EL SUR DE CHILE, PORTAL DE LA
NUEVA ERA |
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| El eminente doctor y
Maestro Ascendido Sim-All-Karuff |
Prólogo
Querido lector, el libro que tienes en
las manos es un trabajo metafísico, pero, dicho de un modo más
simple, es, ante todo, un libro de amor y luz existencial.
Muchos que se hicieron llamar maestros,
se revelaron entre los hombres como guías espirituales. Pero, a la mayoría,
les faltó el amor en sus enseñanzas. Disimularon tal carencia,
ofreciendo sus dichos en complicadas nociones que, más que iluminar, sólo
consiguieron perturbar y confundir a sus seguidores.
No es el caso, nuestra única pretensión,
es abrirte los ojos y que alcances a ver lo mucho que eres, y aún te falta
por descubrir de ti mismo. Pues, has de entender, para tu satisfacción
y realización, que eres más que un cuerpo físico, y que
todos los problemas que te afligen, son absolutamente superables, si finalmente
aceptas que has venido a esta vida y mundo a bastante más que crecer,
reproducirte y morir.
En ocasiones, hombres y mujeres, rechazan
la idea de Dios, porque lo intuyen como algo demasiado alejado de sus vidas;
como algo grande e inaccesible que queda muy por encima de la capacidad del entendimiento
humano. Las grandes religiones oficiosas, se encargaron durante siglos, de ofrecer
esta imagen absurda y distorsionada de la realidad.
Lo cierto es, que tú eres Dios, y
que si lo dices en voz alta, nada habrá de ocurrirte, nadie te castigará o
sancionará. Eres Dios, porque Él, está en ti, pues fuiste
creado a su imagen y semejanza. Si la idea en sí, no te abruma o anonada,
si la aceptas con naturalidad, ya has dado el primer y maravilloso paso, para
desvelar el misterio, el cual, lejos de oprimirte, te liberará.
Sobre
todo, no te asustes, pues el miedo niega el sublime milagro de la vida. Y sigue
leyendo, así, tal vez
consigas entender, que en tu esencia divina, eres inmortal y eterno.
Sin
embargo, autentificar nuestra inefable naturaleza, pasa por lo que para la mayoría,
en principio, pudiera resultar intolerable, pues, no en vano, nadie es lo que
no desea, ni suele asumir por tiempo prolongado aquello que le desagrada.
Es decir,
conducirse como dios encarnado, ser hombre-dios y mujer-dios, pasa por emular
al Absoluto, del que partimos y al que, antes o después, ya debidamente
evolucionados, regresamos.
De tal
modo, siendo el amor el mayor atributo del Eterno, tendríamos que saber
amar de forma correcta, o lo que es lo mismo, tendríamos que dar sin pedir
nada a cambio, tal como Dios hace, cuando nos regala el magnífico don
del libre albedrío,
dando y permitiendo, nunca quitando o imponiendo.
Lo último
conduce a servir en vez de ha ser servidos. A la responsabilidad de caminar y
esforzarnos, con el inevitable riesgo que ello implica, en vez de a buscar la
seguridad y la comodidad, que se encargarán de atrofiar nuestros sentidos.
Pero
hay más. Siempre hay más.
Si caminamos y nos esforzamos experimentaremos nuestras propias verdades, y no
esperaremos que otros experimenten las suyas, para luego, a modo de torpes y
codiciosos vampiros, hacerlas nuestras verdades de manera equivocada. Dado que,
sin experiencia propia, no puede existir conocimiento íntimo y personal.
Tampoco
el hombre-dios y la mujer-dios, deberían renunciar al dolor y al padecimiento,
pues no se trata de sufrir por hacerlo, más bien de padecer hasta comprender
que el postrero sentido de la tristeza, es vencerla, o lo que es lo mismo, que
nuestra naturaleza queda muy por encima de cualquier angustia y abatimiento,
y que éstos sólo
existirán como pedagogía que nos hará trascender asumiendo
nuestra grandeza. Por ello, temer al dolor y rechazarlo, es sinónimo de
no poder superarlo jamás, pues no se puede vencer a un enemigo al que
nos negamos a enfrentar.
Y si el dolor, debidamente superado, es
uno de los peldaños que conducen a la iluminación interior que
nos hará comprender lo que realmente somos; otro perentorio, sería
desterrar el odio, transmutando esa negativa y destructiva energía en
amor, mediante el servicio a los que, como nosotros, vinieron a esta vida para
aprender la eternidad que son.
¿Que es mucho sacrificio? ¿Qué el
mundo no ayuda? ¿Qué las cotidianas responsabilidades impiden tales
actitudes? Hay que desearlo, tener confianza en uno mismo y entenderlo como algo
implícito, natural, nuestro, que puede encontrarse dentro y nunca fuera
de nosotros. En realidad, tanto si nos gusta como si nos disgusta, quien no vive
para servir, no sirve para vivir, pues, actuar de otro modo, es hacerlo en contra
de la armonía de lo creado, que está a nuestro servicio, y es para
nuestro disfrute y evolución.
Lo dicho
hasta el momento, no sería
más que un exaltado cúmulo de quiméricas intenciones, si
entre nosotros no existieran personas que encarnan tales actitudes y son vivientes
paradigmas de realidades superiores en nuestra diaria realidad.
Este libro cuenta la vida y obra de una
mujer excepcional, por la ayuda que presta y sigue prestando de manera continuada
a sus semejantes.
Este
libro es el testimonio de una existencia humana que, en una hora de gran necesidad
y angustia, convocó desde
la oración, una asistencia celestial. Desde entonces, una entidad superior,
la guía haciéndola partícipe de mundos y dimensiones vedados
para la mayoría.
Este
libro, finalmente, conmoverá a
muchos, y les hará reflexionar sobre el propósito y misión
de sus vidas, preguntándose si hacen lo correcto y aprovechan sus días
debidamente.
María
Ximena Burgos Soto, a pesar de todo, no es, en justicia, la protagonista de este
esfuerzo literario, pues ella sólo es el recipiente o canal elegido para
testimoniar sobre entidades que, habiendo ya superado nuestra ardua evolución
humana, y llenos de amor por todos nosotros, desde la evolución celeste
que disfrutan y habitan, envían sus sanadores rayos a los cuatro puntos
cardinales, provocando en su manifiesta generosidad, que nos sintamos amados,
tenidos en cuenta, apreciados y acompañados.
No estamos
solos, nunca lo estaremos, somos mucho más que nuestro cuerpo físico
y sus desmesuradas e incontables apetencias, y existen personas en el mundo que
proclaman superiores verdades con su cotidiano y diario vivir.
Así que,
querido lector, si no eres miedoso y te sigue interesando saber quién
eres, dónde
reside la fuerza que hoy no tienes, y el camino que no logras vislumbrar ni descubrir,
es recomendable que sigas con la lectura.
Un ejemplo vivo, siempre ilustró y
sirvió más que mil lecciones teóricas sobre cualquier cuestión
que nos ocupe.
La
vida de María
Ximena Burgos Soto, podrá hacer que comprendas de dónde vienes,
adónde
vas, y cuánto tiempo te queda.
Hay
respuestas. Siempre las hubo.
Tú y
sólo tú tienes
que decidir si te interesa hallarlas, o prefieres seguir buscando la seguridad
que elude el riesgo, y la comodidad que trae la pereza y atrofia los sentidos,
negando la espiritualidad que te habita y en esencia eres.
Puedes caminar
o quedarte sentando. Dios te ama y te hizo libre.
La responsabilidad
de elegir, es exclusivamente tuya.
1.- Primeras señales
María
Ximena Burgos Soto, nace en el sur de Chile, en la ciudad de Osorno, el 30 de
abril de 1959, en el seno de una humilde familia. Su padre, es mecánico.
Su madre, ama de casa. Andando el tiempo, será la mayor de cinco hermanos.
No hablaremos
ahora de dificultades económicas,
ni de las penurias de un hogar donde no sobraban los recursos. Hablaremos de
una riqueza que cualquier niño del mundo posee y, a la que en contadas
ocasiones, se le presta la debida atención.
Cualquier
niño, no importa la raza o país
al que pertenezca, desde su nacimiento, y hasta los siete años, recibe
la visita de seres de otros planos, y a veces, como en el caso que nos ocupa,
también de otros mundos.
No
es ninguna ficción, es realidad, aunque
sutil y trascendente.
Todas
las madres del mundo saben lo que las suyas y las abuelas le enseñaron:
los bebés son extremadamente vulnerables
en una zona del cráneo, pues ésta no está debidamente protegida,
dado que los huesos aún no se han cerrado.
Nos referimos a lo que vulgarmente, se conoce
y denomina, como mollera, siendo el nombre culto, fontanela.
Pues bien, la fontanela queda situada en
el chakra coronario, el más importante de los siete principales que poseemos,
y los pequeños, hasta que los huesos del cráneo no se cierran,
mantienen un contacto intenso con lo superior o celestial.
De
ahí proceden
los famosos amigos invisibles de los niños, los compañeros de juegos
que los adultos erróneamente catalogamos de imaginarios, y algunas historias
de los más pequeños de casa, que sorprenden a padres y madres,
cuando oyen infantiles palabras contar sobre inquietantes relatos imposibles
de concebir.
Sin
embargo, no sólo
son posibles, son ciertos y verdaderos. En realidad, son las primeras señales
de que somos mucho más que un cuerpo físico, y de que no estamos
tan solos como luego, el mundo de los adultos, se empeña en hacernos creer.
Por
eso hay algo tan grande en la inocencia de los niños, por lo mismo, resultan
tan bellos, agradables e inspiran tanto amor.
Ellos,
en lo más
dulce de la edad, son continuamente visitados y regalados por seres evolucionados,
que viven y actúan para y por el amor, expandiendo bondadosas vibraciones
que, magnetizadas y recibidas por los pequeños, después esparcirán
a su alrededor.
Al
verlos exultantes, decimos que son la alegría de cada casa, pues la afabilidad
que receptan, no podrán
albergarla toda para sí y, sin darse cuenta, sin ser conscientes, la repartirán
entre los suyos con manifiesta generosidad.
Ciñámonos
ahora a esa etapa magnífica de la vida de Ximena. Ella fue niña
profusamente visitada, tanto en sus vigilias, como durante sus sueños.
Cuando
no dormía, y comenzaba
sus juegos, en el patio de la casa, en la calle, allí donde estuviera,
no estaba sola. No había otras niñas con ella, pero no estaba sola.
Luminosas
y sutiles entidades la acompañaban. Ella los veía brillantes y
rodeados de luz. La cuidaban, guiaban y enseñaban aprovechando los distintos
juegos. Vestían
largas, vaporosas túnicas blancas. La mayoría de esos seres prodigiosos
cubrían sus cabezas con turbantes igualmente de un blanco deslumbrante.
Los turbantes, quedaban cerrados en la parte superior de la frente, por un precioso
zafiro azul. La niña de entonces no lo sabía, la mujer en la que
se convirtió con el paso de los años, supo que el zafiro revelaba
el rango de la entidad. Eran Maestros Ascendidos. Pero entonces no lo sabía,
sólo quedaba maravillada por los destellos de las piedras, con el elegante
vuelo de las blancas e inmaculadas túnicas, con la altura de sus compañeros
de juego, semejante a la de sus padres. Con sus sonrisas, que eran hermosas y
nunca se acababan, con el hecho de entenderse con ellos sin necesidad de mediar
palabra, pues la comunicación siempre era a través del pensamiento.
A
veces, recibía regalos;
otras, enseñanzas. En una ocasión uno de aquellos seres magníficos,
le regaló un juego de pesas. Entonces organizaron una pequeña tienda.
Las piedras redondas eran monedas. Las cuadradas y gruesas distintos géneros
que Ximena vendía. Ellos le compraban. Su madre nunca llegó a saber
a ciencia cierta de dónde sacó su hija aquella balanza de bellos
y llamativos colores.
Pero
una madre sabe cosas que el corazón le dice con certeros sentimientos.
La madre de Ximena, estaba convencida de que su hija tenía algo especial
que ella no alcanzaba a entender. Pero la observaba, para sorprenderse cuando
comprobaba que algo inexplicable sucedía.
Como
aquel día de verano
que trajo granizo. En el patio de la casa, la niña recibía enseñanzas
de sus luminosos amigos, le explicaban sobre los distintos estados del agua.
Su madre la encontró en el patio, y se sobresaltó al comprobar
que la niña no estaba aterida de frío, pues en torno a ella, en
un círculo invisible, se mantenía el calor.
Esos
y otros juegos y enseñanzas acaecían durante las horas diurnas.
Pero la niña
de entonces, también era requerida y visitada en las horas de la noche,
cuando conciliaba el sueño. A Ximena le encantaba ir a la cama, dormir,
para ella, era sinónimo de aventura, viaje y descubrimiento.
Al
igual que le ocurriera con sus luminosos compañeros de juegos diurnos,
tampoco los extraños
humanoides de color verde que poblaban sus sueños, quisieron nunca presentarse,
desvelar sus nombres; simplemente eran amigos, y eso bastaba para la niña,
que así lo aceptó desde el principio.
Apenas
quedaba dormida, estos amigos que habitaban en lejanos mundos, llegaban para
colmarla de emocionante alegría. Poseían rostros ovalados y grandes
ojos oscuros. No tenían
cabellos, pero sí dos piernas y brazos y cinco dedos en cada extremidad.
Tenían aspecto similar al humano, pero eran bajitos, de corta talla, y
su piel era verde, distinta a la de los hombres y mujeres que Ximena conocía.
Vestían
trajes y atuendos metálicos, de tonalidades plateadas, de las que colgaban
adornos y pequeños
aparatos que tenían la misión de protegerlos de la gravedad terráquea,
la cual, según le dijeron, les afectaba negativamente.
Aunque
con ellos, durante sus sueños, no siempre permanecía en el planeta.
Pues poseían
grandes naves voladoras que, en forma de discos abultados por su parte central,
les servían para surcar el espacio exterior más allá de
nuestra atmósfera.
Fue
invitada a sus naves. Viajó con ellos por el espacio. Visitó planetas
de nuestro sistema, y otros de sistemas vecinos. Había vida en remotos
lugares, distinta a la humana, más avanzada e inteligente. Grandes civilizaciones
poblaban majestuosos mundos, y ella pudo comprobarlo siendo niña, mientras
dormía,
sin que su cuerpo físico se moviese de la cama, y sin poder explicarse
cómo ocurría.
