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Biblioteca de piedra en Perú o el legado de Javier Cabrera Darquea

por Francisco Díaz Guerra

Introducción

1.- Una historia más antigua que la Historia

    Quizá las viejas leyendas inspiradas o no inspiradas que contaban sobre la creación del mundo y su génesis, no fuesen más que relatos escritos en un contexto de decadencia, donde el hombre creó a un Dios hecho a su imagen y semejanza. Un Dios esculpido en el Viejo Testamento a golpe de castigo, crueldad y prohibiciones. Indicios arqueológicos mal difundidos, una ingente cantidad de piedras encontradas en Ica, Perú, vestigios inquietantes y una pampa repleta de enormes dibujos y gráficos que sólo pueden observarse desde la altura, podrían demostrar que el principio no tuvo relación alguna con los míticos siete días, ni la vida humana, tal como la conocemos, se estableció en la Tierra tal como nos lo contaron.Quizá la vida humana evolucionada se engendrara gracias a la intervención de otros seres más desarrollados venidos hace miles de años atrás a la Tierra desde el espacio exterior. Tal vez desde Pléyades, uno de los cúmulos de estrellas que componen nuestra galaxia.

   Hoy, con nuestra tecnología, valorar tal posibilidad, nos golpea y derrota, pues hablamos de la necesidad de vencer una distancia de seiscientos millones de años luz. Pléyades. Disponemos de miles de piedras grabadas que hablan de una sociedad remota, hoy desaparecida, que vivió en la Tierra, de una sociedad que había alcanzado un nivel técnico y científico inimaginables. Una sociedad vinculada al conocimiento y desarrollo cognoscitivo colectivo. En las piedras quedan esculpidos los símbolos que hablan de manipulación genética, de cómo los exteriores, elevaron a primates a la condición humana utilizando la superior ciencia de que disponían. El resultado de sus logros, sería la raza autóctona planetaria. Pero aquella sociedad resultante no fue oprimida por los exteriores. Lo demuestra el hecho de que fueron libres hasta el punto de equivocar el uso de la tecnología y crear un desajuste térmico en el planeta que culminaría en un cataclismo sin precedentes. Ese diluvio del que hablan tantas leyendas y mitos en tantas culturas. Ese que partió masas continentales, hundió otras e hizo emerger nuevas. Después, en la etapa de regresión, en el tiempo de oscuridad, cuando los exteriores se habían marchado evacuando el planeta, se escribieron las historias, unas fueron sagradas, otras menos, todas sirvieron para esconder una posible verdad que hoy emerge a la luz en distantes partes del mundo.

    Una biblioteca de piedra antiquísima, unos dibujos milenarios que han sobrevivido a la intemperie en la pampa peruana, reclaman nuestra atención para ofrecernos un contundente mensaje: nuestra antigüedad como raza sobre el planeta es mucho mayor que la establecida científicamente; nuestro origen ninguna relación guarda con aquel de un génesis, cuyos mitos agrupados, confabulan y ocultan la inquietante verdad a la que se renunció a favor de la superstición.

2.- Buscar o ser encontrado.

  Comenzaba el nuevo milenio cuando la vida trajo del Perú a España a la hija primogénita de Javier Cabrera Darquea. Nada sabía yo entonces de este hombre ni de la ardua labor investigadora realizada con las mundialmente famosas piedras grabadas de Ica. Confieso que cuando su hija me habló del asunto y me prestó el libro que sobre el tema escribiese el padre, tras un primer vistazo, después de una lectura apresurada, terminé desdeñándolo, para devolvérselo días más tarde y comentar de él vaguedades con poco entusiasmo… confieso que sencillamente me resultó imposible asimilar tanta revelación, novedad, enfoque diferente al ortodoxo. Preferí pensar que se trataba de las extravagantes teorías de un hombre culto, pero temerario a la hora de expresarlas. Pensé que el padre de Paulinne había tenido por narices que molestar al mundo académico con sus aseveraciones, y creí que las piedras de Ica, pasarían ocupando su lugar pertinente en el anaquel de las anécdotas.

  Pero como solía decir un buen amigo, en la vida, las cosas te encuentran por más que uno no las busque, o crea no hacerlo. Lo cierto fue que con el nuevo milenio no sólo llegó Pualinne Cabrera a España, a la par, y sin que en principio tuvieran relación alguna, también apareció mi deseo cada día más exigente de escribir ciencia-ficción. De la fantasía me cansaba por el atrezzo, las historias había que vestirlas, encuadrarlas en una época, ambientarlas en año y lugar, ubicarlas en un país concreto. Quería escribir ciencia-ficción porque con ella podría abandonar la Tierra, buscar otros planetas, inventar no sólo países, sino civilizaciones, razas, contactos. Sentía la llamada de la galaxia recién cumplidos los cuarenta años, y me dio por leer obras especulativas situadas al margen de lo tenido como verdad académica irrefutable. Meses después, los asumidos orígenes de la raza humana se habían quebrantado, a la vez que me fui dando de bruces aquí y allá con las teorías de Cabrera. Algunas lecturas apuntaban en la dirección sostenida por el doctor peruano. En realidad, eran tantas, que fue necesario pasar por el apuro de pedir por segunda vez el libro que hacia ya casi un año leí sin prestar la atención que merecía.

  El segundo encuentro con El mensaje de las piedras grabadas de Ica, resultó más fructífero y sosegado que el primero. Aquello no era el trabajo de un investigador, se trataba de un grito agónico pidiendo atención. Un grito agónico más que justificado. El buen doctor había dedicado media vida a investigar lo que para él resultó ser una verdad tan nítida como aplastante, y escribió su libro y un sin fin de artículos, tratando de llamar la atención, ofreciendo generosamente sus conocimientos y particular museo a otros investigadores que jamás llegaron desde la oficialidad. El segundo encuentro con El mensaje de las piedras grabadas de Ica, sirvió para comprender que el esmerado trabajo de aquel hombre merecía continuar en otros esfuerzos que recordasen el suyo, que hiciesen lo que él pretendió. Llamar la atención de expertos sobre aquellas piedras, las que fue recopilando, almacenando, coleccionando durante media vida.

  Le prestaron atención gente en distintas partes del mundo. Pero la universidad, el mundo académico, el conocimiento oficial, nunca aceptó el mensaje de las piedras de Ica interpretado por el doctor Cabrera. Ni siquiera, a estas alturas, acepta las piedras ni su probada antigüedad; término con el que nos encontraremos en este empeño más a menudo de lo deseable y nos golpeará de continuo proponiendo otro modelo, uno más ambicioso que la propuesta por la teoría de la evolución de las especies. Otro que afecta directamente a la raza humana y la abre hacia una perspectiva gigantesca tanto si se mira hacia el pasado como si se especula oteando el futuro. El hombre y su origen. Una biblioteca de piedra que cuenta una historia antigua, remota. Es casi inevitable advertir, seguir supone darse de bruces con lo sorprendente, con lo inquietante, con lo que no nos gusta oír. Seguir la pista al mensaje de las piedras de Ica supone una cura de humildad y otra de inmensidad, no sé cómo pueden conjugarse ambas cosas, sólo sé, que el principio pudiera ser bien distinto de como tantas veces nos lo contó la religión y la ciencia, y que tal vez, leer otra posibilidad no resulte nada agradable a las mentes complacidas y satisfechas en su verdad.

Biblioteca de piedra en Perú

1.- Una piedra en el camino

  El doctor Cabrera se encontró con las piedras en mayo de 1966. Un amigo de la niñez acudió a su despacho para regalarle una piedra que podía servirle como pisapapeles. Era ovalada, de color negruzco y tenía grabada la figura de un pez extraño y desconocido.

  Félix Llosa Romero, permaneció unos minutos en silencio. El médico seguía observando la piedra, preguntándose el posible origen de la misma. Pronto supo que el hermano de Félix poseía una colección. Piedras grabadas. Algo poco habitual, hasta cierto punto novedoso. Pues en la zona de Ica era frecuente encontrar en las tumbas de los cementerios precolombinos, tejidos, objetos de metal y madera, así como cerámicas, pero no se encontraban por lo común piedras grabadas.

  Su amigo le dijo que desde hacía años, los que clandestinamente practicaban excavaciones en busca de tesoros arqueológicos, los huáqueros, habían encontrado por los alrededores de Ocucaje (caserío del distrito de Santiago en la provincia y departamento de Ica) una gran cantidad de piedras grabadas, y que se vendían en el mercado negro a personas aficionadas a la arqueología. Además, los hermanos Carlos y Pablo Soldi, conocidos en la zona de Ocucaje donde residían, y el arquitecto Santiago Agurto Calvo, poseían las mayores colecciones de piedras. Incluso, el Museo Regional de Ica, tenía un depósito de ellas. Aquella jornada de mayo la recordaría siempre el doctor Cabrera como una de las más emocionantes de su vida. Sintió que el regalo y las posteriores informaciones merecían el consiguiente e inmediato esfuerzo de visitar la casa del hermano de Félix.

  Poco después contempló por primera vez un buen número de piedras grabadas. Frente al pétreo testimonio, sintió cómo se le aceleraba el pulso y la inquietud; sintió que algo dentro de él necesitaba indagar sobre la procedencia de las piedras y su posible relación con las culturas clásicas del antiguo Perú.

  En las piedras contemplaba dibujos de tortugas, serpientes, arañas, lagartos, peces, sapos, llamas. Había dibujos de hombres. Escenas simples de caza y pesca, y otras más complejas. Los hermanos Llosa sonreían y bromeaban ante la perplejidad del doctor. Pero el médico también era biólogo, sin hacer caso de las risas de ambos, se percataba de que algunos animales representados, ofrecían rasgos que los diferenciaban de las especies actuales; así, había serpientes con aletas en el dorso, aves con cornamentas, artrópodos con tenazas de igual longitud o peces con múltiples aletas distribuidas por todo el cuerpo. Y todas las escenas parecían disponer de movimiento, como si los dibujos y grabados que ofrecían ocurriesen en ese instante frente al espectador.

  Aquellas piedras con las que topó Javier Cabrera Darquea ya nunca se marcharían de su vida. En años venideros se convertiría en el mayor coleccionista. Abriría un museo en la ciudad de Ica que, andando el tiempo, llegó a contar con más de once mil piedras grabadas. Aquella tarde de mayo del año 1966, el médico y profesor de biología, comprendió que tenía frente a él un misterio que lo llamaba con rotundo y reiterado canto de sirena. Ni fue advertido previamente, ni como Ulises, se ató a mástil alguno.

2.- Precedentes

  Aquella del año 1966, fue la primavera que comenzó sus estudios sobre las piedras grabadas. Urgía conocer el principio, cómo y dónde habían comenzado a aparecer las primeras. La flecha indicaba a unos trescientos sesenta kilómetros al sur de la ciudad de Lima, la capital del Perú, en la provincia de Ica, en el año 1961, por entonces comenzaron a circular unas extrañas y misteriosas piedras grabadas semejantes a cantos rodados. Lo enigmático del hallazgo residía en que las figuras y grabados representaban escenas de vidas de hombres y animales diferentes respecto a lo que los estudios arqueológicos daban por sabido sobre la fauna y la vida de los hombres de las culturas clásicas del Perú.

  Las piedras procedían de Ocucaje, tranquilo caserío a unos cuarenta kilómetros al sur de la ciudad de Ica. La zona es rica en tumbas de incas y preíncas, pero ni siquiera hay que excavar para hallar en la superficie restos petrificados de minúsculos y gigantescos animales prehistóricos. Ocucaje queda ubicado en un inmenso desierto custodiado por cerros de arcaicas rocas, tal vez las más antiguas del planeta. Las desconcertantes figuras grabadas en las piedras causaron rechazo entre los arqueólogos. No en balde, ni se ajustaban a lo que se sabía sobre los antiguos hombres que habitaron suelo peruano, ni tenía la menor consideración a la hora de derrumbar todo lo que se había construido respecto al pasado.

  Después vino la desconfianza. Se dudó de la autenticidad de las piedras, dado que fueron apareciendo muchas que iban siendo desenterradas por aquellos que conocían los depósitos ocultos en el desierto. Finalmente, cuando en las numerosas piedras que fueron apareciendo, se descubrieron figuras enigmáticas que hacían incomprensible el conjunto, los arqueólogos peruanos acabaron por desdeñar el posible mensaje de las mismas y su consiguiente estudio. Seguramente porque resultaba más fácil cuestionar su autenticidad, que prestar atención a grabados y representaciones que sugerían el testimonio de hombres en suelo peruano, en una antigüedad mayor a la establecida por incas y preincas. Fieles a la idea de que los pobladores del antiguo Perú se remontaban a no más de veinte mil años atrás, y que sólo desde hacía tres mil años habían conseguido alcanzar un avance cultural significativo, no podían detenerse a valorar la inquietante hipótesis que, descaradamente, como se irá viendo, sugerían muchos grabados de las piedras, siempre apuntando a un rastro humano más antiguo que el establecido por la arqueología oficial.

  La incredulidad de los especialistas contaminó a las autoridades culturales del país. Tanto así, que cuando los mencionados hermanos Carlos y Pablo Soldi, que coleccionaron las primeras piedras, solicitaron que sus ejemplares fueron objeto de estudio, la autoridad competente, basándose en informes de entendidos en la materia, desestimó la petición. Tampoco el hecho de que en 1966, el también mencionado arquitecto Santiago Agurto Calvo, practicase excavaciones en tumbas de Ocucaje, encontrando en ellas piedras grabadas, sirvió para que los arqueólogos se interesasen en su estudio. Era la primera vez que se conocía el lugar exacto donde las piedras habían aparecido. Pero, igualmente, la indiferencia oficial fue la tónica. Ni siquiera se quiso tener en cuenta el análisis de laboratorio que Santiago Agurto Calvo encargase para determinar la dureza de las piedras. En el resultado del mismo se informaba de que las piedras procedían de flujos volcánicos correspondientes a la era Mesozoica, algo característico en la zona de Ocucaje. Es sabido que las rocas mesozoicas poseen una antigüedad de 230 millones de años, cifra muy alejada de la otra que los antropólogos aceptan respecto a la aparición del hombre sobre la Tierra (250 mil años). Sólo este detalle invitaba a la investigación.

  Mientras tanto, el doctor Cabrera, que impartía clases de biología, en la Universidad Nacional San Luis Gonzaga de Ica, palidecía de pura ansiedad cada vez que pensaba que sus conocimientos le permitieron identificar entre la extraña fauna de animales grabados en piedra, algunos que según la Paleontología habían existido en la prehistoria. Por simple deducción caía en la cuenta de que aquel testimonio revelaba la coexistencia del hombre con animales prehistóricos, lo cual situaba el origen de la raza humana, a millones de años atrás, cuando estos animales existieron.

  La ciencia tiene por inamovible la idea de que el hombre como ser inteligente y reflexivo, tras un lento y largo proceso de racionalización de los primates, apareció hace solo doscientos cincuenta mil años. Pero las piedras grabadas de Ica podían desbaratar el esquema sobre la antigüedad del hombre peruano, y también sobre la aparición del hombre en la Tierra. Pensarlo, sopesar esa tremenda posibilidad, hizo que el doctor Cabrera comenzara a adquirir un gran número de piedras que pasaron a formar parte de su colección. También halló un libro escrito por Herman Buse, estudioso del pasado peruano, en el que daba a conocer las piedras grabadas, contando que en 1961, el desbordamiento del río de Ica, dejó al descubierto en la zona de Ocucaje, gran cantidad de piedras grabadas, las que desde entonces vendían huáqueros y lugareños.

  A su vez, Santiago Agurto Calvo, no quiso que terminase el año 1966, sin antes publicar un artículo en un diario de la ciudad de Lima, el día 11 de diciembre, para hacer constar que fue el año que encontró piedras grabadas en tumbas preincas. Informaba que una de las piedras representaba un pájaro con las alas extendidas en pleno vuelo, llevando una mazorca con maíz en las patas, y que otra, mostraba una figura estrellada. El importante descubrimiento lo hizo en compañía de Alejandro Pezzia Assereto, arqueólogo del Museo Regional de Ica y encargado de las investigaciones arqueológicas en la región. El artículo del prestigioso intelectual, concluía manifestando que sus hallazgos comprobaban de manera definitiva la autenticidad arqueológica de las piedras grabadas de Ica.

