 |
| |
Biblioteca
de piedra en Perú o el legado de Javier Cabrera Darquea
por Francisco Díaz Guerra
Introducción
1.- Una historia más antigua
que la Historia
Quizá las viejas leyendas inspiradas
o no inspiradas que contaban sobre la creación del mundo y su génesis,
no fuesen más que relatos escritos en un contexto de decadencia, donde
el hombre creó a un Dios hecho a su imagen y semejanza. Un Dios esculpido
en el Viejo Testamento a golpe de castigo, crueldad y prohibiciones. Indicios
arqueológicos mal difundidos, una ingente cantidad de piedras encontradas
en Ica, Perú, vestigios inquietantes y una pampa repleta de enormes dibujos
y gráficos que sólo pueden observarse desde la altura, podrían
demostrar que el principio no tuvo relación alguna con los míticos
siete días, ni la vida humana, tal como la conocemos, se estableció en
la Tierra tal como nos lo contaron.Quizá la vida humana evolucionada se
engendrara gracias a la intervención de otros seres más desarrollados
venidos hace miles de años atrás a la Tierra desde el espacio exterior.
Tal vez desde Pléyades, uno de los cúmulos de estrellas que componen
nuestra galaxia.
Hoy, con nuestra tecnología, valorar
tal posibilidad, nos golpea y derrota, pues hablamos de la necesidad de vencer
una distancia de seiscientos millones de años luz. Pléyades. Disponemos
de miles de piedras grabadas que hablan de una sociedad remota, hoy desaparecida,
que vivió en la Tierra, de una sociedad que había alcanzado un
nivel técnico y científico inimaginables. Una sociedad vinculada
al conocimiento y desarrollo cognoscitivo colectivo. En las piedras quedan esculpidos
los símbolos que hablan de manipulación genética, de cómo
los exteriores, elevaron a primates a la condición humana utilizando la
superior ciencia de que disponían. El resultado de sus logros, sería
la raza autóctona planetaria. Pero aquella sociedad resultante no fue
oprimida por los exteriores. Lo demuestra el hecho de que fueron libres hasta
el punto de equivocar el uso de la tecnología y crear un desajuste térmico
en el planeta que culminaría en un cataclismo sin precedentes. Ese diluvio
del que hablan tantas leyendas y mitos en tantas culturas. Ese que partió masas
continentales, hundió otras e hizo emerger nuevas. Después, en
la etapa de regresión, en el tiempo de oscuridad, cuando los exteriores
se habían marchado evacuando el planeta, se escribieron las historias,
unas fueron sagradas, otras menos, todas sirvieron para esconder una posible
verdad que hoy emerge a la luz en distantes partes del mundo.
Una biblioteca de piedra antiquísima,
unos dibujos milenarios que han sobrevivido a la intemperie en la pampa peruana,
reclaman nuestra atención para ofrecernos un contundente mensaje: nuestra
antigüedad como raza sobre el planeta es mucho mayor que la establecida
científicamente; nuestro origen ninguna relación guarda con aquel
de un génesis, cuyos mitos agrupados, confabulan y ocultan la inquietante
verdad a la que se renunció a favor de la superstición.
2.- Buscar o ser encontrado.
Comenzaba el nuevo milenio cuando la vida trajo del
Perú a España a la hija primogénita de Javier Cabrera Darquea.
Nada sabía yo entonces de este hombre ni de la ardua labor investigadora
realizada con las mundialmente famosas piedras grabadas de Ica. Confieso que
cuando su hija me habló del asunto y me prestó el libro que sobre
el tema escribiese el padre, tras un primer vistazo, después de una lectura
apresurada, terminé desdeñándolo, para devolvérselo
días más tarde y comentar de él vaguedades con poco entusiasmo… confieso
que sencillamente me resultó imposible asimilar tanta revelación,
novedad, enfoque diferente al ortodoxo. Preferí pensar que se trataba
de las extravagantes teorías de un hombre culto, pero temerario a la hora
de expresarlas. Pensé que el padre de Paulinne había tenido por
narices que molestar al mundo académico con sus aseveraciones, y creí que
las piedras de Ica, pasarían ocupando su lugar pertinente en el anaquel
de las anécdotas.
Pero como solía decir un buen amigo, en la
vida, las cosas te encuentran por más que uno no las busque, o crea no
hacerlo. Lo cierto fue que con el nuevo milenio no sólo llegó Pualinne
Cabrera a España, a la par, y sin que en principio tuvieran relación
alguna, también apareció mi deseo cada día más exigente
de escribir ciencia-ficción. De la fantasía me cansaba por el atrezzo,
las historias había que vestirlas, encuadrarlas en una época, ambientarlas
en año y lugar, ubicarlas en un país concreto. Quería escribir
ciencia-ficción porque con ella podría abandonar la Tierra, buscar
otros planetas, inventar no sólo países, sino civilizaciones, razas,
contactos. Sentía la llamada de la galaxia recién cumplidos los
cuarenta años, y me dio por leer obras especulativas situadas al margen
de lo tenido como verdad académica irrefutable. Meses después,
los asumidos orígenes de la raza humana se habían quebrantado,
a la vez que me fui dando de bruces aquí y allá con las teorías
de Cabrera. Algunas lecturas apuntaban en la dirección sostenida por el
doctor peruano. En realidad, eran tantas, que fue necesario pasar por el apuro
de pedir por segunda vez el libro que hacia ya casi un año leí sin
prestar la atención que merecía.
El segundo encuentro con El mensaje de las piedras
grabadas de Ica, resultó más fructífero y sosegado que el
primero. Aquello no era el trabajo de un investigador, se trataba de un grito
agónico pidiendo atención. Un grito agónico más que
justificado. El buen doctor había dedicado media vida a investigar lo
que para él resultó ser una verdad tan nítida como aplastante,
y escribió su libro y un sin fin de artículos, tratando de llamar
la atención, ofreciendo generosamente sus conocimientos y particular museo
a otros investigadores que jamás llegaron desde la oficialidad. El segundo
encuentro con El mensaje de las piedras grabadas de Ica, sirvió para comprender
que el esmerado trabajo de aquel hombre merecía continuar en otros esfuerzos
que recordasen el suyo, que hiciesen lo que él pretendió. Llamar
la atención de expertos sobre aquellas piedras, las que fue recopilando,
almacenando, coleccionando durante media vida.
Le prestaron atención gente en distintas partes
del mundo. Pero la universidad, el mundo académico, el conocimiento oficial,
nunca aceptó el mensaje de las piedras de Ica interpretado por el doctor
Cabrera. Ni siquiera, a estas alturas, acepta las piedras ni su probada antigüedad;
término con el que nos encontraremos en este empeño más
a menudo de lo deseable y nos golpeará de continuo proponiendo otro modelo,
uno más ambicioso que la propuesta por la teoría de la evolución
de las especies. Otro que afecta directamente a la raza humana y la abre hacia
una perspectiva gigantesca tanto si se mira hacia el pasado como si se especula
oteando el futuro. El hombre y su origen. Una biblioteca de piedra que cuenta
una historia antigua, remota. Es casi inevitable advertir, seguir supone darse
de bruces con lo sorprendente, con lo inquietante, con lo que no nos gusta oír.
Seguir la pista al mensaje de las piedras de Ica supone una cura de humildad
y otra de inmensidad, no sé cómo pueden conjugarse ambas cosas,
sólo sé, que el principio pudiera ser bien distinto de como tantas
veces nos lo contó la religión y la ciencia, y que tal vez, leer
otra posibilidad no resulte nada agradable a las mentes complacidas y satisfechas
en su verdad.
Biblioteca de piedra en Perú
1.- Una piedra en el camino
El doctor Cabrera se encontró con las piedras
en mayo de 1966. Un amigo de la niñez acudió a su despacho para
regalarle una piedra que podía servirle como pisapapeles. Era ovalada,
de color negruzco y tenía grabada la figura de un pez extraño y
desconocido.
Félix Llosa Romero, permaneció unos
minutos en silencio. El médico seguía observando la piedra, preguntándose
el posible origen de la misma. Pronto supo que el hermano de Félix poseía
una colección. Piedras grabadas. Algo poco habitual, hasta cierto punto
novedoso. Pues en la zona de Ica era frecuente encontrar en las tumbas de los
cementerios precolombinos, tejidos, objetos de metal y madera, así como
cerámicas, pero no se encontraban por lo común piedras grabadas.
Su amigo le dijo que desde hacía años,
los que clandestinamente practicaban excavaciones en busca de tesoros arqueológicos,
los huáqueros, habían encontrado por los alrededores de Ocucaje
(caserío del distrito de Santiago en la provincia y departamento de Ica)
una gran cantidad de piedras grabadas, y que se vendían en el mercado
negro a personas aficionadas a la arqueología. Además, los hermanos
Carlos y Pablo Soldi, conocidos en la zona de Ocucaje donde residían,
y el arquitecto Santiago Agurto Calvo, poseían las mayores colecciones
de piedras. Incluso, el Museo Regional de Ica, tenía un depósito
de ellas. Aquella jornada de mayo la recordaría siempre el doctor Cabrera
como una de las más emocionantes de su vida. Sintió que el regalo
y las posteriores informaciones merecían el consiguiente e inmediato esfuerzo
de visitar la casa del hermano de Félix.
Poco después contempló por primera vez
un buen número de piedras grabadas. Frente al pétreo testimonio,
sintió cómo se le aceleraba el pulso y la inquietud; sintió que
algo dentro de él necesitaba indagar sobre la procedencia de las piedras
y su posible relación con las culturas clásicas del antiguo Perú.
En las piedras contemplaba dibujos de tortugas, serpientes,
arañas, lagartos, peces, sapos, llamas. Había dibujos de hombres.
Escenas simples de caza y pesca, y otras más complejas. Los hermanos Llosa
sonreían y bromeaban ante la perplejidad del doctor. Pero el médico
también era biólogo, sin hacer caso de las risas de ambos, se percataba
de que algunos animales representados, ofrecían rasgos que los diferenciaban
de las especies actuales; así, había serpientes con aletas en el
dorso, aves con cornamentas, artrópodos con tenazas de igual longitud
o peces con múltiples aletas distribuidas por todo el cuerpo. Y todas
las escenas parecían disponer de movimiento, como si los dibujos y grabados
que ofrecían ocurriesen en ese instante frente al espectador.
Aquellas piedras con las que topó Javier Cabrera
Darquea ya nunca se marcharían de su vida. En años venideros se
convertiría en el mayor coleccionista. Abriría un museo en la ciudad
de Ica que, andando el tiempo, llegó a contar con más de once mil
piedras grabadas. Aquella tarde de mayo del año 1966, el médico
y profesor de biología, comprendió que tenía frente a él
un misterio que lo llamaba con rotundo y reiterado canto de sirena. Ni fue advertido
previamente, ni como Ulises, se ató a mástil alguno.
2.- Precedentes
Aquella del año 1966, fue la primavera que
comenzó sus estudios sobre las piedras grabadas. Urgía conocer
el principio, cómo y dónde habían comenzado a aparecer las
primeras. La flecha indicaba a unos trescientos sesenta kilómetros al
sur de la ciudad de Lima, la capital del Perú, en la provincia de Ica,
en el año 1961, por entonces comenzaron a circular unas extrañas
y misteriosas piedras grabadas semejantes a cantos rodados. Lo enigmático
del hallazgo residía en que las figuras y grabados representaban escenas
de vidas de hombres y animales diferentes respecto a lo que los estudios arqueológicos
daban por sabido sobre la fauna y la vida de los hombres de las culturas clásicas
del Perú.
Las piedras procedían de Ocucaje, tranquilo
caserío a unos cuarenta kilómetros al sur de la ciudad de Ica.
La zona es rica en tumbas de incas y preíncas, pero ni siquiera hay que
excavar para hallar en la superficie restos petrificados de minúsculos
y gigantescos animales prehistóricos. Ocucaje queda ubicado en un inmenso
desierto custodiado por cerros de arcaicas rocas, tal vez las más antiguas
del planeta. Las desconcertantes figuras grabadas en las piedras causaron rechazo
entre los arqueólogos. No en balde, ni se ajustaban a lo que se sabía
sobre los antiguos hombres que habitaron suelo peruano, ni tenía la menor
consideración a la hora de derrumbar todo lo que se había construido
respecto al pasado.
Después vino la desconfianza. Se dudó de
la autenticidad de las piedras, dado que fueron apareciendo muchas que iban siendo
desenterradas por aquellos que conocían los depósitos ocultos en
el desierto. Finalmente, cuando en las numerosas piedras que fueron apareciendo,
se descubrieron figuras enigmáticas que hacían incomprensible el
conjunto, los arqueólogos peruanos acabaron por desdeñar el posible
mensaje de las mismas y su consiguiente estudio. Seguramente porque resultaba
más fácil cuestionar su autenticidad, que prestar atención
a grabados y representaciones que sugerían el testimonio de hombres en
suelo peruano, en una antigüedad mayor a la establecida por incas y preincas.
Fieles a la idea de que los pobladores del antiguo Perú se remontaban
a no más de veinte mil años atrás, y que sólo desde
hacía tres mil años habían conseguido alcanzar un avance
cultural significativo, no podían detenerse a valorar la inquietante hipótesis
que, descaradamente, como se irá viendo, sugerían muchos grabados
de las piedras, siempre apuntando a un rastro humano más antiguo que el
establecido por la arqueología oficial.
La incredulidad de los especialistas contaminó a
las autoridades culturales del país. Tanto así, que cuando los
mencionados hermanos Carlos y Pablo Soldi, que coleccionaron las primeras piedras,
solicitaron que sus ejemplares fueron objeto de estudio, la autoridad competente,
basándose en informes de entendidos en la materia, desestimó la
petición. Tampoco el hecho de que en 1966, el también mencionado
arquitecto Santiago Agurto Calvo, practicase excavaciones en tumbas de Ocucaje,
encontrando en ellas piedras grabadas, sirvió para que los arqueólogos
se interesasen en su estudio. Era la primera vez que se conocía el lugar
exacto donde las piedras habían aparecido. Pero, igualmente, la indiferencia
oficial fue la tónica. Ni siquiera se quiso tener en cuenta el análisis
de laboratorio que Santiago Agurto Calvo encargase para determinar la dureza
de las piedras. En el resultado del mismo se informaba de que las piedras procedían
de flujos volcánicos correspondientes a la era Mesozoica, algo característico
en la zona de Ocucaje. Es sabido que las rocas mesozoicas poseen una antigüedad
de 230 millones de años, cifra muy alejada de la otra que los antropólogos
aceptan respecto a la aparición del hombre sobre la Tierra (250 mil años).
Sólo este detalle invitaba a la investigación.
Mientras tanto, el doctor Cabrera, que impartía
clases de biología, en la Universidad Nacional San Luis Gonzaga de Ica,
palidecía de pura ansiedad cada vez que pensaba que sus conocimientos
le permitieron identificar entre la extraña fauna de animales grabados
en piedra, algunos que según la Paleontología habían existido
en la prehistoria. Por simple deducción caía en la cuenta de que
aquel testimonio revelaba la coexistencia del hombre con animales prehistóricos,
lo cual situaba el origen de la raza humana, a millones de años atrás,
cuando estos animales existieron.
La ciencia tiene por inamovible la idea de que el
hombre como ser inteligente y reflexivo, tras un lento y largo proceso de racionalización
de los primates, apareció hace solo doscientos cincuenta mil años.
Pero las piedras grabadas de Ica podían desbaratar el esquema sobre la
antigüedad del hombre peruano, y también sobre la aparición
del hombre en la Tierra. Pensarlo, sopesar esa tremenda posibilidad, hizo que
el doctor Cabrera comenzara a adquirir un gran número de piedras que pasaron
a formar parte de su colección. También halló un libro escrito
por Herman Buse, estudioso del pasado peruano, en el que daba a conocer las piedras
grabadas, contando que en 1961, el desbordamiento del río de Ica, dejó al
descubierto en la zona de Ocucaje, gran cantidad de piedras grabadas, las que
desde entonces vendían huáqueros y lugareños.
A su vez, Santiago Agurto Calvo, no quiso que terminase
el año 1966, sin antes publicar un artículo en un diario de la
ciudad de Lima, el día 11 de diciembre, para hacer constar que fue el
año que encontró piedras grabadas en tumbas preincas. Informaba
que una de las piedras representaba un pájaro con las alas extendidas
en pleno vuelo, llevando una mazorca con maíz en las patas, y que otra,
mostraba una figura estrellada. El importante descubrimiento lo hizo en compañía
de Alejandro Pezzia Assereto, arqueólogo del Museo Regional de Ica y encargado
de las investigaciones arqueológicas en la región. El artículo
del prestigioso intelectual, concluía manifestando que sus hallazgos comprobaban
de manera definitiva la autenticidad arqueológica de las piedras grabadas
de Ica.
