremos a vecinos, conocidos
ni allegados o familiares, a menos que nuestra relación con ellos haya
sido fructífera y armónica. Con los familiares y amigos más
queridos, también vendrá nuestro Maestro. Todo el mundo tiene uno.
Nuestra alma lo reconocerá. Maestro y pupilo se conocen de vidas anteriores,
es nuestra alma la que archiva la memoria de todo lo acaecido en anteriores existencias.
Por eso, el alma conoce al Maestro. A él nos agarraremos, literalmente,
para elevarnos, una vez lo hayamos reconocido, y sintamos la lógica alegría
de verle, similar al encuentro de dos viejos y queridos amigos.
Sólo podríamos sentirnos
solos, como ya se ha dicho, cuando la fuerza de nuestra mente, imbuida en culpas,
dolores, odios o miedos, nos aleje de todos los que vinieron a recibirnos alegrándose
de nuestra llegada para hacernos más fácil y cómodo el tránsito.
Recordemos que los Maestros no están en los planos de vibración
densa. Si optamos por dar pábulo a lo que nos situará en el plano
del miedo y el dolor, nos sentiremos solos, desamparados y desgraciados, pero
nadie nos situó allí, sólo nuestros sentimientos. La muerte
no es un castigo ni un final, sólo un tránsito. Podemos cruzar
el umbral con naturalidad, o sofocarnos por el cambio y en el ardor de pensamientos
limitados. Pero no estamos solos, ni ningún dolor o miedo es perpetuo
o eterno. Antes o después, todo dolor, miedo, culpa u odio, evoluciona
para que la entidad quede preparada y alcance la revisión de la luz.
2.- Entidades descarnadas
Otra cuestión con la que
nos topamos de manera cotidiana, es con la típica persona que afirma no
creer en nada que no puedan ver sus ojos. A estas personas habría que
recordarles algo básico. Nuestro cuerpo es la suma de varios cuerpos de
distintas vibraciones. Esa suma es parte del resultado que vemos, pues con los
ojos humanos, no podemos apreciar todos y cada uno de los elementos que lo forman.
De tal modo, cuando el cuerpo muere, que es lo único que muere, el resto
de cuerpos, seguirán existiendo pero a una alta vibración, tan
alta que los ojos de la carne, no podrán apreciarlos. Sucede igual que
con las ondas hertzianas o las otras electromagnéticas. Ningunas de ellas
son apreciadas por el ojo humano, sin embargo, nadie duda hoy de que existen
ni de sus efectos, por más que no podamos apreciarlas a simple vista.
Así, el común de los humanos,
no verán ni percibirán a las entidades descarnadas. Para lograrlo,
habría que desarrollar ciertas capacidades innatas en nuestra naturaleza.
Pero es algo que no todo el mundo logra, también necesitaríamos
una guía superior y una disciplina y voluntad firmes, además de
estar libres de miedos y recelos. Por supuesto, hay personas que vienen para
convertirse en videntes, y esas personas, una vez desarrollada su innata capacidad,
podrán percibir y ver, con extrema naturalidad, a las entidades descarnadas.
En ocasiones, Mati, cuenta de haberse
sentido agobiada durante una charla, o durante su estancia en el lugar que fuese,
por la cantidad de entidades descarnadas que se manifestaron tratando de conseguir
su atención y ayuda. Como tantas veces, también el ver y percibir
lo que consideramos anormal, dispone de una puerta falsa. Algunos han visto cosas
inexplicables, después de consumir ciertas drogas. Las más duras,
pueden hacer que percibamos la energía que nos rodea. Hay personas que
aseguran haber visto moverse colores en el aire en función de la música
que oían estando en pleno viaje de LSD. Pero no hay que olvidar, que esa
visión, la disfrutaremos en un estado alterado de conciencia, lo cual
nos impedirá entender lo que vemos. Así, la experiencia que debió servir
para conocer, sólo servirá para confundirnos y, más veces
de las deseadas, para asustarnos.