De
tal guisa transcurrió la
infancia de Ximena.
Pero
el tiempo pasa.
Su
fontanela se cerraba.
Llegaba
a su fin el tiempo de las primeras señales.
Una
vez la masa ósea
cubrió el chakra coronario, perdió el contacto celeste.
Resultó triste
la despedida. Ya no podrían visitarla como lo hicieron. No era un adiós
definitivo. Era un hasta pronto, un nos veremos. Pero la niña llora, alcanza
a comprender que perderá algo grande y maravilloso.
Llora,
pero nada puede hacerse.
Se anuncia
que espera una dura etapa, repleta de penalidades y pruebas venideras.
Cuando
cumple siete años, deja
de ser visitada en horas diurnas, y requerida en las nocturnas. Ni sus luminosos
amigos, ni los otros bajitos de piel verde, llegarán para hacer que la
vida brille.
La niña
que todavía
es Ximena, llorará en su cama añorando sus inenarrables viajes,
y también lo hará en el patio de la casa familiar, donde se siente
sola y la vida se le antoja fría, gris e insulsa.
Al poco de perder el contacto con lo superior
y evolucionado, le hostigan las enfermedades. Neumonía, papera, sarampión
y otras dolencias le hacen padecer de continuo. De ser una niña fuerte
y sana, se convierte en una criatura enfermiza y débil.
Quizá es por su tristeza. Quizá porque
se siente sola. Tal vez es que la abruma la nostalgia.
La
inocencia ha pasado.
La memoria
es quebradiza. A veces duda de lo vivido. En ocasiones, la vida son suspiros
y lamentos ahogados, mientras cae pertinaz la lluvia en el sur de Chile, convocando
lágrimas, que también
parecen inagotables.
2.- Vibrando en lo cotidiano
A
Ximena siempre le agradaron las letras, poseían
una voz sin sonido que la abría a nuevos horizontes. De alguna manera,
les recordaban a los magníficos amigos de su niñez, aquellos que
el tiempo se empeñaba en robarles de la memoria. Le gustaba leer en silencio,
nutriéndose del pensamiento que generaban las palabras. Tal como hiciera
con sus rutilantes amigos, con los que también a través del pensamiento,
llegó a comunicarse fluidamente.
La madre disfrutaba con la afición
lectora de su hija mayor. No alcanzaba la economía doméstica para
la compra de libros. Pero la mujer escribía poemas, y copiaba otros de
volúmenes prestados, con esmero y cuidada caligrafía.
La poesía. Se quedó en su
vida. Su madre trascribía versos de San Juan de la Cruz, los otros inolvidables
de Vicente Huidobro…
Ximena admiraba a los poetas, a las sentidas
palabras que emanaban de lo más hondo del alma humana. Eso le ayudó en
los estudios. Nadie puede prosperar académicamente sin una mínima
comprensión lectora. Fue una estudiante aplicada y a los doce años
terminó de manera brillante su octavo curso.
Mas
la vida empujaba, procedía
de una familia humilde, y no podía permitirse el lujo de estudiar letras.
Se matriculó en el Instituto Comercial Contable.
Destacó durante
cuatro años.
Fue la tercera de su promoción. Fue premiada y agasajada por sus excelentes
notas, sin embargo, la falta de recursos en el hogar le cerraron las puertas
a estudios superiores. Ximena deseaba seguir estudiando, anhelaba formarse, pero
las universidades no abrían sus puertas a los hijos de los mecánicos,
era como si la vida se empeñase en ponerle trabas desbaratando sus sueños.
Tenía diecisiete años el día
que sus padres le dijeron que no podían seguir manteniéndola. Había
llegado el momento de que se valiese por sí misma.
Se marchó al centro norte. A Valparaíso.
No fue fácil. Era demasiado joven para andar sola por el mundo. Sintió nostalgia
de los suyos, tristeza rodeada de desconocidos, miedo cuando le daba por pensar
lo que ocurriría si no ganaba lo suficiente para cubrir los mínimos
gastos de pensión, alimentación y ropa que, generaba en su diario
vivir.
Así, trabajó como empleada
de hogar, limpiado en casas ajenas, soportando la altanería de gente pudiente
y acomodada. Los modos arrogantes, y la superioridad, con la que las más
de las veces, se conducen los que tienen dinero. Lo que le hizo aprender a ser
paciente y humilde, cualidades del amor que más tarde mucho le aprovecharían.
Sólo
que, en ocasiones, las condiciones laborales se le hacían insufribles.
Por eso lo intentó vendiendo
enciclopedias, distintas colecciones de libros. De puerta en puerta, sintiendo
cómo se le encogía el corazón cuando se las cerraban en
las narices sin tiempo para ofrecer el producto.
Raramente
le alcanzaba. A veces llegan las lágrimas. La dureza de la vida había
borrado casi por completo los maravillosos recuerdos de su niñez, porque
si intentaba cerrar los ojos para rememorar aquellos espléndidos encuentros
con entidades de luz y de otros mundos, tenía que abrirlos de inmediato,
apremiada por las quejas de su estómago vacío.
De
puerta en puerta, caminaba sin rumbo, cualquier dirección servía.
Unos pesos acá, otros
allá; nunca eran suficientes. Le dolían las piernas y el alma,
la soledad y la añoranza de Osorno. Le dolía no tener a nadie cuando
llegaba la noche, y las horas transcurrían lentas y sin sentido.
Pero
no estaba dispuesta a rendirse, sabía que la derrota no le llevaría
a ninguna parte, ni siquiera era posible el regreso al hogar primero. Por ello,
y haciendo un gran esfuerzo, se matriculó en clases nocturnas ampliando
conocimientos. Disponía
de una base excelente y quería conseguir un título superior. Costase
lo que costase, se prometió obtenerlo.
Y
a pesar de las dificultades, de la escasez, de la inseguridad futura, estudió,
siguió en
ello sin desfallecer, quitándole horas al descanso, al ocio o al trabajo.
Deseaba ser alguien, y no estaba dispuesta a pasar el resto desus días
contando las pocas monedas de su bolsillo casi vacío
para comprar lo más barato, las veces que le alcanzaba.
Estudió.
De noche. Todos los alumnos eran mayores. Ella era la más joven, pero
no la menos apta. Una vez más volvió a brillar, se ganó la
estima de sus compañeros y el respeto de sus profesores.
Así,
con esfuerzo, disciplina y constancia, convocó a la suerte. Dejó definitivamente
la venta ambulante y la limpieza de casas ajenas, el día que comenzó a
trabajar como secretaria para un fotógrafo.
Pronto
surgió algo
especial entre el jefe y la joven empleada. Los dos estaban solos. Él,
Gabriel, tenía entonces cuarenta y dos años; Ximena había
cumplido los diecinueve. El hombre era separado, por dos veces, tenía
hijos que vivían con sus madres.
Fueron
pareja. Se tuvieron el uno al otro. La vida parecía sonreírle.
Trabajaba, estudiaba de noche, y ahora había alguien cuando regresaba.
A
edad tan fértil, no tardó en quedar embarazada. Con veinte años
fue madre, llegó su hija Xaviera. Fue algo grande, un hecho que le hizo
ver la vida desde una perspectiva más amplia. Ahora disponía del
mayor de los motivos para seguir adelante.
La
maternidad le regaló una madurez temprana. Sucedió como si un velo
le cayese de los ojos, fue como si una voz interior le susurrase al oído
a cada paso guiándola en el camino. Supo fehacientemente que ya nunca
podría
sentirse sola. Era madre, había multiplicado la vida, participado en su
milagro.
La
maternidad trajo la madurez y ésta vino de la mano con un alcance mayor
de las cosas. Comenzó a ver lo que antes no veía, en su relación,
en los estudios, en todo lo relativo a su existencia. Percibía, de forma
tímida
pero creciente, que en su interior había algo aún por desvelar,
y eso la estimulaba, la hacía caminar siempre adelante ansiosa de encontrarlo.
Su
pareja fue perdiendo la magia y el encanto. Llegaron gestos, palabras, acciones
que fueron apagando el esplendor y el fuego necesario para que se mantenga el
amor. La relación
con Gabriel entró en esa fase de agonía en la que se intuye el
futuro e irremediable desplome.
Pero
no abandonó los
estudios, tenía que concluirlos, necesitaba el título superior
que le valdrían, tenía que llegar al final por ella y por su hija.
Se daba cuenta que la preparación adquirida en horas nocturnas, algún
día no muy lejano, se convertiría para ellas en tabla de salvación,
en el pilar en el cual soportarían sus vidas.
Una
madre suele acertar en sus intuiciones.
Dos años
después
de iniciar la relación con Gabriel, Ximena decide terminarla. Entiende
que no es el hombre de su vida, que no está en el lugar donde debe crecer
su hija. Percibe que el amor entre ambos ha perecido porque no supieron alimentarlo.
Y que la diferencia de edad antes o después se convertiría en un
escollo insalvable.
Ahora sí regresa
a Osorno. Pronto cumplirá veintitrés años. Lleva un lustro
fuera de sus raíces. Pero siente que ha aprovechado el tiempo. Ha concluido
sus estudios, consiguiendo su anhelado título superior, es madre, y está dispuesta
a dar un futuro digno a su hija, el que las dos merecen.
En
Osorno no tarda en emplearse, realiza distintos trabajos publicitarios. Conoce
la ciudad, tiene en ella familia, hermanos, amigos y amigas de la infancia. Recuerdos
en muchas calles y lugares. De alguna manera, se siente en casa.
Su hija crece.
Ella también.
Otra vez llega el indefinible barrunto de que algo grande espera, y da pasos,
camina hacia el conocimiento movida por una poderosa inquietud.
Ingresa
como discípula
en la Fundación Nueva Acrópolis. Le interesa la filosofía,
saber quién es y lo que hace en el mundo el ser humano.
En Nueva
Acrópolis
aprende, se relaciona, descubre que hay más gente, que no está sola
en la búsqueda del ser y el saber. Allí también conoce al
hombre que se convertirá en su futuro marido, Rodrigo.
Los años
pasan a buen ritmo, es como, si el tiempo y la vida, tuvieran prisas. Sus obligaciones
de madre, el diario trabajo, el afán de conocer empujan como caballo al
galope. Así se suceden los días, las semanas, los meses…
En 1987,
con veintiocho años, contrae matrimonio con Rodrigo. Fruto de esta unión,
nacerá en
1989, Estefanía, su segunda hija.
Los días
de Valparaíso
quedan ahora lejanos. Ximena proyecta con fuerza hacia el futuro. Le gusta la
publicidad, pero no termina de llenarla. Por este tiempo, comienza a fraguar
el proyecto de crear su propia empresa. Aunque no se precipita, quiere atender
a la pequeña, dedicarle la mayor atención posible, disfrutarla
como madre en los primeros meses de su vida.
Ya en 1991,
se marchan a Puerto Montt. Un poco más al sur. En la ciudad, que mira
al mar recostada sobre una línea de placenteras colinas, donde no falta
ni la lluvia ni el viento, y el aire huele a limpio y a consumada esperanza,
un año después,
hará realidad su meditado proyecto. Abre su propia empresa. Contactos
y Consultores.
La inversión
y el esfuerzo no tardan en reportar satisfacciones. Pronto tendrá que
contratar empleados, pues aumentan los clientes con el prestigio de la firma.
Ximena se
siente tan plena, tan capaz e ilusionada que, sin descuidar la familia, el trabajo
ni el estudio filosófico, se entrega además a sus dos grandes pasiones.
Los niños
y la poesía.
Para atender
a los primeros crea el grupo ecológico Tercer Milenio. Lo hace en el humilde
barrio puertomontino de Pichi-Pelluco. Aunque la vida le sonríe, Ximena
no está dispuesta
a olvidar su modesto origen. Se convierte en la segunda madre de unos cincuenta
niños de este barrio desfavorecido. El ecologismo, en realidad, no es
más que un pretexto. A los pequeños, además de enseñarles
a amar y cuidar la naturaleza, se les entrega formación, y se les da toda
la atención que sus padres, ocupados en sus diarios quehaceres, no pueden
darles.
Durante
años, Tercer
Milenio se convierte en una grata realidad pedagógica y de acción
social en la ciudad. Es un referente de amor. Una institución sin afán
de lucro que atrae la atención de los medios de comunicación y
puntuales ayudas y apoyos de la municipalidad.
Hoy por
hoy, Ximena se enorgullece de que los niños de entonces, todos ellos,
hayan logrado estudiar y sumarse al ámbito laboral, eludiendo lacras como
la droga o la delincuencia. Cuando habla de esa enriquecedora experiencia lo
hace como si fueran sus hijos y ella la madre de todos.
En cuanto
a la poesía,
y como si tuviese que desclavarse una espina que en algún momento de su
vida quedó dentro, hiriente y pendiente, creó dos editoriales.
Polígono y Wenú-Mapú, lo que en lengua mapuche, significa
cielo.
Entre ambos
sellos editoriales, se publicaron veinticuatro libros, no sólo de poesía,
también
otros de historia y narrativa de autores locales. Ella misma dio a la luz editorial
algunos de sus títulos. Ha publicado cuatro libros de poemas; en uno de
ellos, desvela:
“soy
una consecuencia del sur helado
de
lluvias imprevistas,
de tantos pájaros errantes
que bifurcan sus alas al viento”.
La llegada
de Ximena, supuso para Puerto Montt, un viento preñado de ideas frescas
que dinamizó la
vida cultural y social de la ciudad.
Sin embargo, lo más
grande de esta inspirada hija del sur de Chile, estaba aún por llegar.
Vendría cuando la desgracia conmovió todos y cada uno de los cimientos
de su persona; aunque, en el ejemplo que es su vida, encontraremos la verdad
del viejo aforismo: “No hay mal, que por bien no venga”.
3.- El despertar
Es
la hora, no caben más esperas. El
momento del despertar se manifiesta con rotunda fuerza.
Sucede
que Xaviera, la hija mayor de Ximena, ya “pololea”,
ya tiene novio. Se llama Ricardo. Ella tiene quince años. Él,
dieciséis. Aprenden e investigan en el deseo y el amor, y en la candidez
propia de la edad, sobreviene el embarazo de la joven. Los futuros padres se
dan de bruces con una realidad con la que antes o después todos nos encontramos:
nuestros actos acarrean consecuencias, nos exigen la responsabilidad de enfrentarnos
a ellos.