3.- Desvelando el misterio
A pesar de lo anterior, a Ica no llegaban los estudiosos
del antiguo Perú. La única solución era seguir adquiriendo
nuevas piedras, y mostrarlas al público, para así captar la atención
deseada. El doctor Cabrera, de mayo de 1966 a mayo de 1967, consiguió reunir
seis mil ejemplares. Pagaba de su propio bolsillo cada piedra que pasaba a formar
parte de la colección que enseñaba en la Casa de Cultura de Ica,
institución que fundó y por aquel entonces dirigía, a objeto
de fomentar y difundir en la región, las letras y las artes. Contando
con apoyo y escaparate público, creyó que pronto conseguiría
promover el estudio de las piedras grabadas por parte de los entendidos. Pero
la visita que hiciera en aquel tiempo a Adolfo Bermúdez Jenkis, director
del museo regional de Ica, le hizo entender la verdadera situación.
El museo disponía de un buen número
de piedras grabadas. Pero no las exhibía. Para que el doctor Cabrera pudiese
echarles un vistazo, fue necesario traerlas del depósito. El director
del museo, no era partidario de iniciar investigaciones. Él, como otros
muchos, pensaban que habían sido realizadas por huáqueros y lugareños
a fin de obtener unos dólares vendiéndolas como algo supuestamente
antiguo. Cuando el doctor Cabrera preguntó si aquella opinión
quedaba respaldada por pruebas de laboratorio, sencillamente oyó que tales
pruebas no eran necesarias. Así fue como nuestro coleccionista terminó comprendiendo,
que la actitud del director del museo, era la que imperaba en la oficialidad
política y cultural peruana respecto a las piedras grabadas.
Piedras. Su misterio. Son de diferente tamaño,
peso y color. Las más grandes pueden llegar a pesar quinientos kilos,
y las más pequeñas entre quince y veinte gramos. Destacan los colores
grises, parduscos, rojizos y amarillentos. Podía confundírseles
con cantos rodados, los guijarros que suelen encontrarse en playas, lechos de
ríos y terrenos aluvionales.
Lo primero que el doctor Cabrera trató de dilucidar,
era si los variados grabados obedecían a la intención de hacer
arte o, por el contrario, trataban de ofrecer un mensaje, y en ellos se encontraba
contenido un desconocido modo de escritura, en la que las figuras fueran símbolos
que representaban sucesos, circunstancias, cualidades, objetos y sujetos. ¿Las
figuras de las piedras grabadas de Ica son arte o una forma de escritura?
El doctor Cabrera se había percatado de que
las figuras de las piedras carecían de plano, proporcionalidad y perspectiva.
Tal circunstancia le hizo recordar los dibujos dejados por culturas como la sumeria
y la egipcia (de hace 6000 años), consideradas más antiguas que
las culturas incas y preíncas. Los resultados de las investigaciones sobre
el antiguo Perú, afirmaban que incas y preíncas, carecían
de un sistema de escritura. Por lo mismo, dedujo que los grabados de las piedras,
sólo podían tener relación con un pasado anterior.
Ayudó sobremanera disponer de un número
tan elevado de piedras. De este modo, fue fácil comprobar que en muchas,
los dibujos parecían repetirse, aunque el análisis comparativo
señalaba que la repetición sólo era aparente, porque aún
existiendo de un modo general semejanza en las figuras, la presencia de uno o
más elementos nuevos incluidos en el conjunto de los dibujos, o variaciones
en la actitud de personas, animales o vegetales, así como los cambios
de ubicación de los objetos, mostraban que los dibujos eran diferentes.
El doctor Cabrera sintió que se encontraba cerca de algo importante. Llevado
por la intuición, ordenó en grupos las piedras cuyos dibujos ofrecían
aparente igualdad. Hacerlo supuso un gran paso en sus investigaciones, pues no
tardó en comprender, que cada grupo de piedras formaba una serie acerca
de un tema. Examinando el tema que cada serie ofrecía, encontró que éstos
se referían a aspectos del conocimiento humano.
A partir de entonces, existieron dos prioridades fundamentales
para continuar las investigaciones: de un lado, encontrar el sistema expresivo
que permitiese leer los grabados; por otro, seguir adquiriendo piedras para evitar
en lo posible, que la información de la serie quedase mutilada. Las series
ofrecían temas referentes a botánica, astronomía, zoología
antropología, transportes, rituales… Destacaba el singular hecho
de que las figuras humanas representadas mostraban una conformación física
diferente a la del hombre actual, y por tanto a la del hombre inca y preínca.
Sin embargo, ciertos adornos que las figuras detentaban en la cabeza parecían
las tres plumas que los incas usaron como distintivo de poder y nobleza. Otra
cosa destacable, era el que los animales representados, aunque semejantes a los
actuales, tenían rasgos que los diferenciaban. Se hizo necesario consultar
manuales de paleontología. Los grabados de las piedras enseñaban
caballos y llamas de cinco dedos, megaterios (osos perezosos gigantes), alticamellus
(mamífero con cabeza y cuello de jirafa y cuerpo de camello), megaceros
(ciervos gigantes), mamuts (elefantes gigantes). Ello sólo podía
significar que el hombre que había grabado las piedras remontaba su existencia
al pasado lejano en que tales animales prosperaron multiplicándose.
4.- Hallazgos asombrosos
Según avanzaba en la observación y ordenación
por series de las piedras grabadas, así como continuaba adquiriendo ejemplares,
el doctor Cabrera topó en algunos grabados con figuras de animales prehistóricos
de mucha mayor antigüedad que los encontrados anteriormente. Descubrió megaquirópteros
(murciélagos gigantes), dinosaurios (reptiles gigantes) y agnatos (peces
primitivos sin maxilares); animales que existieron en eras geológicas
más antiguas que la era en la que la paleontología afirma apareció el
hombre. El megaquiróptero, en el período Terciario (hace 63 millones
de años), en la era Cenozoica. El dinosaurio, en el período Jurásico
(hace 181 millones de años), en la era Mesozoica. El agnato en el período
Devónico (hace 405 millones de años), en la era Paleozoica. Una
vez más podía deducirse que el hombre que grabó en piedra
semejantes animales había coexistido con ellos. Lo cual, directamente,
significaría que el hombre tenía una antigüedad de 405 millones
de años, a diferencia de lo que defendía la paleontología
fechando el hecho de 40 a 250 mil años.
El doctor Cabrera encontró grabados todavía
más sorprendentes, pues denotaban un profundo y detallado conocimiento
biológico. Los grabados ofrecían algo que la paleontología
ni siquiera había podido imaginar: los ciclos reproductores del megaquiróptero,
del dinosaurio y del agnato; sus hábitos nutricios, y los puntos vulnerables
de su organismo. Lo que se sabe del megaquiróptero es que fue un animal
de grandes proporciones, alas membranosas y larga cola. Actualmente, el único
animal que se le parece, aunque de dimensiones reducidas, es un murciélago
que vive en las selvas de Australia y África, singularizado por ser el único
de su especie que posee cola. Los murciélagos nacen después de
haber completado su gestación en el organismo de la hembra. Por el parecido
del murciélago con lo que fue el megaquiróptero, la paleontología
afirma que el extinguido animal fue también un mamífero vivíparo.
Pero tal aseveración, lo desdecía una serie de cuarenta y ocho
piedras grabadas que sobre el ciclo reproductor del animal había logrado
reunir el investigador. Aquello era la representación gráfica de
lo que podía entenderse como las diferentes fases por las que atravesaba
el animal para adquirir su forma completa. La constante presencia de huevos junto
a la cola del animal en cada fase de la serie, sugería que alguien se
había tomado la molestia de tallar en piedra que el ciclo reproductor
del megaquiróptero se daba dentro de un huevo, o sea, era ovíparo.
Pero la paleontología enseñaba que el animal en cuestión
era vivíparo como el murciélago.
Respecto al dinosaurio, del que sabemos fue el mayor
de los animales gigantes que arcaicamente existieron en la Tierra, y del que
la paleontología refiere se reproducían como lo hacen actualmente
los reptiles, el doctor Cabrera encontró una piedra que ofrecía
una sucesión de figuras dispuestas en todo el contorno para concluir con
una familia de dinosaurios. Un macho, la hembra, y otro muy pequeño. Una
familia de estegosaurios. Lo increíble quedaba en las figuras sucesivas,
que partían de una forma larvaria recordando al renacuajo de los anfibios,
continuaba con una figura similar pero con dos patas, para terminar con una forma
muy pequeña de reptil pero con cuatro patas. Por tanto, la serie sugería
el fenómeno biológico conocido como metamorfosis. Pero los estudios
paleontológicos afirmaban que los dinosaurios se reproducían como
los reptiles y que por ello salían del huevo completamente formados, siendo
la metamorfosis un fenómeno propio de anfibios, que no nacen completos
al salir del huevo.
Respecto del agnato, se habían reunido 205
piedras que integraban una serie empeñada en informar sobre el ciclo reproductor
del animal. Con generosidad, el grabador había ilustrado cada uno de los
aspectos de la metamorfosis del arcaico pez. Frente a ello, la paleontología
sólo tenía una idea de la configuración física de
este animal a través de unos cuantos especímenes fosilizados.
Semejantes hallazgos turbaban al investigador. Evidenciaban
que el hombre habría existido desde una antigüedad insospechada,
donde convivió con animales extinguidos, poseyendo un complejo conocimiento
biológico del que dejó constancia grabada.
5.- Pruebas de laboratorio
Llegados a este punto, y tras poner patas arriba la
vigente teoría de la evolución de las especies, en la que se sostenía
en buena medida la paleontología, había que acometer, sin respaldo
académico y sin contar con lo público, las pruebas de laboratorio
que fuesen necesarias para comprobar la antigüedad de los grabados.
El doctor Cabrera recurrió a su amigo Luis
Hochshild, ingeniero de minas y vicepresidente de la compañía minera
Mauricio Hochshild, con sede en Lima. Corría el mes de mayo del año
1967. Hacía justo un año que se ocupaba del misterio de las piedras
grabadas. Cabrera solicitó al amigo que en su laboratorio realizara análisis
que precisaran la naturaleza de las piedras y la antigüedad de los grabados.
Eligió 33 ejemplares, entre ellos, algunos donde se representaban los
ciclos reproductores de los animales extinguidos antes citados, pues los mismos
se prestarían a controversia de no verificarse su antigüedad.
Al mes siguiente, los laboratorios, ya disponían
de resultados. Será conveniente transcribir lo que, en Lima, el día
ocho de junio de 1967, suscribiese el geólogo Eric Wolf. “Se trata
indudablemente de piedra natural y redondeada por el transporte fluvial (cantos
rodados). Petrológicamente las clasificaría como andesitas. Las
andesitas son rocas cuyos componentes han sido afectados mecánicamente
a causa de altas presiones con simultánea transformación química.
En nuestro caso quedan patentes los efectos de una intensa sericitación
(transformación del feldespato en sericita). Este proceso ha incrementado
la compacidad y el peso específico, creando por otra parte la suavidad
que los antiguos artistas sabían apreciar en la ejecución de sus
obras. Trataré de confirmar esta opinión preliminar por medio de
un examen más minucioso en los laboratorios de la Universidad de Ingeniería
de Bonn, Alemania. Por lo demás, cabe mencionar que las piedras están
envueltas por una fina pátina de oxidación natural que cubre por
igual las incisiones de los grabados, circunstancia que permite deducir su antigüedad.
No he podido observar ningún desgaste notable o irregular en las aristas
de las incisiones por lo que cabe la suposición de que han sido realizadas
no mucho antes de depositar los ejemplares en las necrópolis donde ahora
son encontradas.”
El informe revelaba tres cosas importantes: 1.- Las
piedras poseían un mayor peso específico que los cantos rodados
comunes que abundan en lechos de ríos y playas de los mares. 2.- Las piedras
grabadas eran antiguas, a juzgar por la capa de oxidación natural que
cubría por igual las incisiones de los grabados. 3.- Las piedras fueron
depositadas donde ahora eran encontradas, no mucho después de que fueran
grabadas, dado la falta de desgaste tan notable como irregular que presentaban
las aristas en las incisiones, lo que a su vez parecía indicar que los
grabados fueron realizados no para usarse, sino para ser guardados en lugares
protegidos, con intención desconocida.
Con el informe se adelantaba algunos pasos, pero quedaba
aún mucho camino por recorrer. El doctor Cabrera tuvo que esperar algunos
meses para volver a recibir noticias de Eric Wolf. El ingeniero, tal como anunció haría,
había remitido algunos ejemplares a la universidad de Bonn, en Alemania.
Allí, el profesor Frenchen y su equipo, verificaron los resultados que
anteriormente se obtuvieron en Lima.
Recibió la misiva el 8 de enero de 1968. A
saber, las piedras grabadas eran andesitas y estaban cubiertas por una pátina
(película) de oxidación natural que cubría las incisiones
de los grabados, lo que permitía deducir que eran antiguos. Pero se añadía
que esta película no bastaba para precisar el tiempo de antigüedad,
y que para hacerlo, se precisaba emplear los métodos comparativos que
ofrecían la estratigrafía y la paleontología.
Lo que necesitaba la estratigrafía, era realizar
excavaciones donde se extraían las piedras, con el propósito de
establecer la antigüedad del estrato (capa) geológico donde aquéllas
estuviesen.
En cuanto al método comparativo que a su vez
necesitaba emplear la paleontología, no era otro que la determinación
de restos fósiles (vegetales, animales y hombres) que pudieran hallarse
en el estrato donde estuvieran las piedras, pues la antigüedad de los fósiles
daría una pista fidedigna del tiempo en que fueron grabadas.
Por tanto, la pátina de oxidación que
recubría los grabados probaba la antigüedad de éstos, pero
no pudiéndose precisar exactamente, y siendo necesario para ello recurrir
a los métodos de la estratigrafía y de la paleontología,
tal como se recomendaba desde la universidad alemana de Bonn, el doctor Cabrera
solicitó en el mes de abril de 1970 al Patronato Nacional de Arqueología,
autorización para realizar excavaciones en la zona donde se extraían
las piedras. Pero el 16 de julio del mismo año, el Patronato denegó la
petición, cerrando así la posibilidad de contemplar la antigüedad
de piedras y grabados.
6.- En clave rebelde
Demasiados obstáculos. Le habían cesado
meses atrás como director de la Casa de Cultura de Ica. Le sucedió en
el cargo el antiguo director del Museo Regional. Adolfo Bermúdez Jenkis,
quien casi dos años y medio atrás, tan claro le había dejado
su postura respecto a las piedras grabadas. Temiendo que la colección
fuese retirada o marginada, la trasladó –los seis mil ejemplares-,
a dependencias de su propia vivienda familiar, ubicada en la céntrica
Plaza de Armas de la ciudad. Las piedras ocuparon el despacho médico,
y otras estancias que se habilitaron para acogerlas.
Podía desfallecer o podía continuar.
Era fácil ceder al abatimiento y a la rabia. Pero Cabrera también
entendía que había llegado lejos y que podría confirmar
su teoría sobre la antigüedad de la vida humana en el planeta apoyándose
en las piedras grabadas, a poco que le ayudasen a ello. Pese a tanto freno e
impedimento oficial, el doctor en medicina y profesor de biología, superando
perjuicios, no cesó en su empeño de impartir conferencias, difundiendo
el resultado de investigaciones, con la pretensión de que a las piedras
grabadas se les diese el valor arqueológico que se les negaba, e insistiendo
en la idea de preservar la zona de Ocucuaje, para que se detuviese la extracción
ilícita de piedras con la que luego se practicaba un descarado comercio
desde 1961 a la vista de las autoridades. Este tema preocupaba enormemente a
Cabrera. Bien sabía que las figuras de los grabados informaban sobre diferentes
temas, y que cada tema completaba la información en el conjunto que formaba
la serie. Ante la situación de absoluto desamparo en que se encontraban
los pétreos vestigios, dada la actitud de indiferencia e incredulidad
que asumieron arqueólogos y autoridades del gobierno central, la máxima
preocupación era que el comercio de piedras dispersara y extraviara la
información que contenían. Por lo mismo el doctor Cabrera compró todas
las que pudo. Su prodigiosa colección aumentó hasta alcanzar los
once mil ejemplares. Podría haber continuado. Pero los recursos no lo
permitieron y la ampliación demandaba observación y estudio.