3.- Desvelando el misterio

  A pesar de lo anterior, a Ica no llegaban los estudiosos del antiguo Perú. La única solución era seguir adquiriendo nuevas piedras, y mostrarlas al público, para así captar la atención deseada. El doctor Cabrera, de mayo de 1966 a mayo de 1967, consiguió reunir seis mil ejemplares. Pagaba de su propio bolsillo cada piedra que pasaba a formar parte de la colección que enseñaba en la Casa de Cultura de Ica, institución que fundó y por aquel entonces dirigía, a objeto de fomentar y difundir en la región, las letras y las artes. Contando con apoyo y escaparate público, creyó que pronto conseguiría promover el estudio de las piedras grabadas por parte de los entendidos. Pero la visita que hiciera en aquel tiempo a Adolfo Bermúdez Jenkis, director del museo regional de Ica, le hizo entender la verdadera situación.

  El museo disponía de un buen número de piedras grabadas. Pero no las exhibía. Para que el doctor Cabrera pudiese echarles un vistazo, fue necesario traerlas del depósito. El director del museo, no era partidario de iniciar investigaciones. Él, como otros muchos, pensaban que habían sido realizadas por huáqueros y lugareños a fin de obtener unos dólares vendiéndolas como algo supuestamente antiguo. Cuando el doctor Cabrera preguntó si aquella opinión quedaba respaldada por pruebas de laboratorio, sencillamente oyó que tales pruebas no eran necesarias. Así fue como nuestro coleccionista terminó comprendiendo, que la actitud del director del museo, era la que imperaba en la oficialidad política y cultural peruana respecto a las piedras grabadas.

  Piedras. Su misterio. Son de diferente tamaño, peso y color. Las más grandes pueden llegar a pesar quinientos kilos, y las más pequeñas entre quince y veinte gramos. Destacan los colores grises, parduscos, rojizos y amarillentos. Podía confundírseles con cantos rodados, los guijarros que suelen encontrarse en playas, lechos de ríos y terrenos aluvionales.

  Lo primero que el doctor Cabrera trató de dilucidar, era si los variados grabados obedecían a la intención de hacer arte o, por el contrario, trataban de ofrecer un mensaje, y en ellos se encontraba contenido un desconocido modo de escritura, en la que las figuras fueran símbolos que representaban sucesos, circunstancias, cualidades, objetos y sujetos. ¿Las figuras de las piedras grabadas de Ica son arte o una forma de escritura?

  El doctor Cabrera se había percatado de que las figuras de las piedras carecían de plano, proporcionalidad y perspectiva. Tal circunstancia le hizo recordar los dibujos dejados por culturas como la sumeria y la egipcia (de hace 6000 años), consideradas más antiguas que las culturas incas y preíncas. Los resultados de las investigaciones sobre el antiguo Perú, afirmaban que incas y preíncas, carecían de un sistema de escritura. Por lo mismo, dedujo que los grabados de las piedras, sólo podían tener relación con un pasado anterior.

  Ayudó sobremanera disponer de un número tan elevado de piedras. De este modo, fue fácil comprobar que en muchas, los dibujos parecían repetirse, aunque el análisis comparativo señalaba que la repetición sólo era aparente, porque aún existiendo de un modo general semejanza en las figuras, la presencia de uno o más elementos nuevos incluidos en el conjunto de los dibujos, o variaciones en la actitud de personas, animales o vegetales, así como los cambios de ubicación de los objetos, mostraban que los dibujos eran diferentes. El doctor Cabrera sintió que se encontraba cerca de algo importante. Llevado por la intuición, ordenó en grupos las piedras cuyos dibujos ofrecían aparente igualdad. Hacerlo supuso un gran paso en sus investigaciones, pues no tardó en comprender, que cada grupo de piedras formaba una serie acerca de un tema. Examinando el tema que cada serie ofrecía, encontró que éstos se referían a aspectos del conocimiento humano.

  A partir de entonces, existieron dos prioridades fundamentales para continuar las investigaciones: de un lado, encontrar el sistema expresivo que permitiese leer los grabados; por otro, seguir adquiriendo piedras para evitar en lo posible, que la información de la serie quedase mutilada. Las series ofrecían temas referentes a botánica, astronomía, zoología antropología, transportes, rituales… Destacaba el singular hecho de que las figuras humanas representadas mostraban una conformación física diferente a la del hombre actual, y por tanto a la del hombre inca y preínca. Sin embargo, ciertos adornos que las figuras detentaban en la cabeza parecían las tres plumas que los incas usaron como distintivo de poder y nobleza. Otra cosa destacable, era el que los animales representados, aunque semejantes a los actuales, tenían rasgos que los diferenciaban. Se hizo necesario consultar manuales de paleontología. Los grabados de las piedras enseñaban caballos y llamas de cinco dedos, megaterios (osos perezosos gigantes), alticamellus (mamífero con cabeza y cuello de jirafa y cuerpo de camello), megaceros (ciervos gigantes), mamuts (elefantes gigantes). Ello sólo podía significar que el hombre que había grabado las piedras remontaba su existencia al pasado lejano en que tales animales prosperaron multiplicándose.

4.- Hallazgos asombrosos

  Según avanzaba en la observación y ordenación por series de las piedras grabadas, así como continuaba adquiriendo ejemplares, el doctor Cabrera topó en algunos grabados con figuras de animales prehistóricos de mucha mayor antigüedad que los encontrados anteriormente. Descubrió megaquirópteros (murciélagos gigantes), dinosaurios (reptiles gigantes) y agnatos (peces primitivos sin maxilares); animales que existieron en eras geológicas más antiguas que la era en la que la paleontología afirma apareció el hombre. El megaquiróptero, en el período Terciario (hace 63 millones de años), en la era Cenozoica. El dinosaurio, en el período Jurásico (hace 181 millones de años), en la era Mesozoica. El agnato en el período Devónico (hace 405 millones de años), en la era Paleozoica. Una vez más podía deducirse que el hombre que grabó en piedra semejantes animales había coexistido con ellos. Lo cual, directamente, significaría que el hombre tenía una antigüedad de 405 millones de años, a diferencia de lo que defendía la paleontología fechando el hecho de 40 a 250 mil años.

  El doctor Cabrera encontró grabados todavía más sorprendentes, pues denotaban un profundo y detallado conocimiento biológico. Los grabados ofrecían algo que la paleontología ni siquiera había podido imaginar: los ciclos reproductores del megaquiróptero, del dinosaurio y del agnato; sus hábitos nutricios, y los puntos vulnerables de su organismo. Lo que se sabe del megaquiróptero es que fue un animal de grandes proporciones, alas membranosas y larga cola. Actualmente, el único animal que se le parece, aunque de dimensiones reducidas, es un murciélago que vive en las selvas de Australia y África, singularizado por ser el único de su especie que posee cola. Los murciélagos nacen después de haber completado su gestación en el organismo de la hembra. Por el parecido del murciélago con lo que fue el megaquiróptero, la paleontología afirma que el extinguido animal fue también un mamífero vivíparo. Pero tal aseveración, lo desdecía una serie de cuarenta y ocho piedras grabadas que sobre el ciclo reproductor del animal había logrado reunir el investigador. Aquello era la representación gráfica de lo que podía entenderse como las diferentes fases por las que atravesaba el animal para adquirir su forma completa. La constante presencia de huevos junto a la cola del animal en cada fase de la serie, sugería que alguien se había tomado la molestia de tallar en piedra que el ciclo reproductor del megaquiróptero se daba dentro de un huevo, o sea, era ovíparo. Pero la paleontología enseñaba que el animal en cuestión era vivíparo como el murciélago.

  Respecto al dinosaurio, del que sabemos fue el mayor de los animales gigantes que arcaicamente existieron en la Tierra, y del que la paleontología refiere se reproducían como lo hacen actualmente los reptiles, el doctor Cabrera encontró una piedra que ofrecía una sucesión de figuras dispuestas en todo el contorno para concluir con una familia de dinosaurios. Un macho, la hembra, y otro muy pequeño. Una familia de estegosaurios. Lo increíble quedaba en las figuras sucesivas, que partían de una forma larvaria recordando al renacuajo de los anfibios, continuaba con una figura similar pero con dos patas, para terminar con una forma muy pequeña de reptil pero con cuatro patas. Por tanto, la serie sugería el fenómeno biológico conocido como metamorfosis. Pero los estudios paleontológicos afirmaban que los dinosaurios se reproducían como los reptiles y que por ello salían del huevo completamente formados, siendo la metamorfosis un fenómeno propio de anfibios, que no nacen completos al salir del huevo.

  Respecto del agnato, se habían reunido 205 piedras que integraban una serie empeñada en informar sobre el ciclo reproductor del animal. Con generosidad, el grabador había ilustrado cada uno de los aspectos de la metamorfosis del arcaico pez. Frente a ello, la paleontología sólo tenía una idea de la configuración física de este animal a través de unos cuantos especímenes fosilizados.

  Semejantes hallazgos turbaban al investigador. Evidenciaban que el hombre habría existido desde una antigüedad insospechada, donde convivió con animales extinguidos, poseyendo un complejo conocimiento biológico del que dejó constancia grabada.

5.- Pruebas de laboratorio

  Llegados a este punto, y tras poner patas arriba la vigente teoría de la evolución de las especies, en la que se sostenía en buena medida la paleontología, había que acometer, sin respaldo académico y sin contar con lo público, las pruebas de laboratorio que fuesen necesarias para comprobar la antigüedad de los grabados.

  El doctor Cabrera recurrió a su amigo Luis Hochshild, ingeniero de minas y vicepresidente de la compañía minera Mauricio Hochshild, con sede en Lima. Corría el mes de mayo del año 1967. Hacía justo un año que se ocupaba del misterio de las piedras grabadas. Cabrera solicitó al amigo que en su laboratorio realizara análisis que precisaran la naturaleza de las piedras y la antigüedad de los grabados. Eligió 33 ejemplares, entre ellos, algunos donde se representaban los ciclos reproductores de los animales extinguidos antes citados, pues los mismos se prestarían a controversia de no verificarse su antigüedad.

  Al mes siguiente, los laboratorios, ya disponían de resultados. Será conveniente transcribir lo que, en Lima, el día ocho de junio de 1967, suscribiese el geólogo Eric Wolf. “Se trata indudablemente de piedra natural y redondeada por el transporte fluvial (cantos rodados). Petrológicamente las clasificaría como andesitas. Las andesitas son rocas cuyos componentes han sido afectados mecánicamente a causa de altas presiones con simultánea transformación química. En nuestro caso quedan patentes los efectos de una intensa sericitación (transformación del feldespato en sericita). Este proceso ha incrementado la compacidad y el peso específico, creando por otra parte la suavidad que los antiguos artistas sabían apreciar en la ejecución de sus obras. Trataré de confirmar esta opinión preliminar por medio de un examen más minucioso en los laboratorios de la Universidad de Ingeniería de Bonn, Alemania. Por lo demás, cabe mencionar que las piedras están envueltas por una fina pátina de oxidación natural que cubre por igual las incisiones de los grabados, circunstancia que permite deducir su antigüedad. No he podido observar ningún desgaste notable o irregular en las aristas de las incisiones por lo que cabe la suposición de que han sido realizadas no mucho antes de depositar los ejemplares en las necrópolis donde ahora son encontradas.”

  El informe revelaba tres cosas importantes: 1.- Las piedras poseían un mayor peso específico que los cantos rodados comunes que abundan en lechos de ríos y playas de los mares. 2.- Las piedras grabadas eran antiguas, a juzgar por la capa de oxidación natural que cubría por igual las incisiones de los grabados. 3.- Las piedras fueron depositadas donde ahora eran encontradas, no mucho después de que fueran grabadas, dado la falta de desgaste tan notable como irregular que presentaban las aristas en las incisiones, lo que a su vez parecía indicar que los grabados fueron realizados no para usarse, sino para ser guardados en lugares protegidos, con intención desconocida.

  Con el informe se adelantaba algunos pasos, pero quedaba aún mucho camino por recorrer. El doctor Cabrera tuvo que esperar algunos meses para volver a recibir noticias de Eric Wolf. El ingeniero, tal como anunció haría, había remitido algunos ejemplares a la universidad de Bonn, en Alemania. Allí, el profesor Frenchen y su equipo, verificaron los resultados que anteriormente se obtuvieron en Lima.

  Recibió la misiva el 8 de enero de 1968. A saber, las piedras grabadas eran andesitas y estaban cubiertas por una pátina (película) de oxidación natural que cubría las incisiones de los grabados, lo que permitía deducir que eran antiguos. Pero se añadía que esta película no bastaba para precisar el tiempo de antigüedad, y que para hacerlo, se precisaba emplear los métodos comparativos que ofrecían la estratigrafía y la paleontología.

  Lo que necesitaba la estratigrafía, era realizar excavaciones donde se extraían las piedras, con el propósito de establecer la antigüedad del estrato (capa) geológico donde aquéllas estuviesen.

  En cuanto al método comparativo que a su vez necesitaba emplear la paleontología, no era otro que la determinación de restos fósiles (vegetales, animales y hombres) que pudieran hallarse en el estrato donde estuvieran las piedras, pues la antigüedad de los fósiles daría una pista fidedigna del tiempo en que fueron grabadas.

  Por tanto, la pátina de oxidación que recubría los grabados probaba la antigüedad de éstos, pero no pudiéndose precisar exactamente, y siendo necesario para ello recurrir a los métodos de la estratigrafía y de la paleontología, tal como se recomendaba desde la universidad alemana de Bonn, el doctor Cabrera solicitó en el mes de abril de 1970 al Patronato Nacional de Arqueología, autorización para realizar excavaciones en la zona donde se extraían las piedras. Pero el 16 de julio del mismo año, el Patronato denegó la petición, cerrando así la posibilidad de contemplar la antigüedad de piedras y grabados.

6.- En clave rebelde

  Demasiados obstáculos. Le habían cesado meses atrás como director de la Casa de Cultura de Ica. Le sucedió en el cargo el antiguo director del Museo Regional. Adolfo Bermúdez Jenkis, quien casi dos años y medio atrás, tan claro le había dejado su postura respecto a las piedras grabadas. Temiendo que la colección fuese retirada o marginada, la trasladó –los seis mil ejemplares-, a dependencias de su propia vivienda familiar, ubicada en la céntrica Plaza de Armas de la ciudad. Las piedras ocuparon el despacho médico, y otras estancias que se habilitaron para acogerlas.

  Podía desfallecer o podía continuar. Era fácil ceder al abatimiento y a la rabia. Pero Cabrera también entendía que había llegado lejos y que podría confirmar su teoría sobre la antigüedad de la vida humana en el planeta apoyándose en las piedras grabadas, a poco que le ayudasen a ello. Pese a tanto freno e impedimento oficial, el doctor en medicina y profesor de biología, superando perjuicios, no cesó en su empeño de impartir conferencias, difundiendo el resultado de investigaciones, con la pretensión de que a las piedras grabadas se les diese el valor arqueológico que se les negaba, e insistiendo en la idea de preservar la zona de Ocucuaje, para que se detuviese la extracción ilícita de piedras con la que luego se practicaba un descarado comercio desde 1961 a la vista de las autoridades. Este tema preocupaba enormemente a Cabrera. Bien sabía que las figuras de los grabados informaban sobre diferentes temas, y que cada tema completaba la información en el conjunto que formaba la serie. Ante la situación de absoluto desamparo en que se encontraban los pétreos vestigios, dada la actitud de indiferencia e incredulidad que asumieron arqueólogos y autoridades del gobierno central, la máxima preocupación era que el comercio de piedras dispersara y extraviara la información que contenían. Por lo mismo el doctor Cabrera compró todas las que pudo. Su prodigiosa colección aumentó hasta alcanzar los once mil ejemplares. Podría haber continuado. Pero los recursos no lo permitieron y la ampliación demandaba observación y estudio.