3.- Venimos sin memoria
¿Por qué no se nos
permite recordar lo que fuimos, lo que somos, la exacta suma de nuestras vidas
y experiencias anteriores? El que no recordemos nuestra personal historia, no
quiere decir que no la tengamos. El olvido debe existir, es necesario. De otro
modo, las relaciones entre personas, quedarían condicionadas a priori.
Pero, no sólo las relaciones con los demás, quedarían desnaturalizadas,
también nuestra propia vida quedaría desnaturalizada. Ocurriría,
porque, si fuésemos conscientes de lo que fuimos e hicimos, ello, influiría
en la existencia que ahora disfrutamos, hasta el punto, que convertiría ésta,
en una continuación de las anteriores, lo cual negaría lo que la
vida ha de tener de frescura, emoción, riesgo y aventura. Aunque, más
que por ninguna otra cosa, debe existir el olvido, para aliviarnos del peso de
cargas mentales y emocionales anteriores. Muchas personas hicieron y vivieron
cosas que nos les ayudaría recordar ahora, empeñados en los objetivos
o logros que fuesen.
Cada vida es una oportunidad única.
Se comienza de cero, utilizando para venir el canal del nacimiento, y estrenando
un cerebro sin memoria que iremos llenando de conocimiento, según vamos
descubriendo el mundo que nos rodea. Cada vida, en sí misma, ha de ser
un todo, que, tras cruzar el umbral que une el mundo de la materia con el mundo
del espíritu, se convertirá en un fragmento de la suma de nuestra
historia personal. Venimos sin memoria, pues, de otra manera, lo acaecido en
vidas anteriores, supondría una rémora, a la hora de experimentar
y evolucionar.
4.- Sufrimiento ante la muerte
Si este libro persigue un objetivo,
es que sepamos convocar un modo distinto, nuevo y más eficaz, de enfrentarnos
a la muerte. Tanto a la de los seres queridos, como a nuestra propia muerte.
Cuando perdemos a alguien que queremos, sufrimos tanto, porque no poseemos una
fe verdadera en la existencia del más allá; sufrimos, porque nos
empeñamos en pensar que todo se acaba, y quien se va, termina, de modo
definitivo, su recorrido existencial. Es un pensamiento erróneo y doloroso.
Ojalá, este humilde esfuerzo, sirva para que algunos recapaciten, y en
el momento del tránsito, que no del trance, cuando pierdan a seres queridos,
sepan estar a la altura de las circunstancias, enfrentando con solvencia la grandeza
implícita de la existencia. Las más de las veces, es mayor el dolor
de los que quedan, que el otro, de los que se marchan. Pero, es necesario recordar,
el daño que nuestro excesivo dolor, causará al ser que se ha marchado.
Si amamos de verdad, tendremos que estar a la altura, y apoyar con nuestro entendimiento
y oraciones, a la entidad que ha cruzado el umbral. De otro modo, difícilmente,
nos amparará el derecho a decir que amamos, y sabemos hacerlo hasta el
final, con todas las consecuencias.
Como se dijo en su momento, ninguna perdida
resulta tan dolorosa como la de un hijo, o ninguna marcha, es tan traumática,
como la de una madre que, abandonando este plano, deja hijos, de la edad que
sea, sin poder atenderlos como lo hacía y le gustaría seguir haciendo.
Ayudar a una madre que ha perdido un hijo, no es una tarea sencilla. Siempre
dependerá de sus creencias y esquemas. Pero, a la postre, la madre deberá terminar
entendiendo, que su tristeza no ayuda al hijo fallecido, que los que se marchan,
disfrutarán más con nuestra alegría que con nuestro pesar,
y que ellos, si el pesar de los que quedan es grande e inconsolable, se sentirán
responsables de la pena, y eso, les perjudicará en cuanto a su elevación
y evolución se refiere. Pero llegar a esta comprensión, necesitará de
un proceso. A veces más largo, otras, más doloroso de lo deseado.