La adquisición de tantos ejemplares amplió series
existentes y abrió otras hasta entonces inéditas. La diversidad
de animales prehistóricos era tal, que sólo le fue posible identificar
a los especímenes dados a conocer por la paleontología. La perspectiva
se enriquecía notablemente, pues cada vez eran más evidencias:
el hombre de aquel remoto pasado había logrado alcanzar un conocimiento
extraordinario de la ciencia y la tecnología. Así se desvelaba
en sorprendentes grabados que referían mapas cósmicos, zodíacos,
mapas planetarios, continentales, instrumentos para la observación del
cosmos y el mundo micro físico, aparatos de vuelo, embarcaciones, técnicas
de alta cirugía (transplantes de órganos), instrumental quirúrgico,
embriología animal y humana, parasitosis humana, danzas rituales, instrumentos
musicales…
El doctor Cabrera convirtió su céntrica
vivienda de la Plaza de Armas de Ica en un Museo que testimoniaba la más
remota existencia del hombre sobre el planeta. Las puertas del Museo estaban
abiertas para visitas concertadas. Cabrera, según adaptaba sus quehaceres
en el hospital y la universidad, así como sus obligaciones de padre de
ocho hijos, cuadraba charlas y conferencias explicando incansable el fruto de
sus sorprendentes investigaciones. Pero aquello no se entendía o era predicar
en un desierto. A las piedras grabadas, se les llamó las piedras de Ocucaje,
después, comenzaron a conocerse como las piedras de Cabrera, de modo despectivo
pues cundía el rumor de que toda investigación sería vana
desde la hora y momento que las piedras no eran auténticas ni poseían
la extraordinaria antigüedad que se les atribuía. Persistía
tal opinión generalizada, pero el incansable investigador, en clave rebelde,
contra corriente, continuó indagando el misterio que iban desvelando los
numerosos e interesantes grabados.
7.- Verdades arqueológicas
Se hizo inevitable armonizar el estudio y la observación
de los grabados, con la actualización y recopilación de hechos
arqueológicos que pudieran confirmar la tesis que, sobre la antigüedad
del hombre en la Tierra, desprendían con absoluta naturalidad e insistencia
los grabados de las piedras. Por ello, antes de avanzar en las investigaciones
del doctor Cabrera, quizá convenga detenerse someramente en casos en los
que la arqueología halló vestigios fósiles que desdecían
la inamovible teoría de la evolución de las especies y los registros
de la paleontología.
El mundo supo en junio de 1970, que el norteamericano
Richard Macneish, doctor en antropología y presidente del departamento
de arqueología de la Academia Phillips, EE.UU, encontró practicando
excavaciones en la cuenca del río Montato –afluente del Amazonas-
al sureste de Lima, en Ayacucho (Perú), utensilios humanos junto a esqueletos
fosilizados de animales prehistóricos. Se encontraron utensilios humanos
junto a un megaterio (oso perezoso gigante) caballos, camellos, ciervos y distintas
especies de felinos. Tanto los utensilios como los animales extinguidos se hallaron
a lo largo de cinco estratos geológicos. Con esto, tendríamos una
clara evidencia de que el hombre antiguo del Perú había coexistido
con animales prehistóricos, y que por lo menos su antigüedad no podía
ser otra que la época en que se extinguieron esos animales. Pese a la
evidencia, se optó por decir que los utensilios hallados pertenecían
a un hombre de hace 20 mil años. Esta inoperante apreciación, que
revela una aplicación muy extraña y desconcertante del método
comparativo estratigráfico, no logra ocultar la trascendencia del hallazgo.
En abril de 1971 se dio a conocer haber encontrado
en excavaciones practicadas en el lugar denominado El Boquerón, perteneciente
al estado de Tolima, en Colombia, un esqueleto fosilizado de un dinosaurio de
la especie iguanodonte. De veinte metros de longitud, junto a un cráneo
humano. El proceso de fosilización había transformado el cráneo
en piedra caliza de color gris y con ramificaciones blancas; las órbitas
estaban casi borradas, la nariz era alargada y tenía una cresta desde
la cima de la frente hasta la base del cráneo. El mentón era levemente
inclinado y la mandíbula vertical como de simio. El cráneo media
treinta y cinco centímetros de largo. Lo encontró el antropólogo
colombiano Homero Henao Marín, profesor de la universidad de Quindio,
Colombia. El hallazgo se convierte en hito. Es la primera vez en el mundo que
se encuentra un fósil humano junto a un dinosaurio. El coloso era un iguanodonte,
por asociación se deduce que el hombre vivió en la misma época.
La paleontología, afirma que este animal apareció a comienzos del
período Jurásico, hace 181 millones de años, y se extinguió hace
64 millones, al final del periodo Cretácico, ambas fechas en la era Mesozoica.
En 1972, en la parte suroeste de África, cerca
del lago Rudolph, en Kenya, el antropólogo norteamericano Richard Leakey
halló un cráneo fosilizado de 2.8 millones de años de
antigüedad (final del período Plioceno, era Cenozoica), el cráneo
más parecido al del hombre actual que cualquiera de los cráneos
encontrados hasta el momento. La antigüedad de este cráneo nunca
pudo ser discutida. Se determinó con novísimos métodos radiactivos.
El hallazgo ha demostrado que la evolución del hombre se remonta a una época
muy anterior a la que se ha venido señalando en los esquemas antropológicos
clásicos. Y ha servido de fundamento para que Richard Leaky afirme que
todos los fósiles humanos considerados por la antropología ancestros
inmediatos del hombre no lo son, porque el hallazgo remite la existencia del
hombre a una época muy anterior, incluso anterior a aquella en la que
la paleontología señalaba aparecieron los antropoides actuales
(en el período Pleistoceno, 1 millón de años en la antigüedad,
en la era Cenozoica).
En 1974 el doctor A.A. Zoubov, antropólogo
ruso y miembro de la academia de ciencias de su país, llegó a la
ciudad de Ica invitado por la universidad de la ciudad para dictar una serie
de conferencias sobre su especialidad. De forma confidencial, el antropólogo
ruso, contó al doctor Cabrera que en 1973, antropólogos hindúes
habían hecho en la India un hallazgo paleontológico sorprendente:
fósiles humanos englobados en rocas mesozoicas. Los antropólogos
hindúes habían compartido aquel conocimiento con la academia de
las ciencias rusas, pero no se había divulgado como tal hallazgo merecía.
Quizá porque hacerlo suponía difundir que la existencia del hombre
se remontaba en el planeta desde la era geológica Mesozoica (comprendida
entre 230 y 63 millones de años de antigüedad).
El doctor Cabrera terminó comprendiendo que
el mundo académico y de algún modo los políticos, tanto
del Perú como de otros países, no querían ser ni los primeros
en divulgar tales hallazgos, ni los voceros de los mismos. Luego se especulaba,
se le buscaba máculas, se trataba de arrojar sombras ante las evidencias.
Las piedras no estaban solas, la arqueología había encontrado evidencias,
lo único que se necesitaba era abrir los ojos, seguir estudiando la enorme
cantidad de grabados que, a modo de biblioteca de piedra y siempre encuadradas
en series, ofrecían historias que trataban sobre disciplinas del conocimiento
humano.
8.- Fundamentos para continuar
Asumiendo que académicos y estudiosos,
en su inmensa mayoría, se empeñaban en rechazar las piedras grabadas,
tras reunir once mil ejemplares, dedicar inacabables horas de estudios durante
varios años, dar conferencias, atender a periodistas y cadenas de televisión
que difundieron el resultado de sus primeras investigaciones, el doctor Cabrera,
tuvo que coger aliento, y anotar en el cuaderno de bitácora lo que como
científico para él resultaba irrefutable. 1.- Los análisis
habían revelado que las piedras procedían de flujos volcánicos
de la era Mesozoica (de 230 a 63 millones de años de antigüedad).
2.- La pátina de oxidación que recubre los
grabados demuestra que éstos eran antiguos.
3.- Los desconcertantes hallazgos paleontológicos
peor que bien difundidos confirmaban la coexistencia del hombre con animales
prehistóricos, dando a su vez valor arqueológico a las piedras
grabadas de Ica.
4.- Si se tenía en cuenta el ciclo reproductor del
agnato, explicado en distintos grabados, tendría que decirse que el hombre
remontaba su existencia en la Tierra al período Devónico (de 405
a 345 millones de años de antigüedad) de la era Paleozoica.
5.- Los grabados revelaban que el hombre
de entonces alcanzó un
profundo conocimiento de la ciencia y dispuso de una tecnología tanto
o más avanzada que la que actualmente disfrutaba la humanidad. Lo último
traía una pregunta inevitable: ¿cómo se explicaba que en
el pasado existiese mayor avance científico y tecnológico? Una
pregunta casi siempre llama a otra. ¿Qué pasó con aquella
humanidad que en un remoto pasado había grabado las piedras? Había
una ruptura, un silencio, ninguna comunicación entre aquel pasado y el
presente, pero, con silencio o sin él, con distancia o sin ella, algo
había quedado, un lejano recuerdo, el género humano nunca se extinguió aunque
conociera largos períodos de regresión. No en vano, tradiciones,
mitos y leyendas mostraban que la raza mantenía una especie de memoria
compartida, algo ancestral que alcanzaba a hombres y mujeres de distintos países,
continentes y razas. Son muchos pueblos donde se hablan de animales fabulosos
(monstruos, dragones, gárgolas, serpientes voladoras), que se parecen
notablemente a las reconstrucciones paleontológicas de los animales prehistóricos.
Otros mitos dan noticias de avanzadas civilizaciones que perecieron sepultadas
bajo el mar tras un cataclismo de dimensiones continentales. Si sucedió por
agentes incontrolados de la naturaleza, la mala utilización de la industria
o la tecnología, o porque un Dios enfadado quisiera castigar la soberbia
humana, no lo sabemos, pero sí que tras la hecatombe, siempre hubo un
resto, los pocos que sobrevivieron y repoblaron la Tierra.
6.- Las piedras grabadas eran el inequívoco testimonio
del esplendor científico y tecnológico alcanzado por el hombre
en un momento pasado de su existencia.
7.- La Historia conocida nos hacía afirmar que el
esplendor pasado referido se perdió y no continuó.
Lo siguiente le costó anotarlo al doctor Cabrera.
8.- Aquella civilización floreció en el más remoto pasado,
pero ninguna relación tenía con la nuestra. Sólo la condición
de humanos unos unía. No había nexo entre ambas, sólo la
niebla de los mitos.
(9.- En las piedras había más, mucho más
si conseguía entender algunos símbolos, mensajes cifrados que se
resistían a la comprensión, posiblemente limitada tras años
de estudiar e impartir conocimientos tenidos por irrefutables que apuntaban en
otra dirección). En las piedras había más, pero el doctor
Cabrera también sentía que cada paso que daba más se adentraba
en terreno movedizo, más solo se iba quedando respecto al respaldo oficial
de universidades e instituciones. Mientras el mundo seguía dando la espalda
a las piedras grabadas de Ica, más necesario creía nuestro investigador
seguir profundizando en sus mensajes grabados.
La humanidad anterior
1.- El gliptolito
Las que exhibía el doctor Cabrera en el museo
de su propiedad, no eran las primeras piedras o rocas que el hombre había
grabado desde un pasado impredecible empeñado en dar testimonio de su
existencia. A las rocas grabadas que se habían encontrado a lo largo del
mundo, se les llamó, petroglifos. En la mayoría de los casos, habían
permanecido mudos, pues a pesar de la insistencia de los investigadores, sus
figuras no han sido interpretadas. Habiéndose convertido este tipo de
hallazgo en un verdadero enigma para la arqueología mundial. Pero lo que
hacía diferente a las piedras de Ica de los petroglifos, consistía
en que se parecían a cantos rodados. No eran los únicos encontrados.
En Acambaro (México), y en Colombiere y Dordogne (ambos en Francia), igualmente
se habían hallado cantos rodados grabados. Mas la riqueza de información
que contenían los de Ica y la indudable presencia de un sistema expresivo,
hacían de estas piedras algo especial, asombroso, inédito y merecedor
de un término que únicamente sirviese para referirse a ellas.
El doctor Cabrera, rindiendo homenaje a la monumental
riqueza de los grabados iqueños, desdeñó para ellos el término
petroglifos, y quiso llamarlos gliptolitos. Extendiendo el término para
referirse a la humanidad que se ocupó de legarlos, denominándola
humanidad gliptolítica, diferenciándola así de la actual.
Después trató de entender algo
que le obsesionaba. Se eligió la piedra para dejar distintos y valiosos
mensajes. ¿Por qué la piedra? En ocasiones, se había oído,
que gobiernos y hombres de ciencia, ante la eventualidad de una hecatombe, en
un intento de conservar lo más significativo del conocimiento humano,
habían decidido guardarlo en microfilm protegidos en tubos al vacío
para depositarlos bajo tierra cubiertos por una capa de hormigón. Pero
la humanidad gliptolítica prefirió la piedra, a pesar de su incontestable
avance científico y tecnológico, tal como mostraban tantos grabados,
prefirió la piedra para legar conocimientos a la posteridad. Fue algo
que el doctor Cabrera no supo responderse hasta que indagó durante largas
semanas y fructíferos meses en innumerables grabados.
En su momento, comprendió algo básico.
La humanidad que testimoniaba con incontables representaciones y figuras utilizando
lo pétreo como soporte, lo hizo en un tiempo cercano al cataclismo. En
una época de convulsión en la que se contemplaba la amenaza de
la extinción de la vida humana sobre la Tierra. Entendiendo esto, llegaron
respuestas a la pregunta anterior.
1.- La piedra, porque era materia de
naturaleza oxidada, y quedaría libre de la oxidación, algo que padecen muchos metales;
lo cual ayudaría a que con el paso del tiempo los grabados permanecieran
nítidos.
2.- La piedra, por su descarada abundancia
en todo el mundo, lo cual ponían a las de Ica, a salvo de la codicia.
3.- La piedra, sí, pero ésta quedaba expuesta
al intemperismo –gases atmosféricos, lluvia, calor, frío,
radiaciones-, hubo que protegerla en depósitos excavados en uno de los
suelos más estables del planeta.
4.- La piedra, a la que se mimó, previendo que movimientos
tectónicos las hicieran chocar y las destruyese, por lo que se colocaron
entre capas de arena, en pleno desierto. Piedras grabadas que mostraban maravillas
y no dejaban de asombrarlo, e insistían en un mensaje no dictado pero
sí presente en las ideas que las figuras y representaciones suscitaban.
Un mensaje fundamental
dividido en dos partes bien definidas.
1.- El conocimiento permitía
al hombre dominar su habitat.
2.- Caminar como raza por otro camino
que no fuese el del conocimiento, suponía la regresión de la especie
hacia el estado de animalidad.
De ambas, a su vez, se desprendía que
la forma en la que el hombre evitaba la regresión y la destrucción,
no era otra que mediante la permanente práctica del conocimiento. Pero
había más, mucho más. ¿Cómo lograría
compartir tantas cosas en varias conferencias, en un libro? Él era médico,
biólogo, un científico. Seguramente el hombre más apropiado
al que pudieron llegar algunas piedras para hacer notar su verdadero alcance.
Las series dedicadas a animales prehistóricos y las otras que trataban
sobre aspectos médicos, le habían fascinado sobremanera. Pero él
no era escritor, no se consideraba un virtuoso de la palabra escrita, sólo
un sencillo hombre de ciencia que más veces de las deseadas, se sentía
desbordado. Porque había naves espaciales, continentes desaparecidos,
mapas estelares, biología prehistórica, implantación de
códigos cognoscitivos, modificación genética, y por tanto,
un génesis inédito, seguramente inadmisible y a todo punto prodigioso.
Las viejas leyendas y los mitos. Algunos tenidos
por sagrados. Pero el doctor Cabrera se daba cuenta de que las piedras de Ica
eran más antiguas que aquéllos.
2.- Claves simbólicas
En principio, Cabrera tuvo que familiarizarse
con tres tipos de símbolos.
- el literal, porque su significado estaba dado en lo que
la figura representaba.
- el trascendente, porque su significado
trascendía
a lo que la figura representaba.
- el desconcertante, porque la figura
no identificaba nada que tuviera parecido a ningún objeto, vegetal animal
u hombre.
Así, el símbolo literal, no aportaba
problemas, una estrella era una estrella, un ave un ave y un hombre un hombre.
El símbolo trascendente se bifurcaba inevitable y la interpretación
del grabado siempre resultaba más ambigua, porque el dibujo de un ave
podía estar representando un aparato de vuelo, una estrella una central
energética, y un alticamellus (camélido primitivo) el incremento
calorífico del planeta. Mayor complejidad ofrecía el símbolo
desconcertante, donde un conjunto de rombos podían significar vida animal,
dos círculos concéntricos un aparato de vuelo cósmico, o
líneas paralelas conocimiento en general. Pero algunas veces el símbolo
gustaba asociarse a una figura adquiriendo una significación más
compleja. Un primate que toca con las manos la figura de una hoja (como pronto
veremos símbolo de la vida humana) significaba que éste se estaba
acercando a la adquisición de cierto poder reflexivo que lo elevaría
a la condición de hombre. Mucho de lo grabado era símbolo. La alcanzada
tecnología no estaba descrita de una manera figurativa, se revelaba a
través de símbolos que a primera vista podían pasar desapercibidos.