A pesar de la juventud de la pareja, deciden
que el fruto del amor de ambos, crezca en el vientre de Xaviera. Deciden, con
el total apoyo de ambas familias, que llevarán a buen puerto el inesperado
y no proyectado embarazo.
Pero no será tarea fácil.
Xaviera enferma. Es grave. Ha de ser internada en el Hospital Base de Puerto
Montt. Se le diagnostica un quiste congénito en el riñón
izquierdo. El quiste se ha infectado con virulencia. Hay que actuar, pero los
médicos dudan, son reacios a intervenir. La joven está embarazada.
Gesta una vida. Se niegan a prescribir antibióticos, a realizar una resonancia.
Mientras, la infección avanza amenazando la vida de la joven, y la otra
que alimenta y crece en su interior.
La infección
es tan severa que la paciente es trasladada de la planta a la unidad de cuidados
intensivos. Se teme que suceda lo peor. Pero los médicos continúan
dudando, no intervienen.
La angustia
de Ximena aumenta. Persigue a los doctores por los pasillos, les suplica, trata
de hacerles entender que no pueden dejar morir a su hija por estar embarazada.
Pero los médicos
rechazan sus argumentos, el problema moral de actuar pudiendo malograr la vida
que se gesta, les frena y desalienta.
Una
amiga le hablará de otro
tipo de medicina, nada ortodoxa, pero efectiva. Seguramente, en circunstancias
menos acuciantes, Ximena hubiese rechazado aquella opción, no habría
cruzado tal puerta. Pero la situación es grave, demasiado para no intentar
todo lo humanamente posible.
Se trata
de una médium que
vive en la ciudad de Temuco. Esta mujer, llamada Chelo, canaliza a una entidad
espiritual sanadora. Es un Maestro Ascendido. Se llama Karuff. Es la primera
vez que Ximena oye ese nombre extraño. No puede imaginar entonces, que
ya siempre estaría en su vida.
El dictamen
de Chelo, asistida por el Maestro Ascendido Karuff, fue contundente: “Hay
que operar y limpiar”.
Con
premura, Ximena regresa a Puerto Montt, nuevamente, habla con los médicos,
les suplica hasta desfallecer. Es necesario operar para limpiar lo infectado.
Pero la parsimonia de los doctores y sus dudas permanecen, valoran y sopesan,
mientras la paciente sufre dolores terribles y pierde peso de manera alarmante.
Ximena no puede más.
Sale
del edificio del hospital. Arrasada por el llanto y la pena, completamente superada,
sabiendo que no está preparada
para ver morir a su hija. En un pequeño jardín, sin ser consciente
si está sola o acompañada, si alguien la ve, se arrodilla, se tumba
de bruces en el suelo, junto a un árbol, para pedir agónica y derrotada: “Dios
mío, llévame a mí, llévate mi vida, pero no te la
lleves a ella. Llévame a mí, te lo imploro, yo por ella”.
Pocas
cosas son tan eficaces para conmover al cielo, como el sacrificio humano.
Al principio,
Ximena cree que las lágrimas que le anegan los ojos le impiden ver. Después,
cuando a su derecha brota una luz que crece, y va tomando forma humana, piensa
que su oración ha sido oída y vienen a buscarla. Ve a un hombre
luminoso, espléndido y brillante. Viste una túnica blanca, posee
una barba poblada, morena; cubre su cabeza con un turbante blanco, y en la frente,
luce una piedra azul que emite vivos destellos. Pero no ha venido para llevársela,
ha llegado para decirle: “Yo soy el médico que está tratando
a tu hija”.
La entidad de luz no habla con palabras.
Pero lo que le dice, es oído con absoluta nitidez, en el pensamiento de
Ximena.
Aunque la mujer, temblorosa, confundida,
completamente superada por los acontecimientos, todavía insistirá en
su idea anterior, y responde:
-
Llévame
a mí, señor, pero
sálvala a ella y elimina su dolor.
Entonces,
Ximena oye en su mente: “Yo
soy Karuff”.
Al oírlo
recuerda a Chelo, Temuco. Comienza a comprender. Envuelto en su luminoso esplendor,
sonriéndole
y transmitiéndole esperanza, mirándola con bondad, le dice: “Yo
puedo salvar a tu hija. Tu dolor me ha conmovido y ha conmovido al cielo. Tu
hija vivirá. Pero, por todas las madres del mundo que sufren el dolor
de sus hijos, quiero que aprendas lo que te enseñaré, para que
dediques tu vida a salvar a otros”.
Ximena, desde el suelo, incapaz de
incorporarse, sin poder dejar de temblar, contesta:
-
Señor,
así sea, yo ya había
muerto en este minuto.
De algún
modo, así sucedió.
Feneció el ego de Ximena, murió su yo anterior, y ella nació al
servicio, a una nueva vida. De hecho, su pasado quedó atrás para
siempre, y desde aquel presente sublime, se lanzó dispuesta hacia un futuro
de luz.
Pero,
antes de que la entidad celestial desapareciera, escuchó con claridad:
“Tu
hija vivirá, y vivirá el
retoño de su vientre. Ella, también será mi hija”.
Después,
Karuff, se marcha. Ximena deja de verlo. Lentamente, se van acabando las lágrimas,
se va levantando, hasta incorporarse por completo.
Son
como las cinco de la tarde. La evolución humana y la evolución
celeste se han encontrado. Han pactado. Por el dolor de las madres que sufren
las enfermedades y los padecimientos de sus hijos. Ahora Ximena sabe lo que se
siente en tales circunstancias. Ahora está preparada para entenderlo.
Ella quiso morir. Pero vivirá para
sanar. Entiende lo que siempre vivió en su interior. Lo divino e inmortal
se ha manifestado con fuerza en su vida, que ya nunca volverá a ser la
que fue.
Y
todo cambia. La esperanza transmuta la realidad, y el vaticinio recibido comienza
a cumplirse. Un experimentado doctor accede al fin a operar a Xaviera. En el
quirófano le ayudará un
hijo que, siguiendo los pasos del padre, ha estudiado medicina.
La
operación dura cuatro
horas.
Fuera
del quirófano,
alrededor de la futura abuela, que ahora sabe, tendrá una nieta, se realiza
un círculo de oración. Dieciséis personas rezan con ella,
alzan plegarias pidiendo por la recuperación de la enferma.
La
intervención termina
satisfactoriamente. El médico más joven, el hijo del otro más
experimentado que a la postre accedió a operar, llama aparte a Ximena.
Le dice que él, como su padre, es un científico, pero que ha de
reconocer, que algo muy extraño sucedió en el quirófano.
El
joven facultativo asegura que sus manos parecían dirigidas por otras invisibles,
que por momentos, poseían las suyas, las movían, auxiliándolas
en su labor curativa. El médico está sorprendido, no encuentra
palabras. No sabe explicar lo que ha vivido. El quiste se ha extirpado. Se ha
limpiado minuciosamente la infección.
Tras
dos meses de hospitalización,
una adolescente que ha estado cerca de la muerte, sale con vida y embarazada
del Hospital Base de Puerto Montt. Está débil, pero vive. Ni siquiera
alcanza los treinta kilos de peso.
Durante
su convalecencia, ya en casa de su madre, Xaviera, contará que cuando
estuvo sin conciencia en cuidados intensivos, vio a luminosos seres. Contó que
le preguntaron si querían
morir o deseaba vivir para ser madre, y que ella optó con fuerza por la
vida y la maternidad. Ciertamente, estuvo en los portales de la muerte.
Con
el pasar de los meses, nació Francisca.
Panchita le dirán todos, también su padrino, el Maestro Ascendido
Karuff, quien estuvo presente ejerciendo como tal, el día de su bautizo.
4.- La iniciación
La vida,
imparable, se abrió camino.
Vivió Xaviera, nació Panchita. La abuela, que goza de fuerza plena,
en lo mejor de la edad, mientras se va acercando a los cuarenta años,
tiene un camino, una misión que aceptó. Pero, antes de realizarla,
ha de ser debidamente adiestrada. Karuff se lo dijo, le anunció que tendría
que aprender, era inevitable, del todo ineludible.
Ximena
ha de purificarse. Tiene que lavar todo su cuerpo tres veces al día. No
utiliza ninguna esencia especial. Lo hace como siempre lo ha hecho. Por la mañana,
al mediodía, a la hora
del crepúsculo. Ha de secar su cuerpo con toallas blancas. Nadie debe
usar sus toallas ni ella otras que no sean suyas. El agua limpia y abre el campo áurico.
Tras los baños, ha de entregarse
a la oración. Recogerse, ensimismarse, convocar en su interior el amor
a Dios, a sus Maestros Ascendidos, al milagro que es la vida, sentirlo, palparlo,
gozarlo.
Ese amor global, general, pleno, es lo que
los cristianos católicos llaman el sagrado corazón de Jesús.
El Maestro nacido en Belén de Judea, amó incluso a los que le clavaron
en la cruz, pidió por ellos al Padre. Ese es el amor que ella ha de sentir,
para vibrar en él durante sus oraciones. No hay frases concretas, ni consabidos
estribillos. Hay amor y vibración de amor, cada día más
fuerte, cada día más seguro y rotundo. Baños y oraciones,
tres veces cada jornada durante las horas de luz.
Eso le prescribió Karuff, al que
sigue viendo, quien, le sigue dando mensajes a través del pensamiento,
telepáticamente. Ha de convertirla en sanadora. La ama. Le da fuerzas.
Ximena necesita el apoyo, lo agradece. Pasa por un mal momento. Su matrimonio
hace aguas. Rodrigo se ha distanciado, sus devaneos con otras mujeres son continuos,
se aleja, se han separado ya, antes incluso de que cada uno tome su camino.
La situación económica tampoco
es buena. Pero Karuff le ayuda ante tales dificultades. Le habla de un futuro
satisfactorio en un presente de esfuerzos y agonías.
Rodrigo
se irá. La dejará con dos
hijas y escasos recursos, pero Ximena no se cae. Continúa el difícil
camino que apenas puede compartir con los más allegados.
No sólo está Karuff. También
llegó Moria. Es su Maestro de vida. Karuff es especialista en sanaciones.
Moria la tomará como discípula. En la evolución celeste
se reparte el trabajo de manera organizada, concienzudamente, cada entidad complementa
la labor de su compañero.
La labor de Moria es fortalecer el espíritu
de Ximena. Para atenderlo, la mujer necesita paz. Conoce un restaurante en Puerto
Varas, localidad situada a quince kilómetros de Puerto Montt, el Mamusa.
Allí suele ir a escuchar los consejos del Maestro Moria. Nadie alcanza
a verlo, salvo ella. El resto de los comensales, cuando la miran, ven a una mujer
sentada sola, con los ojos fijos en el vacío, absorta, entregada a sus
cavilaciones. Pero Ximena no está sola ni ensimismada. Atiende a las enseñanzas
de Moria. Recibe sus directrices. Cómo compartir algo semejante. Es ayudada,
asistida, acompañada. Pero aún no tiene a nadie de carne y sangre
con quien hablar lo que está viviendo.
En esa época, Ximena devora libros,
busca referencias, paradigmas que le ayuden a entender. Pero después de
la lectura de muchas páginas, apenas encuentra unos cuantos renglones
que describan algo semejante a lo que a ella le sucede.
La iniciación es vivencial, requiere
esfuerzos y sacrificios, ni siquiera queda exenta de aprender mientras duerme,
antes al contrario, los Maestros gustan de visitarla durante el sueño,
entonces siguen formando a la aplicada discípula. De hecho, las mayores
pruebas y enseñanzas llegaron cuando dormía.
El pensamiento no ha de ser limitado, más
bien al contrario, ilimitado; la realidad tampoco lo es, se manifiesta rica,
portentosa y plural.
Una de las pruebas que debía superar
la discípula, y tenía lugar mientras dormía, estaba relacionada
con la soledad, el miedo y la incomodidad.
Moria,
aprovechando el descanso de Ximena, sacaba su espíritu de su cuerpo, para
llevarlo a una cama de piedra. Allí la dejaba durante varias horas. Allí,
había de superar
la tristeza, el miedo, la soledad y la incomodidad. Increíblemente, tras
reiterar el ejercicio, la cama de piedra, terminó resultándole
cómoda y acogedora.
Moria
le enseñó con
esta experiencia que la realidad puede ser creada por nuestros pensamientos,
que estamos capacitados para crear nuestra propia realidad.
Pero,
para esto, es necesario conseguir adiestrar la voluntad. Y la voluntad, que se
revelará soberana, depende
de la fe que cada cual sea capaz de convocar.
Para
que lo entendiese, la hizo transitar por un oscuro túnel, apenas se distinguía
en él, los contornos
y las formas. Al principio, y a pesar de la tupida penumbra, Ximena avanzó caminando
con relativa comodidad. Pero luego, comenzó a estrecharse, y tuvo que
inclinarse; y se fue haciendo más angosto, entonces se vio obligada a
avanzar arrodillada; después, el túnel se cerró aún
más, y ya sólo pudo seguir adelante reptando con gran esfuerzo,
tirada en el suelo, abriéndose paso centímetro a centímetro
hasta, al fin conseguir salir del opresivo lugar.
Moria
la esperaba. Le dijo: “Así ha
de ser, cuando no puedas de pie, seguirás de rodillas, y cuando no puedas
de rodillas, continuarás a rastras”. De inmediato, pidió a
Ximena que le mostrase su fe. La mujer abrió una de sus manos, y en la
palma había una pequeña bola redonda que brillaba. Aquella pequeña
bola brillante simbolizaba su fe, y era demasiado reducida, por lo que el Maestro,
añadió: “Debes cultivar tu fe, hacerla crecer, que cada día
crezca tu fe”.
Valentía.
Voluntad. Fe. Pero también control. La mente es el instrumento más
refinado y valioso del espíritu. Pero también puede comportarse
como lo haría
un niño mal educado. Sin control sobre nuestros pensamientos emitiremos
una frecuencia mental dañina, destructiva. Los únicos “demonios” que
existen y han existido siempre, son esos pensamientos airados, repletos y cargados
de odio y desprecio, altaneros, constructores de realidades mezquinas y miserables.
La mujer
o el hombre de conocimiento deben entregarse al amor, nunca al odio, deben sanar,
ayudar, jamás juzgar.
Cuando juzgamos, en nuestra arrogancia e ignorancia, ni siquiera nos damos cuenta
de que aquello que tanto nos molesta del prójimo, es lo mismo que poseemos,
en desmesurada cantidad. Cuando juzgamos, nos enjuiciamos automáticamente
a nosotros mismos, nos destruimos a nosotros mismos, negándonos el creativo
y creador milagro del amor.