  La adquisición de tantos ejemplares amplió series existentes y abrió otras hasta entonces inéditas. La diversidad de animales prehistóricos era tal, que sólo le fue posible identificar a los especímenes dados a conocer por la paleontología. La perspectiva se enriquecía notablemente, pues cada vez eran más evidencias: el hombre de aquel remoto pasado había logrado alcanzar un conocimiento extraordinario de la ciencia y la tecnología. Así se desvelaba en sorprendentes grabados que referían mapas cósmicos, zodíacos, mapas planetarios, continentales, instrumentos para la observación del cosmos y el mundo micro físico, aparatos de vuelo, embarcaciones, técnicas de alta cirugía (transplantes de órganos), instrumental quirúrgico, embriología animal y humana, parasitosis humana, danzas rituales, instrumentos musicales…

  El doctor Cabrera convirtió su céntrica vivienda de la Plaza de Armas de Ica en un Museo que testimoniaba la más remota existencia del hombre sobre el planeta. Las puertas del Museo estaban abiertas para visitas concertadas. Cabrera, según adaptaba sus quehaceres en el hospital y la universidad, así como sus obligaciones de padre de ocho hijos, cuadraba charlas y conferencias explicando incansable el fruto de sus sorprendentes investigaciones. Pero aquello no se entendía o era predicar en un desierto. A las piedras grabadas, se les llamó las piedras de Ocucaje, después, comenzaron a conocerse como las piedras de Cabrera, de modo despectivo pues cundía el rumor de que toda investigación sería vana desde la hora y momento que las piedras no eran auténticas ni poseían la extraordinaria antigüedad que se les atribuía. Persistía tal opinión generalizada, pero el incansable investigador, en clave rebelde, contra corriente, continuó indagando el misterio que iban desvelando los numerosos e interesantes grabados.

7.- Verdades arqueológicas

  Se hizo inevitable armonizar el estudio y la observación de los grabados, con la actualización y recopilación de hechos arqueológicos que pudieran confirmar la tesis que, sobre la antigüedad del hombre en la Tierra, desprendían con absoluta naturalidad e insistencia los grabados de las piedras. Por ello, antes de avanzar en las investigaciones del doctor Cabrera, quizá convenga detenerse someramente en casos en los que la arqueología halló vestigios fósiles que desdecían la inamovible teoría de la evolución de las especies y los registros de la paleontología.

  El mundo supo en junio de 1970, que el norteamericano Richard Macneish, doctor en antropología y presidente del departamento de arqueología de la Academia Phillips, EE.UU, encontró practicando excavaciones en la cuenca del río Montato –afluente del Amazonas- al sureste de Lima, en Ayacucho (Perú), utensilios humanos junto a esqueletos fosilizados de animales prehistóricos. Se encontraron utensilios humanos junto a un megaterio (oso perezoso gigante) caballos, camellos, ciervos y distintas especies de felinos. Tanto los utensilios como los animales extinguidos se hallaron a lo largo de cinco estratos geológicos. Con esto, tendríamos una clara evidencia de que el hombre antiguo del Perú había coexistido con animales prehistóricos, y que por lo menos su antigüedad no podía ser otra que la época en que se extinguieron esos animales. Pese a la evidencia, se optó por decir que los utensilios hallados pertenecían a un hombre de hace 20 mil años. Esta inoperante apreciación, que revela una aplicación muy extraña y desconcertante del método comparativo estratigráfico, no logra ocultar la trascendencia del hallazgo.

  En abril de 1971 se dio a conocer haber encontrado en excavaciones practicadas en el lugar denominado El Boquerón, perteneciente al estado de Tolima, en Colombia, un esqueleto fosilizado de un dinosaurio de la especie iguanodonte. De veinte metros de longitud, junto a un cráneo humano. El proceso de fosilización había transformado el cráneo en piedra caliza de color gris y con ramificaciones blancas; las órbitas estaban casi borradas, la nariz era alargada y tenía una cresta desde la cima de la frente hasta la base del cráneo. El mentón era levemente inclinado y la mandíbula vertical como de simio. El cráneo media treinta y cinco centímetros de largo. Lo encontró el antropólogo colombiano Homero Henao Marín, profesor de la universidad de Quindio, Colombia. El hallazgo se convierte en hito. Es la primera vez en el mundo que se encuentra un fósil humano junto a un dinosaurio. El coloso era un iguanodonte, por asociación se deduce que el hombre vivió en la misma época. La paleontología, afirma que este animal apareció a comienzos del período Jurásico, hace 181 millones de años, y se extinguió hace 64 millones, al final del periodo Cretácico, ambas fechas en la era Mesozoica.

  En 1972, en la parte suroeste de África, cerca del lago Rudolph, en Kenya, el antropólogo norteamericano Richard Leakey halló un cráneo fosilizado de 2.8 millones de años de antigüedad (final del período Plioceno, era Cenozoica), el cráneo más parecido al del hombre actual que cualquiera de los cráneos encontrados hasta el momento. La antigüedad de este cráneo nunca pudo ser discutida. Se determinó con novísimos métodos radiactivos. El hallazgo ha demostrado que la evolución del hombre se remonta a una época muy anterior a la que se ha venido señalando en los esquemas antropológicos clásicos. Y ha servido de fundamento para que Richard Leaky afirme que todos los fósiles humanos considerados por la antropología ancestros inmediatos del hombre no lo son, porque el hallazgo remite la existencia del hombre a una época muy anterior, incluso anterior a aquella en la que la paleontología señalaba aparecieron los antropoides actuales (en el período Pleistoceno, 1 millón de años en la antigüedad, en la era Cenozoica).

  En 1974 el doctor A.A. Zoubov, antropólogo ruso y miembro de la academia de ciencias de su país, llegó a la ciudad de Ica invitado por la universidad de la ciudad para dictar una serie de conferencias sobre su especialidad. De forma confidencial, el antropólogo ruso, contó al doctor Cabrera que en 1973, antropólogos hindúes habían hecho en la India un hallazgo paleontológico sorprendente: fósiles humanos englobados en rocas mesozoicas. Los antropólogos hindúes habían compartido aquel conocimiento con la academia de las ciencias rusas, pero no se había divulgado como tal hallazgo merecía. Quizá porque hacerlo suponía difundir que la existencia del hombre se remontaba en el planeta desde la era geológica Mesozoica (comprendida entre 230 y 63 millones de años de antigüedad).

  El doctor Cabrera terminó comprendiendo que el mundo académico y de algún modo los políticos, tanto del Perú como de otros países, no querían ser ni los primeros en divulgar tales hallazgos, ni los voceros de los mismos. Luego se especulaba, se le buscaba máculas, se trataba de arrojar sombras ante las evidencias. Las piedras no estaban solas, la arqueología había encontrado evidencias, lo único que se necesitaba era abrir los ojos, seguir estudiando la enorme cantidad de grabados que, a modo de biblioteca de piedra y siempre encuadradas en series, ofrecían historias que trataban sobre disciplinas del conocimiento humano.

8.- Fundamentos para continuar

    Asumiendo que académicos y estudiosos, en su inmensa mayoría, se empeñaban en rechazar las piedras grabadas, tras reunir once mil ejemplares, dedicar inacabables horas de estudios durante varios años, dar conferencias, atender a periodistas y cadenas de televisión que difundieron el resultado de sus primeras investigaciones, el doctor Cabrera, tuvo que coger aliento, y anotar en el cuaderno de bitácora lo que como científico para él resultaba irrefutable. 1.- Los análisis habían revelado que las piedras procedían de flujos volcánicos de la era Mesozoica (de 230 a 63 millones de años de antigüedad).

2.- La pátina de oxidación que recubre los grabados demuestra que éstos eran antiguos.

3.- Los desconcertantes hallazgos paleontológicos peor que bien difundidos confirmaban la coexistencia del hombre con animales prehistóricos, dando a su vez valor arqueológico a las piedras grabadas de Ica.

4.- Si se tenía en cuenta el ciclo reproductor del agnato, explicado en distintos grabados, tendría que decirse que el hombre remontaba su existencia en la Tierra al período Devónico (de 405 a 345 millones de años de antigüedad) de la era Paleozoica.

5.- Los grabados revelaban que el hombre de entonces alcanzó un profundo conocimiento de la ciencia y dispuso de una tecnología tanto o más avanzada que la que actualmente disfrutaba la humanidad. Lo último traía una pregunta inevitable: ¿cómo se explicaba que en el pasado existiese mayor avance científico y tecnológico? Una pregunta casi siempre llama a otra. ¿Qué pasó con aquella humanidad que en un remoto pasado había grabado las piedras? Había una ruptura, un silencio, ninguna comunicación entre aquel pasado y el presente, pero, con silencio o sin él, con distancia o sin ella, algo había quedado, un lejano recuerdo, el género humano nunca se extinguió aunque conociera largos períodos de regresión. No en vano, tradiciones, mitos y leyendas mostraban que la raza mantenía una especie de memoria compartida, algo ancestral que alcanzaba a hombres y mujeres de distintos países, continentes y razas. Son muchos pueblos donde se hablan de animales fabulosos (monstruos, dragones, gárgolas, serpientes voladoras), que se parecen notablemente a las reconstrucciones paleontológicas de los animales prehistóricos. Otros mitos dan noticias de avanzadas civilizaciones que perecieron sepultadas bajo el mar tras un cataclismo de dimensiones continentales. Si sucedió por agentes incontrolados de la naturaleza, la mala utilización de la industria o la tecnología, o porque un Dios enfadado quisiera castigar la soberbia humana, no lo sabemos, pero sí que tras la hecatombe, siempre hubo un resto, los pocos que sobrevivieron y repoblaron la Tierra.

6.- Las piedras grabadas eran el inequívoco testimonio del esplendor científico y tecnológico alcanzado por el hombre en un momento pasado de su existencia.

7.- La Historia conocida nos hacía afirmar que el esplendor pasado referido se perdió y no continuó.

Lo siguiente le costó anotarlo al doctor Cabrera. 8.- Aquella civilización floreció en el más remoto pasado, pero ninguna relación tenía con la nuestra. Sólo la condición de humanos unos unía. No había nexo entre ambas, sólo la niebla de los mitos.

(9.- En las piedras había más, mucho más si conseguía entender algunos símbolos, mensajes cifrados que se resistían a la comprensión, posiblemente limitada tras años de estudiar e impartir conocimientos tenidos por irrefutables que apuntaban en otra dirección). En las piedras había más, pero el doctor Cabrera también sentía que cada paso que daba más se adentraba en terreno movedizo, más solo se iba quedando respecto al respaldo oficial de universidades e instituciones. Mientras el mundo seguía dando la espalda a las piedras grabadas de Ica, más necesario creía nuestro investigador seguir profundizando en sus mensajes grabados.

La humanidad anterior

1.- El gliptolito

  Las que exhibía el doctor Cabrera en el museo de su propiedad, no eran las primeras piedras o rocas que el hombre había grabado desde un pasado impredecible empeñado en dar testimonio de su existencia. A las rocas grabadas que se habían encontrado a lo largo del mundo, se les llamó, petroglifos. En la mayoría de los casos, habían permanecido mudos, pues a pesar de la insistencia de los investigadores, sus figuras no han sido interpretadas. Habiéndose convertido este tipo de hallazgo en un verdadero enigma para la arqueología mundial. Pero lo que hacía diferente a las piedras de Ica de los petroglifos, consistía en que se parecían a cantos rodados. No eran los únicos encontrados. En Acambaro (México), y en Colombiere y Dordogne (ambos en Francia), igualmente se habían hallado cantos rodados grabados. Mas la riqueza de información que contenían los de Ica y la indudable presencia de un sistema expresivo, hacían de estas piedras algo especial, asombroso, inédito y merecedor de un término que únicamente sirviese para referirse a ellas.

  El doctor Cabrera, rindiendo homenaje a la monumental riqueza de los grabados iqueños, desdeñó para ellos el término petroglifos, y quiso llamarlos gliptolitos. Extendiendo el término para referirse a la humanidad que se ocupó de legarlos, denominándola humanidad gliptolítica, diferenciándola así de la actual.

   Después trató de entender algo que le obsesionaba. Se eligió la piedra para dejar distintos y valiosos mensajes. ¿Por qué la piedra? En ocasiones, se había oído, que gobiernos y hombres de ciencia, ante la eventualidad de una hecatombe, en un intento de conservar lo más significativo del conocimiento humano, habían decidido guardarlo en microfilm protegidos en tubos al vacío para depositarlos bajo tierra cubiertos por una capa de hormigón. Pero la humanidad gliptolítica prefirió la piedra, a pesar de su incontestable avance científico y tecnológico, tal como mostraban tantos grabados, prefirió la piedra para legar conocimientos a la posteridad. Fue algo que el doctor Cabrera no supo responderse hasta que indagó durante largas semanas y fructíferos meses en innumerables grabados.

   En su momento, comprendió algo básico. La humanidad que testimoniaba con incontables representaciones y figuras utilizando lo pétreo como soporte, lo hizo en un tiempo cercano al cataclismo. En una época de convulsión en la que se contemplaba la amenaza de la extinción de la vida humana sobre la Tierra. Entendiendo esto, llegaron respuestas a la pregunta anterior.

1.- La piedra, porque era materia de naturaleza oxidada, y quedaría libre de la oxidación, algo que padecen muchos metales; lo cual ayudaría a que con el paso del tiempo los grabados permanecieran nítidos.

2.- La piedra, por su descarada abundancia en todo el mundo, lo cual ponían a las de Ica, a salvo de la codicia.

3.- La piedra, sí, pero ésta quedaba expuesta al intemperismo –gases atmosféricos, lluvia, calor, frío, radiaciones-, hubo que protegerla en depósitos excavados en uno de los suelos más estables del planeta.

4.- La piedra, a la que se mimó, previendo que movimientos tectónicos las hicieran chocar y las destruyese, por lo que se colocaron entre capas de arena, en pleno desierto. Piedras grabadas que mostraban maravillas y no dejaban de asombrarlo, e insistían en un mensaje no dictado pero sí presente en las ideas que las figuras y representaciones suscitaban.

   Un mensaje fundamental dividido en dos partes bien definidas.

1.- El conocimiento permitía al hombre dominar su habitat.

2.- Caminar como raza por otro camino que no fuese el del conocimiento, suponía la regresión de la especie hacia el estado de animalidad.

   De ambas, a su vez, se desprendía que la forma en la que el hombre evitaba la regresión y la destrucción, no era otra que mediante la permanente práctica del conocimiento. Pero había más, mucho más. ¿Cómo lograría compartir tantas cosas en varias conferencias, en un libro? Él era médico, biólogo, un científico. Seguramente el hombre más apropiado al que pudieron llegar algunas piedras para hacer notar su verdadero alcance. Las series dedicadas a animales prehistóricos y las otras que trataban sobre aspectos médicos, le habían fascinado sobremanera. Pero él no era escritor, no se consideraba un virtuoso de la palabra escrita, sólo un sencillo hombre de ciencia que más veces de las deseadas, se sentía desbordado. Porque había naves espaciales, continentes desaparecidos, mapas estelares, biología prehistórica, implantación de códigos cognoscitivos, modificación genética, y por tanto, un génesis inédito, seguramente inadmisible y a todo punto prodigioso.

    Las viejas leyendas y los mitos. Algunos tenidos por sagrados. Pero el doctor Cabrera se daba cuenta de que las piedras de Ica eran más antiguas que aquéllos.

2.- Claves simbólicas

    En principio, Cabrera tuvo que familiarizarse con tres tipos de símbolos.

- el literal, porque su significado estaba dado en lo que la figura representaba.

- el trascendente, porque su significado trascendía a lo que la figura representaba.

- el desconcertante, porque la figura no identificaba nada que tuviera parecido a ningún objeto, vegetal animal u hombre.

    Así, el símbolo literal, no aportaba problemas, una estrella era una estrella, un ave un ave y un hombre un hombre. El símbolo trascendente se bifurcaba inevitable y la interpretación del grabado siempre resultaba más ambigua, porque el dibujo de un ave podía estar representando un aparato de vuelo, una estrella una central energética, y un alticamellus (camélido primitivo) el incremento calorífico del planeta. Mayor complejidad ofrecía el símbolo desconcertante, donde un conjunto de rombos podían significar vida animal, dos círculos concéntricos un aparato de vuelo cósmico, o líneas paralelas conocimiento en general. Pero algunas veces el símbolo gustaba asociarse a una figura adquiriendo una significación más compleja. Un primate que toca con las manos la figura de una hoja (como pronto veremos símbolo de la vida humana) significaba que éste se estaba acercando a la adquisición de cierto poder reflexivo que lo elevaría a la condición de hombre. Mucho de lo grabado era símbolo. La alcanzada tecnología no estaba descrita de una manera figurativa, se revelaba a través de símbolos que a primera vista podían pasar desapercibidos. Las distintas jerarquías de hombres, establecidos según su capacidad reflexiva, se encontraban inscritas por añadiduras que semejaban adornos en la cabeza y en otras partes del cuerpo. Pero esto también se ofrecía en símbolo. Ninguno de ellos adquiría mayor grandeza que el de la hoja vegetal, elemento fundamental para la vida de todos los seres que hay sobre la Tierra.