Las distintas jerarquías de hombres, establecidos según su capacidad
reflexiva, se encontraban inscritas por añadiduras que semejaban adornos
en la cabeza y en otras partes del cuerpo. Pero esto también se ofrecía
en símbolo. Ninguno de ellos adquiría mayor grandeza que el de
la hoja vegetal, elemento fundamental para la vida de todos los seres que hay
sobre la Tierra.
Sabemos que valiéndose de la clorofila,
la hoja vegetal recibe la energía solar y la convierte en energía
electro-química. Lo que permite a la hoja transformar sustancias simples
de naturaleza inorgánica (agua, anhídrido carbónico, amoniaco,
etc), en sustancias complejas de naturaleza orgánica (azúcares,
grasas, proteínas, etc). Esta capacidad de transformar la materia inorgánica
en orgánica de la que carece el hombre, le hace depender de los vegetales
para subsistir.
Sabemos que la vida es energía, y que
en el hombre se manifiesta bajo distintas formas, calorífica, mecánica,
electro-química, eléctrica y cognoscitiva. Dado que el hombre tiene
calor, posee movimiento, realiza funciones orgánicas, posee fluidos eléctricos,
y piensa a la vez que dispone de voluntad.
Sabemos que el hombre no ha adaptado su organismo
para utilizar directamente energía que no provenga de los alimentos. Es
decir, el hombre no consigue alimentarse ni de la energía solar (fotónica),
ni de la energía cósmica (cropuscular). Pero la observación
y análisis de los grabados de miles de piedras revelaban dos cosas. 1.-
La hoja era el símbolo más importante de todos los empleados, y
su pluralidad de significado siempre iba en función del contexto en que
se la encontraba. 2.- Algunos hombres de la humanidad gliptolítica lograron
adoptar su organismo para captar y asimilar, sin mediación de alimentos,
la energía del sol y la del cosmos.
Por esto, la figura de la hoja vegetal asociada
al hombre significaba en muchas ocasiones energía cognoscitiva, capacidad
de reflexión. Asociada a las patas de un pájaro, que a su vez fuese
el símbolo de un aparato de vuelo, significaba que la nave transportaba
vida humana, pero, en ocasiones, también se quería transmitir la
idea de que la máquina en la que viajaban hombres, se nutría del
fluido energético de algunos de sus tripulantes, energía que éstos
recibían directamente del cosmos.
3.- Otra dirección de la existencia
La sociedad actual mantiene entre sus ideales
el de la figura atlética. No es algo reciente. Hay hallazgos arqueológicos
y evidencias históricas que no dejan lugar a dudas. Tal es el caso de
la estatua del discóbolo de Mirón, y aquella costumbre espartana
de deshacerse de los niños que no presentaban condiciones físicas
para la figura atlética, ambas demuestran que el actual y vigente ideal
nos viene de antiguo. Se necesitan piernas largas y fuertes para el desplazamiento
del cuerpo con un máximo de seguridad y velocidad; también es obligado
disponer de una voluminosa caja torácica que permita complementar pesadas
faenas mecánicas. Faenas que sólo podrán realizarse con
fuertes brazos y manos dotadas del pulgar en posición oponible a los otros
dedos; de este modo, el hombre actual, tiene mano en forma de garra. Para buscar
la perfección de la figura atlética, desde un punto de vista mecánico
y estético, necesitamos una cabeza que armonice en tamaño con el
resto del cuerpo. La cabeza determinará el tamaño del cerebro que
el cráneo podrá albergar. Frente a esto, las figuras humanas que
mostraban los gliptolitos, aún cuando en algunos casos quedaban asociadas
a otros símbolos e ideas más complejas, en otras muchas seguramente
se aproximaban a la verdadera conformación física que tenían
los hombres y mujeres de aquella antigua civilización terrestre. Las figuras
de los grabados no mostraban humanos atléticos. La cabeza era voluminosa.
El vientre mucho más, las extremidades superiores eran largas y con dedos
igualmente largos, sin que el pulgar estuviese en posición oponible, lo
cual implicaba que estos humanos no realizaban tareas mecánicas pesadas
o sencillamente no quedaban facultados físicamente para ello. Tal estética
corporal, venía a sumarse al ideario general de los grabados, todo se
obstinaba en indicar que aquella humanidad anterior se hubiese entregado al esfuerzo
y la finalidad colectiva de incrementar y conservar el desarrollo de la capacidad
reflexiva, siempre con el postrero objetivo de incrementar y conservar el conocimiento
mismo.
Tal vez por esto, la conformación física
del hombre tuvo que adaptarse al ejercicio constante de la función cognoscitiva,
y por la misma razón los hombres gliptolíticos tuviesen un cerebro
voluminoso, así como extremidades superiores poco robustas y sin pulgar
en posición oponible en sus manos. Las piernas cortas y fuertes y el voluminoso
vientre desplazado hacia abajo permitían el equilibrio con la enorme cabeza,
tanto cuando el hombre se hallaba en reposo como cuando caminaba. La conformación
física humana representada con tanta insistencia en los grabados de las
piedras preocupaba especialmente a Cabrera. ¿En que continente de los
actuales, en qué lugar del planeta, podían hallarse precedentes
de humanos de tales características? Después de aquella, se hizo
otra pregunta bastante más atrevida: ¿Los hombres gliptolíticos
eran oriundos de la Tierra? Inquirir tal cosa resultaba un atrevimiento, pero
no una locura, a tenor de la cantidad de grabados que en las piedras se ocupaban
de naves espaciales, mapas estelares, continentes visto desde arriba, con detalles
topográficos que solo dominando la aviación podían obtenerse.
Numerosos grabados ofrecían temas que se vinculaban directamente a la
galaxia. Algunos lo hacían de forma completa, otros en gliptolitos fragmentados
de varias caras en los que la información se presentaba densa por la acumulación
de ideas que desvelaban los símbolos.
En un grabado el doctor Cabrera encontró formas
que sugerían cuerpos celestes. Pudo distinguir constelaciones simbólicamente
representadas. Había una con forma de estrellas de cinco puntas que identificó como
la constelación de Pléyades. En su centro tenía un conjunto
de cuadrículas que podían significar energía cognoscitiva,
es decir, vida humana.
También reconoció otras constelaciones.
La de Tauro, que presentaba rayas paralelas, lo que en otros grabados casi siempre
sugería vida vegetal.
La de Géminis, sin referencias de símbolo
alguno, como si expresará que allí no hubiese vida.
La de Cáncer, donde se observaban rombos
incrustados en un núcleo. Tal vez indicando que además de vida
vegetal, también allí pudiera encontrarse vida animal.
La de Leo, que mostraba dos estrellas de cinco
puntas, pero sin compañía del menor símbolo con referencia
a la vida.
La de Virgo, donde los símbolos parecían
indicar vida vegetal y animal.
La de Escorpión, que quizá sólo
albergaba vida vegetal.
La de Sagitario, peculiar, con líneas
paralelas y ondulaciones que aparecían dispuestas concéntricamente
sobre la figura, como si toda la constelación fuese energía en
dispersión o similar, muy misterioso.
La de Capricornio, una vez más la ausencia
de símbolos en el centro de la estrella, sugería que la constelación
carecía de vida.
La de Piscis. A tenor de los rombos que aparecen
insertos en el centro de la estrella, podría pensarse que esta constelación
albergaba vida animal y también vegetal.
La de Aries, cuyas líneas concéntricas
y bastante separadas entre sí, formando la figura simbólica de
la constelación, podría suscitar la idea de energía que
comienza a concentrarse, o tal vez de energía que se pierde camino de
su extinción.
Tras repasar símbolos y constelaciones,
el doctor Cabrera comprobó que la vida humana sólo quedaba simbólicamente
expresada en las Pléyades. Lo asombroso era que el hombre de aquel tiempo
remoto, con terrible naturalidad, mediante los sorprendentes grabados repletos
de símbolos, informase del tipo de vida y si la había en lugares
tan distantes de la galaxia. Para ello, inevitablemente, era necesario disponer
de una tecnología capaz de transportarlos por las inmediaciones de estrellas
tan lejanas.
Pero resultaba agotador. Lo era. Había
que relacionar demasiadas cosas, buscarle a todo un principio; una razón
a que se depositaran las piedras escogiendo un lugar inmejorable para guardarlas.
Las once mil que albergaba el particular museo del doctor Cabrera y otras muchas,
de otras colecciones conocidas y anónimas, demostraban que estaban allí por
un propósito.
Pléyades. Aquella lejana constelación.
Una humanidad deforme en lo físico respecto a la nuestra, con vocación
reflexiva y espacial empeñada en el conocimiento. Símbolos.
4.- Aquel nuestro planeta
El principio. Tan escurridizo. Pero nuestro
investigador sabía que las respuestas a muchas preguntas esperaban en
los gráficos de las piedras, en aquellos antiguos labrados que se realizaron
para ser ocultados, para que el tiempo no los desgastase, en un desierto, como
si alguien hubiese querido prevenirlos del inexorable enemigo, movimientos de
tierras, terremotos. Un cataclismo inminente y a escala mundial. Piedras. El
principio. Tan terriblemente escurridizo. Pero el doctor Cabrera disponía
de datos.
Entre las piedras de su colección, había
dos, cuyos grabados representaban mares y relieves continentales de los hemisferios
de un planeta. Las representaciones mostraban lo que sólo podía
observarse desde arriba. Aunque los continentes esculpidos, no correspondían
a los continentes actuales de nuestro planeta. En la superficie del primer hemisferio,
se apreciaban cuatro bloques. En la del segundo, tres. Entre los bloques se representaban
mares. Llamaba la atención que la masa de tierra, en conjunto, alcanzase
el 80%, y los mares únicamente el 20%. Existían cuatro partes de
tierra por una de agua. Ni siquiera podían verse símbolos que sugiriesen
agua en fase sólida. La ausencia de ellos, quizá, desvelaban, que
no existían casquetes polares. Sin embargo, alrededor del conjunto de
continentes y mares, se advertía una gran faja de líneas onduladas.
Considerando la escasa cantidad de agua respecto a las superficies continentales,
podía entenderse que se había producido una intensa evaporación
en los mares, y que el amasijo de líneas onduladas, simbólicamente,
sugería la acumulación de vapor en la atmósfera. También
se observaban canales de líneas onduladas conectadas a la atmósfera
que se desplazaban sobre los mares, tal vez indicando que la evaporación
continuaba, y el vapor seguía ascendiendo. Por la gran dimensión
con que fue plasmada la capa de vapor, se podría pensar que el planeta
representado se hallaba atravesando una etapa de progresiva e intensa acumulación
de energía calorífica. ¿Sería desacertado imaginar,
que el planeta se encontraba en una crítica situación, por efecto
de la mencionada acumulación de calor en la atmósfera?
Preguntas. Las respuestas esperaban en los
símbolos. Se escondían tras la máscara de lo alegórico.
En lo antiguo de un significado cuyas claves se habían perdido en la noche
de los tiempos. Pero los símbolos también exigían una interpretación
mínima, básica, elemental, y nos encontramos con que el planeta
representado se había convertido en un sistema térmico cerrado.
Es decir, recibía la energía radiante del sol, pero le era imposible
disiparla por la enorme capa de vapor que rodeaba al planeta. Este extremado
desequilibrio térmico, sólo podía desencadenar, una vez
llegase a su punto crítico, en que el agua evaporada, se precipitase en
forma de agua de lluvia interminable, provocando una fabulosa y colosal energía
mecánica que conseguiría el inicio de desplazamientos continentales,
o, incluso, en el peor de los casos, hasta el hundimiento de algunos de los continentes.
O lo que es lo mismo, daría lugar a un cataclismo de proporciones inimaginables.
El doctor Cabrera no podía dejar de
hacerse la inevitable pregunta: ¿sería aquel el diluvio universal
del que nos contaba la Biblia y otros textos sagrados o mitológicos de
culturas dispares que se referían a la antigüedad? Preguntas. Otra
absolutamente indispensable. ¿Era nuestro actual planeta el expresado
con líneas en las piedras? El hecho de que las masas continentales de
los dos hemisferios representados no coincidieran, no bastaba para descartar
la posibilidad de que aquel fuese nuestro planeta en lo más remoto de
los tiempos, dado que la situación de desequilibrio térmico y las
lógicas consecuencias venideras que traerían un colosal diluvio
de alcance universal, bien que podrían haber cambiado la faz del planeta,
el número de sus continentes, y, con el paso del tiempo y el reajuste
término inevitable, haber propiciado la formación de polos, ausentes
en los grabados de las piedras que nos ocupan.
5.- Medicina futurista
Si había una serie que fascinaba al
doctor Cabrera, sin duda alguna, era la que informaba sobre temas médicos. Él,
que era doctor en Medicina, extraía de las piedras dedicadas a esta ciencia,
un cúmulo de información tan sorprendente como significativo. En
realidad, la serie era tan numerosa, que se hacía inevitable agruparlas
según los temas tratados.
Así, disponía de distintos grupos
que informaban sobre técnicas para anestesiar, otras piedras plasmaban
situaciones que hablaban sobre partos difíciles o anormales, y algunas
sobre trasplantes de órganos, los había de riñón,
estómago, hígado, bazo, corazón, y los más sorprendentes,
sobre hemisferios cerebrales. Había lo suficiente para realizar un tratado
sobre el tema. Pero dispondremos de una idea aproximada, ocupándonos de
las técnicas que utilizó aquella antigua humanidad para anestesiar,
así como de los transplantes de corazón, y los otros, más
complicados, de hemisferios cerebrales.
1.- Respecto a las técnicas para anestesiar,
las piedras revelaban dos claras y bien diferenciadas: por acupuntura y por gas.
En una piedra se ofrecía la imagen inconfundible de una operación
de cesárea. Se aprecia a una mujer recostada atendida por dos varones.
La turgencia de los senos, y la figura de un niño atravesado en la parte
del abdomen, indican que la paciente, estando embarazada, y habiendo llegado
la hora del alumbramiento, es atendida en un parto que, presentando complicaciones,
hacia necesaria realizar una operación de cesárea. Lo que revela
que se ha empleado la acupuntura, son las tres largas agujas que se han clavado
en la boca de la mujer, éstas, actuando sobre centros nerviosos que se
encuentran en la cavidad bucal de la parturienta, consiguen evitar el dolor que
le produciría tal intervención en un estado consciente.
Pero la representación de operación
cesárea también se encontraba en otra piedra, siendo la técnica
empleada para anestesiar a la paciente, distinta de la anterior. En este caso,
en vez de emplearse la acupuntura, se utilizaba el gas, lo cual se deduce por
la figura ondulada que toca la boca de la paciente, y del hecho que junto a esto,
se hayan trazado pequeños círculos, a manera de burbujas, lo que
sugiere con fuerza plástica, que se ha empleado un fluido gaseoso de naturaleza
desconocida, para adormecer a la mujer que está siendo sometida a la operación.
2.- Respecto a los trasplantes de órganos en
general, las piedras grabadas que trataban el asunto, arrojaban grandes sorpresas.
Será necesario recordar que los transplantes de órganos se vienen
realizando por la medicina actual desde hace pocas décadas con relativo éxito,
siendo el principal problema el rechazo del órgano transplantado por parte
del organismo que lo recibe. La literatura médica informa profusamente
sobre individuos que han recibido transplantes citando casos donde la vida del
paciente se alargó durante años, pudiendo incluso sumar lustros.
Pero los grabados de algunas piedras indicaban que los médicos de la sociedad
gliptolítica habían solucionado el problema del rechazo a los órganos
transplantados. Para conseguirlo, en ocasiones, se utilizó la sangre de
la mujer embarazada, y en otros casos, se salvó el escollo del rechazo,
mediante el transplante previo y adicional de los riñones y sus glándulas
suprarrenales.
La irrigación del órgano con
sangre de la mujer embarazada antes de ser transplantado, se observa en un gliptolito.
La representación es parte de una serie de ocho que informan sobre transplantes
del corazón. En la escena, como figura dominante, puede verse un corazón,
conectado por dos cánulas al abdomen de una mujer embarazada. Por el lado
del corazón las cánulas se unen a los principales vasos nutricios
de este órgano: arteria coronaria y seno venoso. Los extremos inferiores
de las dos cánulas parecen conectados a los grandes vasos sanguíneos
abdominales; arteria aorta y vena cava. Estableciéndose así un
circuito entre el corazón y el sistema circulatorio de la mujer embarazada,
con el propósito de irrigar con la sangre de ésta el órgano.