Pero no sólo ella trabajaba y se
esforzaba. También lo hacían por y para ella los Maestros de la
evolución celeste.
A Ximena se le reveló, que se le
estaba confeccionando un cuerpo de luz. ¿Qué es un cuerpo de luz?
Una réplica exacta de un cuerpo físico, en este caso, del cuerpo
físico de Ximena, un duplicado perfecto, minucioso, realizado célula
a célula. Tal obra llevaría todo un año. Y a la futura sanadora,
le serviría para vestirlo más adelante y poder estudiar medicina
en planos superiores y etéricos donde culminaría su aprendizaje.
Saberlo la maravilla y la motiva. Efectivamente,
la realidad es plural, y necesario que nuestros pensamientos dejen de ser limitados.
El prístino mandato fue hacer conocido lo desconocido. Cuando no existe
el miedo, se revela entonces la conquista. Una vez adiestramos nuestra voluntad,
y tenemos control sobre nuestros pensamientos, quedamos facultados para encarar
las realidades celestiales. Pensar que sólo somos un cuerpo físico
y que con la muerte acaba todo, es tan erróneo como limitado, y sólo
nos conducirá a la oscuridad que genera la ignorancia.
Con
estas y otras pruebas y revelaciones semejantes, crecía Ximena en control
y conocimiento. Pero siempre había
algo más que aprender, un nuevo peldaño que subir, para continuar
abarcando un horizonte más ancho.
Hablaremos
ahora de los lapikas, para luego ocuparnos de una hermosa y sublime experiencia
que Ximena vivió junto
al jefe de éstos, el anciano de días.
Los
lapikas no son desconocidos, para aquellas personas que poseen el don de “ver”,
o sea, que son videntes.
Estos
seres, son los llamados señores del karma, los custodios de la justicia,
de las causas y los efectos. O dicho de un modo más simple, son los escribas
de los libros de la vida. Cada vida, es un libro; cada libro, una vida. A los
lapikas se les encuentra junto a los moribundos, pues ellos son los encargados
de cerrar el libro de la vida de la persona que fallece. Para hallar más
de uno, la persona vidente, sólo tendrá que visitar las unidades
de cuidados intensivos de los grandes hospitales, pues en tales dependencias,
no todos los que ingresan, consiguen recuperarse. Pero ellos nunca hablan con
los hombres, pues en verdad, siempre están ocupados, ya que no sólo
anotan los hechos, también
los pensamientos, los sueños y todas y cada una de nuestras inquietudes.
Su
aspecto, pudiera desconcertarnos. Son muy altos, miden dos metros y medio. Visten
de blanco. Todos son calvos, sus ojos son grandes, glaucos, y no tienen párpados,
pues nunca cierran los ojos, ya que han de verlo todo para anotarlo fielmente
en el libro de la vida.
Los
lapikas, como se dijo, tienen un jefe, él es quien recibe cada libro que éstos
escriben, y quien los ordena y custodia. Esta antiquísima entidad, es
el anciano de los días, y es el guardián de los archivos akásicos.
Ximena,
en el transcurso de un sueño iniciático, tuvo el privilegio, y
la responsabilidad de visitar este magnífico e irrepetible lugar.
Allí la
llevó su
Maestro Moria. Se le dijo que debía superar una prueba, pero no se le
desveló cuál. Moria la condujo hasta la puerta. Llamó a
ella. Les abrió el anciano de días, vestido completamente de blanco,
y mostrando una larga barba del mismo color que le llegaba a la cintura. Moria
no entró, a Ximena se le brindó el paso.
El
archivo akásico
es colosal, enorme. En su parte central, se alza una cúpula de tanta altura
que, desde el suelo, no se alcanza a ver el techo. Sus paredes están completamente
repletas de anaqueles donde se guardan, ordenados por épocas y eras, un
sin fin de libros. Recordemos, cada vida, es un libro; cada libro, una vida.
Desde
la base de la cúpula
central, se abren pasillos que, a modo de estrechas calles, muestran estantes
atiborrados de libros cuyas páginas son tan finas como los de una Biblia.
Los libros son altos y delgados. Ximena no logró reprimirse y tocó algunos.
El
anciano de los días
la dejaba hacer sin inmutarse. En todo momento se mostró amable y comedido,
dispuesto a satisfacer cualquier petición.
Repentinamente,
Ximena recordó a su abuela, pues no hacía mucho que había
fallecido. De inmediato, el anciano de días, accedió a llevarla
al anaquel en el que se archivaban los libros de las vidas de sus familiares.
Frente
al estante, se sintió emocionada, leyendo los nombres de personas que
conoció y
amó. La sorpresa fue grande al descubrir su propio libro. Pudo leer: María
Ximena Burgos Soto, 30-4-1959. Descubrió que, junto a la fecha de su nacimiento,
había otro espacio reservado para la fecha de su fallecimiento. Entonces,
sintió un enorme deseo de abrir aquel libro, sacarlo del estante y curiosear
a placer entre sus páginas.
Tan
grande fue el deseo, que hasta alargó la mano para coger el libro de su
vida. Sin embargo, se detuvo, pues recordó unas palabras del Maestro Moria: “Es
mejor abrir la puerta con conciencia y sabiduría, que hacerlo a la fuerza”.
Al recordar tales palabras, contuvo y venció su curiosidad desistiendo
de la idea.
Entonces,
el anciano de los días se le acercó, para hacerle saber, que había
salido airosa de la prueba.
Ximena
sintió una
gran alegría.
Comprendió que
adelantarnos tratando de conocer nuestro propio futuro, supone vivir el presente
de manera condicionada. Comprendió que, nuestra libertad regalada, exige
que escribamos nuestro propio libro, según hagamos, sintamos y pensemos.
Los
lapikas no hablan con los hombres, no influyen en ellos, sólo escriben
lo que el anciano de los días atesora y archiva. Somos nosotros los únicos
responsables de lo que finalmente conste en el libro de nuestra vida, según
la elección,
compromiso, y la forma que tengamos de conducirnos en ella. Pues, no en balde,
y como se dijo, somos los creadores de nuestra propia realidad, y sus únicos
responsables.
5.- Medicina General Etérica
Pruebas,
enseñanzas, prescripciones
y directrices. Nadie ha de pensar que abrazar el camino del espíritu,
la luz y el amor, es tarea fácil, pues se trata de evolucionar, y para
conseguirlo, tendremos que priorizar en nuestra existencia, de continuo sumergida
en la ilusión de este plano de la reproducción y la supervivencia
donde nos encontramos. La carne y la sangre, con sus mil reclamos, necesidades
y apetencias, se empeñarán de continuo en hacernos trastabillar
en nuestro camino a la espiritualidad. Sin embargo, llega un momento en el que
hay que elegir, decidir, tomar uno u otro camino.
Veremos
esto, con terrible dramatismo, en el ejemplo que es la vida de Ximena.
Cuando la discípula alcanzó la
madurez requerida, recibió la apremiante visita de su Maestro de vida
Moria. Se presentó en su despacho, desde el que dirigía la empresa
que tanto esfuerzo le costó fundar y hacer rentable, y le dijo: “Tienes
tres horas para dejarlo todo. De no hacerlo, sólo verás mi espalda,
ni siquiera distinguirás mis huellas para poder seguirlas”.
Tres horas. No disponía ni de un
solo minuto más. Ximena pensó en sus hijas, en sus empleados que
eran más de veinte, en los numerosos clientes de la empresa. Pensó en
Nueva Acrópolis, pues, en aquel momento, era la directora de la Fundación
en Puerto Montt. También en las dos editoriales que tantos quebraderos
de cabeza le costó crear y levantar. Pensó en el nombre que se
había ganado en la ciudad a fuerza de trabajo y constancia…
Pero
también pensó que
no podía perder a su Maestro Moria, ni renunciar al camino que había
abrazado el día que Karuff se le revelara.
Luego
miró el reloj, y cogió el
teléfono.
No esperaba
que la comprendieran. De hecho, no estaba muy dispuesta a dar explicaciones,
porque tampoco tenía
aún muy claro lo que debía explicar. Sin embargo, llamada a llamada,
conversación tras conversación, sorprendiendo a diestra y a siniestra,
renunció a todo lo que era en aquel momento.
Le había
costado largos años,
hacerse con el prestigio social que disfrutaba, conseguir un estatus y una estabilidad
personal y profesional nada desdeñables, y, en tres horas, le sobraron
minutos, para renunciar a todo lo que era, apartando lo anterior de su nueva
vida.
Cuando
salió a la calle, encontró la
noche, un frío desapacible; soplaba el viento del sur chileno, dispuesto
a dejar las calles vacías de calor humano. Rodeada de oscuridad, recordó a
Sancho Panza y a su señor don Quijote de la Mancha. Sancho veía
molinos. El caballero andante a quien servía, veía por molinos
gigantes. También Ximena creyó verlos, en la noche, en el viento
helado que soplaba airado. Dos caminos. El razonable, y el otro insensato para
los ojos del mundo. En su alma quiere quebrarse una lágrima, sería
la primera que convocaría el llanto. Pero el llanto no fue, pues en la
otra orilla, al cruzar la calle, además de encontrar la luz de las farolas,
halló a Moria, quien extirpó la pena sofocando toda lágrima
antes de ser derramadas, cuando le dijo, haciendo gala de su hermosa sonrisa: “Bienvenida,
hija”.
Caminaron
juntos un buen rato por las calles. Con Moria, el viento ya no era helado ni
molesto, tampoco la noche se le antojaba oscura, ni cabía la tristeza.
Sancho murió para
siempre en aquel paseo, y nació entonces el hidalgo caballero, dispuesto
al servicio, al sacrificio, y a batallar contra todos los gigantes, en generosa
entrega para disipar ajenos sufrimientos.
Había
comenzado su apostolado.
Moria
caminaba a su lado.
Sacrificio.
Esa palabra grande, que parece no tener límites. Ximena incluso tuvo que
entregar a sus hijas. Se le dijo que ya ni siquiera tendría todo el tiempo
que le hubiese gustado disponer para ellas. Ya no podría regalarle tantas
horas. Debía
entregarlas a los Maestros. No renunciaba a la maternidad, pues ya era madre,
pero sí a ejercer como lo hacen la mayoría de las madres.
Ximena
les eligió custodios
celestiales. Renunció a atenderlas como deseaba y les hizo simbólicos
regalos. Estaba contenta porque tanto Xaviera como Estefanía estarían
bien cuidadas por entidades que pertenecían a la evolución celeste,
pero a la vez palpaba la tristeza en su interior, pues la madre que era hubiese
deseado atenderlas como hasta entonces había hecho.
Sacrificio.
Esa palabra grande, que parece no tener límites.
A
Xaviera le regaló un
cerezo, porque ella era delicada y sutil, y también lo es el cerezo.
A
Estefanía le regaló un
ulmo, porque ella era fuerte, poderosa, y también lo es ese árbol
autóctono del sur chileno.
A
las dos se le otorgaron custodios.
Sacrificio.
Renuncia, servicio y absoluta entrega. Nadie ha de pensar que abrazar el camino
del espíritu, la luz
y el amor, es tarea fácil.
Más
que por ninguna otra cosa, será un camino espinoso, porque es absolutamente
necesario, ampliar la conciencia, hacerlo desde el amor y para el amor, que es
la llave maestra que abre todas y cada una de las puertas en nuestra evolución.
Así que
ahora, es preciso insistir en que la limitación de nuestros pensamientos,
nos impedirá entender
las realidades superiores, que, por otro lado, están implícitas
en todos nosotros, tal y como atestigua nuestra propia aura. Pues nuestra aura
son niveles de frecuencia con niveles de conciencia, lo cual nos lleva a la segunda
ley universal, la de la correspondencia, que vindica y asegura, que así como
es abajo es arriba, y así como es arriba, abajo.
Precisamente
por ello, a Ximena se le regaló un cuerpo de luz, vehículo necesario
para transitar, de forma más ligera, es decir, a mayor frecuencia, ya
desvestida de la densidad de la carne, en los planos superiores, donde debía
continuar su preparación como sanadora etérica y energética.
De
hecho, como veremos en su momento, los Maestros Ascendidos no sanan ni operan
en el cuerpo físico,
lo hacen en el duplicado de éste, pero en planos superiores, pues arriba,
es igual que abajo, y lo que se arregla y corrige en lo sutil, finalmente se
impregna y restablece en la carne.
Así,
cuando a Ximena se le entregó su cuerpo de luz y comenzó a vestirlo,
queda preparada para asistir a las clases de medicina que se imparten arriba,
donde acude a recibir, enseñanzas y conocimientos.
El
lugar donde se le concede entrada y se le regala preparación, no es muy
distinto a una universidad, tal y como lo conocemos. Sólo que, en una
primera etapa, lo fundamental y perentorio, la primera y básica asignatura
que se les imparte a los alumnos, será cuidar el nivel de amor que dispensan
y manifiestan hacia los demás.
Por
desgracia, en las universidades de nuestro plano, donde se enseña e imparten
clases de medicina, se descuida por completo la asignatura del amor al semejante,
y así, encontramos
a profesionales que atienden a sus pacientes, de un modo hostil y nada considerado,
viéndolos, las más de las veces, más que como a personas,
como números, patologías o historias clínicas.
Lo último
es absolutamente impensable cuando nos referimos a los sanadores o médicos
que pertenecen a la evolución celeste, pues arriba, el nivel de amor que
se expresa, es la esencia y el ingrediente primero de la curación que
se ofrece.
De tal modo, en la universidad
médica etérica, sólo cuando los alumnos han cultivado el
amor demostrando el nivel necesario, comenzaran a recibir clases de anatomía
y del sistema nervioso humano, tanto en el ámbito teórico, como
práctico. Siendo la última fase de estudios, la que se ocupa del
diagnóstico. Es el período más largo, yalcanza los
dos años y medio. Pues un diagnostico acertado, será fundamental
para actuar de forma correcta y adecuada, frente a cualquier enfermedad o dolencia,
a fin de atajarla exitosamente.
Arriba, existen
tantas especialidades médicas, como abajo. Es decir, hay tantos especialistas
como podemos encontrar en un buen hospital de nuestro plano.