    Sabemos que valiéndose de la clorofila, la hoja vegetal recibe la energía solar y la convierte en energía electro-química. Lo que permite a la hoja transformar sustancias simples de naturaleza inorgánica (agua, anhídrido carbónico, amoniaco, etc), en sustancias complejas de naturaleza orgánica (azúcares, grasas, proteínas, etc). Esta capacidad de transformar la materia inorgánica en orgánica de la que carece el hombre, le hace depender de los vegetales para subsistir.

    Sabemos que la vida es energía, y que en el hombre se manifiesta bajo distintas formas, calorífica, mecánica, electro-química, eléctrica y cognoscitiva. Dado que el hombre tiene calor, posee movimiento, realiza funciones orgánicas, posee fluidos eléctricos, y piensa a la vez que dispone de voluntad.

    Sabemos que el hombre no ha adaptado su organismo para utilizar directamente energía que no provenga de los alimentos. Es decir, el hombre no consigue alimentarse ni de la energía solar (fotónica), ni de la energía cósmica (cropuscular). Pero la observación y análisis de los grabados de miles de piedras revelaban dos cosas. 1.- La hoja era el símbolo más importante de todos los empleados, y su pluralidad de significado siempre iba en función del contexto en que se la encontraba. 2.- Algunos hombres de la humanidad gliptolítica lograron adoptar su organismo para captar y asimilar, sin mediación de alimentos, la energía del sol y la del cosmos.

    Por esto, la figura de la hoja vegetal asociada al hombre significaba en muchas ocasiones energía cognoscitiva, capacidad de reflexión. Asociada a las patas de un pájaro, que a su vez fuese el símbolo de un aparato de vuelo, significaba que la nave transportaba vida humana, pero, en ocasiones, también se quería transmitir la idea de que la máquina en la que viajaban hombres, se nutría del fluido energético de algunos de sus tripulantes, energía que éstos recibían directamente del cosmos.

3.- Otra dirección de la existencia

    La sociedad actual mantiene entre sus ideales el de la figura atlética. No es algo reciente. Hay hallazgos arqueológicos y evidencias históricas que no dejan lugar a dudas. Tal es el caso de la estatua del discóbolo de Mirón, y aquella costumbre espartana de deshacerse de los niños que no presentaban condiciones físicas para la figura atlética, ambas demuestran que el actual y vigente ideal nos viene de antiguo. Se necesitan piernas largas y fuertes para el desplazamiento del cuerpo con un máximo de seguridad y velocidad; también es obligado disponer de una voluminosa caja torácica que permita complementar pesadas faenas mecánicas. Faenas que sólo podrán realizarse con fuertes brazos y manos dotadas del pulgar en posición oponible a los otros dedos; de este modo, el hombre actual, tiene mano en forma de garra. Para buscar la perfección de la figura atlética, desde un punto de vista mecánico y estético, necesitamos una cabeza que armonice en tamaño con el resto del cuerpo. La cabeza determinará el tamaño del cerebro que el cráneo podrá albergar. Frente a esto, las figuras humanas que mostraban los gliptolitos, aún cuando en algunos casos quedaban asociadas a otros símbolos e ideas más complejas, en otras muchas seguramente se aproximaban a la verdadera conformación física que tenían los hombres y mujeres de aquella antigua civilización terrestre. Las figuras de los grabados no mostraban humanos atléticos. La cabeza era voluminosa. El vientre mucho más, las extremidades superiores eran largas y con dedos igualmente largos, sin que el pulgar estuviese en posición oponible, lo cual implicaba que estos humanos no realizaban tareas mecánicas pesadas o sencillamente no quedaban facultados físicamente para ello. Tal estética corporal, venía a sumarse al ideario general de los grabados, todo se obstinaba en indicar que aquella humanidad anterior se hubiese entregado al esfuerzo y la finalidad colectiva de incrementar y conservar el desarrollo de la capacidad reflexiva, siempre con el postrero objetivo de incrementar y conservar el conocimiento mismo.

    Tal vez por esto, la conformación física del hombre tuvo que adaptarse al ejercicio constante de la función cognoscitiva, y por la misma razón los hombres gliptolíticos tuviesen un cerebro voluminoso, así como extremidades superiores poco robustas y sin pulgar en posición oponible en sus manos. Las piernas cortas y fuertes y el voluminoso vientre desplazado hacia abajo permitían el equilibrio con la enorme cabeza, tanto cuando el hombre se hallaba en reposo como cuando caminaba. La conformación física humana representada con tanta insistencia en los grabados de las piedras preocupaba especialmente a Cabrera. ¿En que continente de los actuales, en qué lugar del planeta, podían hallarse precedentes de humanos de tales características? Después de aquella, se hizo otra pregunta bastante más atrevida: ¿Los hombres gliptolíticos eran oriundos de la Tierra? Inquirir tal cosa resultaba un atrevimiento, pero no una locura, a tenor de la cantidad de grabados que en las piedras se ocupaban de naves espaciales, mapas estelares, continentes visto desde arriba, con detalles topográficos que solo dominando la aviación podían obtenerse. Numerosos grabados ofrecían temas que se vinculaban directamente a la galaxia. Algunos lo hacían de forma completa, otros en gliptolitos fragmentados de varias caras en los que la información se presentaba densa por la acumulación de ideas que desvelaban los símbolos.

    En un grabado el doctor Cabrera encontró formas que sugerían cuerpos celestes. Pudo distinguir constelaciones simbólicamente representadas. Había una con forma de estrellas de cinco puntas que identificó como la constelación de Pléyades. En su centro tenía un conjunto de cuadrículas que podían significar energía cognoscitiva, es decir, vida humana.

    También reconoció otras constelaciones. La de Tauro, que presentaba rayas paralelas, lo que en otros grabados casi siempre sugería vida vegetal.

    La de Géminis, sin referencias de símbolo alguno, como si expresará que allí no hubiese vida.

    La de Cáncer, donde se observaban rombos incrustados en un núcleo. Tal vez indicando que además de vida vegetal, también allí pudiera encontrarse vida animal.

    La de Leo, que mostraba dos estrellas de cinco puntas, pero sin compañía del menor símbolo con referencia a la vida.

    La de Virgo, donde los símbolos parecían indicar vida vegetal y animal.

    La de Escorpión, que quizá sólo albergaba vida vegetal.

    La de Sagitario, peculiar, con líneas paralelas y ondulaciones que aparecían dispuestas concéntricamente sobre la figura, como si toda la constelación fuese energía en dispersión o similar, muy misterioso.

    La de Capricornio, una vez más la ausencia de símbolos en el centro de la estrella, sugería que la constelación carecía de vida.

    La de Piscis. A tenor de los rombos que aparecen insertos en el centro de la estrella, podría pensarse que esta constelación albergaba vida animal y también vegetal.

    La de Aries, cuyas líneas concéntricas y bastante separadas entre sí, formando la figura simbólica de la constelación, podría suscitar la idea de energía que comienza a concentrarse, o tal vez de energía que se pierde camino de su extinción.

    Tras repasar símbolos y constelaciones, el doctor Cabrera comprobó que la vida humana sólo quedaba simbólicamente expresada en las Pléyades. Lo asombroso era que el hombre de aquel tiempo remoto, con terrible naturalidad, mediante los sorprendentes grabados repletos de símbolos, informase del tipo de vida y si la había en lugares tan distantes de la galaxia. Para ello, inevitablemente, era necesario disponer de una tecnología capaz de transportarlos por las inmediaciones de estrellas tan lejanas.

    Pero resultaba agotador. Lo era. Había que relacionar demasiadas cosas, buscarle a todo un principio; una razón a que se depositaran las piedras escogiendo un lugar inmejorable para guardarlas. Las once mil que albergaba el particular museo del doctor Cabrera y otras muchas, de otras colecciones conocidas y anónimas, demostraban que estaban allí por un propósito.

    Pléyades. Aquella lejana constelación. Una humanidad deforme en lo físico respecto a la nuestra, con vocación reflexiva y espacial empeñada en el conocimiento. Símbolos.

4.- Aquel nuestro planeta

    El principio. Tan escurridizo. Pero nuestro investigador sabía que las respuestas a muchas preguntas esperaban en los gráficos de las piedras, en aquellos antiguos labrados que se realizaron para ser ocultados, para que el tiempo no los desgastase, en un desierto, como si alguien hubiese querido prevenirlos del inexorable enemigo, movimientos de tierras, terremotos. Un cataclismo inminente y a escala mundial. Piedras. El principio. Tan terriblemente escurridizo. Pero el doctor Cabrera disponía de datos.

    Entre las piedras de su colección, había dos, cuyos grabados representaban mares y relieves continentales de los hemisferios de un planeta. Las representaciones mostraban lo que sólo podía observarse desde arriba. Aunque los continentes esculpidos, no correspondían a los continentes actuales de nuestro planeta. En la superficie del primer hemisferio, se apreciaban cuatro bloques. En la del segundo, tres. Entre los bloques se representaban mares. Llamaba la atención que la masa de tierra, en conjunto, alcanzase el 80%, y los mares únicamente el 20%. Existían cuatro partes de tierra por una de agua. Ni siquiera podían verse símbolos que sugiriesen agua en fase sólida. La ausencia de ellos, quizá, desvelaban, que no existían casquetes polares. Sin embargo, alrededor del conjunto de continentes y mares, se advertía una gran faja de líneas onduladas. Considerando la escasa cantidad de agua respecto a las superficies continentales, podía entenderse que se había producido una intensa evaporación en los mares, y que el amasijo de líneas onduladas, simbólicamente, sugería la acumulación de vapor en la atmósfera. También se observaban canales de líneas onduladas conectadas a la atmósfera que se desplazaban sobre los mares, tal vez indicando que la evaporación continuaba, y el vapor seguía ascendiendo. Por la gran dimensión con que fue plasmada la capa de vapor, se podría pensar que el planeta representado se hallaba atravesando una etapa de progresiva e intensa acumulación de energía calorífica. ¿Sería desacertado imaginar, que el planeta se encontraba en una crítica situación, por efecto de la mencionada acumulación de calor en la atmósfera?

    Preguntas. Las respuestas esperaban en los símbolos. Se escondían tras la máscara de lo alegórico. En lo antiguo de un significado cuyas claves se habían perdido en la noche de los tiempos. Pero los símbolos también exigían una interpretación mínima, básica, elemental, y nos encontramos con que el planeta representado se había convertido en un sistema térmico cerrado. Es decir, recibía la energía radiante del sol, pero le era imposible disiparla por la enorme capa de vapor que rodeaba al planeta. Este extremado desequilibrio térmico, sólo podía desencadenar, una vez llegase a su punto crítico, en que el agua evaporada, se precipitase en forma de agua de lluvia interminable, provocando una fabulosa y colosal energía mecánica que conseguiría el inicio de desplazamientos continentales, o, incluso, en el peor de los casos, hasta el hundimiento de algunos de los continentes. O lo que es lo mismo, daría lugar a un cataclismo de proporciones inimaginables.

    El doctor Cabrera no podía dejar de hacerse la inevitable pregunta: ¿sería aquel el diluvio universal del que nos contaba la Biblia y otros textos sagrados o mitológicos de culturas dispares que se referían a la antigüedad? Preguntas. Otra absolutamente indispensable. ¿Era nuestro actual planeta el expresado con líneas en las piedras? El hecho de que las masas continentales de los dos hemisferios representados no coincidieran, no bastaba para descartar la posibilidad de que aquel fuese nuestro planeta en lo más remoto de los tiempos, dado que la situación de desequilibrio térmico y las lógicas consecuencias venideras que traerían un colosal diluvio de alcance universal, bien que podrían haber cambiado la faz del planeta, el número de sus continentes, y, con el paso del tiempo y el reajuste término inevitable, haber propiciado la formación de polos, ausentes en los grabados de las piedras que nos ocupan.

5.- Medicina futurista

    Si había una serie que fascinaba al doctor Cabrera, sin duda alguna, era la que informaba sobre temas médicos. Él, que era doctor en Medicina, extraía de las piedras dedicadas a esta ciencia, un cúmulo de información tan sorprendente como significativo. En realidad, la serie era tan numerosa, que se hacía inevitable agruparlas según los temas tratados.

    Así, disponía de distintos grupos que informaban sobre técnicas para anestesiar, otras piedras plasmaban situaciones que hablaban sobre partos difíciles o anormales, y algunas sobre trasplantes de órganos, los había de riñón, estómago, hígado, bazo, corazón, y los más sorprendentes, sobre hemisferios cerebrales. Había lo suficiente para realizar un tratado sobre el tema. Pero dispondremos de una idea aproximada, ocupándonos de las técnicas que utilizó aquella antigua humanidad para anestesiar, así como de los transplantes de corazón, y los otros, más complicados, de hemisferios cerebrales.

  1.- Respecto a las técnicas para anestesiar, las piedras revelaban dos claras y bien diferenciadas: por acupuntura y por gas. En una piedra se ofrecía la imagen inconfundible de una operación de cesárea. Se aprecia a una mujer recostada atendida por dos varones. La turgencia de los senos, y la figura de un niño atravesado en la parte del abdomen, indican que la paciente, estando embarazada, y habiendo llegado la hora del alumbramiento, es atendida en un parto que, presentando complicaciones, hacia necesaria realizar una operación de cesárea. Lo que revela que se ha empleado la acupuntura, son las tres largas agujas que se han clavado en la boca de la mujer, éstas, actuando sobre centros nerviosos que se encuentran en la cavidad bucal de la parturienta, consiguen evitar el dolor que le produciría tal intervención en un estado consciente.

    Pero la representación de operación cesárea también se encontraba en otra piedra, siendo la técnica empleada para anestesiar a la paciente, distinta de la anterior. En este caso, en vez de emplearse la acupuntura, se utilizaba el gas, lo cual se deduce por la figura ondulada que toca la boca de la paciente, y del hecho que junto a esto, se hayan trazado pequeños círculos, a manera de burbujas, lo que sugiere con fuerza plástica, que se ha empleado un fluido gaseoso de naturaleza desconocida, para adormecer a la mujer que está siendo sometida a la operación.

  2.- Respecto a los trasplantes de órganos en general, las piedras grabadas que trataban el asunto, arrojaban grandes sorpresas. Será necesario recordar que los transplantes de órganos se vienen realizando por la medicina actual desde hace pocas décadas con relativo éxito, siendo el principal problema el rechazo del órgano transplantado por parte del organismo que lo recibe. La literatura médica informa profusamente sobre individuos que han recibido transplantes citando casos donde la vida del paciente se alargó durante años, pudiendo incluso sumar lustros. Pero los grabados de algunas piedras indicaban que los médicos de la sociedad gliptolítica habían solucionado el problema del rechazo a los órganos transplantados. Para conseguirlo, en ocasiones, se utilizó la sangre de la mujer embarazada, y en otros casos, se salvó el escollo del rechazo, mediante el transplante previo y adicional de los riñones y sus glándulas suprarrenales.

    La irrigación del órgano con sangre de la mujer embarazada antes de ser transplantado, se observa en un gliptolito. La representación es parte de una serie de ocho que informan sobre transplantes del corazón. En la escena, como figura dominante, puede verse un corazón, conectado por dos cánulas al abdomen de una mujer embarazada. Por el lado del corazón las cánulas se unen a los principales vasos nutricios de este órgano: arteria coronaria y seno venoso. Los extremos inferiores de las dos cánulas parecen conectados a los grandes vasos sanguíneos abdominales; arteria aorta y vena cava. Estableciéndose así un circuito entre el corazón y el sistema circulatorio de la mujer embarazada, con el propósito de irrigar con la sangre de ésta el órgano. El aprovechamiento de la sangre de la mujer sólo es posible si su corazón está funcionando, por lo tanto el otro, protagonista de la escena, ha de ser, necesariamente, del individuo del cual ha sido extraído. El hecho de que aparezca con sus grandes vasos seccionados (arteria aorta, arterias pulmonares, vena cava, venas pulmonares) significa que va a ser transplantado, para lo cual se le mantiene irrigado con la sangre de la mujer embarazada.