El aprovechamiento de la sangre de la mujer sólo es posible si su corazón
está funcionando, por lo tanto el otro, protagonista de la escena, ha
de ser, necesariamente, del individuo del cual ha sido extraído. El hecho
de que aparezca con sus grandes vasos seccionados (arteria aorta, arterias pulmonares,
vena cava, venas pulmonares) significa que va a ser transplantado, para lo cual
se le mantiene irrigado con la sangre de la mujer embarazada.
Pero esto, que se apreciaba con clara nitidez
en la representación pétrea, entraba en conflicto con las convicciones
del doctor Cabrera. Dado que la medicina prohibe a mujeres y a niños donar
sangre. Pese a ello, de ninguna manera podía parecer poco científico
pararse a valorar el mensaje del grabado, pues lo que aquella piedra expresaba
era que en la sangre de la mujer embarazada existe un principio activo que impide
que se presente el fenómeno del rechazo al órgano transplantado.
Lo cual no es de ningún modo impensable, si recordamos que el organismo
de la mujer grávida tolera la presencia de un individuo, su hijo, producto
de un código genético diferente al de ella, código que le
ha llegado en los cromosomas del núcleo del espermatozoide. La tolerancia
se manifiesta desde el momento del ingreso del elemento ajeno.
Hoy, la medicina ha logrado sintetizar la progesterona,
pero aplicada a según que casos de abortos, no logró evitarlos.
Esta hormona la produce el ovario sólo en la fase de inicio de la formación
del hijo; después se encarga de producirla la placenta. Pero tanto la
ovárica como la placentaria, que cumplen su función a través
del riego sanguíneo, no sería el activo necesario para evitar el
rechazo. Hoy tal activo se desconoce, del mismo modo que únicamente se
permite donar sangre a la mujer embarazada en caso de transplante de médula ósea,
y siempre que el transplantado sea familia de aquélla.
Las piedras hablaban de antiguos logros espectaculares.
La humanidad de entonces, la que esculpió miles de piedras para legar
sus mensajes a los que viviesen en el futuro, recurrió a otra modalidad
para evitar el rechazo: transplantar previamente el riñón, con
su correspondiente glándula suparrenal, perteneciente al donante. Pero
esta modalidad sólo era utilizada cuando lo que se transplantaban eran
los hemisferios cerebrales.
3.- El transplante del riñón con la
glándula suparrenal (complejo suparrenal-riñón) aparece
gráficamente representado en los seis primeros gliptolitos de una serie
de once que informan sobre el transplante de los hemisferios cerebrales.
La medicina actual ha comprobado que la corteza
de la glándula suparrenal es esencial para la vida, porque elabora hormonas
que realizan importantes funciones. Una de sus hormonas estimula a todas las
células del organismo humano y otras neutralizan las toxinas. Como esa
función de estimular a las células no es sino propiciar que las
células vivan normalmente, tal vez los cirujanos de la sociedad que legó tantos
gliptolitos, considerase indispensable para el transplante de los hemisferios
cerebrales de un individuo a otro, el previo del riñón con su correspondiente
glándula suparrenal proveniente del mismo donante.
El hecho de que los cirujanos de aquella sociedad
considerasen este transplante previo solamente para el caso del transplante de
los hemisferios cerebrales, es explicable por la certidumbre de que el tejido
nervioso es el más sensible y por lo tanto proclive a ser rechazado La
medicina actual no ha logrado aún transplantar un cerebro humano. Los
experimentos que se han realizado en este campo se han limitado a la escala animal.
Se ha conseguido aislar un cerebro de simio y mantenerlo vivo durante un lapso
relativamente prolongado. También se han hecho transplantes de cabeza
de simio, pero con resultados desalentadores. A pesar de los grandes avances
que se alcanzan en la neurocirugía actual, no parece cercano el día
en que se pueda transplantar con éxito el cerebro humano. Para hacerlo,
tendríamos que contar con una técnica infalible que impida el rechazo
y permita la regeneración de la fibra nerviosa, pero antes que otra cosa,
se deberá disponer de un complejo sistema electrónico apoyado de
la informática que posibilite al cirujano la ejecución de los pasos
operativos del transplante, y asuma todas las funciones biológicas del
individuo a quien se le extraiga el cerebro para transplantarle otro. Lo sorprendente
del asunto es que aquella humanidad que se molestó en grabar sus mensajes
en piedra, ofrecía uno tajante y absoluto: dispuso de tecnología
para realizar intervenciones quirúrgicas de gran envergadura como la de
los transplantes cerebrales.
6.- Implantaciones cognoscitivas
En la humanidad actual, el transplante del
cerebro originaría problemas de índole familiar y social. Un hombre
con cerebro transplantado, sería el mismo de antes sólo desde el
punto de vista físico. Su familia y entorno esperarían que pensara
y actuara de manera acostumbrada. Pero sería inevitable que el individuo
en cuestión, pensase y actuase en conformidad con el nuevo cerebro, o
sea, según le dictase su nueva personalidad, que ahora sería la única
que tendría.
Pero el doctor Cabrera se decía que,
a tenor de todo lo que había ido recopilando de los grabados de las piedras,
en la sociedad gliptolítica, este tipo de transplante, no significaría
necesariamente una ruptura para el individuo transplantado, respecto a su pasado
y entorno, y no sería así, sencillamente, porque en aquella sociedad
no existía la familia tal y como la conocemos hoy, importando, por encima
de cualquier otra cosa, el nivel cognoscitivo del individuo. Es decir, la afectividad
del hombre de aquella sociedad quedaba completamente vinculada hacia la vida
intelectual. El ser humano de entonces buscaba la realización, la felicidad
de su existencia, desarrollando su capacidad reflexiva para incrementar el conocimiento.
Empeñados en tal afán, aquellos hombres, no se conformaron con
hacer transplantes de cerebro, también, y a tenor de lo que informaban
algunos de los grabados de las piedras que trataban sobre el asunto, se recurrió igualmente
a la implantación del conocimiento mismo, insertando en la corteza cerebral
conjuntos moleculares de ácidos nucleicos y proteínas, que constituirían
la base de aquél.
La peculiar e insólita información,
la halló nuestro tenaz investigador en una de las piedras dedicadas
a implantes de hemisferios cerebrales. Pero en ésta, había una
singularidad: las circunvoluciones de los hemisferios cerebrales están
dispuestas de tal manera que parecen continuarse como si fueran las de un solo
cerebro. Lo cual, bien pudiera significar, que se estaba trasegando códigos
cognoscitivos de un cerebro a otro. En la piedra, también se deja constancia
de una especie de campo electromagnético, lo cual podría indicar
que el mismo, actuando a un nivel molecular, propiciaría la incorporación
de los códigos. La presencia de este campo electromagnético se
encuentra simbólicamente reflejada por un anillado que enlaza, a la altura
de los pies, el cuerpo del individuo con la mesa de operaciones. Así creado,
este campo, cumpliría la función de establecer el sentido del desplazamiento
de los conjuntos moleculares de proteínas y ácidos nucleicos a
los hemisferios cerebrales receptores.
Pero si el transplante de cerebro ya parecía
ficción, esto otro, desbordaba a un hombre de ciencia, que ejercía
la medicina, y buscaba respuestas queriendo entender. Las piedras parecían
llamarles y tras largas horas de observación, cotejo y análisis,
las piedras, parecían hablarles. La serie de grabados que se dedicaban
a la medicina, y sobre todo las que se dedicaban a los transplantes de hemisferios
cerebrales, le habían ofrecido la oportunidad de familiarizarse imaginativamente
con la prodigiosa tecnología médica que aquella sociedad había
alcanzado a tenor de lo rubricado posteriormente en las piedras. Antes de estudiarlas,
tuvo infinidad de intuiciones que desdeñó por parecerles descabelladas.
Pero ahora, se daba perfecta cuenta de que una sociedad capaz de haber realizado
semejantes adelantos en la ciencia médica, tendría que estar igualmente
desarrollada en otros campos del conocimiento. Ahora, lo que había pensado
meses atrás, pareciéndole descabellado, no lo era tanto, iba hilvanándose
entre certidumbres que fragmentadas se iban ofreciendo diseminadas en los distintos
grabados.
Pero, aunque había series, aunque cada
una reportaba mensajes sobre el tema en cuestión, todas las piedras encontradas,
mal vendidas, robadas y perdidas, las de su colección y las de otras menos
numerosas, ofrecían un mismo y asombroso mensaje. El hombre, la raza humana
en el planeta Tierra, tuvo un precedente, hubo otra raza. Ellos estuvieron antes,
lo decían las piedras. Era imposible dejar de verlo. Y las piedras decían
que esa humanidad gozó de un nivel de conocimiento mayor que la actual.
Encajarlo suponía un conflicto, la evolución siempre reclama el
futuro; la evolución, esta vez, se empeñaba en ubicarse en un remoto
pasado ni siquiera datado.
Pero el doctor Cabrera, durante años,
meses que parecieron un solo día, desde aquel que se le regalase la primera
de las piedras que luego sumaron más de once mil, había buceado
por todas ellas. En muchas, encontró la figura de un primate, al que identificó,
era el notharctus, animal que según la paleontología se extinguió hace
50 millones de años. El notharctus es el antepasado más antiguo
que se conoce en la familia a la que pertenecen monos y lemures. Comparado a
otros animales de su época, es posible que fuese bastante inteligente,
pues disponía de un cerebro considerable. Entonces no había hombres.
Las piedras hablan de viajes estelares, de conocimientos galácticos, de
vida animal, vegetal e incluso humana en puntos lejanos de distintas constelaciones.
Las piedras hablaban de viajeros espaciales, de humanos que anteponían
el desarrollo intelectual a cualquier otra cosa, de integrantes de una sociedad
capaz de alcanzar logros médicos hoy impensables. El doctor Cabrera estudiaba
y repasaba los grabados de las piedras tratando de buscar un sentido, y el único
que encontraba le parecía difícil de aceptar. Pero todo indicaba
que la humanidad gliptolítica que había realizado los grabados
en las piedras, fue hechura de otra venida del cosmos. Y que los que llegaron
de las estrellas, mediante la modificación de la estructura orgánica,
alterando el sistema embriogenético responsable de la formación
y función de los órganos, y el transplante de códigos cognoscitivos
a primates, en este caso del notharctus, generaron hombres.
Y sólo así, ordenándolo
así, tenían sentido ciertos símbolos que parecían
hablar de la sociedad gliptolítica estableciendo el rango social del individuo,
siempre en función de su nivel intelectual. Pero decirlo así, enfocarlo
así, entenderlo de esta manera, le producía una angustia especial,
sabiendo como sabía que la ciencia y el mundo académico, desdeñarían
de plano sus interpretaciones, lo haría, por más que las piedras
hablasen explicando los grabados que mostraban.
7. Clasificación de habitantes
La futurista medicina gliptolítica le
había espoleado. Dio alas y vigor a su temeridad interpretativa. La misma
que durante tantos meses, estuviese retenida, encontrando siempre escollos, prejuicios
y vacíos, se disparaba ahora en una visión global de tantos grabados,
piedras, series y mensajes. El doctor Cabrera continuamente tomaba notas, dejaba
constancia de conocimientos que iba desentrañando de los dibujos, para
así seguir acercándose al grandioso misterio que desde antiguo
contenían. En un esfuerzo por conocer a la sociedad que grabase las piedras,
después de estudiar series dispares y cotejar los grabados de cientos
de gliptolitos, creía tener claro las clases de seres humanos agrupados
en gremios de conocimiento, o mejor, ordenados según el nivel de coeficiente
intelectual del que disponían.
De este modo, nuestro investigador, ayudado por la
interpretación de símbolos, las escenas de las representaciones,
los mensajes que iban complementándose en cada serie, y una voluntad de
hierro que le hizo dedicar miles de horas a los gliptolitos, hizo la siguiente
clasificación de seres humanos inteligentes en aquella remota sociedad
terráquea.
1.- Hombre gliptolítico: Llegó del cosmos portando
el conocimiento. El investigador también gustaba llamarlo Hombre Energía,
pues en los grabados se simbolizaba capacitado para proyectar su energía
cognoscitiva a cualquier lugar del universo.
2.- Hombre reflexivo y científico: Realizaba funciones
que implicaba una elevada capacidad intelectual. Se encargaban de ejecutar las
actividades planificadas por los hombres gliptolíticos.
3.- Hombre reflexivo y tecnológico: Se hacía
responsable del control de las operaciones tecnológicas. Realizaba tareas
tales como el pilotaje de naves espaciales, operaciones quirúrgicas o
la supervisión de industrias o centrales de energía.
4.- Hombre tecnológico: Ocupaba el mando medio en
las actividades tecnológicas, transmitiendo órdenes al ejecutor
inmediato.
5.- Humanoide: El notharcus ya elevado
a un mínimo
rango cognoscitivo. Realizaba labores manuales. No tenía conciencia de
la finalidad de la existencia.
Por debajo de éstos, todavía
se encontraba el notharcus. Su estado intelectual era el de un animal, aunque
no el de cualquier animal, puesto que las piedras reiteraban el hecho de que
en la escala zoológica fue el que ofreció las condiciones óptimas
para ser elevado al primer grado del conocimiento humano.
Por representaciones en series concretas, el
doctor Cabrera, a la lista anterior, todavía añadiría el
robot, del que no prescindieron los hombres gliptolíticos, algunos de
los grabados informaban que aquella sociedad dispuso de unidades cibernéticas,
utilizadas exclusivamente para labores mecánicas que implicaban riesgo
de la vida humana.
8.- A modo de síntesis
Pero, como siempre sucedía desde que
iniciara el estudio de las piedras grabadas de Ica, fue necesaria la recensión,
el inevitable esquema, aquel guión sin el cual un hombre de ciencia se
sentía perdido. El orden, la secuencia, el hilo de lo que las piedras
decían. Sin contar con el tiempo, que se escurría en las oscuridades
de la antigüedad, sin pretender datar dando fechas aproximadas, la secuencia
de los hechos registrados, era la siguiente:
1.- Hombres venidos posiblemente de
la constelación
de Pléyades, llegaron al planeta Tierra atraídos por su potencial
y se establecieron en él.
2.- Ayudados de un conocimiento superior
técnico y
científico, intervinieron al primate que más se prestaba a sus
fines, y crearon la vida humana autóctona del planeta. No fue el Dios
iracundo y enfadado de tantas religiones. La vida ya existía en el universo,
también la humana. Esta surgió en la Tierra por la intervención
de hombres altamente desarrollados, capacitados para modificar el orden embriogenético
en primates e insertar códigos cognoscitivos en sus cerebros. Con lo primero
buscaron la formación o la anulación de órganos esculpiendo
una nueva anatomía. El notharcus se irguió sobre sus extremidades
inferiores, perdió la cola, aumentó el tamaño de su cráneo… Con
lo segundo, regalaron un nivel reflexivo y de conocimiento a la especie intervenida,
lo que la separó de la anterior escala animal a la que pertenecía.
3.- Si hubo mestizaje entre los hombres
venidos de Pléyades,
y los que crearon en la Tierra, es algo de lo que las piedras no hablaban. Pero
podría deducirse muchas cosas a raíz de la organización
social establecida según el nivel cognoscitivo del individuo, de lo que
sí hablaban las piedras. Con el paso de las generaciones, los intervenidos,
los convertidos en hombres, siguieron progresando. Con los implantes cognoscitivos
y los transplantes de hemisferios cerebrales, en una sociedad sin prejuicio morales
como en la actual, los mejores cerebros, aquellos que más hubiesen avanzado,
podían ser mantenidos activos más allá del deterioro del
cuerpo físico. Un cerebro brillante podía seguir viviendo si era
transplantado a un cuerpo joven y sano. Si se hizo o no se hizo, es algo que
no podemos saber. Qué podían hacerlo es algo de lo que informan
las piedras afirmativamente.
4.- Del tiempo que esta sociedad prosperó en el planeta
tampoco sabemos mucho. Pero sí que dominaron los viajes espaciales, doblegaron
un entorno particularmente hostil en cuanto a la fauna animal se refiere, con
gigantes que poblaban la Tierra, a los que estudiaron, y hasta utilizaron sirviéndose
de ellos como hoy nos servimos de vacas y ovejas. Sin embargo, parece que hicieron
un mal uso de la tecnología. En las piedras donde se aprecian dos hemisferios
y continentes que no corresponden a los actuales, donde se presenta la situación
de un planeta al borde de un cataclismo por su desequilibrio térmico,
simbólicamente también se indican gran número de centrales
de energía, como si todas captasen la misma señal o se nutrieran
de la misma fuerza, dando a entender que el hombre de aquella sociedad había
dominado algún principio que tuviera que ver con la luz o el calor y,
al aplicarlo, obteniendo la energía que luego repartía en los continentes
de ambos hemisferios, hubiese quebrantado el equilibrio, a la naturaleza misma;
es decir, haciendo un mal uso de la tecnología, habría propiciado
una situación insostenible que conllevaría una catástrofe
medioambiental de alcance planetario.