Pero en lo sutil,
el diagnóstico
siempre será más acertado y completo que el que pueda realizar
un médico humano. No sólo por el alcance y entendimiento mayor
que se disfrutan, también por disponer de una visión más
amplia, dado que, mientras en nuestro plano vivimos y nos desenvolvemos en la
tridimensionalidad, arriba se vive y trabaja gozando de cuatro dimensiones. Es
decir, el médico etérico, no necesitará que ninguna máquina
le diga lo que hay en el interior del órgano, arteria, nervio o hueso
dañado; simplemente, puede verlo, del mismo modo que ve el exterior de
los mismos.
A la par que se
van completando las etapas o bloques ya mencionados del aprendizaje médico
etérico,
al discípulo se le van encomendando Maestros sanadores, y prácticas
concretas, a fin de ir puliendo y vivenciando los conocimientos que adquiere.
En un primer momento,
a Ximena se le asignó el Maestro Machi. Amigo de la naturaleza, vivió su última
encarnación humana en el sur de Chile, cuando aún el país
no era la actual República que hoy conocemos, hace unos cuatrocientos
cincuenta años. Bajito y amigo de la broma, vestía poncho y usaba
sombrero. A Ximena le gustaba su forma de sanar, y le resultaba entretenido permanecer
a su lado.
Después,
conforme fue avanzando, las cosas cambiaron, pues se le asignó un lugar,
en el equipo del Maestro Karuff.
Seguramente, este será buen
momento, para detenernos, mínimamente, en la colosal figura de este Maestro
Ascendido.
Disfrutó de su última
encarnación humana hace quince siglos, antes de nuestra era. Es decir,
alcanzó la evolución celeste, hace más de tres mil quinientos
años.
Vivió en la Antigua
Arabia, en aquella mítica que era mucho más dilatada de lo que
hoy conocemos.
Con sólo quince
años,
se convirtió en discípulo de un médico del que ya nunca
se separó. Al que amó y respetó, pues renunciaría
a su verdadero nombre, para adoptar el de su maestro, y así, se hizo llamar
Sim-All-Karuff, lo que significa, hijo de Karuff. Su nombre anterior, no lo conocemos,
pero sí sabemos, que el hombre de quien aprendió medicina, no
era su padre natural.
En aquella remota época,
y por difícil que nos resulte creerlo, el conocimiento médico era
muy avanzado, se había cultivado de manera extraordinaria en Babilonia,
y desde allí, se extendió por todo el Oriente de entonces.
El Maestro Karuff,
parco en palabras y muy exigente, que porta su maletín de médico,
es un sanador prodigioso. Con más de treinta y cinco siglos de experiencia,
ha conseguido curaciones que lindan lo milagroso. En el capítulo pertinente
del segundo bloque de este libro, nos detendremos en algunas de ellas. Aunque
pronto veremos otras que hablan de la talla de este avanzado doctor de la evolución
celeste.
A pesar de que en los
planos superiores, hay todo tipo de especialistas en medicina etérica,
el Maestro Karuff es el jefe de todos ellos, pues domina cada una de las especialidades.
Sus diagnósticos
son certeros, su modo de proceder eficaz, y a tantos como ha ayudado, en muchos
casos, salvándoles la vida, nunca pudieron olvidar a esta amorosa y abnegada
entidad, siempre dispuesto a paliar el sufrimiento humano.
Para Ximena, pertenecer
a su equipo, es un privilegio y una gran responsabilidad. Ama al Maestro Karuff
con toda su alma. En la sala donde recibe a sus pacientes, le ha dedicado un
santuario presidido por una pintura del busto del Maestro, donde no faltan, esencias
olorosas, ni el respeto y devoción de su discípula.
Antes de que Ximena consiguiera su título
de Medicina General Etérica, se prestó como vehículo en
distintas ocasiones para que el Maestro Karuff procediese, es decir, ella salió a
su cuerpo de luz, desde donde presenció todo lo que ocurría,
y el Maestro ocupó su cuerpo físico.
Ximena jamás
podría
olvidar su primera experiencia prestando su cuerpo como vehículo para
que de él se sirviese en su labor sanadora el amado Maestro Karuff.
Se le había informado
con el debido tiempo de lo que ocurriría, y era incapaz de controlar sus
nervios. Sin experiencia, no hacía más que preguntarse cómo
se sentiría
Karuff ocupando su yo físico.
La paciente a la que
debían
atender tenía cincuenta y cuatro años. Su nombre, Raquel. La habían
jubilado, pues sufría de derrames cerebrales. La mujer había acudido
a la medicina convencional. Pero, aunque ya tenía su diagnóstico
y una cita con los doctores en un hospital de Santiago para el próximo
miércoles, en su desesperada búsqueda para recuperar la salud,
sin rechazar ninguna opción, viajó hasta Puerto Montt días
antes, concretamente el domingo anterior a su cita en el hospital, para ser atendida
por Ximena, es decir, por el Maestro Karuff que utilizaría el cuerpo de
su discípula.
La intervención
del experimentado doctor de la evolución celeste, resultó un completo éxito.
Tanto así, que, al siguiente miércoles, cuando Raquel acudió a
su cita en Santiago, los médicos no podían salir de su asombro.
Tras realizar resonancias magnéticas y utilizar scanner, comprobaron que
el daño anterior diagnosticado había remitido por completo. Así,
tras asegurarse de la nueva y sorprendente realidad suspendieron todo lo previsto
y mandaron a casa a Raquel.
La mujer, no menos desconcertada
que los doctores, lloró con sus maletas sin deshacer en la puerta del
hospital, mientras le decía a su marido que no tenía ni idea de
lo que haría
jubilada ahora, con todo el tiempo para ella. Tuvieron que pasar un buen número
de días para poder encajar y asumir semejante milagro.
Raquel. Ximena jamás
podría
olvidar la primera vez que su cuerpo sirvió de vehículo para que
su amado Maestro procediese.
Sin embargo, la especial
comunión
entre Maestro y discípula, supuso una incomodidad que generó una
divertida anécdota.
En aquella primera ocasión
para atender a Raquel, y en otras que siguieron, Karuff siempre se quejó del
calzado utilizado por Ximena. La abnegada discípula, cambió en
varias ocasiones su calzado tratando de complacerlo, pero el Maestro no terminaba
de sentirse cómodo con ninguno de los modelos, y tampoco se privaba de
manifestarlo.
Así que Ximena,
cansada de no acertar, lo invitó a que le acompañase a la zapatería,
para que él mismo eligiese a su gusto.
Aunque pueda resultar
difícil
de imaginar para muchos, ambos fueron de compras. Finalmente, tras probar varios
tipos, Karuff eligió un modelo que le resultaba cómodo.
Lo peor fue el elevado
precio que Ximena tuvo que pagar por aquel calzado ortopédico que se ajustaba
perfectamente bien al pie.
De tal guisa, cuando
salieron de la zapatería, Karuff sonreía satisfecho, y Ximena,
hacía cuentas
preguntándose cómo se las arreglaría para terminar la semana,
después de haber pagado más de ochenta mil pesos.
Cosas
que pasan.
Recuerdos. Unos divertidos,
los más
entrañables. La impronta y la personalidad del Maestro Karuff, inevitablemente
dejaba profunda huella, no sólo en Ximena, también en muchos de
sus pacientes. Tenemos otro caso que lo atestigua.
A la consulta, llegó reclamando
ayuda y atención, una mujer embarazada, a la que se le había diagnosticado
un alto riesgo de perder el bebé que gestaba. Ella deseaba ser madre y
estaba dispuesta a lo que hiciera falta para conseguirlo.
Atendida por Karuff,
el embarazo llegó a
su fin, y la mujer dio a luz un precioso niño. De ello, cuando se escribe
este libro, han pasado doce años. El niño tiene esa edad. La madre,
feliz y satisfecha, demandó información sobre la ayuda recibida.
Cuando supo quien contra todo pronóstico, consiguió lo que los
médicos no esperaban, quiso que su hijo se llamase Pablo Simal. Pablo,
porque era el nombre que los padres habían pensado para el bebé en
caso de que fuese varón. Y Simal, en honor a la entidad sanadora que hiciera
posible el nacimiento.
Recordemos que el Maestro
siempre se hizo llamar Sim-All-Karuff (hijo de Karuff), en honor del hombre que
le enseñase
medicina en Arabia durante su última encarnación humana.
Hoy, Pablo Simal, es
un niño
sano y crece feliz bajo la atenta y amorosa tutela de su agradecida madre.
Recuerdos. Atesora tantos
Ximena relacionados con Karuff. Algunos divertidos, otros entrañables,
y otros, francamente conmovedores.
Como el que generó el
caso de una desolada pareja que sin ninguna esperanza, buscaron con desesperación
a Ximena.
Tenían un niño
de corta edad, al que los médicos estaban convencidos debían cortar
una pierna para salvar la vida. Padecía cáncer, y la medicina convencional
no encontraba más solución que la amputación del miembro
afectado.
Ximena, amante
de los niños,
pidió ayuda a su Maestro con tanto afán, como a ella se lo pidieron
los padres.
Karuff se puso
manos a la obra. Lo más importante era saber la razón de aquella
anomalía
tan severa y peligrosa. Para conseguirlo, examinó el ADN tanto del padre,
como de la madre.
Así se
supo que el padre, muchos años atrás, cuando era muy joven, tuvo
contacto con productos químicos destinados a la agricultura. Tal menester,
le había
dañado el esperma, y ese daño era el origen del cáncer que
heredó el hijo manifestándose de forma tan virulenta.
Una vez
se descubrió el
génesis de la enfermedad, el médico de la evolución celeste,
activó salvando la pierna del pequeño, la que nunca fue amputada,
aunque el cáncer no se extirpó. Pues, de haberse hecho, se había
vuelto a producir en cualquier otro lugar del organismo. Así que, lo controló,
lo detuvo, lo adormeció hasta anularlo, vaticinando que a los veintiún
años, la peligrosa anomalía desaparecería por completo.
De tal modo, el
niño
creció con sus dos piernas, y la pareja adoptó estrictas medidas
para impedir cualquier nuevo embarazo. Y, por supuesto, nadie dudo de que, a
la edad de veintiún años, el cáncer dejaría de ser
un potencial peligro.
Medicina etérica,
eficaz, sutil, tan difícil de explicar desde la perspectiva humana, pero
capaz de salvar tantas vidas, de mejorar tantas existencias marcadas por el dolor
y el padecimiento.
Hay otro
caso en el nos detendremos para entender la peculiar y fecunda relación
existente entre Maestro y discípula, que, además, nos permitirá,
seguir ofreciendo, nuevas pinceladas, sobre el cuerpo de luz que se le regaló a
Ximena, a fin de realizar su labor sanadora.
Es el caso
de Úrsula,
una joven de quince años, que fue atropellada por un vehículo,
quedando parapléjica. Debido a su inmovilidad, se le atendió a
distancia y, por ello, Ximena la visitaba en su cuerpo de luz. Es decir, su yo
físico, quedaba en Puerto Montt, mientras su yo etérico, marchaba
a Santiago para atender a Úrsula.
Gracias
a las continuas visitas recibidas, el tejido nervioso y la masa ósea de
la paciente que quedaron dañados por el accidente, se fue regenerando,
hasta el punto de hacerle caminar de nuevo. Una vez más, la medicina de
arriba, consiguió lo
que la otra de abajo, nunca hubiese logrado.
Y
lo más
llamativo de este caso, al margen lógicamente del restablecimiento de
la paciente, es el hecho de que Ximena, aún inexperta para conducirse
en su cuerpo de luz, era a veces sentida por Úrsula, hasta el punto de
que la adolescente, podía decir con acierto, las horas y días concretos
que Ximena se le acercaba para ayudarla.
Y
no sólo
la sentía Úrsula, incluso, en ocasiones, también fue percibida
por distintos miembros de la familia.
La
joven, hasta llegó a ver a Ximena en alguna ocasión. Al Maestro
Karuff le divertía
la situación, y con cariño y paciencia, le decía a la discípula: “¿Por
qué te empeñas en subir las escaleras con tus ochenta kilos de
peso, si dispones de un cuerpo de luz?”
Al
margen de la anécdota, es preciso entender, que se necesita práctica,
y adiestramiento, para vestir un cuerpo de luz y hacerlo con la sutileza debida.
Por aquel entonces, Ximena no atesoraba la experiencia suficiente, y por lo mismo,
cuando utilizaba ese maravilloso vehículo regalado por los Maestros, quedaba
demasiado impregnado de su esencia física, y por ello era percibida.
Utilizar
el cuerpo de luz, sin la anterior impregnación mencionada no es tarea
fácil,
pues, lo que se le entregó a Ximena, era el don de vivir en una realidad
múltiple, percibiendo en todas y cada una de sus bandas, las realidades
y entendimientos de ellas.
Precisamente
por esto, cada siete años, ha de someterse a una revisión, y ordenación
de sus distintas conciencias, pues ha de asumir la responsabilidad de sus actos,
en las diversas frecuencias vibratorias donde habita.
Mucho
habría que decir sobre el aura humana y sus siete bandas, y también
sobre los viajes dimensionales que la persona humana está capacitada para
realizar con la debida ayuda y adiestramiento. Pero ni lo uno ni lo otro, son
el motivo esencial de este libro.
Sin
embargo, y a fin de que el lector entienda que la realidad es múltiple,
y así vaya adquiriendo un modo de pensar ilimitado, si será pertinente,
compartir una experiencia tan fascinante como prodigiosa.
En
una ocasión, Ximena se encontraba en Osorno con su actual pareja, Juan
(hablaremos de él en el siguiente capítulo). Y se presentó en
Puerto Montt un caso urgente que no admitía demora. Pero realizar el trayecto
de una hora y pocos minutos que separan ambas ciudades por carretera, presentaba
una dificultad añadida. En aquel momento, había huelga en el sector
del transporte. La carretera no estaba abierta, dado que en algunos puntos, los
huelguistas, la habían cortado. Y, esperar al día siguiente, tampoco
era posibilidad fiable. De hecho, los medios de comunicación habían
anunciado que la huelga se recrudecería, pues nuevos colectivos se sumarían
a ella.
Pero
el servicio obliga, y Ximena, pidió un permiso especial para llegar a
Puerto Montt a fin de ayudar a la persona que la necesitaba.
¿En
qué consiste un permiso especial? Nada más y nada menos que en
abrir, para Ximena y su acompañante, es decir, para el vehículo
que ocupaban, pasos dimensionales, y gracias a esto, llegar a tiempo para presentar
la ayuda requerida, al lugar donde ha de ofrecerse.