    Pero esto, que se apreciaba con clara nitidez en la representación pétrea, entraba en conflicto con las convicciones del doctor Cabrera. Dado que la medicina prohibe a mujeres y a niños donar sangre. Pese a ello, de ninguna manera podía parecer poco científico pararse a valorar el mensaje del grabado, pues lo que aquella piedra expresaba era que en la sangre de la mujer embarazada existe un principio activo que impide que se presente el fenómeno del rechazo al órgano transplantado. Lo cual no es de ningún modo impensable, si recordamos que el organismo de la mujer grávida tolera la presencia de un individuo, su hijo, producto de un código genético diferente al de ella, código que le ha llegado en los cromosomas del núcleo del espermatozoide. La tolerancia se manifiesta desde el momento del ingreso del elemento ajeno.

    Hoy, la medicina ha logrado sintetizar la progesterona, pero aplicada a según que casos de abortos, no logró evitarlos. Esta hormona la produce el ovario sólo en la fase de inicio de la formación del hijo; después se encarga de producirla la placenta. Pero tanto la ovárica como la placentaria, que cumplen su función a través del riego sanguíneo, no sería el activo necesario para evitar el rechazo. Hoy tal activo se desconoce, del mismo modo que únicamente se permite donar sangre a la mujer embarazada en caso de transplante de médula ósea, y siempre que el transplantado sea familia de aquélla.

    Las piedras hablaban de antiguos logros espectaculares. La humanidad de entonces, la que esculpió miles de piedras para legar sus mensajes a los que viviesen en el futuro, recurrió a otra modalidad para evitar el rechazo: transplantar previamente el riñón, con su correspondiente glándula suparrenal, perteneciente al donante. Pero esta modalidad sólo era utilizada cuando lo que se transplantaban eran los hemisferios cerebrales.

  3.- El transplante del riñón con la glándula suparrenal (complejo suparrenal-riñón) aparece gráficamente representado en los seis primeros gliptolitos de una serie de once que informan sobre el transplante de los hemisferios cerebrales.

    La medicina actual ha comprobado que la corteza de la glándula suparrenal es esencial para la vida, porque elabora hormonas que realizan importantes funciones. Una de sus hormonas estimula a todas las células del organismo humano y otras neutralizan las toxinas. Como esa función de estimular a las células no es sino propiciar que las células vivan normalmente, tal vez los cirujanos de la sociedad que legó tantos gliptolitos, considerase indispensable para el transplante de los hemisferios cerebrales de un individuo a otro, el previo del riñón con su correspondiente glándula suparrenal proveniente del mismo donante.

    El hecho de que los cirujanos de aquella sociedad considerasen este transplante previo solamente para el caso del transplante de los hemisferios cerebrales, es explicable por la certidumbre de que el tejido nervioso es el más sensible y por lo tanto proclive a ser rechazado La medicina actual no ha logrado aún transplantar un cerebro humano. Los experimentos que se han realizado en este campo se han limitado a la escala animal. Se ha conseguido aislar un cerebro de simio y mantenerlo vivo durante un lapso relativamente prolongado. También se han hecho transplantes de cabeza de simio, pero con resultados desalentadores. A pesar de los grandes avances que se alcanzan en la neurocirugía actual, no parece cercano el día en que se pueda transplantar con éxito el cerebro humano. Para hacerlo, tendríamos que contar con una técnica infalible que impida el rechazo y permita la regeneración de la fibra nerviosa, pero antes que otra cosa, se deberá disponer de un complejo sistema electrónico apoyado de la informática que posibilite al cirujano la ejecución de los pasos operativos del transplante, y asuma todas las funciones biológicas del individuo a quien se le extraiga el cerebro para transplantarle otro. Lo sorprendente del asunto es que aquella humanidad que se molestó en grabar sus mensajes en piedra, ofrecía uno tajante y absoluto: dispuso de tecnología para realizar intervenciones quirúrgicas de gran envergadura como la de los transplantes cerebrales.

6.- Implantaciones cognoscitivas

    En la humanidad actual, el transplante del cerebro originaría problemas de índole familiar y social. Un hombre con cerebro transplantado, sería el mismo de antes sólo desde el punto de vista físico. Su familia y entorno esperarían que pensara y actuara de manera acostumbrada. Pero sería inevitable que el individuo en cuestión, pensase y actuase en conformidad con el nuevo cerebro, o sea, según le dictase su nueva personalidad, que ahora sería la única que tendría.

    Pero el doctor Cabrera se decía que, a tenor de todo lo que había ido recopilando de los grabados de las piedras, en la sociedad gliptolítica, este tipo de transplante, no significaría necesariamente una ruptura para el individuo transplantado, respecto a su pasado y entorno, y no sería así, sencillamente, porque en aquella sociedad no existía la familia tal y como la conocemos hoy, importando, por encima de cualquier otra cosa, el nivel cognoscitivo del individuo. Es decir, la afectividad del hombre de aquella sociedad quedaba completamente vinculada hacia la vida intelectual. El ser humano de entonces buscaba la realización, la felicidad de su existencia, desarrollando su capacidad reflexiva para incrementar el conocimiento. Empeñados en tal afán, aquellos hombres, no se conformaron con hacer transplantes de cerebro, también, y a tenor de lo que informaban algunos de los grabados de las piedras que trataban sobre el asunto, se recurrió igualmente a la implantación del conocimiento mismo, insertando en la corteza cerebral conjuntos moleculares de ácidos nucleicos y proteínas, que constituirían la base de aquél.

    La peculiar e insólita información, la halló nuestro tenaz investigador en una de las piedras dedicadas a implantes de hemisferios cerebrales. Pero en ésta, había una singularidad: las circunvoluciones de los hemisferios cerebrales están dispuestas de tal manera que parecen continuarse como si fueran las de un solo cerebro. Lo cual, bien pudiera significar, que se estaba trasegando códigos cognoscitivos de un cerebro a otro. En la piedra, también se deja constancia de una especie de campo electromagnético, lo cual podría indicar que el mismo, actuando a un nivel molecular, propiciaría la incorporación de los códigos. La presencia de este campo electromagnético se encuentra simbólicamente reflejada por un anillado que enlaza, a la altura de los pies, el cuerpo del individuo con la mesa de operaciones. Así creado, este campo, cumpliría la función de establecer el sentido del desplazamiento de los conjuntos moleculares de proteínas y ácidos nucleicos a los hemisferios cerebrales receptores.

    Pero si el transplante de cerebro ya parecía ficción, esto otro, desbordaba a un hombre de ciencia, que ejercía la medicina, y buscaba respuestas queriendo entender. Las piedras parecían llamarles y tras largas horas de observación, cotejo y análisis, las piedras, parecían hablarles. La serie de grabados que se dedicaban a la medicina, y sobre todo las que se dedicaban a los transplantes de hemisferios cerebrales, le habían ofrecido la oportunidad de familiarizarse imaginativamente con la prodigiosa tecnología médica que aquella sociedad había alcanzado a tenor de lo rubricado posteriormente en las piedras. Antes de estudiarlas, tuvo infinidad de intuiciones que desdeñó por parecerles descabelladas. Pero ahora, se daba perfecta cuenta de que una sociedad capaz de haber realizado semejantes adelantos en la ciencia médica, tendría que estar igualmente desarrollada en otros campos del conocimiento. Ahora, lo que había pensado meses atrás, pareciéndole descabellado, no lo era tanto, iba hilvanándose entre certidumbres que fragmentadas se iban ofreciendo diseminadas en los distintos grabados.

    Pero, aunque había series, aunque cada una reportaba mensajes sobre el tema en cuestión, todas las piedras encontradas, mal vendidas, robadas y perdidas, las de su colección y las de otras menos numerosas, ofrecían un mismo y asombroso mensaje. El hombre, la raza humana en el planeta Tierra, tuvo un precedente, hubo otra raza. Ellos estuvieron antes, lo decían las piedras. Era imposible dejar de verlo. Y las piedras decían que esa humanidad gozó de un nivel de conocimiento mayor que la actual. Encajarlo suponía un conflicto, la evolución siempre reclama el futuro; la evolución, esta vez, se empeñaba en ubicarse en un remoto pasado ni siquiera datado.

   Pero el doctor Cabrera, durante años, meses que parecieron un solo día, desde aquel que se le regalase la primera de las piedras que luego sumaron más de once mil, había buceado por todas ellas. En muchas, encontró la figura de un primate, al que identificó, era el notharctus, animal que según la paleontología se extinguió hace 50 millones de años. El notharctus es el antepasado más antiguo que se conoce en la familia a la que pertenecen monos y lemures. Comparado a otros animales de su época, es posible que fuese bastante inteligente, pues disponía de un cerebro considerable. Entonces no había hombres. Las piedras hablan de viajes estelares, de conocimientos galácticos, de vida animal, vegetal e incluso humana en puntos lejanos de distintas constelaciones. Las piedras hablaban de viajeros espaciales, de humanos que anteponían el desarrollo intelectual a cualquier otra cosa, de integrantes de una sociedad capaz de alcanzar logros médicos hoy impensables. El doctor Cabrera estudiaba y repasaba los grabados de las piedras tratando de buscar un sentido, y el único que encontraba le parecía difícil de aceptar. Pero todo indicaba que la humanidad gliptolítica que había realizado los grabados en las piedras, fue hechura de otra venida del cosmos. Y que los que llegaron de las estrellas, mediante la modificación de la estructura orgánica, alterando el sistema embriogenético responsable de la formación y función de los órganos, y el transplante de códigos cognoscitivos a primates, en este caso del notharctus, generaron hombres.

   Y sólo así, ordenándolo así, tenían sentido ciertos símbolos que parecían hablar de la sociedad gliptolítica estableciendo el rango social del individuo, siempre en función de su nivel intelectual. Pero decirlo así, enfocarlo así, entenderlo de esta manera, le producía una angustia especial, sabiendo como sabía que la ciencia y el mundo académico, desdeñarían de plano sus interpretaciones, lo haría, por más que las piedras hablasen explicando los grabados que mostraban.

7. Clasificación de habitantes

    La futurista medicina gliptolítica le había espoleado. Dio alas y vigor a su temeridad interpretativa. La misma que durante tantos meses, estuviese retenida, encontrando siempre escollos, prejuicios y vacíos, se disparaba ahora en una visión global de tantos grabados, piedras, series y mensajes. El doctor Cabrera continuamente tomaba notas, dejaba constancia de conocimientos que iba desentrañando de los dibujos, para así seguir acercándose al grandioso misterio que desde antiguo contenían. En un esfuerzo por conocer a la sociedad que grabase las piedras, después de estudiar series dispares y cotejar los grabados de cientos de gliptolitos, creía tener claro las clases de seres humanos agrupados en gremios de conocimiento, o mejor, ordenados según el nivel de coeficiente intelectual del que disponían.

  De este modo, nuestro investigador, ayudado por la interpretación de símbolos, las escenas de las representaciones, los mensajes que iban complementándose en cada serie, y una voluntad de hierro que le hizo dedicar miles de horas a los gliptolitos, hizo la siguiente clasificación de seres humanos inteligentes en aquella remota sociedad terráquea.

1.- Hombre gliptolítico: Llegó del cosmos portando el conocimiento. El investigador también gustaba llamarlo Hombre Energía, pues en los grabados se simbolizaba capacitado para proyectar su energía cognoscitiva a cualquier lugar del universo.

2.- Hombre reflexivo y científico: Realizaba funciones que implicaba una elevada capacidad intelectual. Se encargaban de ejecutar las actividades planificadas por los hombres gliptolíticos.

3.- Hombre reflexivo y tecnológico: Se hacía responsable del control de las operaciones tecnológicas. Realizaba tareas tales como el pilotaje de naves espaciales, operaciones quirúrgicas o la supervisión de industrias o centrales de energía.

4.- Hombre tecnológico: Ocupaba el mando medio en las actividades tecnológicas, transmitiendo órdenes al ejecutor inmediato.

5.- Humanoide: El notharcus ya elevado a un mínimo rango cognoscitivo. Realizaba labores manuales. No tenía conciencia de la finalidad de la existencia.

    Por debajo de éstos, todavía se encontraba el notharcus. Su estado intelectual era el de un animal, aunque no el de cualquier animal, puesto que las piedras reiteraban el hecho de que en la escala zoológica fue el que ofreció las condiciones óptimas para ser elevado al primer grado del conocimiento humano.

   Por representaciones en series concretas, el doctor Cabrera, a la lista anterior, todavía añadiría el robot, del que no prescindieron los hombres gliptolíticos, algunos de los grabados informaban que aquella sociedad dispuso de unidades cibernéticas, utilizadas exclusivamente para labores mecánicas que implicaban riesgo de la vida humana.

8.- A modo de síntesis

    Pero, como siempre sucedía desde que iniciara el estudio de las piedras grabadas de Ica, fue necesaria la recensión, el inevitable esquema, aquel guión sin el cual un hombre de ciencia se sentía perdido. El orden, la secuencia, el hilo de lo que las piedras decían. Sin contar con el tiempo, que se escurría en las oscuridades de la antigüedad, sin pretender datar dando fechas aproximadas, la secuencia de los hechos registrados, era la siguiente:

1.- Hombres venidos posiblemente de la constelación de Pléyades, llegaron al planeta Tierra atraídos por su potencial y se establecieron en él.

2.- Ayudados de un conocimiento superior técnico y científico, intervinieron al primate que más se prestaba a sus fines, y crearon la vida humana autóctona del planeta. No fue el Dios iracundo y enfadado de tantas religiones. La vida ya existía en el universo, también la humana. Esta surgió en la Tierra por la intervención de hombres altamente desarrollados, capacitados para modificar el orden embriogenético en primates e insertar códigos cognoscitivos en sus cerebros. Con lo primero buscaron la formación o la anulación de órganos esculpiendo una nueva anatomía. El notharcus se irguió sobre sus extremidades inferiores, perdió la cola, aumentó el tamaño de su cráneo… Con lo segundo, regalaron un nivel reflexivo y de conocimiento a la especie intervenida, lo que la separó de la anterior escala animal a la que pertenecía.

3.- Si hubo mestizaje entre los hombres venidos de Pléyades, y los que crearon en la Tierra, es algo de lo que las piedras no hablaban. Pero podría deducirse muchas cosas a raíz de la organización social establecida según el nivel cognoscitivo del individuo, de lo que sí hablaban las piedras. Con el paso de las generaciones, los intervenidos, los convertidos en hombres, siguieron progresando. Con los implantes cognoscitivos y los transplantes de hemisferios cerebrales, en una sociedad sin prejuicio morales como en la actual, los mejores cerebros, aquellos que más hubiesen avanzado, podían ser mantenidos activos más allá del deterioro del cuerpo físico. Un cerebro brillante podía seguir viviendo si era transplantado a un cuerpo joven y sano. Si se hizo o no se hizo, es algo que no podemos saber. Qué podían hacerlo es algo de lo que informan las piedras afirmativamente.

4.- Del tiempo que esta sociedad prosperó en el planeta tampoco sabemos mucho. Pero sí que dominaron los viajes espaciales, doblegaron un entorno particularmente hostil en cuanto a la fauna animal se refiere, con gigantes que poblaban la Tierra, a los que estudiaron, y hasta utilizaron sirviéndose de ellos como hoy nos servimos de vacas y ovejas. Sin embargo, parece que hicieron un mal uso de la tecnología. En las piedras donde se aprecian dos hemisferios y continentes que no corresponden a los actuales, donde se presenta la situación de un planeta al borde de un cataclismo por su desequilibrio térmico, simbólicamente también se indican gran número de centrales de energía, como si todas captasen la misma señal o se nutrieran de la misma fuerza, dando a entender que el hombre de aquella sociedad había dominado algún principio que tuviera que ver con la luz o el calor y, al aplicarlo, obteniendo la energía que luego repartía en los continentes de ambos hemisferios, hubiese quebrantado el equilibrio, a la naturaleza misma; es decir, haciendo un mal uso de la tecnología, habría propiciado una situación insostenible que conllevaría una catástrofe medioambiental de alcance planetario.