5.- Era obvio añadir que no todos perecieron una vez
se desencadenó el desastre. Una sociedad capaz de quebrantar la naturaleza
misma con su ciencia, y que dominaba los viajes espaciales, ciertamente debió contar
con tiempo de reacción y una planificación de evacuación
o similar.
6.- El desastre ocasionó cambios climáticos,
continentales. Hay leyendas que hablan de la Atlántida, del continente
Mú, de la mítica Lemuria. Hay vestigios en la Tierra difíciles
de explicar para la ciencia. Las gigantescas esculturas de piedra de isla de
Pascua, el círculo de piedra de Stonhenge, las pirámides de Egipto
y el hecho de que esta civilización más pareciera el fruto de un
legado que de una evolución; el alto nivel místico y astrológico
alcanzado por mayas; la sociedad espiritual forjada en el alto Tibet, en cuyos
templos se guarda el conocimiento de una Historia que no armoniza con la ortodoxa,
de una Historia más dilatada. Tras el desastre, el mundo conoció un
retroceso, una regresión. En ese contexto de oscuridad, con el recuerdo
de una gran hecatombe, nacieron creencias, se forjaron religiones en civilizaciones
y pueblos de los que la Historia ortodoxa tiene datos precisos y concluyentes.
7.- Salvo las piedras, que eran miles,
no existía
ninguna otra conexión entre ambas humanidades. La actual no ahondaba tanto
en el pasado, la ciencia académica le había esculpido un pasado
mucho más reciente. Una evolución acorde con los valores en torno
a los que se agrupaban los pueblos.
8.- ¿Quedarían herederos en la Tierra de aquella
primera sociedad de la que hablaban los gliptolitos iqueños? ¿Era
un freno pensar que los que supuestamente llegaron de las Pléyades, y
se marcharon antes del desastre, no se habían molestado en regresar durante
miles de años? ¿Era factible pensar, a tenor de la evidencia, que
el hombre de este mundo, era observado por otros seres humanos más desarrollados
en otros puntos de la galaxia? Pero, sí así fuera, ¿por
qué seguían sin contactar, por qué los habitantes de la
Tierra, no recibieron la visita de los habitantes de otro mundo habitado?
A veces, el doctor Cabrera, se sorprendía
de lo terriblemente plana que podía llegar a ser la mentalidad del hombre
actual. Él hacía ya muchos años que alzaba la vista cada
noche buscando las constelaciones donde al abrigo de lejanos soles, florecerían
planetas que sin duda albergaban la vida. Hacerlo le producía calma, le
hacía sentirse menos solo, importaba menos que la ciencia académica
le tomara por un exaltado desequilibrado.
Confabulación y desprestigio
1.- Breve aliento
Ningún estudioso peruano quiso apoyarlo.
Pero desde fuera del país, tanto de Norteamérica, como de la vieja
Europa, un puñado de especialistas, interesados por la colección
de piedras y el museo del doctor Cabrera, se acercaron a Perú. La Nasa
mandó sus técnicos. De Europa llegaron investigadores y estudiosos,
convencidos de que el comienzo del mundo se situaba mucho más atrás
de lo que suponía y defendía la ciencia.
Fruto de dos encuentros con el doctor Cabrera,
en 1973 y 1974, el escritor francés Robert Charroux, sacó a la
luz pública un trabajo que tituló “El enigma de los Andes”.
Abría su libro hablando de las piedras de Ica, dedicando al tema ochenta
páginas holgadas de las doscientas setenta que sumaban su interesante
trabajo. Al fin, una pluma de reconocido prestigio, con decidido apoyo editorial
y significativa difusión, se ocupaba de los gliptolitos de su museo.
El doctor Cabrera leyó encantado en
la prensa de su país, en el mes de diciembre de 1974, la reseña
periodística que informaba sobre el libro del autor francés. Aquello
parecía el principio de lo que tanto había deseado. Con un libro
editado en París, que captaría la atención de los especialistas
en todo el mundo, y que sin duda sería pronto traducido al castellano
y otros idiomas, nuestro investigador imaginó complacido que tantos años
de esfuerzos se verían pronto recompensados, tras conseguir lo que se
proponía: que a las piedras de Ica se les diera el valor arqueológico
que poseían.
Robert Charroux decía en “El enigma
de los Andes” que las piedras grabadas posiblemente proviniesen de uno
de los santuarios secretos donde los Atlantes (habitantes del desaparecido continente
Atlántida, citado en la antigüedad, entre otros por el mismo Platón)
dejaron el testimonio de su avanzada civilización.
Expreso, el diario limeño que informó al
país sobre la aparición del libro del autor francés, inició al
día siguiente, una serie de hasta seis artículos sobre las piedras
grabadas (ediciones del 21 al 26 de diciembre). Estos artículos se basaron
en una larga entrevista que días antes redactores de este periódico,
enviados a Ica desde Lima, habían realizado al doctor Cabrera. La serie
del diario limeño se tituló “El mensaje de otra gran humanidad”.
Por fin, un diario nacional hablaba larga y extensamente sobre las piedras de
Ica. Se conocía y hablaba de ellas en Europa, y el mundo académico
tendría que hacerles sitio y lugar, a las piedras, a su museo y también
a sus interpretaciones, o al menos, eso pensó satisfecho el doctor Cabrera.
2.- Réplica demoledora
La alegría duró poco, exactamente,
veintidós días. El mes siguiente, apenas comenzado el nuevo año,
la revista limeña Mundial publicó un extenso trabajo con el propósito
de demostrar que las piedras grabadas de Ica eran falsificaciones. A tal empeño
dedicaron un total de trece páginas. En el largo artículo se sostenía
que las piedras que podían contemplarse en el museo propiedad del doctor
Cabrera, habían sido grabadas por dos campesinos residentes en el caserío
de Ocucaje. Se referían a Basilio Uchuya e Irma Gutierréz Aparcana.
Para afirmar tal cosa, los periodistas de Mundial se desplazaron a Ica, y luego
a Ocucaje, entrevistando a las dos personas mencionadas. Antes de este encuentro
con los periodistas de Lima, el matrimonio fue requerido por la Policía
de investigaciones del Perú (PIP). Alguien había filtrado la información
de que la pareja se dedicaba al tráfico de piedras grabadas, y ambos,
cuando fueron requeridos por las autoridades, optaron por decir que ellos hacían
las piedras, las tallaban y las vendían. De haber confesado que las sacaban
de depósitos secretos del desierto, habrían sido encarcelados por
practicar excavaciones en busca de tesoros arqueológicos de manera clandestina,
actividad severamente penada en el país.
Tal declaración, que sorprendentemente
sirvió a las autoridades, también sirvió a los periodistas.
De este modo, comenzando 1975, todo el país leyó que las miles
de piedras grabadas de Ica, fueron fruto de la picaresca y el tráfico
de dos humildes campesinos vecinos de Ocucaje.
Que se quisiera desprestigiar las piedras de
aquel modo resultaba insultante. Absurdo, que en un medio de comunicación
de Lima, se dedicase tanto espacio a un intento tan burdo. Sólo el doctor
Cabrera había reunido más de once mil ejemplares. Pero no era el único
coleccionista. Había tenido ocasión de visitar otras colecciones
privadas bien nutridas, entre todas, sumarían tantas como las que él
poseía. Rondamos ya las veinte mil piedras grabadas. A esta cantidad,
habría que añadirle la otra citada por los autores del desafortunado
reportaje, donde se afirmaba que varios miles de piedras habían sido vendidas
a los turistas como falsificaciones arqueológicas. Un exportador conocido,
Marino T. Carcelén, manifestaba haber exportado más de seiscientas
piedras desde 1973, y a éstas, todavía habría que añadir,
las mencionadas en un diario de Ica, donde se afirmaba que, desde años
atrás, se realizaban continuos pedidos de piedras grabadas desde los EE.UU.
¿De qué cantidad de piedras estamos
hablando? ¿Treinta, cuarenta mil piedras grabadas de distintos tamaños
y pesos? ¿Qué conocimientos hubiesen necesitado dos simples campesinos,
para grabar en superficie dura tal cantidad de piedras, impresionando en ellas
escenas que hablaban de astronomía, medicina, zoología, botánica,
geografía, paleontología, vuelos espaciales…? ¿Cómo
podía creerse semejante cosa? ¿Cuánto tiempo hubiesen necesitado
para hacerlo?
Se dedicaron un buen número de páginas
a desacreditar a las piedras grabadas de Ica, pero ni siquiera se fotografió el
lugar donde los supuestos hacedores de semejantes maravillas la habían
realizado. No había un taller, no se mostraron herramientas. Sólo
se ofrecía una ubicación, de donde se afirmaba se extraía
la piedra que luego tallaba el matrimonio. Patéticos resultaban algunos
fragmentos de la entrevista que se publicaba, donde a los mencionados vecinos
de Ocucaje, se les forzaba una y otra vez a decir lo que con afán buscaban
los entrevistadores. Baste un botón de muestra. El periodista dialoga
con Basilio Uchuya sobre el doctor Cabrera:
- ¿Él sabía
que las piedras las grababa usted?
- Bueno, sí lo sabía.
Yo le dije que las grababa todas.
- ¿Y de todos
modos las compraba?
- Pues sí,
siempre.
- ¿Y para qué las quería
si eran grabadas por usted?
- Bueno, me decía que las quería
para estudiarlas. Dijo que estaba haciendo no sé qué estudios,
y me pidió que le consiguiera más.
- ¿Qué le consiguiera o hiciera
más?
- Que le haga más, pues. Es lo mismo, ¿no
es cierto?
Pero la audacia periodística de
los redactores va más lejos. Conscientes de que el entrevistado no podía
desdecirse de lo manifestado en dependencias policiales, llegaron a exigirle
una confesión por escrito, que se exhibió con todo el material
de esas trece páginas repletas de despropósitos, sin ni siquiera
molestarse en eliminar las faltas de ortografía con las que pretendieron
demostrar que aquellas líneas fueron firmadas y redactadas por el campesino
de Ocucaje. Se publicó lo que sigue: “Yo Basilio Uchuya Mendoza
reconosco que todas las piedras del Doctor Jabier Cabrera han sido trabajadas
por mí bajo el sistema del quemado de piedra luego trasada con sierra
doble filo y luego bañadas con barro y después son limpiadas con
un pequeño trapo y después son embetunadas, este trabajo lo bengo
realizando desde ase 10 años y a la única persona que he bendido
mi trabajo es al doctor Cabrera, dicho sea paso lo he conocido por doctor Sotil”.
Hasta aquí, la confesión, seguidamente, el artículo aseveraba: “se
puso al descubierto la existencia de un grupo de artesanos iqueños que
eran los que grababan las piedras con fabulosas representaciones, por encargo
del mismo Cabrera”.
Decididamente, al amplio reportaje había
que denominarlo como terrorismo informativo. Por alguna oscura razón,
intereses poderosos, capaces de influir en un medio de comunicación de
la ciudad de Lima, querían a todas luces desprestigiar las piedras grabadas
de Ica y al hombre que se había empeñado en investigarlas. Cuando
meses después, el libro de Robert Charroux fue traducido al castellano
y editado en España, en Perú, eran muchos los que se burlaban de
las pretensiones del doctor Cabrera, considerándolo un falsificador, un
hombre deseoso de fama y notoriedad que de la nada había inventado aquella
fantasía de que existió otra humanidad anterior más avanzada,
cuya semilla provenía del espacio exterior.
3.- Paraíso de la arqueología
Realmente, ¿qué estaba
ocurriendo? Año 1975. Terminando el anterior, con resonancia mundial,
se comenzó a hablar de las piedras grabadas de Ica. Apenas un mes después,
desde la capital de Perú, se realizaba un reportaje desacreditando la
posible importancia de los pétreos vestigios y a su mejor y más
constante investigador.
Lo cierto era que, en aquel tiempo, las
piedras las vendían en el caserío de Ocucaje, pequeño poblado
conformado por un puñado de casas diseminadas, la mayoría se habían
hecho de cañas recubiertas de barro, y algunas se levantaron con adobe.
No todos los habitantes del caserío practicaban el negocio. Sólo
algunos vendían piedras grabadas. El hecho de que la ofertasen en sus
propios domicilios, sirvió para que se extendiera la idea de que las grababan
los campesinos. Que a muchas de las piedras se les aplicase una capa de betún,
sirvió para redundar en la idea. De este modo, negada la validez arqueológica
de las piedras, los campesinos lograron el libre comercio de las mismas.
Lo cierto era que, en cinco lugares del mundo,
los hombres de ciencia han encontrado parte de la corteza terrestre más
arcaica. Uno de estos cinco lugares es Nazca, región situada al sur de
la provincia de Ica, donde, sobre su arcaica capa, se asienta Ocucaje. Desde
hacía muchos años los campesinos que habitaban la zona sabían
que en el subsuelo de Ocucaje existían innumerables tumbas pertenecientes
a antiguas culturas. Algunos acostumbraban a excavar con intención de
hallar piezas arqueológicas que luego eran materia de comercio. Afortunadamente,
no todo lo habían desenterrado los huáqueros. De Ocucaje se habían
extraído las mejores cerámicas y los mejores tejidos que se exhiben
hoy día en los museos del mundo, lo que ha hecho de esta zona uno de los
yacimientos arqueológicos más importantes del Perú. Ocucaje
también es un rico yacimiento de restos petrificados de animales prehistóricos.
No en balde, el prestigioso arqueólogo alemán Max Uhle, llamó a
Ocucaje paraíso de la arqueología.
En cuanto a las primeras piedras grabadas de
las que se tuvo noticia, como quedó dicho en su momento, aparecieron en
1961, y los primeros en coleccionarlas, los hermanos Soldi, las adquirieron de
campesinos de Ocucaje. Como el subsuelo del lugar es rico en tumbas incas y preíncas,
se creyó que las piedras fueran hechas por hombres de estas culturas.
Ocucaje, Nazca, uno de los cinco suelos más
antiguos del planeta. ¿Qué estaba ocurriendo?
4.- Visos de conjura
La respuesta llegó dos días después
del mazazo de la revista Mundial. No habían terminado con las piedras
ni con el doctor Cabrera. Era necesario que el desprestigio contara con nuevas
voces. Dos días después de aquellas trece páginas increíbles,
y para rematar la acción, el día 19 de enero de 1975, el diario
limeño Correo, publicó en su suplemento, las opiniones de Adolfo
Bermúdez Jenkis, Director del Museo Regional de Ica. Entre sus opiniones,
sostenía que las piedras grabadas de Ica las hacía Basilio Uchuya
y sus parientes, y que él como responsable del museo que dirigía,
nunca creyó conveniente ni necesario solicitar investigaciones, según
afirmaba, porque su amigo, el especialista norteamericano John H. Rowe, le aseguró que
las piedras eran falsas. Ya en 1966, cuando el doctor Cabrera era director de
la Casa de Cultura de Ica, había oído decir a Bermúdez Jenkis
que las investigaciones sobre las piedras eran innecesarias, porque un amigo
suyo le había dicho que eran grabadas por huáqueros de Ocucaje.
Al menos, nueve años después, se dignaba a dar el nombre del especialista
en cuestión. El director del Museo Regional de Ica era tajante: las piedras
no necesitaban el menor estudio, todas eran falsificaciones.
Al doctor Cabrera, tanta cerrazón siempre
le había llamado poderosamente la atención. Pero ahora, con el
artículo del suplemento limeño Correo, detectó un detalle
que le intranquilizó particularmente. Dos días antes, ya se percató,
de que aquellas trece páginas de la revista Mundial, además de
quedar ilustradas por fotografías de los protagonistas y tomas de Ocucaje
y alrededores, sólo incluía una imagen de una única piedra.
Empeñado en leer y releer las aseveraciones de unos y otros, apenas se
había detenido en el detalle. Ni siquiera se había parado a analizar
los trazos del grabado de aquella piedra cuya imagen se ofrecía. Pero
dos días después, al leer el suplemento de Correo, sí lo
hizo, porque, sorprendentemente, la misma fotografía que había
servido para demostrar la supuesta falsificación en la revista Mundial,
servía ahora para ilustrar las declaraciones de Bermúdez Jenkis,
en el suplemento de Correo.
Trece páginas en Mundial, y sólo
una fotografía de una piedra grabada. El suplemento de Correo dos días
después, seguía con el tema, ahondando en la misma línea,
y, aunque se trataba de órganos periodísticos diferentes e independientes,
sin embargo, la misma fotografía, una vez más, se utilizaba para
desprestigiar tanto a las piedras grabadas, como al doctor Cabrera. ¿Aquello
tenía o no tenía visos de conjura? A simple vista, y sólo
disponiendo de ambas fotografías que eran la misma, el doctor Cabrera,
el hombre más familiarizado con las piedras grabadas de Ica de todos los
que pudiésemos encontrar en el mundo, hubiese jurado que aquella piedra
que se exhibía como prueba de una falsificación en dos medios de
comunicación de Lima, era falsa, es decir, no presentaba ni los símbolos
ni la estética que caracterizaban a las verdaderas piedras de Ica.