Calmar el dolor de una madre que ha perdido
a un hijo en la flor de la juventud, no es tarea fácil, pero tampoco es
imposible, la experiencia, así lo muestra. Se han dado casos, en los que
madres destrozadas, acudieron a Mati para pedir ayuda, y, tras recibirla, ya
no quisieron abandonar la búsqueda de sí mismas, ni el camino del
conocimiento. Madres, que recibieron una ayuda preciosa, llenaron su vida de
sentido, y ahora forman parte de grupos de trabajo o estudio. Enfrentarnos a
la muerte con capacidad, es algo que puede hacerse, cuando sabemos diferenciar
lo relativo de lo perentorio.
5.- Guías y Maestros
Existen tres tipos o clases de guías.
En primer lugar, nos encontramos con los
guías familiares. Son entidades que se han revisado en la luz, y han pedido
regresar junto a una persona de su familia, a la que quieren y con quien son
afines, para ayudarle en todo aquello que puedan. El guía familiar, como
se dijo, tratará de inspirar ideas y proyectar sus consejos a través
del pensamiento; además, ofrecerá su apoyo energético, en
los peores momentos, cuando nos encontremos deprimidos, tristes o preocupados.
También se dijo, que estos guías realizan una ayuda limitada. Pues
estarán supeditados a lo que establezca el Maestro de la persona a la
que guían.
En segundo lugar, encontramos a los guías
específicos. Estos guías aparecen para ayudar a la persona, según
la actividad que realizan en cada momento. Hay guías específicos
de muchas labores. Por ejemplo, las personas que sanan, disponen de guías,
los cuales, indicarán el modo de proceder, en función de la dolencia
que presente el paciente. Pero los guías específicos más
numerosos, los encontramos en las artes, en las disciplinas creativas que necesitan
de impronta, sensibilidad e imaginación para manifestarse. Así,
escritores, escultores, pintores, cineastas, actores, músicos y otras
personas con labores creativas, suelen tener sus guías específicos.
Estos guías serían las famosas musas de las que todos hemos oído
hablar. Son entidades que, habiendo consagrado una o varias vidas humanas al
arte que fuera, después de su revisión en la luz, decidieron seguir
indagando en la disciplina artística que les cautivó, pero, a través
de las obras de otras personas. De tal forma, escritores, pintores, escultores,
cineastas, actores, músicos y demás personas que realizan labores
creativas, sin saberlo ni ser consciente de ello, van recibiendo ideas, consejos
e inspiración a lo largo de su carrera, de uno o varios guías específicos.
Por ello, sin miedo al error, podríamos
afirmar, que la mayoría de las grandes obras de los artistas más
famosos, no son enteramente suyas, pues se sirvieron de las ideas de otros artistas,
que ya no viven en este plano. Los que, tras morir y ser revisados, decidieron
seguir apoyando el arte elegido, pero en las nuevas generaciones, es decir, a
través de personas vinculadas a las distintas ramas artísticas,
ofreciéndoles continua inspiración e ideas a través del
pensamiento.
Por último, encontramos a los guías
de otras vidas. Son entidades que acompañan a la persona a través
de vidas distintas. En un momento del pasado, en otra existencia, se creó un
vínculo entre las dos personas, y el guía de otra vida, empeñado
en ofrecer su ayuda, seguirá acompañando a la entidad elegida,
en cuantas vidas sea necesario.
Si antes nos encontrábamos con
tres clases de guías, ahora, debemos diferenciar, entre dos tipos de Maestros.
Está el Maestro de vida. Es la
entidad evolucionada, ya fuera del ámbito humano, que desde el otro celestial,
se encarga de que nuestra alma nos empuje a realizar la labor que, antes de venir
a la vida terrestre, aceptamos. No disponemos de memoria al nacer, pero sí de
un Maestro que tratará en todo momento de transmitirnos el conocimiento
que vamos a necesitar en nuestras tareas programadas. Para ello, el Maestro de
vida, como lo haría el guía, nos ofrecerá sus continuos
consejos a través del pensamiento. Pero es importante entender que, si
acaso y sistemáticamente rechazamos los inspirados pensamientos que de él
recibimos, el Maestro se alejará desalentado. Su acercamiento, por tanto,
dependerá del grado de aceptación que tengamos respecto a los consejos
que nos ofrezca, así como del nivel de atención que prestemos a
ellos. Este Maestro de vida, es quien administrará las ayudas que recibamos
de cualquier tipo de guía, ya sean familiares, específicos o guías
de otras vidas. Es decir, el Maestro, estará por encima de los distintos
guías que pudieran asistirnos, ya que disfruta de mayor evolución
que éstos.