5.- Era obvio añadir que no todos perecieron una vez se desencadenó el desastre. Una sociedad capaz de quebrantar la naturaleza misma con su ciencia, y que dominaba los viajes espaciales, ciertamente debió contar con tiempo de reacción y una planificación de evacuación o similar.

6.- El desastre ocasionó cambios climáticos, continentales. Hay leyendas que hablan de la Atlántida, del continente Mú, de la mítica Lemuria. Hay vestigios en la Tierra difíciles de explicar para la ciencia. Las gigantescas esculturas de piedra de isla de Pascua, el círculo de piedra de Stonhenge, las pirámides de Egipto y el hecho de que esta civilización más pareciera el fruto de un legado que de una evolución; el alto nivel místico y astrológico alcanzado por mayas; la sociedad espiritual forjada en el alto Tibet, en cuyos templos se guarda el conocimiento de una Historia que no armoniza con la ortodoxa, de una Historia más dilatada. Tras el desastre, el mundo conoció un retroceso, una regresión. En ese contexto de oscuridad, con el recuerdo de una gran hecatombe, nacieron creencias, se forjaron religiones en civilizaciones y pueblos de los que la Historia ortodoxa tiene datos precisos y concluyentes.

7.- Salvo las piedras, que eran miles, no existía ninguna otra conexión entre ambas humanidades. La actual no ahondaba tanto en el pasado, la ciencia académica le había esculpido un pasado mucho más reciente. Una evolución acorde con los valores en torno a los que se agrupaban los pueblos.

8.- ¿Quedarían herederos en la Tierra de aquella primera sociedad de la que hablaban los gliptolitos iqueños? ¿Era un freno pensar que los que supuestamente llegaron de las Pléyades, y se marcharon antes del desastre, no se habían molestado en regresar durante miles de años? ¿Era factible pensar, a tenor de la evidencia, que el hombre de este mundo, era observado por otros seres humanos más desarrollados en otros puntos de la galaxia? Pero, sí así fuera, ¿por qué seguían sin contactar, por qué los habitantes de la Tierra, no recibieron la visita de los habitantes de otro mundo habitado?

    A veces, el doctor Cabrera, se sorprendía de lo terriblemente plana que podía llegar a ser la mentalidad del hombre actual. Él hacía ya muchos años que alzaba la vista cada noche buscando las constelaciones donde al abrigo de lejanos soles, florecerían planetas que sin duda albergaban la vida. Hacerlo le producía calma, le hacía sentirse menos solo, importaba menos que la ciencia académica le tomara por un exaltado desequilibrado.

Confabulación y desprestigio

1.- Breve aliento

    Ningún estudioso peruano quiso apoyarlo. Pero desde fuera del país, tanto de Norteamérica, como de la vieja Europa, un puñado de especialistas, interesados por la colección de piedras y el museo del doctor Cabrera, se acercaron a Perú. La Nasa mandó sus técnicos. De Europa llegaron investigadores y estudiosos, convencidos de que el comienzo del mundo se situaba mucho más atrás de lo que suponía y defendía la ciencia.

    Fruto de dos encuentros con el doctor Cabrera, en 1973 y 1974, el escritor francés Robert Charroux, sacó a la luz pública un trabajo que tituló “El enigma de los Andes”. Abría su libro hablando de las piedras de Ica, dedicando al tema ochenta páginas holgadas de las doscientas setenta que sumaban su interesante trabajo. Al fin, una pluma de reconocido prestigio, con decidido apoyo editorial y significativa difusión, se ocupaba de los gliptolitos de su museo.

    El doctor Cabrera leyó encantado en la prensa de su país, en el mes de diciembre de 1974, la reseña periodística que informaba sobre el libro del autor francés. Aquello parecía el principio de lo que tanto había deseado. Con un libro editado en París, que captaría la atención de los especialistas en todo el mundo, y que sin duda sería pronto traducido al castellano y otros idiomas, nuestro investigador imaginó complacido que tantos años de esfuerzos se verían pronto recompensados, tras conseguir lo que se proponía: que a las piedras de Ica se les diera el valor arqueológico que poseían.

    Robert Charroux decía en “El enigma de los Andes” que las piedras grabadas posiblemente proviniesen de uno de los santuarios secretos donde los Atlantes (habitantes del desaparecido continente Atlántida, citado en la antigüedad, entre otros por el mismo Platón) dejaron el testimonio de su avanzada civilización.

    Expreso, el diario limeño que informó al país sobre la aparición del libro del autor francés, inició al día siguiente, una serie de hasta seis artículos sobre las piedras grabadas (ediciones del 21 al 26 de diciembre). Estos artículos se basaron en una larga entrevista que días antes redactores de este periódico, enviados a Ica desde Lima, habían realizado al doctor Cabrera. La serie del diario limeño se tituló “El mensaje de otra gran humanidad”. Por fin, un diario nacional hablaba larga y extensamente sobre las piedras de Ica. Se conocía y hablaba de ellas en Europa, y el mundo académico tendría que hacerles sitio y lugar, a las piedras, a su museo y también a sus interpretaciones, o al menos, eso pensó satisfecho el doctor Cabrera.

2.- Réplica demoledora

    La alegría duró poco, exactamente, veintidós días. El mes siguiente, apenas comenzado el nuevo año, la revista limeña Mundial publicó un extenso trabajo con el propósito de demostrar que las piedras grabadas de Ica eran falsificaciones. A tal empeño dedicaron un total de trece páginas. En el largo artículo se sostenía que las piedras que podían contemplarse en el museo propiedad del doctor Cabrera, habían sido grabadas por dos campesinos residentes en el caserío de Ocucaje. Se referían a Basilio Uchuya e Irma Gutierréz Aparcana. Para afirmar tal cosa, los periodistas de Mundial se desplazaron a Ica, y luego a Ocucaje, entrevistando a las dos personas mencionadas. Antes de este encuentro con los periodistas de Lima, el matrimonio fue requerido por la Policía de investigaciones del Perú (PIP). Alguien había filtrado la información de que la pareja se dedicaba al tráfico de piedras grabadas, y ambos, cuando fueron requeridos por las autoridades, optaron por decir que ellos hacían las piedras, las tallaban y las vendían. De haber confesado que las sacaban de depósitos secretos del desierto, habrían sido encarcelados por practicar excavaciones en busca de tesoros arqueológicos de manera clandestina, actividad severamente penada en el país.

    Tal declaración, que sorprendentemente sirvió a las autoridades, también sirvió a los periodistas. De este modo, comenzando 1975, todo el país leyó que las miles de piedras grabadas de Ica, fueron fruto de la picaresca y el tráfico de dos humildes campesinos vecinos de Ocucaje.

    Que se quisiera desprestigiar las piedras de aquel modo resultaba insultante. Absurdo, que en un medio de comunicación de Lima, se dedicase tanto espacio a un intento tan burdo. Sólo el doctor Cabrera había reunido más de once mil ejemplares. Pero no era el único coleccionista. Había tenido ocasión de visitar otras colecciones privadas bien nutridas, entre todas, sumarían tantas como las que él poseía. Rondamos ya las veinte mil piedras grabadas. A esta cantidad, habría que añadirle la otra citada por los autores del desafortunado reportaje, donde se afirmaba que varios miles de piedras habían sido vendidas a los turistas como falsificaciones arqueológicas. Un exportador conocido, Marino T. Carcelén, manifestaba haber exportado más de seiscientas piedras desde 1973, y a éstas, todavía habría que añadir, las mencionadas en un diario de Ica, donde se afirmaba que, desde años atrás, se realizaban continuos pedidos de piedras grabadas desde los EE.UU.

    ¿De qué cantidad de piedras estamos hablando? ¿Treinta, cuarenta mil piedras grabadas de distintos tamaños y pesos? ¿Qué conocimientos hubiesen necesitado dos simples campesinos, para grabar en superficie dura tal cantidad de piedras, impresionando en ellas escenas que hablaban de astronomía, medicina, zoología, botánica, geografía, paleontología, vuelos espaciales…? ¿Cómo podía creerse semejante cosa? ¿Cuánto tiempo hubiesen necesitado para hacerlo?

    Se dedicaron un buen número de páginas a desacreditar a las piedras grabadas de Ica, pero ni siquiera se fotografió el lugar donde los supuestos hacedores de semejantes maravillas la habían realizado. No había un taller, no se mostraron herramientas. Sólo se ofrecía una ubicación, de donde se afirmaba se extraía la piedra que luego tallaba el matrimonio. Patéticos resultaban algunos fragmentos de la entrevista que se publicaba, donde a los mencionados vecinos de Ocucaje, se les forzaba una y otra vez a decir lo que con afán buscaban los entrevistadores. Baste un botón de muestra. El periodista dialoga con Basilio Uchuya sobre el doctor Cabrera:

    - ¿Él sabía que las piedras las grababa usted?

    - Bueno, sí lo sabía. Yo le dije que las grababa todas.

    - ¿Y de todos modos las compraba?

    - Pues sí, siempre.

    - ¿Y para qué las quería si eran grabadas por usted?

   - Bueno, me decía que las quería para estudiarlas. Dijo que estaba haciendo no sé qué estudios, y me pidió que le consiguiera más.

   - ¿Qué le consiguiera o hiciera más?

   - Que le haga más, pues. Es lo mismo, ¿no es cierto?

     Pero la audacia periodística de los redactores va más lejos. Conscientes de que el entrevistado no podía desdecirse de lo manifestado en dependencias policiales, llegaron a exigirle una confesión por escrito, que se exhibió con todo el material de esas trece páginas repletas de despropósitos, sin ni siquiera molestarse en eliminar las faltas de ortografía con las que pretendieron demostrar que aquellas líneas fueron firmadas y redactadas por el campesino de Ocucaje. Se publicó lo que sigue: “Yo Basilio Uchuya Mendoza reconosco que todas las piedras del Doctor Jabier Cabrera han sido trabajadas por mí bajo el sistema del quemado de piedra luego trasada con sierra doble filo y luego bañadas con barro y después son limpiadas con un pequeño trapo y después son embetunadas, este trabajo lo bengo realizando desde ase 10 años y a la única persona que he bendido mi trabajo es al doctor Cabrera, dicho sea paso lo he conocido por doctor Sotil”. Hasta aquí, la confesión, seguidamente, el artículo aseveraba: “se puso al descubierto la existencia de un grupo de artesanos iqueños que eran los que grababan las piedras con fabulosas representaciones, por encargo del mismo Cabrera”.

     Decididamente, al amplio reportaje había que denominarlo como terrorismo informativo. Por alguna oscura razón, intereses poderosos, capaces de influir en un medio de comunicación de la ciudad de Lima, querían a todas luces desprestigiar las piedras grabadas de Ica y al hombre que se había empeñado en investigarlas. Cuando meses después, el libro de Robert Charroux fue traducido al castellano y editado en España, en Perú, eran muchos los que se burlaban de las pretensiones del doctor Cabrera, considerándolo un falsificador, un hombre deseoso de fama y notoriedad que de la nada había inventado aquella fantasía de que existió otra humanidad anterior más avanzada, cuya semilla provenía del espacio exterior.

3.- Paraíso de la arqueología

     Realmente, ¿qué estaba ocurriendo? Año 1975. Terminando el anterior, con resonancia mundial, se comenzó a hablar de las piedras grabadas de Ica. Apenas un mes después, desde la capital de Perú, se realizaba un reportaje desacreditando la posible importancia de los pétreos vestigios y a su mejor y más constante investigador.

     Lo cierto era que, en aquel tiempo, las piedras las vendían en el caserío de Ocucaje, pequeño poblado conformado por un puñado de casas diseminadas, la mayoría se habían hecho de cañas recubiertas de barro, y algunas se levantaron con adobe. No todos los habitantes del caserío practicaban el negocio. Sólo algunos vendían piedras grabadas. El hecho de que la ofertasen en sus propios domicilios, sirvió para que se extendiera la idea de que las grababan los campesinos. Que a muchas de las piedras se les aplicase una capa de betún, sirvió para redundar en la idea. De este modo, negada la validez arqueológica de las piedras, los campesinos lograron el libre comercio de las mismas.

    Lo cierto era que, en cinco lugares del mundo, los hombres de ciencia han encontrado parte de la corteza terrestre más arcaica. Uno de estos cinco lugares es Nazca, región situada al sur de la provincia de Ica, donde, sobre su arcaica capa, se asienta Ocucaje. Desde hacía muchos años los campesinos que habitaban la zona sabían que en el subsuelo de Ocucaje existían innumerables tumbas pertenecientes a antiguas culturas. Algunos acostumbraban a excavar con intención de hallar piezas arqueológicas que luego eran materia de comercio. Afortunadamente, no todo lo habían desenterrado los huáqueros. De Ocucaje se habían extraído las mejores cerámicas y los mejores tejidos que se exhiben hoy día en los museos del mundo, lo que ha hecho de esta zona uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del Perú. Ocucaje también es un rico yacimiento de restos petrificados de animales prehistóricos. No en balde, el prestigioso arqueólogo alemán Max Uhle, llamó a Ocucaje paraíso de la arqueología.

   En cuanto a las primeras piedras grabadas de las que se tuvo noticia, como quedó dicho en su momento, aparecieron en 1961, y los primeros en coleccionarlas, los hermanos Soldi, las adquirieron de campesinos de Ocucaje. Como el subsuelo del lugar es rico en tumbas incas y preíncas, se creyó que las piedras fueran hechas por hombres de estas culturas.

   Ocucaje, Nazca, uno de los cinco suelos más antiguos del planeta. ¿Qué estaba ocurriendo?

4.- Visos de conjura

   La respuesta llegó dos días después del mazazo de la revista Mundial. No habían terminado con las piedras ni con el doctor Cabrera. Era necesario que el desprestigio contara con nuevas voces. Dos días después de aquellas trece páginas increíbles, y para rematar la acción, el día 19 de enero de 1975, el diario limeño Correo, publicó en su suplemento, las opiniones de Adolfo Bermúdez Jenkis, Director del Museo Regional de Ica. Entre sus opiniones, sostenía que las piedras grabadas de Ica las hacía Basilio Uchuya y sus parientes, y que él como responsable del museo que dirigía, nunca creyó conveniente ni necesario solicitar investigaciones, según afirmaba, porque su amigo, el especialista norteamericano John H. Rowe, le aseguró que las piedras eran falsas. Ya en 1966, cuando el doctor Cabrera era director de la Casa de Cultura de Ica, había oído decir a Bermúdez Jenkis que las investigaciones sobre las piedras eran innecesarias, porque un amigo suyo le había dicho que eran grabadas por huáqueros de Ocucaje. Al menos, nueve años después, se dignaba a dar el nombre del especialista en cuestión. El director del Museo Regional de Ica era tajante: las piedras no necesitaban el menor estudio, todas eran falsificaciones.

   Al doctor Cabrera, tanta cerrazón siempre le había llamado poderosamente la atención. Pero ahora, con el artículo del suplemento limeño Correo, detectó un detalle que le intranquilizó particularmente. Dos días antes, ya se percató, de que aquellas trece páginas de la revista Mundial, además de quedar ilustradas por fotografías de los protagonistas y tomas de Ocucaje y alrededores, sólo incluía una imagen de una única piedra. Empeñado en leer y releer las aseveraciones de unos y otros, apenas se había detenido en el detalle. Ni siquiera se había parado a analizar los trazos del grabado de aquella piedra cuya imagen se ofrecía. Pero dos días después, al leer el suplemento de Correo, sí lo hizo, porque, sorprendentemente, la misma fotografía que había servido para demostrar la supuesta falsificación en la revista Mundial, servía ahora para ilustrar las declaraciones de Bermúdez Jenkis, en el suplemento de Correo.

   Trece páginas en Mundial, y sólo una fotografía de una piedra grabada. El suplemento de Correo dos días después, seguía con el tema, ahondando en la misma línea, y, aunque se trataba de órganos periodísticos diferentes e independientes, sin embargo, la misma fotografía, una vez más, se utilizaba para desprestigiar tanto a las piedras grabadas, como al doctor Cabrera. ¿Aquello tenía o no tenía visos de conjura? A simple vista, y sólo disponiendo de ambas fotografías que eran la misma, el doctor Cabrera, el hombre más familiarizado con las piedras grabadas de Ica de todos los que pudiésemos encontrar en el mundo, hubiese jurado que aquella piedra que se exhibía como prueba de una falsificación en dos medios de comunicación de Lima, era falsa, es decir, no presentaba ni los símbolos ni la estética que caracterizaban a las verdaderas piedras de Ica.