Así,
con el especial permiso concedido, la pareja salió de Osorno en dirección
a Puerto Montt. No encontraron a los piquetes de transportistas ni las carreteras
cortadas en ningún punto del trayecto. Sólo toparon con un control
de los carabineros, y en él, contra todo pronóstico, se les brindó paso
con rapidez.
Ximena y
Juan, recordarían
ya siempre, los destellos luminosos que continuamente y durante todo el viaje
se sucedieron en el cielo nocturno, y cómo, a la derecha del vehículo,
estallaban emanaciones eléctricas, parecidos a los fogonazos de los relámpagos
de una tormenta que no hubo.
Llegaron
a Puerto Montt sin contratiempos, y antes de lo acostumbrado. Ximena logró prestar
la ayuda que el paciente en cuestión con tanta urgencia necesitaba.
Relatar
esta última
experiencia no persigue ni impresionar al lector ni mucho menos desorientarlo.
Si se hace, es para que alcancemos a comprender una realidad incontestable. Hay
una enorme diferencia entre la persona común y el discípulo, es
decir, entre el iniciado y el que no lo es.
La persona
común,
vivirá a merced de sus miedos, dudas y codicias, zarandeado de continuo
por falta de conocimiento. Mientras que el discípulo o iniciado, dispondrá en
todo momento de la ayuda de sus Maestros, pues, libremente, ha decidido entregar
su vida al servicio de los demás, y eso le protegerá en sus dificultades,
siendo atendido en ellas, por los que pertenecen a la evolución celeste.
Es así, porque la persona iniciada, camina por el sendero del amor y el
conocimiento, ha aceptado vivir dentro de los márgenes de una moral estricta,
cuidando sus palabras, actos y pensamientos. El conocimiento que dispone, le
hace entender que el mundo que le rodea es el Maya, como dirían los hindúes,
una tremenda ilusión que no permanece, mientras que lo imperecedero, se
encuentra en el terreno de lo sutil o lo invisible para los ojos de la carne.
Oye de continuo los requerimientos de su alma, y toma sus decisiones sin dudarlas.
Pues es consciente que no está solo y que sus peticiones jamás
son desoídas.
El discípulo
o iniciado pertenece a algo grande, sublime, trascendente, se sabe partícipe
de ello, agradece que así sea, y, tanto en sus vigilias, como durante
sus sueños, será de continuo regalado.
De hecho,
el discípulo
o iniciado, tendrá más posibilidades de seguir viviendo en este
plano que la persona común, pues añade conciencia y conocimiento
en su hacer en la vida, mediante el servicio a los demás.
Moria, el
Maestro de vida de Ximena, suele decir: “Se gasta tanta energía
en el universo sacando y regresando a este plano al discípulo, hasta que
alcanza el entendimiento y la conciencia necesarias”.
O
sea, morimos para nacer de nuevo en este mundo hasta que finalmente consigamos
entender nuestra herencia divina y nuestra naturaleza inmortal.
Pero
también
es necesario aclarar algo muy importante. Iniciados o discípulos podrán
ser todos aquellos que lo deseen, cumpliendo unos requisitos de moral, entrega
y servicio a los demás, así andarán el camino creciendo
filosófica y espiritualmente.
Sin
embargo, practicar la medicina etérica, no dependerá sólo
de nuestro deseo o afán de hacerlo. Es algo que discernirán los
Maestros, es decir, únicamente
los que pertenecen a la evolución celeste, disponen de potestad para elegir,
entre hombres y mujeres a los que se convertirán, como en el caso de Ximena,
en sanadores etéricos, pues ellos, están capacitados para abrir
nuestros archivos akásicos, ver la suma de nuestras vidas anteriores,
y valorar nuestro actual estado evolutivo, así como la misión que
aceptamos en la vida antes de encarnar nuevamente.
Ximena,
tras un largo lustro de estudios realizados, en planos superiores, obtuvo su
título
de Medicina General Etérica. No tiene especialidad, pero pertenece al
equipo del jefe de todas las especialidades. El eminente doctor y Maestro Ascendido,
Sim-All-Karuff.
6.- No estamos solos
Hasta
el momento, hemos hablado con mayor o menor brevedad, de tres de las entidades
celestiales, que ayudan en su camino espiritual y misión de servicio a
Ximena. A saber, el Maestro Machi, el Maestro Karuff, y su Maestro de vida, Moria.
Pero
ellos, no son las únicas
entidades superiores con las que mantiene relación. Hay otras, muchas.
Sin embargo, sería largo tratar de citarlos a todos, aunque sí sería
conveniente, dar algunos nombres más, a fin de que nos situemos debidamente,
y su ejemplo de vida, pueda aportarnos la motivación necesaria que conduzca
a la reflexión, y, ojalá, también al despertar de nuestra
conciencia.
Algunos
de los nombres que leeremos a continuación son conocidos para la mayoría;
otros, sólo
fueron oídos antes, por una escogida minoría; y, los últimos,
cuya evolución y origen pertenecen al devenir de otros mundos, serán
revelados ahora, en este momento de necesidad y drásticos cambios, en
el que nos encontramos en nuestro planeta.
Es
hora de que todos los hombres y mujeres de todas las naciones de la Tierra, alcen
sus ojos al cielo y contemplen con anhelo y esperanza las estrellas, sabiendo
que ellas alumbran majestuosos y evolucionados mundos, cuyos habitantes, desean
nuestro desarrollo y crecimiento espiritual.
Ximena
cuenta con la protección
de María, quien en su última encarnación como mujer israelita,
fue la madre de Jesús. De hecho, es su madrina, y sintió muy cerca
su presencia y amparo, durante el tiempo que se confeccionaba su cuerpo de luz,
pues fue María, como Maestra Ascendida, ya en la evolución celeste,
la encargada de impregnar los campos celulares, en el cuerpo etérico,
que luego Ximena utilizaría para sanar y devolver la salud a tantos pacientes
como ha atendido y ayudado.
Del
mismo modo, Ximena mantiene una estrecha relación con la hermana Clara,
quien en su última
encarnación humana, fuese compañera espiritual de San Francisco
de Asís, y fundadora de la orden de las hermanas Clarisas.
Esta
abnegada y bondadosa entidad, le ayuda a elevar a los que mueren, y no encuentran
el camino para obtener su necesaria revisión en la luz.
Hablaremos
de esta labor con detenimiento en el lugar pertinente.
Pero
no es la única
entidad femenina, que fuese monja en su última encarnación, con
la que trabaja estrechamente Ximena. Además, de con la hermana Clara,
también lo hace con la hermana Teresa de Lisieux, de quien innecesario
sería ahora facilitar datos sobre su última vida, pues fue nombrada
santa de la Iglesia Católica, y a nadie que lo desee le resultaría
complicado ampliar datos sobre ella. Ahora, ya descarnada, como Maestra Ascendida,
se ocupa especialmente de los niños, a los que ama y custodia, y cuyo
dolor y enfermedades le conmueven.
Cuando
Ximena habla de esta entidad evolucionada, no se olvida de añadir que
la ayuda que presta Teresa de Lisieux a los más pequeños, es muy
eficaz, consiguiendo grandes y exitosos resultados.
Y
si es cierto que María es protectora y madrina de Ximena, no es menos
cierto, que la mujer a quien dedicamos estas páginas, también ha
gozado con la magnífica
presencia de su hijo, pues, en varias ocasiones, ha tenido el privilegio de verlo,
compartiendo con él momentos inolvidables.
En
una ocasión,
llegó a su consulta, una mujer muy enferma de avanzada edad. Era evangélica
y creía sincera y profundamente en Jesús. No llegó a pedir
curación, pues había asumido su cercana muerte. Lo único
que le preocupaba era saber si estaba preparada para ir con el Maestro en el
que depositaba toda su fe. Tanta tenía ydemostró aquella
buena mujer, que Jesús no tardó en
llegar a la consulta de Ximena. Vestía con resplandeciente túnica
blanca y calzaba luminosas pero humildes sandalias de pescador. La enferma no
lo vio, pero sintió en su alma la celestial presencia.
Jesús
se acercó a la mujer, tendida en la camilla, y tocó su frente,
para decirle, que estaba preparada para ir a su lado, que el encuentro sucedería
en siete días.
Una
semana después
falleció. Lo hizo contenta, y sin dudar de que su amado Maestro, la recibiría,
pues Ximena se encargó de transmitir el mensaje, del que la enferma no
dudo desde ese momento, hasta la hora de su muerte.
En
otra ocasión,
Ximena ayudaba, en el traslado de un enfermo. Lo sostenía mientras avanzaba
el vehículo, siendo preciso, por la sanación recibida y realizada,
que el paciente se moviese lo menos posible. El trayecto era largo y la mujer
oraba para que el cansancio no la venciera.
De
repente, sintió que
le tocaban el hombro. Era Jesús, había llegado para sustituirla,
le dijo que ahora se encargaría él, y Ximena pudo descansar.
Nuestra
médica
general etérica, asegura, que en tales momentos, cuando el Maestro Ascendido
Jesús está cerca, se siente una notoria y significativa elevación
vibratoria, que permanece durante días.
Inolvidables
momentos. Hubo sacrificios, renuncias, esfuerzos, pero también llegaron
grandes e irrepetibles satisfacciones. Cuántos creyentes darían
lo que fuese por vivir presentes tan maravillosos, por compartir experiencias
con María, con Jesús, con religiosas de la talla espiritual de
la hermana Clara o Teresa de Lisieux.
Pero
hay otras entidades superiores menos conocidas para la gran mayoría, con
las que Ximena también
mantiene contacto.
Está el
Padre Galiotto. Es un ser tan viejo como eterno. Podría recordarnos al
anciano de los días, por su aspecto de bondadoso anciano, con largos cabellos
blancos y pobladas barbas del mismo color. Tutela y cuida de los que no tienen
padres. En su bondad manifiesta, protegerá, guiará y amparará siempre
a los huérfanos. Este Maestro Ascendido, gusta decir, entregado por completo
a su labor: “Seré padre hasta el final de los padres”.
Ximena
también
conoce a Kalimel Farú. Este Maestro, no gusta hablar de sí mismo,
y apenas disponemos de información sobre él, pero se ocupa de las
relaciones humanas, en lo que se refiere a la unión familiar, resolviendo
desavenencias entre las parejas. Impide divorcios, se complace en que reine la
equidad entre los cónyuges, y consigue con su celeste, benigna y decidida
intervención, grandes resultados entre aquellos que están divididos,
y próximos a romper, lo que un día, llevados por el amor, quisieron
construir.
De
quien sí podemos
ofrecer más datos, es del Maestro Radiólogo. La suya es una historia
apasionante, y el servicio que presta a la humanidad, ciertamente admirable.
Este
Maestro, murió en
Alemania, el siglo anterior cuando apenas contaba dos décadas. Fue el
verdadero inventor de los rayos X. Pero se le boicoteó y se le robó su
trabajo. Un compañero de su equipo patentó el invento en Francia.
La historia médica recuerda en sus anales, el terrible engaño,
otorgando honores, a quien en verdad, no los merece.
El
verdadero creador, sufrió la indiferencia y el ostracismo, por parte de
la comunidad científica. Se le retiraron los fondos que se habían
destinado a sus investigaciones, y se le envió a un humilde hospital.
Allí,
incapaz de soportar tamaña injusticia, cayó en una honda depresión,
que le llevó a la muerte.
Sin
embargo, si en nuestro mundo, la honestidad, más veces de lo deseado,
brilla por su total ausencia, no sucede lo mismo en la realidad superior.
El
Maestro Radiólogo, había hecho mucho con su invento por la humanidad,
y arriba, no se olvidaban ni sus desvelos por conseguirlo, ni como le fue hurtado
el fruto de su voluntad, ingenio e inspirado quehacer.
Cuando
salió de
este plano, de la reproducción y la supervivencia, ingresó, en
su pesar, en el del miedo y el dolor. Sin prestar atención a los que,
desde la evolución celeste trataban de ofrecerle consuelo, permanecía
junto a su tumba, rencoroso con el mundo, resentido, recreándose en su
tristeza y negándose todo atisbo de luz.
Fue
así,
hasta que apareció en escena el Maestro Ascendido Karuff. Al principio,
también a él lo rechazó, tampoco a él quiso escucharle.
Pero Karuff, le dijo: “si no quieres escucharme, vas a escuchar mis pasos;
cuando escuches mis pasos, vas a escuchar mi corazón; cuando escuches
mi corazón, vas a escuchar mis palabras”.
Karuff.
El gran sanador, la entidad Ascendida que domina todas las especialidades médicas,
demostrando una vez más amor sin límites, paciencia ejemplar y
buen hacer, fue sacando de su postración al Maestro Radiólogo.
Primero,
hizo oír sus pasos; después hizo notar su enorme compasión,
y así, finalmente, quien debía hacerlo para su bien, prestó atención
a las magníficas palabras que se le dirigió.
El
eminente médico celestial no estaba dispuesto a que una entidad de tanta
valía,
permaneciera en la angustia ni en el dolor. Le ofreció un lugar en su
jerarquía, un puesto en su equipo. Fue así como la justicia de
arriba, brilló una vez más en su grandeza, frente a la miseria
y el engaño de abajo.
Arriba,
el Maestro Radiólogo, continuó en su labor y fue “becado” generosamente
para que creciera en conocimiento y sabiduría. Incluso, se le otorgó el
privilegio de realizar una conexión venusiana. En Venus, por supuesto,
hay vida, pero la humanidad actual, inmersa en su realidad tridimensional, no
puede percibirla, pues allá, se disfruta de la existencia en quinta dimensión.
En
Venus poseen una tecnología muy avanzada, y la prestaron y enseñaron
a utilizarla al Maestro Radiólogo. Tal tecnología se basa en la
luz vibracional de los colores.
Los
venusianos, entre las razas evolucionadas, son denominados como los hermanos
de las ciencias. Y a este compañero de trabajo de Ximena, le cedieron
unas cámaras que restituyen la malla electro magnética de los pacientes
que la han dañado o deteriorado.
Los
minerales son electro conductores notables, y dependemos de ellos, para mantener
el buen funcionamiento y equilibrio, en la capa electro magnética que
procura nuestra salud.
Pero,
la manipulación de los vegetales, en función de criterios de mercados,
los adultera, y ello conduce, a que la malla citada que envuelve el cuerpo humano
se perturbe, y seamos más vulnerables, convirtiéndonos en seguros
candidatos a muchas enfermedades.