Luego, están los Maestros Ascendidos.
Es Maestro Ascendido, la entidad que adquiere las cualidades de todos los colores
evolutivos, a través de sus distintas encarnaciones. Cuando la entidad
deja el plano de la supervivencia y la reproducción, es decir, cuando
fallece, es cuando se convierte en Maestro Ascendido. Estos Maestros Ascendidos
habitan en el sexto nivel de entendimiento, desde allí, ayudarán
inspirando a los alumnos asignados a su cargo.
En realidad, todos los Maestros, son Ascendidos,
tanto los primeros como éstos últimos, así denominados.
Pues todos han satisfecho las distintas cualidades de los colores evolutivos,
y residen en el sexto plano de entendimiento, inmersos ya en la evolución
celeste.
Cuando nos referimos a los Maestros que
asisten a Mati, desvelamos el tipo de ayuda que le ofrecían. Desvelemos
ahora, el rayo o color de la fraternidad celestial a la que estos Maestros pertenecen.
Saistin, enseña bajo la influencia
del rayo blanco.
Alder, opera bajo la influencia del rayo
violeta.
Nem, regala bajo la influencia del rayo
verde.
Paz, ofrece bajo la influencia del rayo
azul.
Jazmine, aconseja bajo la influencia del
rayo rosa.
Marta, apoya bajo la influencia del rayo
blanco.
Tairos, discierne bajo la influencia del
rayo amarillo.
No son los únicos Maestros que
visitan y ayudan a Mati, pero sí serían los más cercanos.
Quien desee situarse sólo tendrá que hacer otra lectura del capítulo
titulado Los colores de la evolución, y recordar, el principio universal
de la correspondencia, que nos dice: “Como es arriba es abajo, como abajo
es arriba”.
6. Junta
Otro aspecto interesante y poco
conocido, es el hecho de las cuatro entidades que conforman nuestra Junta, la
Junta encargada de valorar nuestro desarrollo evolutivo. Conocemos a estas entidades
de vidas anteriores. De hecho, si recordamos la primera salida que realiza Mati
acompañada por su Maestro Ascendido Saistin, en ese viaje, ve cuatro entidades
que conoce de otras vidas. Todavía tenía que ver a su padre y a
su hermana Rafaela, y no se le dirá nada entonces sobre ellos. Pero, días
después, Mati sabrá por Saistin, que las cuatro entidades que viera,
eran las que formaban su Junta. Los que en su día, valorarían los
logros que ella hubiese alcanzado durante su vida aquí, en este plano.
Recordemos que estas cuatro entidades, las encontró en el sexto nivel
de entendimiento, en el denominado Dios en todas las cosas. Los que alcanzan
tal plano, ya viven la evolución celeste, han superado la evolución
humana y, por tanto, están suficientemente capacitados para evaluarnos.
Así que no estamos solos. Sólo
sucederá, si así, nosotros lo creamos. Somos libres, soberanos
en nuestro pensamiento, creadores en él. No es que nadie quede impedido
en principio para la revisión de la luz, sucede que en ocasiones, no se
termina de pasarla, es como si suspendiésemos un examen, el dolor, la
culpa, el miedo que padecemos, nos impide vibrar en armonía con el entorno
donde nos resulta imposible permanecer.
En caso de que nuestra vida nos haya satisfecho,
y que a la hora de morir no tengamos que lamentar ningún trauma o quedemos
inmersos en miedos y dolores, atravesaremos el umbral para encontrar muchas y
maravillosas sorpresas. Por ejemplo, puede darse el caso, que la persona fallecida,
su alma y espíritus inmortales, encuentre a dos padres o madres, pero
allá, tal cosa, no supondría conflicto alguno, pues no hay un solo
sentimiento de amor, ni sentimientos parciales. Nuestra alma, archivera de todas
nuestras experiencias vitales, ya libre de la limitación de la materia,
reconocerá sin problema a los que tuvieron relación con nosotros.