¿Por qué? Dos periódicos,
una misma fotografía, posiblemente una falsificación, pretendiendo
demostrar un fraude. Resultaba doloroso, mucho para el doctor Cabrera, pero,
ese día de enero de 1975 comprendió que fuertes intereses y grupos
de poder se empeñaban en desacreditar a las piedras. ¿Por qué? ¿Qué beneficio
reportaba hacerlo? Tenía que ser grande o significativo para montar semejante
escenografía, por otra parte tan escasa de pruebas en función de
lo que se quería demostrar. Durante años había custodiado
y aumentado su colección hasta sumar once mil ejemplares. Pero los miles
de piedras que guardaba en su particular museo, no pudieron resistir el embate
de la imagen de una sola, posiblemente falsa, reproducida en dos periódicos
de Lima. Desalentador. Pero así era el mundo. Se daba cuenta de que mucho
y largo podría hablar él de conjura, pero el daño se había
consumado. Se daba cuenta de que se hacía necesario demostrar lo erróneo
de planteamientos tan oscuros como el que se defendían en las dos publicaciones,
pero también que la duda ya se había sembrado. Quedaba mucho por
hacer y decir sobre las piedras de Ica, pero el doctor Cabrera no quería
continuar sus investigaciones, hasta entender y asumir de forma completa lo que
estaba sucediendo. Todavía quedaban algunos flecos por sopesar.
5.- El consejo del Prefecto
Uno de los más importantes, sin
duda, era el fleco gubernamental. El amplio reportaje de la revista Mundial,
concluía con una entrevista que los periodistas hacían al ingeniero
Enrique Egoaguirre, por aquellos días Prefecto del departamento de Ica,
autoridad política que tenía bajo su mando a la policía
de la circunscripción. El Prefecto, refiriéndose a Basilio Uchuya
y a Irma Gutiérrez de Aparcana, declara: “Aquella es gente humilde,
que se gana la vida vendiendo cosas. Nos hemos limitado a tomar sus declaraciones
y nada más”. Como lo dicho no era gran cosa, y el político,
mejor que nadie, era consciente de la polémica que el reportaje iba a
suscitar, agregó: “Esto, a pesar de que hay gente interesada en
este asunto. Gente que, incluso, me ha llamado desde Lima para decirme que por
qué no hacemos esto o aquello”. Dejarlo así hubiese sido
como desentenderse de un tema tan relevante, por ello, añadió,
para concluir: “En lo otro, es decir, en la determinación de, si
las piedras fueron grabadas por estos campesinos de Ocucaje o por hombres que
vivieron hace miles de años, nosotros no podemos pronunciarnos. Para esto
existen otras entidades que son las encargadas de averiguar y establecer qué es
lo verdadero en la ciencia, la historia y la cultura en general. Pienso que la última
palabra de este espinoso asunto sólo la dirán los especialistas
que designen las autoridades de la cultura si es que lo consideran necesario”.
Pero aquel solapado consejo del Prefecto
del departamento de Ica quedó en agua de borrajas. Seguramente alguien
determinó que las autoridades no debían designar especialistas
para dilucidar la importancia de las piedras de Ica. Es decir, la prensa, al
servicio de alguien, tildó las piedras de Ica como falsificaciones, a
su mayor investigador lo trató de loco, oportunista y nuevo mesías,
dictaminando, sin apoyo científico, sin molestarse en visitar el museo
del doctor Cabrera y otras colecciones conocidas, que al enorme material pétreo
grabado, no debía otorgársele el menor valor arqueológico,
pues en todos los casos, esas piedras cinceladas y dibujadas con trazos, habían
sido talladas por dos campesinos de Ocucaje.
La prensa limeña hizo todo lo posible
por menospreciar las piedras de Ica. Se apoyó en aquella escueta fotografía
que mostró en dos periódicos. Se apoyó en lo que supuestamente,
de puño y letra, firmó Basilio Uchuya para eludir la prisión.
Se apoyó en la opinión de Adolfo Bermúdez Jenkis, quien
desde un principio se había caracterizado por despreciar los gliptolitos
iqueños. También en la bondad del Prefecto del departamento, que,
diciendo que se trataba de gente sencilla, y que el asunto de la veracidad de
las piedras escapaba a su competencia, daba carpetazo al caso. Pero había
más flecos. Todavía era posible matizar algo más sobre aquellos
mazazos periodísticos que, inesperadamente, sobrecogieron al país
y particularmente a Ica, echando por tierra la posibilidad de que las piedras
atesorasen en sus dibujos el conocimiento que el doctor Cabrera encontraba en
ellas.
6.- Cuando el periodismo pierde objetividad
En realidad, se hizo descaradamente. Por
ejemplo, cuando se refirieron a otra colección, mencionando las conocidas
piedras grabadas del arquitecto Santiago Agurto Calvo, se nos dice: “Todas,
absolutamente todas las piedras grabadas que obtuvo Agurto entre 1962 y 1966,
año en que cerró y detuvo sus investigaciones, muestran grabados
que representan motivos de la flora y la fauna regional, muy parecidos y semejantes
a los motivos que aparecen en la cerámica y en la textilería de
las culturas de la zona: Nazca, Paracas, Tiahuanacu, Ica e Inca. Esos motivos,
en todos los casos, son flores, maíz, pájaros, peces y animales
de la región”. En la afirmación, existe el claro propósito
de no mostrar la verdad completa de las piedras, pues refiriéndose a las
que encontró en tumbas de incas y preíncas, el mismo Santiago Agurto
Calvo, escribió en 1966, que existían piedras “representando
cosas inidentificables, figuras fabulosas y seres humanos, unas veces singularmente
y otras mezclados en elaboradas y fantasiosas composiciones”.
Se le quería negar todo valor a
las piedras de Ica, y los redactores de la revista Mundial, en su empeño,
no dejaron de contradecirse. Lo que se evidencia, cuando en el reportaje se dice: “Agurto
Calvo no quiere aventurar ningún comentario respecto a la autenticidad
de las piedras grabadas del doctor Cabrera Darquea”. Pero no mucho después,
se asevera: “las opiniones de reputadas personalidades, como las doctoras
María Reiche y Rosa Fung, y el arquitecto Santiago Agurto Calvo, demuestran
que tales piedras han sido grabadas por hábiles artesanos de nuestra época”.
De este modo, hacían partícipe a Agurto Calvo de una opinión
que según los periodistas, en el mismo reportaje, el arquitecto no quiso
aventurar.
Era necesario comprender que no se informaba,
más bien se trataba de crear una opinión colectiva, clara, concisa,
creíble: las piedras habían sido grabadas por hábiles artesanos
de nuestra época. No importaban los tamaños, el número
increíble de piedras, ni lo que mostraban respecto a tantas disciplinas
del conocimiento humano, lo único que se deseaba, era desprestigiar, para
evitar cualquier investigación que pudiera otorgar y hacer merecer a las
piedras de Ica el menor valor arqueológico.
7.- Las artimañas de la mentira
Para esculpir la gran mentira, parecía
haberse pensando en todo. Como el tipo de piedra que utilizó la humanidad
gliptolítica puede encontrarse en la zona de Ocucaje, los campesinos las
utilizan para hacer sus demostraciones, pues no es difícil grabar en ellas
con un objeto duro. Pero siendo estas piedras tan escasas, se ven obligados a
utilizar las piedras que soportan los verdaderos grabados. Para lo cual, borran
parte o todo lo anterior, insertando en los espacios conseguidos, los nuevos
trazos. Para realizar las incisiones se sirven de sierras de acero. Pero no pueden
evitar lo evidente: los trazos revelan impericia, extremada simpleza y poca profundidad.
Sería fácil desbaratar semejante argucia si se realizasen mínimas
pruebas de laboratorio, pues en los trazos nuevos no se podría apreciar
película de oxidación alguna –capa de envejecimiento-. Claro
que esas pruebas no siempre serían necesarias, pues en algunas piedras
que no se borraron completamente, añadiéndose nuevos trazos, bastaría
con echarles un vistazo, pues en ellas pueden apreciarse mezclas insólitas,
como por ejemplo un dinosaurio junto a un autobús o una botella.
Seguramente los campesinos que venden
ejemplares de piedras grabadas en el caserío de Ocucaje con total impunidad,
no serán los que hallaron los depósitos que usaron los integrantes
de una humanidad anterior para almacenar las miles de piedras. Seguramente son
los que conocen los depósitos, los que extraen las piedras y las llevan
a Ocucaje, manteniendo así la creencia de que semejante producto es artesanía
local. Seguramente todos, vendedores y suministradores, sean meros instrumentos
de una organización que se encargó de urdir la gran mentira para
que se sigan vendiendo piedras sin mayores tropiezos.
Lo peor, pudiera ser, que el negocio en
sí, además de lucrar injustamente a unos pocos, esté atentando
contra uno de los patrimonios arqueológicos más importantes del
Perú y de la humanidad. Pero lo último, no importaba a demasiada
gente.
8.- Divagando en la leyenda
El doctor Cabrera siente que la suya es
la lucha de la hormiga contra el elefante. La ciencia no toleraba sus divagaciones,
no recibía con agrado lo que de su museo se había publicado en
París. Pataleaba utilizando los medios de comunicación, y el poder
público, para desacreditarlo. Pero las piedras y los grabados eran antiguos.
Lo habían demostrado las pruebas de laboratorio; y no pertenecieron a
los incas, como tantas veces se quiso dar a entender; y, desde luego, las que él
había ido almacenando en su museo, tampoco fueron hechas por dos campesinos
de Ocucaje. Sobre lo último era mejor no insistir. Sobre la posibilidad
de que los incas fueran los autores de los grabados de las piedras, queda descartada,
si tenemos en cuenta, lo que nos dice el comentarista indígena Juan de
Santa Cruz Pachacuti Llanqui, quien escribió en el siglo XVI, en su libro “Relación
de antigüedades deste reyno del Pirú”, que en tiempo del inca
Pachacútec, fueron halladas en el reino de Chincha, en Chinchayunga, muchas
piedras labradas a las que se le denominaron piedras manco.
Hoy se cree que manco o manku sea alteración
de la palabra aimara malku, que en la región del Collao se usaba para
designar al cacique, o sea al señor de vasallos. Podría entenderse
entonces que manco o manku nombraba a la persona que tenía mando o poder.
Referida esta palabra a las piedras grabadas (labradas), habría servido
para indicar que tales piedras testimoniaban la existencia de un ser de extraordinario
poder, y al mismo tiempo para designar al poseedor de estas piedras, el Inca,
hombre igualmente poderoso. Seguramente, por más que se esforzaron los
amautas –los sabios del imperio inca-, en la mayoría de los casos
los símbolos de las piedras no fueron entendidos ni descifrados. Pero
no por esto dejaban de asombrarse. De seguro que los miembros de la élite
gobernante se interrogó por los autores de unas piedras, donde el hombre
se presentaba como un ser excepcional. Lo veían en la piedra peleando
con monstruos gigantescos, a los que vencía y mataba con facilidad. Lo
veían encima de pájaros enormes en actitud de vuelo. Al lado de
las estrellas. Navegando en el mar. En tierra, montando animales que ellos nunca
habían visto. Lo que se dibujaba se refería a un hombre, pero a
un hombre especial, con poderes y entendimiento que ellos no poseían.
Los incas, que conocieron las piedras,
tenían a Viracocha, era el dios del imperio. Para algunos historiadores
fue el dios principal y para otros uno de los principales. Hay quienes afirman
que Viracocha era sólo el símbolo del dios Sol, al que los hombres
consideraban único creador de las cosas visibles. De lo que no hay duda,
es que los incas veneraron al dios Viracocha. Y que la leyenda aseveraba que
volvería. Regresaría del mar. Un día del pasado los conquistadores
españoles se vieron beneficiados por esa creencia arraigada tiempo atrás
entre los incas. Ellos conocieron las piedras. La clase gobernante del imperio
trató de desvelar el misterio de las piedras labradas llamadas manco,
piedras de poder, realizadas con poder, que ofrecían mensajes poderosos.
Las piedras y los mensajes grabados por un dios que un día regresaría.
Del mar, de donde surgieron los europeos que dominarían a los incas y
a otros tantos pueblos indígenas. Tal vez Viracocha, ese dios inca ineludible
cuando estudiamos al extinguido pueblo, surgiera de las piedras labradas manco.
Tal vez no. Pero Viracocha debía regresar, quizá, porque los incas
nunca encontraron a los que labraron las piedras manco.
Ni dos campesinos de Ocucaje, ni los incas
grabaron las piedras. El doctor Cabrera sufría, consciente de la enorme
confusión que habían sembrado las informaciones periodísticas.
Disponía de argumentos para replicarles, pero no estaba seguro de que
quisieran atenderle.
Espaciopuerto en la Pampa de Nazca
1.- ¿Tres rocas extraterrestres?
El mundo no salió de su asombro,
cuando el minerólogo alemán Klaus Dickudt, dio a conocer su extraordinario
hallazgo, realizado en las cercanías de la Pampa de Nazca. Encontró tres “rocas” que
no correspondían a las características de ningún mineral
terrestre ni tampoco a las de los meteoritos que han caído sobre nuestro
planeta. El importante hallazgo tuvo lugar a finales del año 1974. En
mayo de 1975 La Prensa, diario de la ciudad de Lima, informaba sobre el hecho: “Extraños
objetos de aspecto silicoso han sido encontrados en la Pampa de Nazca, muy cerca
de los legendarios y gigantescos grabados que existen en ese lugar conocido también
como Pampa del Ingenio. Klaus Dickudt, el minerólogo que las encontró en
forma casual mientras buscaba fósiles y ágatas, opina que no se
trata de restos de un meteorito ni de ninguna cultura precolombina, sino más
bien de objetos extraterrestres. Uno de esos objetos (son tres) han sido observado
por diversos geólogos y científicos de nuestro medio, que han quedado
muy intrigados con la muestra que aparentemente parece una obsidiana (vidrio
volcánico oscuro), pero que al ser sometida a la espectrografía,
Rayos X y otros análisis reacciona en forma muy extraña. Esa muestra
ha sido probada también a temperaturas muy elevadas, de tres y cuatro
mil grados centígrados, sin haber sufrido cambio alguno. Las “piedras” son
oscuras, translúcidas, de una dureza extraordinaria. Rayan el cuarzo y
pesan muy poco. Son de distintos tamaños, una de ellas mide seis centímetros
y medio de diámetro y pesa 170 gramos. La más grande tiene el doble
de peso y medida. La Jefe de la Unidad 14 de Laboratorios de la Universidad Nacional
de Ingeniería, María Jesús Ojeda, considerada entre los
científicos más cualificados de nuestro país, y especializada
en espectrometría, opina que las piedras son realmente extrañas.”
Después del serio varapalo recibido
meses antes con las informaciones que se habían publicado en Lima sobre
las piedras de Ica y sus supuestos hacedores, el doctor Cabrera, recibió con
alegría esta otra crónica periodística. Sobre la Pampa de
Nazca, él tenía mucho que decir, de hecho, en el libro que había
pensado escribir tiempo atrás, y ahora preparaba a marchas forzadas, tratando
de desmentir tanto despropósito publicado, pensaba dedicar un capítulo
completo a las conocidas líneas y figuras que desde altura pueden apreciarse
en la Pampa de Nazca en muchos kilómetros cuadrados. Pero en su libro,
donde utilizaría la información transcrita, el doctor Cabrera,
que ya no temía a la polémica, ni deseaba evitarse ninguna, diría
que aquellas tres piedras, efectivamente, no podían presentar las características
de ningún mineral terrestre ni las de otro mineral llegado a nuestro planeta
en ningún meteorito, por la sencilla razón de que no se trataba
de roca o mineral, sino de fragmentos del material de las desaparecidas pistas,
a los que el intemperismo les había conferido apariencia de rocas. Por
lo tanto, diría, que aquellas tres “rocas”, tampoco era
un mineral extraterrestre, y que únicamente se trataba de uno de los productos
de la avanzada y desconocida tecnología que los hombres gliptolíticos
produjeron en nuestro planeta.