El
Maestro Radiólogo, utilizando la adquirida ciencia de los venusianos,
y su aparataje proveniente de quinta dimensión, se sirve, de la radiación
atómica
de calcio, calorífica en su nivel séptimo, con mineralización
cerebral y ordenación de la malla celular, para restablecer la salud a
muchas personas que la perdieron.
Tal
tecnología
puede emplearse siempre que el paciente tenga más de diez años.
Terribles
enfermedades, cuya exacta enumeración, resultaría ahora larga y
enfadosa, han sido superadas, gracias al regalo que los venusianos hicieron en
su día al Maestro Radiólogo, y éste, empleó luego
con hombres y mujeres de nuestro mundo.
Llegados
a este punto, hay que advertir, que si alguien piensa que lo dicho es inverosímil
o sacado de una novela de ciencia ficción, sería conveniente aconsejarle
se vaya abrochando el cinturón de seguridad, no sea que nuevas turbulencias
siderales, le terminen por producir una molesta indigestión, pues pronto
hablaremos de entidades, cuyo origen y evolución, no pertenecen a nuestro
mundo, pero se relacionan con él, en su afán de servirlo y ayudarnos.
Antes,
hablemos del Maestro Terrier de Lisieux.
Esta
entidad, vivió su última
encarnación en Francia, durante las primeras décadas del siglo
diecinueve. Nació sordomudo. No es Maestro Ascendido, es decir, no ha
concluido aún su evolución humana, o, lo que es lo mismo, tendrá que
volver a nacer en nuestro mundo o en otro tridimensional, para completarla.
Suele
decir que tiene que regresar a la Tierra para encontrar sus ojos. Veamos la razón.
Impedido
del habla y de la facultad de oír, trabajó como un esclavo, para
una persona de bajos instintos, que lo despreciaba, tratándolo como a
un animal. Por si no bastase, a corta edad, cuando tenía dieciocho años,
durante un control de la autoridad de la época, en el que lo requirieron
imperiosamente, sin alcanzar a oír el mandato, Terrier continuó caminando.
Lo cual, le valió la furia de un cruel oficial del ejército, quien
deseoso de dar ejemplo y sembrar el terror, sin atender las voces de testigos
que presenciaron lo ocurrido, y aseguraban que el joven era sordomudo, ordenó que
le sacasen los ojos.
Así,
también
quedó privado de la vista. A pesar de sus mermas, logró vivir hasta
los treinta y nueve años.
Fue tan
grande el nivel de abandono y desamparo que sufrió, que, tras su muerte,
entidades cósmicas
le acogieron regalándole una exquisita educación y la preparación
necesaria para convertirse en médico.
Arriba,
eligió la
especialidad de otorrino y oculista. Pues su profundo amor a los hombres, le
motivo a darles aquello de lo que él careció.
Como
en el caso anterior, también esta entidad, viajó a mundos evolucionados,
para adquirir conocimiento de tecnologías muy avanzadas, que hoy utiliza
para ayudar a los que así lo necesitan.
Conozcamos
ahora al Hermano Kalio. Esta antiquísima entidad, posee un cuerpo de luz
cuyo aspecto nos recuerda a un anciano de noventa años. Es el mensajero
de los mundos. Lleva y trae mensajes de continuo, moviéndose por todas
las frecuencias vibratorias y dimensionales, pues se le concedió desde
lo más remoto de los tiempos, permiso para transitar por todos los planos.
El
Hermano Kalio, lleva nuestros mensajes a los difuntos, trayéndonos de
regreso, sus respuestas. Ximena, siempre le agradecerá, la ayuda que recibió de él,
para saludar a su madre fallecida.
Contactos,
conocimiento, experiencia y fluir, en la sublime continuidad de lo creado y existente.
Claro que existe la magia, pero aquello a lo que los humanos llaman magia, para
los seres más evolucionados, sólo es lo natural que se desprende
de leyes divinas e inalterables. Y si esas leyes, en principio, se nos antojan
inalcanzables y poco entendibles, insistamos e una perentoria: el amor. La llave
maestra que abre todas y cada una de las puertas de nuestro aprendizaje, crecimiento
y evolución.
Amor,
con mayúsculas,
hacia la raza humana, es el ejemplo que ofrece la Maestra Amaya. Pero ella no
pertenece a este mundo, procede del vecino sistema binario de Sirio. Allá la
existencia se goza en cuarta dimensión. Pero los sirianos, a pesar de
su mayor desarrollo, no renuncian a apoyarnos.
La
Maestra Amaya, que pertenece a la Jerarquía azul, y vindica y defiende
la voluntad, la buena e inalterable de los seres humanos, asistió a la
presentación
del Proyecto de Apoyo a la Tierra, para el planeta en la Era de Acuario.
En
un principio venía como observadora y no a comprometerse. Pero, bien pronto,
quedó prendada
y sumamente interesada por nuestro planeta azul. Ya dijimos, que ella pertenece
a la Jerarquía de esta tonalidad. Nuestro planeta es un mundo de vivencia
rápida. Contiene millones de formas de vida, de dimensiones de evolución,
siendo, por tanto, un orbe que permite acelerar el crecimiento y desarrollo de
los seres que en él habitan. Por ello, y tal como ocurre en otros mundos
de nuestro universo, desde los estamentos superiores no se deja de apoyar la evolución
del planeta.
En
aquella reunión plenaria intergaláctica, la Maestra Amaya, conmovida
por lo mucho que aún quedaba por hacer, decidió vincularse a la
ayuda que se nos brinda y realiza en función del tiempo que transcurre,
antesala de un cambio de ciclo evolutivo y un cambio de rata vibratoria. De lo
cual, se hablará en el lugar oportuno.
La
Maestra siriana Amaya, ofrece mensajes de luz, de voluntad y amor a Ximena y
a sus discípulos,
les habla de la verdad interna del ser humano, y les invita de continuo, desde
la entrega, el servicio y el conocimiento, a crecer y a prepararse para ser miembros
de esa nueva humanidad venidera, ya tan cercana.
La
amorosa y amada Maestra Amaya, que desvela más allá de la ilusión,
más
allá del velo, y pertenece a la Jerarquía Azul.
Pero Amaya
no es la única
Maestra, cuyo origen pertenece a mundos distantes y, actualmente, presta ayuda
en nuestro planeta.
También lo
hace el Maestro Morelli. Es un Maestro tecnólogo. Él confía
y espera que la humanidad recupere sus recursos energéticos basados en
tecnologías
más sostenibles. Advierte y adelanta el peligro de otras cuyo empleo resultan
peligrosos para la humanidad. Él pertenece a un sistema extraterrestre,
y desveló en su día, que las radiaciones que emanan los, a primera
vista inofensivos microondas, aumenta un diez por ciento las enfermedades en
hombres, mujeres y niños.
Por último,
hablaremos del Instructor Planetario. Su nombre no ha de revelarse, no ha llegado
el tiempo para que podamos hacerlo. Esta entidad, tiene la sagrada misión
de mantener el equilibrio del planeta. Posee un conocimiento exhaustivo de los
recursos naturales de la Tierra. Y colabora con la humanidad en las grandes crisis
planetarias, a través de la Confederación.
Es sumamente
importante, entender y revelar ahora, que nuestro planeta no pertenece a la Confederación
Intergaláctica. Para ser un mundo Confederado, debe llegar a cuarta dimensión,
y hoy, por más que muchos humanos se piensen el ombligo del mundo, el
nuestro sólo existe en tercera dimensión.
Sin embargo,
es necesario asumir, que el paso a la siguiente está muy cercano, sobrevendrá después
de las crisis venideras, generosamente anunciadas, tal como hacemos ahora, para
que el que tenga oídos, oiga.
¿Cuándo
se producirá este
cambio de dimensión existencial? ¿Cuándo la vida en la Tierra
pasará de la tercera a la cuarta dimensión? Sólo diremos
en este momento, que debemos mirar con anhelo y expansión de nuestras
conciencias al año 2012.
Ximena
ha tenido el honor de trabajar con el Instructor Planetario, creando redes magnéticas
que han ralentizado, sirviendo de protección, el desastre que supone para
los seres del planeta, los agujeros en la capa de ozono.
Ciertamente, Ximena,
podría
ser catalogada, como una persona muy especial, fuera de lo común, pero
no lo es menos, que lo común y natural de la existencia, es nuestro desarrollo
espiritual, al que casi por norma, el mundo y la inmensa mayoría de las
personas que en él habitan, de forma consciente e inconsciente, dan la
espalda peligrosamente, perezosamente, desdeñando lo que tiene relación
con lo sutil y trascendente. Lo cual, es equivocar el camino, o ser infiel a
lo que venimos a realizar. Sin entender que, al hacerlo, nos condenamos a repetir
de nuevo, regresando a este mundo para aprender lo que exige el conocimiento.
Por lo mismo, todos, en potencia, estamos capacitados para encontrar nuestro
camino, y todos deberíamos esforzarnos en hacerlo.
Ahora
bien, alguien, con todo el derecho, podría preguntar quejándose
desorientado. ¿Y
cómo comienzo? ¿Y cuál es el primer paso? ¿Y cómo
hago para encontrar lo que yo mismo decidí hacer antes de venir a este
mundo y vida? ¿Cómo lo consigo si no tengo memoria de ello?
Son
preguntas legítimas,
respetables. Y habrá que recordar para responderlas, lo que dijimos en
el prólogo. Este es un libro metafísico, pero entendiendo que la
metafísica es luz y amor por encima de cualquier otra cuestión.
Y si ahora no supiésemos explicarlo de manera que todo el mundo pudiera
entenderlo, se convertiría en otro trabajo ignoto, desconcertante y rimbombante,
que en poco o en nada, nos ayudaría a nuestro desarrollo.
¿Cuál
es el primer paso? ¿Qué hay que hacer para comenzar a caminar?
Simple.
Fácil.
Nada complicado, en absoluto laberíntico. Lo primero, asumir que las verdades
de nuestra alma y espíritu inmortal y divino, están dentro, nunca
fuera. Y buscarlos, con plena naturalidad. Todos recordarán cómo
se inició Ximena. El protagonismo que tuvo la oración en sus primeros
pasos para hollar el camino de la espiritualidad. Fue así, es así,
porque si el cuerpo necesita su alimento, también el espíritu requiere
su pábulo, y no es otro, que la oración.
Lo único
que tenemos que hacer, es orar. Recogernos, pararnos, detenernos, durante diez
minutos, tres veces cada día. Por la mañana, por la tarde, a la
hora del crepúsculo. ¿Acaso nuestra sagrada evolución no
merece siquiera treinta minutos de nuestro tiempo?
Se
trata de parar nuestra mente, de arrancar de ella los materiales problemas que
nos atosigan de continuo. Se trata de abrir nuestro corazón al amor universal
que nos rodea, para así poder interpretar, alcanzar a recibir las señales
que traen y se dan en cada uno de nuestros días. Se trata de pedir a Dios
padre/madre, fuente de todo lo creado y existente, que nos hable; de decir a
nuestro espíritu que nos guíe; de rogar a nuestra alma, que es
la archivera de todas nuestras anteriores vidas y experiencias, que nos dé el
sentido de la existencia que ahora disfrutamos.
Y
así, con
tal sencillez, recogimiento y empeño de luz y oración, se irán
abriendo nuestros chakras superiores, nuestros centros energéticos; se
elevará nuestra conciencia, y nos nutrirá, un sagrado pensamiento
que, poco a poco, día a día, nos llenará de certidumbre,
verdad y sentido. Vendrán y sabremos interpretar las diarias señales;
aparecerán en el camino, las personas que sabrán comprendernos,
desaparecerán de él, los burladores que hacen de lo sagrado una
intolerable frivolidad. Creceremos, aprenderemos, llegará entonces la
regalada sabiduría del alma, y hallaremos el gran camino del amor.
Simple.
Fácil.
Nada complicado, en absoluto laberíntico. Entendamos que los Maestros,
tanto de la evolución humana, como de la evolución celeste, no
se acercarán, hasta que el iniciado no comience a serlo en su corazón,
hasta que la persona no decida emprender el camino adecuado.
Oración.
Recogimiento. Meditación. Búsqueda en el interior de nosotros mismos.
Fuera, sólo espera la confusión. Sólo logramos proyectar
sabiduría en el servicio a los demás, cuando la encontramos y se
nos da dentro.
Nuestra
alma sabe a qué venimos, seamos pues, nuestra sabiduría del alma,
creamos en ello. Treinta minutos, sólo treinta minutos diarios de nuestro
tiempo, para ir asumiendo que Somos el Siempre Jamás, para ir entendiendo
nuestra divinidad e inmortalidad, para encontrar la grandeza que hay en nuestra
naturaleza y nos negamos.
La
búsqueda
requiere vocación y algo de disciplina. También la inquietud primera
y necesaria que nos haga ponernos en marcha.
Así que,
si no estás dispuesto a dedicar el mínimo tiempo y la constancia
que tu alma necesita para comunicarse contigo, es hora de que abandones la lectura
de este libro, la misma no te aprovechará, ya caminarás hacia la
luz y el amor en otro momento.
Pero
ojalá estés
dispuesto, y esta humilde exhortación, hallé un espíritu
capaz de dar el paso. El primero, luego vendrán otros más seguros,
y todos te conducirán a la búsqueda del ser.
Que
así sea,
por la vida, por la luz, por el amor eterno.
La
raza, siempre buscó lo inefable. Lo demuestra la Historia, los lugares
que fueron centros iniciáticos, y aún hoy perduran sobre la faz
del planeta.
Ximena
visitó algunos
de estos lugares, deseosa de nutrirse de sus vibraciones, testimonio y motivación
que suponen para el espíritu inquieto en la indagación de lo trascendente.
Estuvo
en Egipto. Para deambular por el Valle de los Reyes, por Karnak; visitó el
Templo de Isis, la Esfinge y las Pirámides. Tebas, el Museo del Cerro
y la Biblioteca de Alejandría. Conoció Dendera.
Estuvo
en Grecia, para pasear por la Acrópolis, el Templo de Eleusis y el otro
de Delfos.
Estuvo
en Italia, para llenarse del espíritu de la Roma antigua y el templo de
las vestales. Para presentar sus respetos en las tumbas de Leonardo de Vinci,
Miguel Ángel,
Dante y Guiordano Bruno. Conoció Florencia y las magníficas obras
renacentistas de simbólico conocimiento.
Estuvo
en Inglaterra, donde no se privó de acercarse a la cultura celta y admirar
el vestigio singular que forma el círculo de piedras de Stonehenge. También
en el país estudió las Flores de Bachs, convirtiéndose en
terapeuta de esa disciplina sanativa. Tampoco se privó de visitar las
casas de Helena P. Blavatsky.