    ¿Por qué? Dos periódicos, una misma fotografía, posiblemente una falsificación, pretendiendo demostrar un fraude. Resultaba doloroso, mucho para el doctor Cabrera, pero, ese día de enero de 1975 comprendió que fuertes intereses y grupos de poder se empeñaban en desacreditar a las piedras. ¿Por qué? ¿Qué beneficio reportaba hacerlo? Tenía que ser grande o significativo para montar semejante escenografía, por otra parte tan escasa de pruebas en función de lo que se quería demostrar. Durante años había custodiado y aumentado su colección hasta sumar once mil ejemplares. Pero los miles de piedras que guardaba en su particular museo, no pudieron resistir el embate de la imagen de una sola, posiblemente falsa, reproducida en dos periódicos de Lima. Desalentador. Pero así era el mundo. Se daba cuenta de que mucho y largo podría hablar él de conjura, pero el daño se había consumado. Se daba cuenta de que se hacía necesario demostrar lo erróneo de planteamientos tan oscuros como el que se defendían en las dos publicaciones, pero también que la duda ya se había sembrado. Quedaba mucho por hacer y decir sobre las piedras de Ica, pero el doctor Cabrera no quería continuar sus investigaciones, hasta entender y asumir de forma completa lo que estaba sucediendo. Todavía quedaban algunos flecos por sopesar.

5.- El consejo del Prefecto

    Uno de los más importantes, sin duda, era el fleco gubernamental. El amplio reportaje de la revista Mundial, concluía con una entrevista que los periodistas hacían al ingeniero Enrique Egoaguirre, por aquellos días Prefecto del departamento de Ica, autoridad política que tenía bajo su mando a la policía de la circunscripción. El Prefecto, refiriéndose a Basilio Uchuya y a Irma Gutiérrez de Aparcana, declara: “Aquella es gente humilde, que se gana la vida vendiendo cosas. Nos hemos limitado a tomar sus declaraciones y nada más”. Como lo dicho no era gran cosa, y el político, mejor que nadie, era consciente de la polémica que el reportaje iba a suscitar, agregó: “Esto, a pesar de que hay gente interesada en este asunto. Gente que, incluso, me ha llamado desde Lima para decirme que por qué no hacemos esto o aquello”. Dejarlo así hubiese sido como desentenderse de un tema tan relevante, por ello, añadió, para concluir: “En lo otro, es decir, en la determinación de, si las piedras fueron grabadas por estos campesinos de Ocucaje o por hombres que vivieron hace miles de años, nosotros no podemos pronunciarnos. Para esto existen otras entidades que son las encargadas de averiguar y establecer qué es lo verdadero en la ciencia, la historia y la cultura en general. Pienso que la última palabra de este espinoso asunto sólo la dirán los especialistas que designen las autoridades de la cultura si es que lo consideran necesario”.

    Pero aquel solapado consejo del Prefecto del departamento de Ica quedó en agua de borrajas. Seguramente alguien determinó que las autoridades no debían designar especialistas para dilucidar la importancia de las piedras de Ica. Es decir, la prensa, al servicio de alguien, tildó las piedras de Ica como falsificaciones, a su mayor investigador lo trató de loco, oportunista y nuevo mesías, dictaminando, sin apoyo científico, sin molestarse en visitar el museo del doctor Cabrera y otras colecciones conocidas, que al enorme material pétreo grabado, no debía otorgársele el menor valor arqueológico, pues en todos los casos, esas piedras cinceladas y dibujadas con trazos, habían sido talladas por dos campesinos de Ocucaje.

    La prensa limeña hizo todo lo posible por menospreciar las piedras de Ica. Se apoyó en aquella escueta fotografía que mostró en dos periódicos. Se apoyó en lo que supuestamente, de puño y letra, firmó Basilio Uchuya para eludir la prisión. Se apoyó en la opinión de Adolfo Bermúdez Jenkis, quien desde un principio se había caracterizado por despreciar los gliptolitos iqueños. También en la bondad del Prefecto del departamento, que, diciendo que se trataba de gente sencilla, y que el asunto de la veracidad de las piedras escapaba a su competencia, daba carpetazo al caso. Pero había más flecos. Todavía era posible matizar algo más sobre aquellos mazazos periodísticos que, inesperadamente, sobrecogieron al país y particularmente a Ica, echando por tierra la posibilidad de que las piedras atesorasen en sus dibujos el conocimiento que el doctor Cabrera encontraba en ellas.

6.- Cuando el periodismo pierde objetividad

    En realidad, se hizo descaradamente. Por ejemplo, cuando se refirieron a otra colección, mencionando las conocidas piedras grabadas del arquitecto Santiago Agurto Calvo, se nos dice: “Todas, absolutamente todas las piedras grabadas que obtuvo Agurto entre 1962 y 1966, año en que cerró y detuvo sus investigaciones, muestran grabados que representan motivos de la flora y la fauna regional, muy parecidos y semejantes a los motivos que aparecen en la cerámica y en la textilería de las culturas de la zona: Nazca, Paracas, Tiahuanacu, Ica e Inca. Esos motivos, en todos los casos, son flores, maíz, pájaros, peces y animales de la región”. En la afirmación, existe el claro propósito de no mostrar la verdad completa de las piedras, pues refiriéndose a las que encontró en tumbas de incas y preíncas, el mismo Santiago Agurto Calvo, escribió en 1966, que existían piedras “representando cosas inidentificables, figuras fabulosas y seres humanos, unas veces singularmente y otras mezclados en elaboradas y fantasiosas composiciones”.

    Se le quería negar todo valor a las piedras de Ica, y los redactores de la revista Mundial, en su empeño, no dejaron de contradecirse. Lo que se evidencia, cuando en el reportaje se dice: “Agurto Calvo no quiere aventurar ningún comentario respecto a la autenticidad de las piedras grabadas del doctor Cabrera Darquea”. Pero no mucho después, se asevera: “las opiniones de reputadas personalidades, como las doctoras María Reiche y Rosa Fung, y el arquitecto Santiago Agurto Calvo, demuestran que tales piedras han sido grabadas por hábiles artesanos de nuestra época”. De este modo, hacían partícipe a Agurto Calvo de una opinión que según los periodistas, en el mismo reportaje, el arquitecto no quiso aventurar.

    Era necesario comprender que no se informaba, más bien se trataba de crear una opinión colectiva, clara, concisa, creíble: las piedras habían sido grabadas por hábiles artesanos de nuestra época. No importaban los tamaños, el número increíble de piedras, ni lo que mostraban respecto a tantas disciplinas del conocimiento humano, lo único que se deseaba, era desprestigiar, para evitar cualquier investigación que pudiera otorgar y hacer merecer a las piedras de Ica el menor valor arqueológico.

7.- Las artimañas de la mentira

    Para esculpir la gran mentira, parecía haberse pensando en todo. Como el tipo de piedra que utilizó la humanidad gliptolítica puede encontrarse en la zona de Ocucaje, los campesinos las utilizan para hacer sus demostraciones, pues no es difícil grabar en ellas con un objeto duro. Pero siendo estas piedras tan escasas, se ven obligados a utilizar las piedras que soportan los verdaderos grabados. Para lo cual, borran parte o todo lo anterior, insertando en los espacios conseguidos, los nuevos trazos. Para realizar las incisiones se sirven de sierras de acero. Pero no pueden evitar lo evidente: los trazos revelan impericia, extremada simpleza y poca profundidad. Sería fácil desbaratar semejante argucia si se realizasen mínimas pruebas de laboratorio, pues en los trazos nuevos no se podría apreciar película de oxidación alguna –capa de envejecimiento-. Claro que esas pruebas no siempre serían necesarias, pues en algunas piedras que no se borraron completamente, añadiéndose nuevos trazos, bastaría con echarles un vistazo, pues en ellas pueden apreciarse mezclas insólitas, como por ejemplo un dinosaurio junto a un autobús o una botella.

    Seguramente los campesinos que venden ejemplares de piedras grabadas en el caserío de Ocucaje con total impunidad, no serán los que hallaron los depósitos que usaron los integrantes de una humanidad anterior para almacenar las miles de piedras. Seguramente son los que conocen los depósitos, los que extraen las piedras y las llevan a Ocucaje, manteniendo así la creencia de que semejante producto es artesanía local. Seguramente todos, vendedores y suministradores, sean meros instrumentos de una organización que se encargó de urdir la gran mentira para que se sigan vendiendo piedras sin mayores tropiezos.

    Lo peor, pudiera ser, que el negocio en sí, además de lucrar injustamente a unos pocos, esté atentando contra uno de los patrimonios arqueológicos más importantes del Perú y de la humanidad. Pero lo último, no importaba a demasiada gente.

8.- Divagando en la leyenda

    El doctor Cabrera siente que la suya es la lucha de la hormiga contra el elefante. La ciencia no toleraba sus divagaciones, no recibía con agrado lo que de su museo se había publicado en París. Pataleaba utilizando los medios de comunicación, y el poder público, para desacreditarlo. Pero las piedras y los grabados eran antiguos. Lo habían demostrado las pruebas de laboratorio; y no pertenecieron a los incas, como tantas veces se quiso dar a entender; y, desde luego, las que él había ido almacenando en su museo, tampoco fueron hechas por dos campesinos de Ocucaje. Sobre lo último era mejor no insistir. Sobre la posibilidad de que los incas fueran los autores de los grabados de las piedras, queda descartada, si tenemos en cuenta, lo que nos dice el comentarista indígena Juan de Santa Cruz Pachacuti Llanqui, quien escribió en el siglo XVI, en su libro “Relación de antigüedades deste reyno del Pirú”, que en tiempo del inca Pachacútec, fueron halladas en el reino de Chincha, en Chinchayunga, muchas piedras labradas a las que se le denominaron piedras manco.

    Hoy se cree que manco o manku sea alteración de la palabra aimara malku, que en la región del Collao se usaba para designar al cacique, o sea al señor de vasallos. Podría entenderse entonces que manco o manku nombraba a la persona que tenía mando o poder. Referida esta palabra a las piedras grabadas (labradas), habría servido para indicar que tales piedras testimoniaban la existencia de un ser de extraordinario poder, y al mismo tiempo para designar al poseedor de estas piedras, el Inca, hombre igualmente poderoso. Seguramente, por más que se esforzaron los amautas –los sabios del imperio inca-, en la mayoría de los casos los símbolos de las piedras no fueron entendidos ni descifrados. Pero no por esto dejaban de asombrarse. De seguro que los miembros de la élite gobernante se interrogó por los autores de unas piedras, donde el hombre se presentaba como un ser excepcional. Lo veían en la piedra peleando con monstruos gigantescos, a los que vencía y mataba con facilidad. Lo veían encima de pájaros enormes en actitud de vuelo. Al lado de las estrellas. Navegando en el mar. En tierra, montando animales que ellos nunca habían visto. Lo que se dibujaba se refería a un hombre, pero a un hombre especial, con poderes y entendimiento que ellos no poseían.

    Los incas, que conocieron las piedras, tenían a Viracocha, era el dios del imperio. Para algunos historiadores fue el dios principal y para otros uno de los principales. Hay quienes afirman que Viracocha era sólo el símbolo del dios Sol, al que los hombres consideraban único creador de las cosas visibles. De lo que no hay duda, es que los incas veneraron al dios Viracocha. Y que la leyenda aseveraba que volvería. Regresaría del mar. Un día del pasado los conquistadores españoles se vieron beneficiados por esa creencia arraigada tiempo atrás entre los incas. Ellos conocieron las piedras. La clase gobernante del imperio trató de desvelar el misterio de las piedras labradas llamadas manco, piedras de poder, realizadas con poder, que ofrecían mensajes poderosos. Las piedras y los mensajes grabados por un dios que un día regresaría. Del mar, de donde surgieron los europeos que dominarían a los incas y a otros tantos pueblos indígenas. Tal vez Viracocha, ese dios inca ineludible cuando estudiamos al extinguido pueblo, surgiera de las piedras labradas manco. Tal vez no. Pero Viracocha debía regresar, quizá, porque los incas nunca encontraron a los que labraron las piedras manco.

    Ni dos campesinos de Ocucaje, ni los incas grabaron las piedras. El doctor Cabrera sufría, consciente de la enorme confusión que habían sembrado las informaciones periodísticas. Disponía de argumentos para replicarles, pero no estaba seguro de que quisieran atenderle.

Espaciopuerto en la Pampa de Nazca

1.- ¿Tres rocas extraterrestres?

    El mundo no salió de su asombro, cuando el minerólogo alemán Klaus Dickudt, dio a conocer su extraordinario hallazgo, realizado en las cercanías de la Pampa de Nazca. Encontró tres “rocas” que no correspondían a las características de ningún mineral terrestre ni tampoco a las de los meteoritos que han caído sobre nuestro planeta. El importante hallazgo tuvo lugar a finales del año 1974. En mayo de 1975 La Prensa, diario de la ciudad de Lima, informaba sobre el hecho: “Extraños objetos de aspecto silicoso han sido encontrados en la Pampa de Nazca, muy cerca de los legendarios y gigantescos grabados que existen en ese lugar conocido también como Pampa del Ingenio. Klaus Dickudt, el minerólogo que las encontró en forma casual mientras buscaba fósiles y ágatas, opina que no se trata de restos de un meteorito ni de ninguna cultura precolombina, sino más bien de objetos extraterrestres. Uno de esos objetos (son tres) han sido observado por diversos geólogos y científicos de nuestro medio, que han quedado muy intrigados con la muestra que aparentemente parece una obsidiana (vidrio volcánico oscuro), pero que al ser sometida a la espectrografía, Rayos X y otros análisis reacciona en forma muy extraña. Esa muestra ha sido probada también a temperaturas muy elevadas, de tres y cuatro mil grados centígrados, sin haber sufrido cambio alguno. Las “piedras” son oscuras, translúcidas, de una dureza extraordinaria. Rayan el cuarzo y pesan muy poco. Son de distintos tamaños, una de ellas mide seis centímetros y medio de diámetro y pesa 170 gramos. La más grande tiene el doble de peso y medida. La Jefe de la Unidad 14 de Laboratorios de la Universidad Nacional de Ingeniería, María Jesús Ojeda, considerada entre los científicos más cualificados de nuestro país, y especializada en espectrometría, opina que las piedras son realmente extrañas.”

    Después del serio varapalo recibido meses antes con las informaciones que se habían publicado en Lima sobre las piedras de Ica y sus supuestos hacedores, el doctor Cabrera, recibió con alegría esta otra crónica periodística. Sobre la Pampa de Nazca, él tenía mucho que decir, de hecho, en el libro que había pensado escribir tiempo atrás, y ahora preparaba a marchas forzadas, tratando de desmentir tanto despropósito publicado, pensaba dedicar un capítulo completo a las conocidas líneas y figuras que desde altura pueden apreciarse en la Pampa de Nazca en muchos kilómetros cuadrados. Pero en su libro, donde utilizaría la información transcrita, el doctor Cabrera, que ya no temía a la polémica, ni deseaba evitarse ninguna, diría que aquellas tres piedras, efectivamente, no podían presentar las características de ningún mineral terrestre ni las de otro mineral llegado a nuestro planeta en ningún meteorito, por la sencilla razón de que no se trataba de roca o mineral, sino de fragmentos del material de las desaparecidas pistas, a los que el intemperismo les había conferido apariencia de rocas. Por lo tanto, diría, que aquellas tres “rocas”, tampoco era un mineral extraterrestre, y que únicamente se trataba de uno de los productos de la avanzada y desconocida tecnología que los hombres gliptolíticos produjeron en nuestro planeta.