Tampoco debe preocuparnos el ver en cuanto morimos a familiares fallecidos con
los que tuvimos grandes problemas y desavenencias. A éstos, no se les
permitirán acercarse, para no intranquilizarnos, hasta que no hayamos
pasado la revisión de la luz. Así que, si no existen bloqueos,
lo común, es que estemos gratamente acompañados tras la muerte.
Pues nos encontraremos a familiares de distintas vidas, amigos, incluso a mascotas
quien las tuviese, con la garantía de que todos ellos nos serán
afines, queridos, entrañables.
Además, nos encontraremos con guías,
un Maestro que nos conducirá al quinto plano del Amor expresado, donde
tendrá lugar la revisión de la luz, y allí también
conoceremos a nuestra Junta, las cuatro entidades encargadas de valorar el desarrollo
evolutivo alcanzado con la última experiencia vital. Ninguna de estas
cuatro entidades nos será ajena, nuestra alma las reconocerá pronto,
lo cual, contribuirá, a que nos sintamos como en casa.
7.- Favores del alma
El estado vegetativo. El coma. Algunas
personas sufren ese estado. ¿Están? ¿No están? ¿Qué sucede
cuando alguien entra en coma y mantiene sus constantes vitales gracias a intensos
cuidados médicos? En principio, decir, que en tales casos, nos hallamos
ante una vida artificial, pues el cuerpo no debería seguir vivo. Pero,
aunque el espíritu y el alma no abandonan el cuerpo inerte, tampoco están
realmente en él, es decir, no se da el tránsito de la muerte, pero
no se experimenta nada pues nada hay que experimentar. Se está en una
espera. ¿Una espera de qué? De que el cuerpo deje de latir
para que tenga lugar el tránsito. ¿Qué sentido tiene
caer en coma? Dependerá del coma. De sí es forzado o no. Es decir,
si llega de manera inesperada o a causa de un accidente.
Cuando el coma no es forzado, sucede que
se otorga un descanso para el espíritu debido a circunstancias extremas.
O sea, el alma apela y consigue un tiempo de paro, pues la persona está cerca
de hacer algo especialmente dañino para su evolución. Es la forma
que tiene el alma de evitar el daño que se cometerá. Repentinamente,
alguien, sufre un coma, entra en crisis, su salud se deteriora, para quedar en
estado vegetativo.
El otro coma será el de alguien
que sufra un accidente grave, mortal de necesidad, pero se le concede la gracia
de seguir vivo. Aunque para ello tendrá necesariamente que reciclar sus
experiencias y volver a programar su vida. Cuando no se logra salir del coma,
sucede que la persona rechaza la nueva programación, y prefiere comenzar
en otra vida venidera.
Así que, tanto en comas inesperados
como en otros producidos a causas de accidentes mortales, nos encontramos con
ayudas, con apoyos concretos según vamos experimentando. En el primer
caso, se consigue un tiempo de espera, el impedimento momentáneo para
no cometer el grave error que de otro modo cometeríamos. Para evitarlo,
durante un tiempo, se paraliza la vida del individuo. En los accidentes, durante
el coma, se nos ofrece un cambio, podemos seguir viviendo, pero tendremos que
cambiar cosas. Hay gente que ha sufrido comas, tienen familia, tienen pasado.
En la mayoría de los casos se podrá observar que hubo un antes
y un después del coma en sus vidas. Se cambia sustancialmente después
de esta experiencia.
Otros, optan por comenzar una nueva experiencia
vital, quedan en el coma, no se recuperan, atraviesan el umbral, marchan a la
revisión de la luz, y allí prepararan la nueva oportunidad para
seguir evolucionando.
Ayudas en momentos de circunstancias extremas.
Siempre las hay. Favores del alma. Entresijos de la eternidad.
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