Conocimiento
y pena. Porque en todos esos lugares, percibió lo mucho que la humanidad
actual, inmersa en un materialismo nefasto, ha perdido al renunciar a la guía
de las entidades espirituales que en otro tiempo les allanó el camino.
Pero la humanidad se alejó de ellas cuando dejó de buscar y caminar
en el espíritu.
Hoy por hoy, es difícil encontrar personas que se ocupen del alma y sus
valores.
Soledad.
Ese
sentimiento que confunde y amedrenta, vino a visitar a Ximena, tras su fracaso
matrimonial, y decidir renunciar al amor de pareja.
Pero
el suyo, es un camino arduo, y arriba, no deseaban que lo hiciera sola. Necesitaba,
un alma hermana, un compañero, un amor donde apoyarse y recostar la cansada
cabeza al anochecer.
Así llegó Juan
a su vida. Como ella, osornino. Se conocían desde hacía años.
Como ella, buscador de verdades. Amante de las artes marciales, instructor y
maestro de Karate. Los dos fueron discípulos en la Fundación Nueva
Acrópolis. También Juan se sentía fracasado en el amor,
siendo padre y hombre separado.
Un
día entre
los días, acudió a la consulta de Ximena. Necesitaba Reiki, abrir
sus chakras, se encontraba mal, también él conocía el significado
de la palabra soledad. Ximena, que había tenido una jornada dura, lo atendió,
aunque estaba cansada, le dedicó tiempo y luz.
Se
sorprendió cuando
reparó en que donde estaban, Karuff y todo su equipo, les acompañaban.
Juan no necesitaba tal despliegue de ayuda, pero allí estaban todos sus
compañeros de trabajo, con el jefe a la cabeza.
Ximena
se preguntaba qué estaba ocurriendo, cuando su Maestro de vida, Moria,
también
apareció para unirse al grupo.
La
mujer cuenta que Moria la empujó. Es decir, le hizo salir de su cuerpo
para regalarle una visión espléndida. Tal como si volase, llegando
desde arriba, fue bajando y reconoció el trozo de terreno que le pertenecía,
la querida fuente de su bosque sagrado, donde recibía, rindiendo tributo
a la madre naturaleza, junto a sus discípulos iniciados, cada una de las
estaciones. En la visión estaba Juan, desudo de cintura hacia arriba,
descalzó, tendido en la hierba, y ella, quedaba a su lado, introducida
en el costado del hombre… entonces, comprendió, se llenó de
rubor y regresó enteramente a su cuerpo físico.
Moria
lo confirmó.
Juan
sería
su alma compañera.
El
rubor de la mujer aumentó.
Moria
le dijo que ella debía declararse.
El
rubor se convirtió en temblor, en miedo.
Moria
aseguró que
tenía que hacerlo en aquel momento.
Ximena
dudaba.
Moria
sonrió.
Estaba dispuesto a esperar el tiempo que hiciera falta.
Karuff
y todo el equipo, también esperaban.
Juan
seguía
en la camilla donde recibiera el Reiki.
Ximena,
finalmente, rompiendo todos los esquemas, contando con entrecortadas palabras
lo que había
vivido, se declaró, propuso una vida en común.
Fue
correspondida por Juan.
Hoy
son una feliz pareja bendecida desde arriba.
No
estamos solos, y el rubor y la duda, no sirven para los que han de caminar en
la luz y el amor.
7.- Protecciones y acechanzas
Esta
primera parte, dedicada a la biografía de Ximena, quedaría inconclusa,
si no hablásemos
ahora de las acechanzas que una mujer como ella, constituida en canal de luz,
ha de enfrentar, protegiéndose inevitablemente de las mismas.
En
realidad, siempre existieron senderos o contenedores de luz y oscuridad, y, desde
el principio de los tiempos fueron antagónicos. Lo cual, genera una guerra
sutil, pero cierta, entre los dos bandos.
Para defenderse, el canal
de luz, empleará diversos modos. Los que utiliza Ximena, son:
Recibe Reiki, como limpieza del campo aúrico, de mano de terapeutas
capacitados, las más de las veces, formados por ella.
-
Realiza baños ceremoniales, utilizando hierbas y sales concretas.
-
Dedica un tiempo cada día a la soledad, unas dos horas, recreándose
en su propia condición, es decir, utiliza ese tiempo para desprenderse
del dolor que proviene de sus pacientes y ha magnetizado atendiéndolos.
Sería como reconstituir su pureza y esencia espiritual, equilibrando así su
energía.
-
Eleva oraciones antes de dormir, y antes de comenzar el día, para
la protección de ella y de su entorno.
-
Mantiene continuo contacto con los Maestros, ofreciendo en los templos a
ellos dedicados, inciensos, flores, luminarias y plegarias.
Sin
embargo, todo ello, no le libra de recibir los ataques síquicos que, por
lo común,
ha de enfrentar. Unos de mayor calado, y otros poderosos y en verdad horriblemente
mal intencionados.
Los más llevaderos,
serían los que se producen, cuando inicia a personas en el camino de la
luz. Pues hacerlo, implica para el iniciado, superar daños que están
en él, y provienen de vidas anteriores o de la que disfruta en el presente.
Cuando estas deudas reciben el poderoso amor que se convoca para la persona que
se inicia, en principio, se da una respuesta negativa de tales improntas, y el
consiguiente ataque síquico. Aunque éstos no son de gran envergadura
ni difíciles de sofocar.
Hay
otros ataques más graves. Sírvanos un caso para constatarlo.
En
una ocasión,
un hechicero envió a alguien a la consulta de Ximena, con una bomba psíquica
en las manos. O dicho de un modo más claro, esa persona llegó portando
un conjuro de alto poder, realizado con el objeto de destruir el canal de luz.
Los
Maestros, detectaron la peligrosa amenaza antes de que el destructivo conjuro
se realizara. La bomba no estalló. Pero hubo que evacuar preventivamente.
A Ximena se la sacó de allí, y se cerró el templo. El enviado
del mago oscuro, ya fuera del lugar que no logró mancillar, terminaría
reconociendo su intención, y descubriendo a la persona que organizó el
ataque.
Esto
sucede, porque es necesario saber y entender, que, conforme avanza la luz, también
lo hace paralelamente la oscuridad. De hecho, los Maestros suelen decir, “el
sol genera tanta luz, que todo lo que interfiera, genera sombras”.
Así,
será provechoso no perder de vista, que la persona que inicie su camino
en la búsqueda del Ser, recibirá las pruebas pertinentes. A lo
cual, hay que añadir, que la luz, con la fe, y el conocimiento apropiados,
se impondrá siempre a la oscuridad.
De
hecho, Ximena ha ayudado, cuando ha sido requerida, a sacerdotes católicos,
practicando exorcismos y curaciones espirituales en personas poseídas.
Pero, ¿poseídos
por quién? ¿Por Satanás? ¿Por el diablo?
No,
pues ninguno de los dos, existen realmente. Es decir, sólo existen en
las mentes de los que creen en ellos, que así de poderosa es la mente
humana. Nos referimos entonces, a personas poseídas por espíritus
de entidades de bajo y denso nivel vibratorio.
Hablemos
someramente de un fenómeno que, por desgracia, se ha extendido como si
de una nueva peste se tratase, entre la población más joven.
Ximena
recibe cada año
alrededor de unos cincuenta jóvenes con claros signos de posesión.
Hay
que decir, que Puerto Montt no es una ciudad de millones de habitantes, sólo
de unos cuantos miles, y que no todos los que se inician en prácticas
nada aconsejables, luego son apoyados por familiares y amigos, demandando para
ellos la ayuda pertinente.
Desde
hace un tiempo, se ha puesto de moda, entre los jóvenes de quince a veinte
años,
las prácticas y ritos satánicos. Son adeptos del cine de terror
más extremo, visten de negro y pintan del mismo color sus habitaciones,
se adornan con símbolos satánicos, y después de la medianoche,
las más de las veces, escapan a hurtadillas de las casas de sus padres,
y acuden en grupos a los cementerios, para, utilizando la tabla de ovija, invocar
a los difuntos.
En
tales ceremonias, en las que son frecuentes el uso de alcohol y el consumo de
drogas, suelen atraer a entidades, como se dijo, de bajo nivel vibratorio. Son
espíritus de
personas fallecidas, que no han sido revisadas en la luz, y penan culpas o daños
que hicieron a otras personas. Tales entidades, lejos todavía del arrepentimiento,
si pueden, tratan de influenciar primero, y luego poseer, a los chicos y chicas
jóvenes que los convocan, para satisfacer, utilizando sus cuerpos, apetencias,
deseos y bajos instintos.
En
casos extremos, los jóvenes poseídos, se auto mutilan, cortándose
brazos, piernas, o sacándose a puñados los cabellos. Cuando llegan
a la consulta de Ximena, los avergonzados y desesperados padres, presencian cómo
sus hijos insultan a la sanadora y se burlan de lo sagrado.
Hay
que trabajar duro para limpiarlos. Pero, si la familia coopera, y los jóvenes
reciben tantas sesiones necesiten, se verán libres de la posesión.
Recordemos,
no son demonios. Son entidades, es decir, espíritus de personas fallecidas,
de bajo nivel vibratorio, apegados a nuestro plano de la reproducción
y la supervivencia, que utilizan la ignorancia y el cuerpo joven de los que les
invocan, para saciar sus apetencias.
Insistimos
también,
en el hecho, de que no todos los que sufren posesiones, a causa de participar
en tales ritos, acuden para ser ayudados.
La
estadística,
cincuenta jóvenes tratados al año, sólo en Puerto Montt,
es alarmante. Desde estas páginas, llamamos la atención a los padres,
para que cuiden los hábitos y compañías de sus hijos, pues
siempre, y con razón se dijo, que más vale prevenir que tener que
curar.
Pero
que nadie crea, que sólo
los que emprenden un camino espiritual, han de vérselas con pruebas y
acechanzas. Nadie debe pensar que, únicamente, aquellos que cometen el
error y la temeridad de convocar entidades poco evolucionadas, pueden conocer
lo que de oscuro llega a poseer nuestro plano, si acaso vivimos proyectándonos
en la dirección equivocada.
En
realidad, existe en nuestros días, una epidemia extendida, enorme, desmesurada
a todo punto, que, afecta sobre todo, a los que no atienden ni alimentan, su
parte espiritual. Son las famosas depresiones. Una lacra moderna que está llenando
las facultades de futuros psicólogos y las consultas de pacientes. Pero,
los presentes y futuros profesionales de la mente humana, no podrán erradicar,
con sus parciales conocimientos, la tristeza ajena, pues ésta, proviene
de lo más neto y nuclear de la persona humana.
Se
cae en estado depresivo, cuando el individuo pierde la luz interior. Cuando se
siente tan apegado al estado físico y material, que se niega a aceptar
la muerte de personas queridas, sus propias enfermedades y padecimientos, así como
las vicisitudes o problemas que traigan su experiencia vital y lo alejen del
ideal del triunfador tan vindicado por la sociedad de consumo, mal llamada sociedad
del bienestar.
Cuando
sucede, es como si el alma no contase, como si la carne y la espiritualidad estuviesen
divorciadas, lo cual dará lugar a una existencia casi fantasmal, pues
quien padece tal situación, es como si estuviera muerto en vida.
Los
Maestros, distinguen, cuatro tipos de muerte. La muerte del alma. La muerte de
la mente. La muerte de creencia, y la muerte física.
Sólo
la última,
contrario a lo que podamos pensar, es terapéutica. Es decir, se ha vivido,
el cuerpo con el pasar de los años se ha deteriorado, y morimos, agotado
ya nuestro yo físico, para pasar a otros planos, siempre en función
del grado de conciencia y entendimiento del fallecido, pues así de ancho
sea nuestro entendimiento y conciencia, así de ancho resultará nuestro
cielo.
Sin
embargo, la muerte del alma, es peor que la física, pues, seguimos viviendo
aquí,
pero sin rumbo, ni norte, abandonados al mundo, para que éste, haga de
nosotros lo que le plazca. O sea, sin el menor control ni dominio de nuestra
existencia.
En
cuanto a la muerte de la mente, sería aquella, donde se hallan muchos
que, de repente, no saben lo que hacer con sus vidas, no encuentran nada que
hacer con ellas, pues nada les motiva. Han tirado la toalla, y viven como verdaderos
zombies, acudirán
a los especialistas de la medicina, para que les recete pastillas, y les llene
la agenda de paseos, viajes y actividades que no los motiva ni les apetece realizar.
Un panorama, ciertamente desolador.
Nos
queda, la muerte de la creencia.
Las
personas que padecen esta modalidad de muerte, ni creen en ellos, ni en sus semejantes,
y, en menos que en ninguna otra cosa, que existen otros planos de existencia,
conocimiento y entendimiento, y una Fuente Dadora que los creó.
Los
Maestros, que sólo dan amor y ayuda, y no juzgan, dicen que todo el mundo
tiene derecho a no creer. Algunas personas, que no recibieron amor o fueron abandonados
en su infancia, y sólo conocieron la desgracia, asediadas por continuos
problemas, se sienten profundamente enojadas con Dios. Y eso les llena de odio
hacia todo lo que les rodea.
Es
difícil
explicar a estas personas que, en buena medida, ellas, con su forma rencorosa
de pensar y actuar, incapaces y cerradas al amor, crearon su propia realidad;
y aún más complicado, hacerles entender que los duros y poco apetecibles
acontecimientos que han tenido que soportar, les hacía falta experimentarlos
para obtener el debido desarrollo y crecimiento espiritual que demandaban sus
almas.
Acechanzas.
El nuestro es un plano para peregrinos dispuestos, valientes, abnegados. Aquí venimos
para aprender y evolucionar, las más de las veces, desde el sufrimiento.
Pero en la eternidad, lo de hoy, no es más que un minuto. Precisamente,
pensar que esto es todo lo que hay y existe, hacer de este momento la globalidad,
es lo que nos derrota ante los problemas y las vicisitudes que, inevitablemente,
tendremos que enfrentar para ir puliendo, vitrificando nuestro espíritu
inmortal, hasta hacerlo brillar.
Sólo
el amor, la fe y la esperanza, junto al debido conocimiento, podrá librarnos
de la epidemia de nuestro tiempo. La extendida depresión que genera las
distintas muertes en vida.
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