2.- Una obra magna

     Toca hablar de las líneas y figuras de la Pampa de Nazca. Toca hacerlo porque las figuras, formas y símbolos del desierto la mayoría de las veces podían encontrarse en algunas de las muchas piedras grabadas del museo del doctor Cabrera. En una superficie aproximada de 50 kilómetros cuadrados se aprecia un conjunto de gigantescas líneas rectas y curvas, figuras geométricas, pistas y figuras de vegetales y animales. En conjunto forman un complejo de más de cien elementos, lo que indica con claridad un plan previamente ideado. Hay algo muy singular respecto de las líneas de mayor longitud que se aprecian sobre la superficie de la pampa: el hecho de que algunas de estas líneas, además de estar trazadas en forma sorprendentemente rectas, continúan sobre los cerros rocosos sin perder su rectitud. En el centro del conjunto de figuras se aprecia la de un mono que tiene enroscada la cola a manera de espiral y toca con las manos un conjunto de tres pirámides. Alrededor de la figura del mono se encuentran situadas diferentes imágenes de vegetales, animales y símbolos geométricos. Se aprecia un lagarto, dos llamas, una araña, un nopal o planta de tuna, aves volando, una de ellas con largo pico, cuello largo y sinuoso; variadas espirales, algunas solas y otras asociadas a diferentes figuras, amén de otros dibujos y símbolos, cuya descripción detallada resultaría enojosa.

     Las preguntas son inevitables. ¿Qué significado pueden tener semejantes formas, esculpidas en la árida pampa casi deshabitada en la actualidad? ¿Por qué las encontramos allí y no en cualquier otra parte de América, o en otro continente? ¿Cómo explicar su desaforado tamaño y variedad? ¿Cómo explicar que el conjunto sea visible sólo desde el aire? Preguntas. El doctor Cabrera, creía conocer algunas respuestas.

3.- Tesis y conjeturas.

     En justicia, así como nadie había estudiado con tanto detenimiento las piedras grabadas de Ica; tampoco nadie, había estudiado, medido, observado y catalogado con tanta paciencia, tesón y mimo, las figuras y símbolos dibujados en la Pampa de Nazca, como lo hizo la alemana María Reiche. Durante décadas, la investigadora alemana, permaneció en Perú estudiando incansablemente aquellas enigmáticas líneas y dibujos. Su tesis, distaba mucho de la del doctor Cabrera, ella no compartía la visión del médico peruano, y, desde que comenzase a hacer público el resultado de sus estudios, defendió la idea de que aquellos enormes y gigantescos dibujos que sólo podían apreciarse en su conjunto desde la altura, eran una especie de desaforado calendario astronómico, donde los hombres y mujeres de la desaparecida cultura Nazca, anotaron concretos movimientos astrológicos, pues algunas de esas figuras están alineadas con planetas y constelaciones.

     Otras teorías más recientes, apuntan a que las líneas podrían conformar un detallado mapa de superficie, donde a escala real, sobre el mismo terreno, se quisiera marcar las corrientes de aguas que circulaban por el subsuelo. Siendo el líquido elemento perentorio para sobrevivir en lugar tan árido, se habría realizado el colosal esfuerzo a fin de conocer con exactitud donde podían hallarse los manantiales o lugares propicios para excavar pozos.

     Sin embargo, el doctor Cabrera, opinaba que lo que podía observarse en el suelo de la Pampa del Ingenio y sus cerros, conocido como Pampa de Nazca, ubicada en el departamento de Ica, en Perú, no era otra cosa que el testimonio de la tecnología espacial que usaron los hombres gliptolíticos para sus vuelos intercontinentales y cósmicos. Lugar del que seguramente abandonaron la Tierra ante la inminencia del desastre, lo cual explicaría que las piedras grabadas se encontrasen miles de años después no muy lejos.

     Así, lo que hoy puede apreciarse desde altura aún esculpido en la llanura y en sus cerros, siendo mucho, para el doctor Cabrera es el exiguo vestigio de una vasta zona dedicada a la entrada y salida de naves espaciales.

4.- Geominerología

     Resulta interesante reparar en las características geominerológicas de las zonas adyacentes de la Pampa de Nazca. Habrá que reparar en la presencia de inmensos yacimientos de hierro en Paracas, Yaurilla, Marcona y Acarí, los tres primeros en el departamento de Ica y el último en el de Arequipa, contiguo a Ica por el lado sur. Pero no son los únicos. Yacimientos menos conocidos que los anteriores, los encontramos en los departamentos que rodean a Ica por el lado este: Huacanvelica y Ayacucho. Es sabido que los yacimientos de hierro concentran energía magnética. En los departamentos de Ica y Arequipa no llama la atención el hecho, conocido desde antiguo, que las brújulas de los barcos sufran perturbaciones cuando navegan junto al litoral. Es posible que en el subsuelo de la Pampa de Nazca, existan enormes yacimientos de hierro, que serían la lógica continuación de algunos de los mencionados. Y es más que posible, que la sociedad gliptolítica conociera esta enorme riqueza de hierro. ¿Qué relación tendría esto con la teoría de que el lugar fuese el arcaico vestigio de un espacio puerto? Alguna, si nos da por imaginar que la riqueza mineral del terreno podría ayudar al despegue y al aterrizaje de las naves espaciales.

     Para ello, antes, hay que reparar en lo que sugiere la manipulación de campos eléctricos. El doctor Cabrera estaba convencido de que la conocida figura del mono, no era la figura de un animal, sino que representaba a un hombre que ejecuta una labor técnica. La figura está posada sobre pirámides. En los grabados de las piedras casi siempre simbolizaban elementos captadores, acumuladores y distribuidores de energía. El extraño conjunto sugería que se había realizado un significativo esfuerzo para distribuir un enorme campo de energía, seguramente eléctrica, a lo largo de toda la pista. Si imaginamos un campo eléctrico sobre la pista central, y recordamos el fenómeno físico conocido con el nombre de deflexión magnética, tal vez justifiquemos la importancia de los numerosos yacimientos de hierro en la zona.

     Se llama deflexión magnética al fenómeno por el cual un móvil provisto de carga eléctrica (positiva o negativa), al entrar en un campo formado por dos placas de hierro paralelas, cada una de ellas provista de su carga eléctrica respectiva, se desplazara desviando en forma parabólica su trayectoria en sentido tal que se alejará de la placa cargada con el mismo signo que él tiene. Lo cual nos da una idea de lo útil que resultarían los yacimientos naturales de hierro del subsuelo de la pampa, pues con una tecnología capaz de crear un campo electromagnético sobre la pista central, y aplicando el principio físico anterior, se podrían desplazar móviles en una trayectoria parabólica cuya dirección no podría ser otra que el espacio.

     Reveladora y por una vez huyendo del lenguaje simbólico, se nos ofrece la línea inferior que en el dibujo adquiere forma de solenoide sobre la pista. Sería un símbolo literal, porque se nos muestra un verdadero solenoide (aparato constituido por un alambre enroscado en espiral a lo largo de un eje central formando una figura cilíndrica y en el que las terminales del alambre están conectadas a una fuente eléctrica), cuya función, según nos informa la Física, es elevar la corriente a altísima intensidad. Lo que invita a pensar, que los móviles desplazados sobre el campo electromagnético de la pista central de la Pampa de Nazca, habrían recibido, mediante el solenoide, un potente impulso para incrementar la fuerza de desviación hacia el espacio.

     Teniendo presente la enorme longitud de la pista central, y que la energía electromagnética sobre la pista pudo ser de mucha potencia por la existencia de grandes depósitos de hierro en el subsuelo de la Pampa, es fácil imaginar que los móviles tendrían que ser de grandes dimensiones.

5.- Vestigios similares

     El doctor Cabrera estaba convencido de que las figuras de vegetales, animales y algunas geométricas que se observan en la Pampa de Nazca, eran símbolos, mientras que las gigantescas líneas que la atraviesan serían las huellas de la infraestructura espacial que se utilizó en su día en el lugar. No olvidaba que algunas de las pistas salen de la pampa y son visibles sobre cerros que la rodean. Además, existían grandes tramos de huellas similares en zonas distantes. Tal es el caso de las que pueden apreciarse en la Pampa de Ocucaje (Ica), y, al sur en las pampas y cerros de Castilla-Corire, a doscientos kilómetros al norte de la ciudad de Arequipa. De ellas informó el arqueólogo Eloy Linares Málaga, director del Museo de la Universidad de San Agustín de Arequipa, manifestando que podían encontrarse dibujos similares a los de la Pampa de Nazca, como recogía La Prensa, en Lima, el 13 de abril en 1975 en un trabajo titulado. “Hallan en Toro Muerto enigmáticos dibujos”.

     Otro vestigio similar llamativo se encuentra en Paracas, provincia de Pisco, departamento de Ica. A tal indicio se le denomina Candelabro de Paracas, por conformarse como un gigantesco trazo hendido que semeja un candelabro. La figura es visible desde grandes distancias, y está orientada en dirección a la Pampa de Nazca, alejada unos doscientos kilómetros. Quizá en el pasado la figura haya servido de punto de referencia, tal como un faro sirve a los marinos, a los tripulantes de las naves espaciales. Seguramente, las huellas que rebasan el ámbito de la pampa y sus inmediaciones, fueron prolongaciones de muchas de las que se observan en Nazca. Tal vez muchas otras hayan dejado de ser visibles en numerosos lugares, por efecto de terremotos o un cataclismo superior, similar al que informaban simbólicamente los grabados de una de las piedras de Ica.

     Quizá los hombres gliptolíticos legaron signos fijados magnéticamente en el subsuelo, para que sirviesen de guías a los hombres del futuro, signos que como las piedras de Ica insistían en ofrecer mensajes que vinculaban a la raza humana al espacio y al viaje estelar.

6.- La Pampa de Nazca en las piedras de Ica

     La mayoría de los dibujos que podían encontrarse sobre el terreno de la Pampa y eran visibles desde la altura, también se hallaban en muchas de las piedras de la colección del doctor Cabrera. Nuestro investigador, sobre el tema espacial, había recopilado una serie de setenta piedras. La interpretación de los distintos símbolos que las mismas ofrecían, coincidía con todo lo hasta entonces estudiado e interpretado. Aquella antigua sociedad humana que prosperó hasta límites insospechados en la técnica y en el pensamiento, se servía del sistema nervioso de algunos de los tripulantes, para surcar los océanos de distancia y tiempo atravesando la galaxia, en naves que eran entes biológicos. En naves espaciales que respondían al mandato cerebral de los tripulantes que las comandaban.

     El doctor Cabrera suspiraba como llevaba haciendo años. Los símbolos, tantos esfuerzos anteriores, y la filosofía general que presentaban los dibujos de miles de piedras, apuntaban en aquella dirección. Estaba completamente convencido. Pero también sabía que su tesis sería rechazada, de plano, categóricamente. La ciencia actual no quería asomarse a tales posibilidades. Nula inquietud estatal y universitaria. Era como si hubiese que nutrirse desesperadamente de lo establecido y lo establecido no dejase el menor resquicio a una visión más ancha, carente de prejuicios, abierta a interpretaciones que fueran sosteniéndose en excavaciones que nunca se autorizaban, y en investigaciones que jamás se emprendieron. Símbolos. Interpretaciones. Los explicaría detalladamente en su libro. Tenía prisa. Pero el trabajo era arduo. Él no era escritor. Trabajo. Estaba solo. Nunca antes se había sentido tan solo.

Epílogo

1.- El precio

     En 1976, el doctor Javier Cabrera Darquea, publicó su libro titulado El mensaje de las piedras grabadas de Ica. Trece años después, el libro se había reeditado varias veces en castellano, y se había traducido al inglés y al portugués. En el libro de Cabrera, con más detalle, viene a explicarse, todo lo expuesto en este humilde trabajo que, desde su inicio, ha tratado de ser un eco del suyo, una continuación de aquél, un intento de homenaje al esfuerzo realizado durante tantos años por un hombre al que nunca se le hizo justicia.

     Empeñarse en descifrar el misterio de las piedras grabadas de Ica, pasó factura al investigador. Apasionado en su labor, descuidó su vida conyugal, al menos, eso entendió su esposa. Quien le abandonó, cansada de que el prestigio de su marido quedase en entredicho a causa de las teorías que nunca dudó en ir divulgando en cuento tenía ocasión de hacerlo.

     Piedras grabadas. Su mensaje. En la separación, se valora el hecho de que algunas piedras pasen a pertenecer a la esposa que ha decidido dejar de serlo. Tal deseo, tal intento, costará la vida de uno de los hijos de Cabrera. De los ocho, el que más unido estaba al padre, Augusto, quien iba a recibir el testigo para continuar investigando y custodiando la magnifica colección de piedras grabadas que el doctor atesoró a lo largo de años. El hijo se suicidó ante la presión de la separación de los padres y el hecho de que muchas de las piedras de la colección pasasen a manos de la madre y su nueva pareja. Un matrimonio roto. El hijo que debió seguir con las investigaciones realizadas, se suicida. El mundo académico, siempre en contra de Cabrera.

    Todo ello, terminó por derribar la firme voluntad del infatigable investigador. Cabrera enfermó, nunca fue el hombre que había sido. Tras largo padecimiento, mermado física e intelectualmente, nuestro investigador peruano fallece en diciembre del año 2001.

    Postrado, ya sin fuerzas, es incapaz de establecer el legado. Parece que una de sus hijas, se las arregla para hacerle firmar un documento en el que ella lo hereda todo, dejando al margen al resto de sus hermanos. En esa totalidad, se incluyen la colección de piedras grabadas, que es lo único que nos interesa. A la postre, lo que fuese un museo de libre entrada, se convierte en un recinto cerrado, donde tal vez se inviten más a compradores que a investigadores. Las piedras van desapareciendo. Sería difícil, decir hoy, el número exacto de piedras que aún permanecen en lo que fuera el museo del doctor Cabrera. Sin embargo, el legado de Cabrera, queda en su libro.

2.- El mensaje postrero

    ¿Cuál es el último mensaje? Hubo una humanidad anterior. Una humanidad que floreció gracias a la ayuda que recibió en origen de los que llegaron de mundos exteriores. Existió un mundo distinto al civilizado que hoy conocemos en la faz de nuestro planeta. Esa antigua civilización contó con una ciencia más evolucionada que la nuestra. Una ciencia que, a pesar de sus logros, no impidió el cataclismo que su empleo originó a nivel planetario. Pero, ¿quienes son los que llegaron a la Tierra para fecundar la vida? ¿Quiénes los que la trajeron desde las estrellas para sembrarla y hacerla brotar a modo de jardineros? ¿Por qué la ciencia actual no se abre a tesis como la del doctor Cabrera? ¿Por qué ni siquiera echa un vistazo a las impresionantes pistas y dibujos de la pampa de Nazca? Preguntas. El doctor Cabrera obtuvo respuestas, se acercó a la verdad.

    Nosotros seguiremos buscándola en El advenimiento de la cuarta dimensión. Pero… Vinieron de las estrellas… trajeron la vida al planeta. La humanidad autóctona progresó… perdió el camino del conocimiento… empleó erróneamente la ciencia… produjo un cataclismo de colosal magnitud. Luego la decadencia, la regresión… las leyendas de un mundo antiguo perdido en la memoria del tiempo… el descabellado intento de utilizarlas para dominar a la mayoría…

 

ÍNDICE

Introducción

1.- Una historia más antigua que la Historia.

2.- Buscar o ser encontrado.

Biblioteca de piedra en Perú

1.- Una piedra en el camino.

2.- Precedentes

3.- Desvelando el misterio

4.- Hallazgos asombrosos

5.- Pruebas de laboratorio

6.- En clave rebelde

7.- Verdades arqueológicas

8.- Fundamentos para continuar.

La humanidad anterior

1.- El gliptolito

2.- Claves simbólicas

3.- Otra dirección de la existencia

4.- Aquel nuestro planeta

5.- Medicina futurista

6.- Implantaciones cognoscitivas

7.- Clasificación de habitantes

8.- A modo de síntesis.

Confabulación y desprestigio

1.- Breve aliento

2.- Réplica demoledora

3.- Paraíso de la arqueología

4.- Visos de conjura

5.- El consejo del Prefecto

6.- Cuando el periodismo pierde objetividad

7.- Las artimañas de la mentira

8.- Divagando en la leyenda.

Espacio puerto en la Pampa de Nazca

1.- ¿Tres rocas extraterrestres?

2.- Una obra magna

3.- Tesis y conjeturas

4.- Geominerología

5.- Vestigios similares

6.- La Pampa de Nazca en las piedras de Ica.

Epílogo

1.- El precio

2.- El mensaje postrero