2.- Una obra magna
Toca hablar de las líneas
y figuras de la Pampa de Nazca. Toca hacerlo porque las figuras, formas y símbolos
del desierto la mayoría de las veces podían encontrarse en algunas
de las muchas piedras grabadas del museo del doctor Cabrera. En una superficie
aproximada de 50 kilómetros cuadrados se aprecia un conjunto de gigantescas
líneas rectas y curvas, figuras geométricas, pistas y figuras de
vegetales y animales. En conjunto forman un complejo de más de cien elementos,
lo que indica con claridad un plan previamente ideado. Hay algo muy singular
respecto de las líneas de mayor longitud que se aprecian sobre la superficie
de la pampa: el hecho de que algunas de estas líneas, además de
estar trazadas en forma sorprendentemente rectas, continúan sobre los
cerros rocosos sin perder su rectitud. En el centro del conjunto de figuras se
aprecia la de un mono que tiene enroscada la cola a manera de espiral y toca
con las manos un conjunto de tres pirámides. Alrededor de la figura del
mono se encuentran situadas diferentes imágenes de vegetales, animales
y símbolos geométricos. Se aprecia un lagarto, dos llamas, una
araña, un nopal o planta de tuna, aves volando, una de ellas con largo
pico, cuello largo y sinuoso; variadas espirales, algunas solas y otras asociadas
a diferentes figuras, amén de otros dibujos y símbolos, cuya descripción
detallada resultaría enojosa.
Las preguntas son inevitables. ¿Qué significado
pueden tener semejantes formas, esculpidas en la árida pampa casi deshabitada
en la actualidad? ¿Por qué las encontramos allí y no en
cualquier otra parte de América, o en otro continente? ¿Cómo
explicar su desaforado tamaño y variedad? ¿Cómo explicar
que el conjunto sea visible sólo desde el aire? Preguntas. El doctor Cabrera,
creía conocer algunas respuestas.
3.- Tesis y conjeturas.
En justicia, así como nadie
había estudiado con tanto detenimiento las piedras grabadas de Ica; tampoco
nadie, había estudiado, medido, observado y catalogado con tanta paciencia,
tesón y mimo, las figuras y símbolos dibujados en la Pampa de Nazca,
como lo hizo la alemana María Reiche. Durante décadas, la investigadora
alemana, permaneció en Perú estudiando incansablemente aquellas
enigmáticas líneas y dibujos. Su tesis, distaba mucho de la del
doctor Cabrera, ella no compartía la visión del médico peruano,
y, desde que comenzase a hacer público el resultado de sus estudios, defendió la
idea de que aquellos enormes y gigantescos dibujos que sólo podían
apreciarse en su conjunto desde la altura, eran una especie de desaforado calendario
astronómico, donde los hombres y mujeres de la desaparecida cultura Nazca,
anotaron concretos movimientos astrológicos, pues algunas de esas figuras
están alineadas con planetas y constelaciones.
Otras teorías más
recientes, apuntan a que las líneas podrían conformar un detallado
mapa de superficie, donde a escala real, sobre el mismo terreno, se quisiera
marcar las corrientes de aguas que circulaban por el subsuelo. Siendo el líquido
elemento perentorio para sobrevivir en lugar tan árido, se habría
realizado el colosal esfuerzo a fin de conocer con exactitud donde podían
hallarse los manantiales o lugares propicios para excavar pozos.
Sin embargo, el doctor Cabrera,
opinaba que lo que podía observarse en el suelo de la Pampa del Ingenio
y sus cerros, conocido como Pampa de Nazca, ubicada en el departamento de Ica,
en Perú, no era otra cosa que el testimonio de la tecnología espacial
que usaron los hombres gliptolíticos para sus vuelos intercontinentales
y cósmicos. Lugar del que seguramente abandonaron la Tierra ante la inminencia
del desastre, lo cual explicaría que las piedras grabadas se encontrasen
miles de años después no muy lejos.
Así, lo que hoy puede apreciarse
desde altura aún esculpido en la llanura y en sus cerros, siendo mucho,
para el doctor Cabrera es el exiguo vestigio de una vasta zona dedicada a la
entrada y salida de naves espaciales.
4.- Geominerología
Resulta interesante reparar en las
características geominerológicas de las zonas adyacentes de la
Pampa de Nazca. Habrá que reparar en la presencia de inmensos yacimientos
de hierro en Paracas, Yaurilla, Marcona y Acarí, los tres primeros en
el departamento de Ica y el último en el de Arequipa, contiguo a Ica
por el lado sur. Pero no son los únicos. Yacimientos menos conocidos
que los anteriores, los encontramos en los departamentos que rodean a Ica por
el lado este: Huacanvelica y Ayacucho. Es sabido que los yacimientos de hierro
concentran energía magnética. En los departamentos de Ica y Arequipa
no llama la atención el hecho, conocido desde antiguo, que las brújulas
de los barcos sufran perturbaciones cuando navegan junto al litoral. Es posible
que en el subsuelo de la Pampa de Nazca, existan enormes yacimientos de hierro,
que serían la lógica continuación de algunos de los mencionados.
Y es más que posible, que la sociedad gliptolítica conociera esta
enorme riqueza de hierro. ¿Qué relación tendría esto
con la teoría de que el lugar fuese el arcaico vestigio de un espacio
puerto? Alguna, si nos da por imaginar que la riqueza mineral del terreno podría
ayudar al despegue y al aterrizaje de las naves espaciales.
Para ello, antes, hay que reparar
en lo que sugiere la manipulación de campos eléctricos. El doctor
Cabrera estaba convencido de que la conocida figura del mono, no era la figura
de un animal, sino que representaba a un hombre que ejecuta una labor técnica.
La figura está posada sobre pirámides. En los grabados de las
piedras casi siempre simbolizaban elementos captadores, acumuladores y distribuidores
de energía. El extraño conjunto sugería que se había
realizado un significativo esfuerzo para distribuir un enorme campo de energía,
seguramente eléctrica, a lo largo de toda la pista. Si imaginamos un campo
eléctrico sobre la pista central, y recordamos el fenómeno físico
conocido con el nombre de deflexión magnética, tal vez justifiquemos
la importancia de los numerosos yacimientos de hierro en la zona.
Se llama deflexión magnética
al fenómeno por el cual un móvil provisto de carga eléctrica
(positiva o negativa), al entrar en un campo formado por dos placas de hierro
paralelas, cada una de ellas provista de su carga eléctrica respectiva,
se desplazara desviando en forma parabólica su trayectoria en sentido
tal que se alejará de la placa cargada con el mismo signo que él
tiene. Lo cual nos da una idea de lo útil que resultarían los yacimientos
naturales de hierro del subsuelo de la pampa, pues con una tecnología
capaz de crear un campo electromagnético sobre la pista central, y aplicando
el principio físico anterior, se podrían desplazar móviles
en una trayectoria parabólica cuya dirección no podría ser
otra que el espacio.
Reveladora y por una vez huyendo
del lenguaje simbólico, se nos ofrece la línea inferior que en
el dibujo adquiere forma de solenoide sobre la pista. Sería un símbolo
literal, porque se nos muestra un verdadero solenoide (aparato constituido por
un alambre enroscado en espiral a lo largo de un eje central formando una figura
cilíndrica y en el que las terminales del alambre están conectadas
a una fuente eléctrica), cuya función, según nos informa
la Física, es elevar la corriente a altísima intensidad. Lo que
invita a pensar, que los móviles desplazados sobre el campo electromagnético
de la pista central de la Pampa de Nazca, habrían recibido, mediante el
solenoide, un potente impulso para incrementar la fuerza de desviación
hacia el espacio.
Teniendo presente la enorme longitud
de la pista central, y que la energía electromagnética sobre la
pista pudo ser de mucha potencia por la existencia de grandes depósitos
de hierro en el subsuelo de la Pampa, es fácil imaginar que los móviles
tendrían que ser de grandes dimensiones.
5.- Vestigios similares
El doctor Cabrera estaba convencido
de que las figuras de vegetales, animales y algunas geométricas que se
observan en la Pampa de Nazca, eran símbolos, mientras que las gigantescas
líneas que la atraviesan serían las huellas de la infraestructura
espacial que se utilizó en su día en el lugar. No olvidaba que
algunas de las pistas salen de la pampa y son visibles sobre cerros que la rodean.
Además, existían grandes tramos de huellas similares en zonas distantes.
Tal es el caso de las que pueden apreciarse en la Pampa de Ocucaje (Ica), y,
al sur en las pampas y cerros de Castilla-Corire, a doscientos kilómetros
al norte de la ciudad de Arequipa. De ellas informó el arqueólogo
Eloy Linares Málaga, director del Museo de la Universidad de San Agustín
de Arequipa, manifestando que podían encontrarse dibujos similares a los
de la Pampa de Nazca, como recogía La Prensa, en Lima, el 13 de abril
en 1975 en un trabajo titulado. “Hallan en Toro Muerto enigmáticos
dibujos”.
Otro vestigio similar llamativo
se encuentra en Paracas, provincia de Pisco, departamento de Ica. A tal indicio
se le denomina Candelabro de Paracas, por conformarse como un gigantesco trazo
hendido que semeja un candelabro. La figura es visible desde grandes distancias,
y está orientada en dirección a la Pampa de Nazca, alejada unos
doscientos kilómetros. Quizá en el pasado la figura haya servido
de punto de referencia, tal como un faro sirve a los marinos, a los tripulantes
de las naves espaciales. Seguramente, las huellas que rebasan el ámbito
de la pampa y sus inmediaciones, fueron prolongaciones de muchas de las que se
observan en Nazca. Tal vez muchas otras hayan dejado de ser visibles en numerosos
lugares, por efecto de terremotos o un cataclismo superior, similar al que informaban
simbólicamente los grabados de una de las piedras de Ica.
Quizá los hombres gliptolíticos
legaron signos fijados magnéticamente en el subsuelo, para que sirviesen
de guías a los hombres del futuro, signos que como las piedras de Ica
insistían en ofrecer mensajes que vinculaban a la raza humana al espacio
y al viaje estelar.
6.- La Pampa de Nazca en las piedras de Ica
La mayoría de los dibujos
que podían encontrarse sobre el terreno de la Pampa y eran visibles desde
la altura, también se hallaban en muchas de las piedras de la colección
del doctor Cabrera. Nuestro investigador, sobre el tema espacial, había
recopilado una serie de setenta piedras. La interpretación de los distintos
símbolos que las mismas ofrecían, coincidía con todo lo
hasta entonces estudiado e interpretado. Aquella antigua sociedad humana que
prosperó hasta límites insospechados en la técnica y en
el pensamiento, se servía del sistema nervioso de algunos de los tripulantes,
para surcar los océanos de distancia y tiempo atravesando la galaxia,
en naves que eran entes biológicos. En naves espaciales que respondían
al mandato cerebral de los tripulantes que las comandaban.
El doctor Cabrera suspiraba como
llevaba haciendo años. Los símbolos, tantos esfuerzos anteriores,
y la filosofía general que presentaban los dibujos de miles de piedras,
apuntaban en aquella dirección. Estaba completamente convencido. Pero
también sabía que su tesis sería rechazada, de plano, categóricamente.
La ciencia actual no quería asomarse a tales posibilidades. Nula inquietud
estatal y universitaria. Era como si hubiese que nutrirse desesperadamente de
lo establecido y lo establecido no dejase el menor resquicio a una visión
más ancha, carente de prejuicios, abierta a interpretaciones que fueran
sosteniéndose en excavaciones que nunca se autorizaban, y en investigaciones
que jamás se emprendieron. Símbolos. Interpretaciones. Los explicaría
detalladamente en su libro. Tenía prisa. Pero el trabajo era arduo. Él
no era escritor. Trabajo. Estaba solo. Nunca antes se había sentido tan
solo.
Epílogo
1.- El precio
En 1976, el doctor Javier Cabrera
Darquea, publicó su libro titulado El mensaje de las piedras grabadas
de Ica. Trece años después, el libro se había reeditado
varias veces en castellano, y se había traducido al inglés y al
portugués. En el libro de Cabrera, con más detalle, viene a explicarse,
todo lo expuesto en este humilde trabajo que, desde su inicio, ha tratado de
ser un eco del suyo, una continuación de aquél, un intento de homenaje
al esfuerzo realizado durante tantos años por un hombre al que nunca se
le hizo justicia.
Empeñarse en descifrar el
misterio de las piedras grabadas de Ica, pasó factura al investigador.
Apasionado en su labor, descuidó su vida conyugal, al menos, eso entendió su
esposa. Quien le abandonó, cansada de que el prestigio de su marido quedase
en entredicho a causa de las teorías que nunca dudó en ir divulgando
en cuento tenía ocasión de hacerlo.
Piedras grabadas. Su mensaje. En
la separación, se valora el hecho de que algunas piedras pasen a pertenecer
a la esposa que ha decidido dejar de serlo. Tal deseo, tal intento, costará la
vida de uno de los hijos de Cabrera. De los ocho, el que más unido estaba
al padre, Augusto, quien iba a recibir el testigo para continuar investigando
y custodiando la magnifica colección de piedras grabadas que el doctor
atesoró a lo largo de años. El hijo se suicidó ante la presión
de la separación de los padres y el hecho de que muchas de las piedras
de la colección pasasen a manos de la madre y su nueva pareja. Un matrimonio
roto. El hijo que debió seguir con las investigaciones realizadas, se
suicida. El mundo académico, siempre en contra de Cabrera.
Todo ello, terminó por derribar
la firme voluntad del infatigable investigador. Cabrera enfermó, nunca
fue el hombre que había sido. Tras largo padecimiento, mermado física
e intelectualmente, nuestro investigador peruano fallece en diciembre del año
2001.
Postrado, ya sin fuerzas, es incapaz de
establecer el legado. Parece que una de sus hijas, se las arregla para hacerle
firmar un documento en el que ella lo hereda todo, dejando al margen al resto
de sus hermanos. En esa totalidad, se incluyen la colección de piedras
grabadas, que es lo único que nos interesa. A la postre, lo que fuese
un museo de libre entrada, se convierte en un recinto cerrado, donde tal vez
se inviten más a compradores que a investigadores. Las piedras van desapareciendo.
Sería difícil, decir hoy, el número exacto de piedras que
aún permanecen en lo que fuera el museo del doctor Cabrera. Sin embargo,
el legado de Cabrera, queda en su libro.
2.- El mensaje postrero
¿Cuál es el último
mensaje? Hubo una humanidad anterior. Una humanidad que floreció gracias
a la ayuda que recibió en origen de los que llegaron de mundos exteriores.
Existió un mundo distinto al civilizado que hoy conocemos en la faz de
nuestro planeta. Esa antigua civilización contó con una ciencia
más evolucionada que la nuestra. Una ciencia que, a pesar de sus logros,
no impidió el cataclismo que su empleo originó a nivel planetario.
Pero, ¿quienes son los que llegaron a la Tierra para fecundar la vida? ¿Quiénes
los que la trajeron desde las estrellas para sembrarla y hacerla brotar a modo
de jardineros? ¿Por qué la ciencia actual no se abre a tesis como
la del doctor Cabrera? ¿Por qué ni siquiera echa un vistazo a las
impresionantes pistas y dibujos de la pampa de Nazca? Preguntas. El doctor Cabrera
obtuvo respuestas, se acercó a la verdad.
Nosotros seguiremos buscándola
en El advenimiento de la cuarta dimensión. Pero… Vinieron de las
estrellas… trajeron la vida al planeta. La humanidad autóctona
progresó… perdió el camino del conocimiento… empleó erróneamente
la ciencia… produjo un cataclismo de colosal magnitud. Luego la decadencia,
la regresión… las leyendas de un mundo antiguo perdido en la memoria
del tiempo… el descabellado intento de utilizarlas para dominar a la mayoría…
ÍNDICE
Introducción
1.- Una historia más antigua
que la Historia.
2.- Buscar o ser encontrado.
Biblioteca de piedra en Perú
1.- Una piedra en el camino.
2.- Precedentes
3.- Desvelando el misterio
4.- Hallazgos asombrosos
5.- Pruebas de laboratorio
6.- En clave rebelde
7.- Verdades arqueológicas
8.- Fundamentos para continuar.
La humanidad anterior
1.- El gliptolito
2.- Claves simbólicas
3.- Otra dirección de la existencia
4.- Aquel nuestro planeta
5.- Medicina futurista
6.- Implantaciones cognoscitivas
7.- Clasificación de habitantes
8.- A modo de síntesis.
Confabulación y desprestigio
1.- Breve aliento
2.- Réplica demoledora
3.- Paraíso de la arqueología
4.- Visos de conjura
5.- El consejo del Prefecto
6.- Cuando el periodismo pierde objetividad
7.- Las artimañas de la mentira
8.- Divagando en la leyenda.
Espacio puerto en la Pampa de Nazca
1.- ¿Tres rocas extraterrestres?
2.- Una obra magna
3.- Tesis y conjeturas
4.- Geominerología
5.- Vestigios similares
6.- La Pampa de Nazca en las piedras de Ica.
Epílogo
1.- El precio
2.- El mensaje postrero
|
|
|
|
|